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Cien años del fallecimiento de Eduardo Barrón González

 

Eduardo Barrón González

Eduardo Barrón González (Morales del Vino, Zamora, 1858 – Madrid, 1911) creó este bello conjunto escultórico en 1904 con el que recibiría la Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Estudió en la Real Academia de San Fernando y en Roma gracias a una beca que obtuvo de la Diputación de Zamora en 1881. Allí realiza diferentes trabajos. De esa época, 1883, es la escultura Viriato ubicada en Zamora. En 1889 regresa a España, a Madrid, donde, desde 1892, se vincula con el Museo del Prado. Entre sus obras destacan la ya mencionada escultura de Viriato, el monumento a Colón en Salamanca (1893) y el monumento a Castelar (1905) en Cádiz. Recibió diferentes medallas y galardones a lo largo de su corta carrera. Ingresó como miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1910 y fue Conservador-Restaurador y Director de la Sección de Escultura del Museo del Prado donde realizó un ingente trabajo de catalogación y restauración de la escultura del museo, que sentó las bases para posteriores publicaciones. Su trabajo comprendió las esculturas datadas hasta el siglo XVIII, ya que las posteriores, siglos XIX y XX, fueron a engrosar el fondo de Museo de Arte Moderno (MAM) creado en 1896.

Camino de su puesto de trabajo, en las inmediaciones del Museo del Prado falleció el 23 de noviembre de 1911.

 

El grupo escultórico

En el Museo del Prado, en la rotonda de Ariadna, en la confluencia de tres pasillos o salas, se encuentra situada la escultura de Nerón y Séneca del zamorano Eduardo Barrón. Hay que acercarse con sigilo para no molestar el discurso que Séneca está impartiendo a su discípulo. No hay que olvidar que fue uno de los mejores oradores y autor de multitud de obras. Séneca acompaña con su gesto la oratoria.

En un banco se encuentran sentados los dos protagonistas. Sobre ellos, detrás de Nerón, a la izquierda de la composición, se encuentra una estatuilla de una mujer de una gran belleza. Se trata de la diosa Minerva, diosa de la sabiduría, de las artes, de las técnicas de la guerra y protectora de Roma. Por eso es frecuente verla representada con ciertos atributos: escudo, lechuza, mochuelo o búho y apoyada en una columna jónica (lamentablemente, el ejemplar que aquí contemplamos, presenta algunas roturas como el brazo izquierdo).

Nerón es un hombre joven adolescente. Aparece vestido con una rica toga ribeteada con motivos geométricos que resalta por su color oscuro. Debajo parece llevar una simple túnica. Se tapa la cabeza con una capucha que apenas nos deja ver su cabello. Sobre el pecho luce un bonito adorno con bola típico de los patricios romanos que detona su status. Calza unos sencillos zapatos. En su brazo derecho luce una curiosa muñequera en forma de serpiente que se cierne sobre ella, augurando larga vida a su portador. Su mano se ha convertido en puño y en él apoya su sien derecha. El brazo izquierdo descansa sobre el respaldo donde apoya todo su cuerpo y también presenta la mano cerrada, como gesto de crispación. Nerón no está cómodo, relajado, el cuerpo denota tensión y si nos fijamos en sus piernas vemos que éstas están tensas, a punto de saltar de su asiento. La mirada de Nerón esta perdida, mira al vacío. Se muestra ausente. Casi podemos adivinar su pensamiento: “vaya lata que me está dando” que traducido a un argot juvenil actual sería: “vaya chapa me está dando el viejo, me tiene la cabeza rayada”.

Nerón se encuentra sentado sobre un bello almohadón y sobre una especie de manta ricamente decorada que destaca por su policromía. A simple vista se nota quién es el soberano, el noble, el patricio (el pueblo romano los consideraba como una clase superior).

Frente a él, y en contraposición, se encuentra un sereno Lucio Anneo Séneca. Un hombre maduro, fornido y alto (cuando asumió la tutoría de Nerón contaba con 45 años frente a los 12 del pupilo). De cabeza esbelta, luce el típico peinado clásico con pequeños rizos pegados a la frente. Mira a los ojos a su alumno. También se encuentra sentado, pero sin cojín, sobre el duro mármol. Todo en él es sobrio, austero, no hay color en su toga, ni luce adornos. Los pliegues de su vestimenta están maravillosamente ejecutados. Sobre su pierna izquierda tiene extendido un rollo de pergamino con un texto. Con el dedo índice de su mano derecha parece señalar algún pasaje en concreto. Si nos acercamos bien a él parece que escuchemos parte de su discurso:

 

«Es una vergüenza que seas tan negligente… Ayudaré enseguida a tus reproches y me haré más objeciones que las que imaginas; ahora te responderé esto: “No soy un sabio (señalando con su mano derecha un fragmento del texto sobre su rodilla) y, para que tu malevolencia se regocije, nunca lo seré. Por esto no exijo de mí ser igual que los mejores, sino mejor que los malos: me basta con podar todos los días algo de mis vicios y castigar mis extravíos”».

 

En definitiva, al acercarnos al grupo escultórico lo que vemos es a un hombre (padre, tutor, maestro) preocupado por el futuro de un joven (hijo, pupilo, alumno) en un momento en que imparte sus enseñanzas.

Entre ambos personajes, detrás del banco, se encuentra un canasto con un buen número de rollos de pergamino con las enseñanzas de la jornada (por aquel entonces este medio era lo que hoy conocemos por un libro).

Todo el grupo escultórico está realizado en escayola, pero su aspecto final no nos proporciona esa sensación. Al contemplar la obra tenemos la sensación  de que la calidad de su acabado corresponde a unas ricas telas, con brocados y ribetes, o bronces y mármoles.

Hoy día tenemos la oportunidad de contemplar junto a este gran trabajo un modelo a escala reducida de esta misma obra que fue una donación que hizo el propio autor a Antonio Maura en 1907. Esta pequeña obra (ubicada en la Fundación Antonio Maura, inventariada con el número 242) conserva la policromía en su estado casi original, sin apenas deterioro ni intervención. Podemos contemplar las partes ausentes o que están rotas en el modelo a escala natural que realizó Barrón y que a buen seguro ha servido para la restauración de la pieza. Esta pequeña joya fue un regalo del propio autor a Antonio Maura (así figura en la base de la pieza) por la ayuda que recibió por las gestiones que hizo ante el Ministerio para la edición del catalogo de la obra escultórica del Museo del Prado; sin olvidar, además, que Francisco Maura pintor y hermano de Antonio, coincidió becado en Roma con el escultor zamorano.

Eduardo Barrón realizó esta obra en plena madurez artística, con 46 años. Había trabajado la escultura individual de gran formato. Con Nerón y Séneca afrontó un reto y buscó una forma original de acometer este trabajo aunque el tratamiento de las formas es muy clasicista. Barrón se centró en las enseñanzas dejando a un lado el trágico destino de Séneca. La muerte de Séneca ha sido fuente de inspiración de muchos artistas. En pintura tenemos unos bellos ejemplos creados por Rubens, Jacques-Luis David o Noel Halle. Aquí en el Prado podemos contemplar un cuadro atribuido a la escuela de Rubens La muerte de Séneca y otro que lleva por título: Séneca, después de abrirse las venas se mete en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón que decretó la muerte de su maestro, de Manuel Domínguez Sánchez. Este último recoge de manera muy gráfica lo que cuentan que sucedió: Séneca sabiendo cercano su final y ante la brutalidad de Nerón decidió cortarse las venas. Primero lo intentó en los brazos. Como la sangre no salía, mandó que le hicieran cortes en la parte posterior de la rodilla. Como tampoco resultó decidió beberse un veneno (cicuta) preparado para tal efecto. Lo bebió y no le hizo efecto. Finalmente entró en el baño y los vapores tóxicos de un brasero (que se aprecia en el cuadro) acabaron con su vida.

El escultor zamorano retrato a ambos personajes en un momento íntimo, en plena tarea educativa, cuando ambos personajes gozaban de una buena e intensa relación, posiblemente antes de acceder al poder el joven Nerón.

 

Luis José Cuadrado Gutiérrez

 

Este fragmento forma parte del artículo «Nerón y Séneca en el Museo del Prado» que Revista Atticus publicó el pasado mes de junio de 2011 en su número DOS.

 

Ríos de Luz de Valladolid premiado con el City People Light 2011

Ríos de Luz de la ciudad de Valladolid ha obtenido el prestigioso galardón City People Light 2011 organizado por Philips y LUCI (Lighting Urban Community Internacional Association), por ser el mejor proyecto de iluminación urbana. El resultado se dio a conocer en la ciudad de Gotenburgo (Suecia) el pasado 17 de noviembre. En la fase final accedieron cerca de 20 ciudades entre las que destacan: Bei Chuan City (China), Dubroknic (Croacia) Lecce (Italia, Adelaida (Australia) o Shangai (China).

La Cúpula del MIlenio

 

Ríos de Luz es una ruta urbana que tiene a la luz como protagonista, pero también a los ríos de Valladolid. Conjuga el interés turístico pero también el ahorro energético. La nueva iluminación de los casi 35 monumentos que se pueden ver a lo largo del recorrido ha supuesto para las arcas del Ayuntamiento más de 44% de reducción en la factura del consumo energético. También ha supuesto una disminución considerable de la emisión de CO2 a la atmósfera lo que contribuye a no sobrecalentar el planeta.

Este galardón no significa que Valladolid sea la ciudad mejor iluminada del mundo. Pero si que significa que es un referente en un proyecto lumínico que pone en relevancia la herencia cultura arquitectónica y recupera la identidad de una ciudad, recreando una ruta viva que aúna eficiencia energética, el arte y el interés turístico con la vida comercial y social de la ciudad.

Con tal motivo el Ayuntamiento de Valladolid ha organizado para los próximos días una serie de eventos que tienen como protagonista a Ríos de Luz. Así Luis Laforga expondrá en un espacio único (primera de España de este tipo y reservada para artistas locales), sorprendente y novedosa sala de exposiciones que se encuentra situada en el primer sótano del aparcamiento de la Cúpula del Mileno. También a partir del miércoles 23 y hasta el 11 de diciembre se podrá visitar en la Sala de Exposiciones de la Casa Revilla la muestra “Valladolid, Ríos de Luz”.

Más información:
www.valladolidriosdeluz.es
No dejes de visitar esta página. Sobran las palabras.

Un pequeño viaje para descubrir que es Ríos de Luz.

 

 

 

Revista Atticus en su número impreso DOS el pasado mes de junio se hizo eco de esta singular ruta urbana y le dedicó un gran despliegue. Ríos de Luz va a pasar a ser un auténtico estandarte de la ciudad que junto a la gastronomía y el castellano agrandarán la oferta de Valladolid.

 

Monográfico – Un año de cine

 

Todo un año de cine. Un año que se puede corresponder con lo que viene siendo un curso académico.

El arranque es el mes de octubre. Estamos radicados en Valladolid y aunque Revista Atticus es una publicación viajera, que sabemos que traspasa nuestras fronteras nacionales, debíamos y teníamos la obligación moral de dedicar un espacio a la SEMINCI. Es por esa razón que abarcamos todo el cine que hemos visto y comentado desde la edición 55 de la SEMINICI hasta los inicios de la siguiente. Son cerca de una veintena de películas que hemos comentado, primero como un ejercicio de comprensión y segundo para ofrecérselo a todos nuestros lectores por si les sirve de algo nuestros puntos de vista.

Esperamos que esta iniciativa tenga continuidad y que año tras año, y edición tras edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, acudamos a esta cita.

Vayan al cine y déjense sorprender

 

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The Guard. “Una comedia en el Oeste de Irlanda”.

Ficha Técnica:

Director: John Michael Mcdonagh

Intérpretes: Brendan Gleeson, Don Cheadle, Liam Cunningham, Mark Strong, David Wilmot, Rory Keenan, Fionnula Flanagan

Título original: The Guard

País: Irlanda

Año: 2011.

Duración: 96 min

Género: Comedia. Thriller

Guión: John Michael Mcdonagh

Fotografía: Larry Smith.

Música: Calexico
Web Oficial: http://www.sonyclassics.com/theguard

 

Sinopsis

 

El heterodoxo sargento de policía Gerry Boyle (Brendan Gleeson), de humor corrosivo, vive en una pequeña localidad de la costa de Irlanda. En su camino se cruza el metódico agente del FBI Wendell Everett (Don Cheadle), enviado a la isla para capturar a una banda de narcotraficantes. Boyle, con su madre a un paso de la tumba, aficionado a las pintas de cerveza y las prostitutas, desconcertará a Everett; pero acabará siendo su mejor colaborador en la búsqueda.

 

Comentario

 

Hacía tiempo que no veía una comedia tan buena de eso que llaman “humor inteligente” -mala denominación, pues creo que cualquier tipo de humor bueno es, de por sí, inteligente-. Se nota el oficio de McDonagh, que fue mucho antes guionista que director, y es capaz de conducir la historia a través de conversaciones que destilan ingenio y mala leche a partes iguales, con situaciones para el recuerdo.

La trama funciona sobre la base del western. El sheriff del oeste a la antigua (aquí sargento de policía rural) colabora a regañadientes con el agente de la ley (agente del FBI) que viene de la civilización con nuevos métodos y no entiende el mundo en que se mueve; el novato (policía recién llegado); los bandidos (narcotraficantes) que llegan a la ciudad por el botín; el niño que admira al sheriff; oscos lugareños, prostitutas, alcohol, tiros.

Dentro de este esquema, adaptado a las características del paisaje y carácter irlandés de manera bastante natural, destaca la exuberancia del carácter y el físico del protagonista, interpretado magistralmente por Brendan Gleeson. Es el poder del verso suelto, del hombre cuya moralidad -o amoralidad- propia nos gusta y convence. Es el pícaro, el bufón, el tipo políticamente incorrecto, que dice y hace lo que quiere sin tener en cuenta el qué dirán.

Es memorable la presentación del sargento Boyle en la escena inicial en que, tras el accidente de coche de unos jóvenes pasados de drogas, él llega al lugar e ingiere una de las pastillas que llevaban. Y es que su figura llena la pantalla, no sólo en el registro cómico que preside la película, sino llevándonos en ciertos momentos a la ternura de un hombre hacia su madre moribunda, a la preocupación por la trama en que se ve involucrado velada tras el cínico que aparenta ser. Lo que nos identifica y nos gusta es que es hombre de ley, más allá de un hombre que hace cumplir o cumple la ley.

Mucho del humor que destila la película viene de la oposición de ese carácter con el resto de personajes, de manera especial con los pertenecientes a los cuerpos de seguridad. En ese sentido cabe recordar la escena en que el jefe de policía y el agente del FBI reúnen a los policías para explicarles que buscan a un grupo de narcotraficantes y Boyle la lía con sus intervenciones irreverentes.

Es también destacable la incapacidad del agente Everett -un muy correcto Don Cheadle- para progresar en su investigación. Él, venido de Estados Unidos, se encuentra con prejuicios raciales y desconfianza al extranjero por un lado. Por otro, con su propia incomprensión de cómo funciona el lugar a medio civilizar en que se encuentra. Aquí la crítica va más encaminada hacia la fauna autóctona que hacia el recién llegado quien si bien es ignorante, al menos es respetuoso.

La película exagera con comicidad los estereotipos de la sociedad irlandesa, pero a la vez, en segundo plano, deja entrever las miserias y complejidades de la cultura irlandesa del oeste. Según mi experiencia, es un mundo bastante deprimente -estuve un mes viviendo en Galway, condado en el que se ubica la historia-. Las familias se meten en sus casas desde que salen a las seis del trabajo. En The Guard, la mayoría de encuentros de los protagonistas con los lugareños suceden en sus casas y el niño admirador de Boyle, con su bicicleta y su perro, está siempre solo. La tradición de ir al pub, único lugar de socialización,y para hombres, en el caso de la película viene reflejado por espacios poco concurridos. Una vez más es el personaje de Boyle el que rellena ese vacío general.

Quizá el único fallo remarcable que podría achacarle es el tratamiento de los narcotraficantes, un poco plano para mi gusto, pero con diálogos divertidísimos.

El ritmo de la historia es pausado, pero es el adecuado a la narración. Lo mismo sucede con la planificación, fotografía y puesta en escena: sobrias, efectivas pero no efectistas. Todo ello realza las interpretaciones, muy acertadas en mi opinión.

La música, a cargo de la banda Calexico, sirve de contrapunto al paisaje, nos aleja de la Irlanda de gaitas y remarca la condición de película del oeste. Retoma el espíritu de las bandas sonoras del spaghetti western de Ennio Morricone y es, a mi modo de ver, un homenaje muy bien traído y una broma más en el contexto cómico del film.

Resumiendo, The Guard es una película para reír y disfrutar principalmente y, de paso, nos da unas pinceladas del estilo de vida irlandés. Os la recomiendo a todos. No hay que perdérsela.

 

Un tráiler:

 

 

 

Enrique Diego


Exposición El Hermitage en el Prado

Exposición El Hermitage en el Prado

«El Hermitage en el Prado», muestra a través de ciento veinte obras la gran variedad y riqueza de las colecciones del museo ruso -desde el siglo V a.C. hasta el siglo XX, pasando por sobresalientes piezas de arqueología, artes decorativas y los magníficos fondos de pintura, escultura y dibujo- que hacen de él uno de los primeros centros de arte del mundo. La exposición, organizada por el Museo del Prado, Acción Cultural Española (AC/E) y el propio State Hermitage Museum, con el patrocinio de la Fundación BBVA, constituye una ocasión única y extraordinaria al tratarse de la primera vez que se muestra fuera del Hermitage una selección tan importante y numerosa de obras de sus excepcionales colecciones.

 

Compuesta por casi noventa obras de las célebres colecciones de pintura, dibujo y escultura del museo ruso, junto a una cantidad similar de piezas correspondientes a sus extensas e incomparables colecciones arqueológicas y de artes decorativas, además de trajes de época y mobiliario.

Entre las obras expuestas destacan ejemplos tan notables como el San Sebastián de Tiziano, el Tañedor de Laúd de Caravaggio, el San Sebastián de Ribera, y el Almuerzo de Velázquez. También tendrán cabida dos obras de la importante colección de Rembrandt que atesora el Hermitage, Retrato de un estudioso y Caída de Haman. De su colección de dibujos, vienen obras de Durero, Rubens, Watteau e Ingres y, entre las esculturas, pueden destacarse el boceto en terracota de Bernini para el Éxtasis de Santa Teresa, y una de las obras maestras en mármol de Antonio Canova, la Magdalena
penitente
. La exposición cuenta también con notables ejemplos de las célebres colecciones de pintura impresionista y post-impresionista del museo ruso, en la que estarán representados Monet, Cézanne, Renoir, Gauguin y Matisse, éste último con dos obras, Juego de bolas y Conversación. De Picasso se incluyen tres lienzos, entre ellos Mujer sentada y Bebedora de
absenta
y completarán la selección dos obras rusas de la vanguardia abstracta, la Composición VI de Kandinsky
y el misterioso Cuadrado negro de Malevich.

Además, la exposición también permite al público introducirse en las colecciones arqueológicas del Hermitage y disfrutar de piezas excepcionalmente singulares como Peine con escena de batalla, obra de oro escita del siglo IV a.C. y las obras de joyería siberiana que proceden de las colecciones de Pedro el Grande. En cuanto a los objetos de artes decorativas, se incluye la espada decorada con plata, rubíes y diamantes, donada al zar en el siglo XVIII por el embajador indio, y el bellísimo Vaso de flores en cristal de roca, oro y diamantes del joyero de la familia imperial, Carl Fabergé (1846-1920).

 

Fechas

8 de noviembre 2011 – 25 de marzo 2012

Horario

Hasta el 16 de enero

Lunes de 10 a 20h (último acceso a las 19h), de martes a domingo de 9 a 20h (último
acceso a las 19h).

A partir del 16 de enero y hasta la fecha de clausura

Lunes a sábado de 10 a 20h (último acceso a las 19h), domingos y festivos de 10 a 19h
(último acceso a las 18h)

Para visitar esta exposición es imprescindible disponer de pase horario de acceso, que deberá solicitarse al adquirir la entrada, por lo que el Museo recomienda la compra anticipada de la entrada para poder elegir pase horario conforme a la conveniencia de cada visitante.

Precios

Entrada única a Museo

  • General : 12 €

Madrid. El Hermitage en el Prado. Museo Nacional del Prado.

 

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