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Crítica película Lolo de Julie Delpy

La maldición de Lolo

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Título original: Lolo

Dirección: Julie Delpy

Reparto: Julie Delpy, Dany Boon, Vincent Lacoste, Karin Viard, Georges Corraface, Christophe Vandevelde, Julie Tristant

Guion: Julie Delpy, Eugénie Grandval.

Año: 2015. Duración: 99 min. País: Francia.

Productora: The Film / France 2 Cinéma / Mars Films
Sinopsis

Violette, parisina y profesional de la moda de 45 años, pasa unos días en un spa de Biarritz con su mejor amiga cuando conoce a Jean-René, un modesto informático recién divorciado. Después de años de soledad, se deja seducir. Jean-René se traslada a París e intenta adaptarse al microcosmos en el que ella se mueve. Pero no había contado con Lolo, el adorado hijo de Violette, dispuesto a todo con tal de destruir a la pareja en ciernes y conservar su puesto de favorito absoluto.

 

Comentario

Entre ji, ji, ji y ja, ja, ja hay mucha tela. Bajo la piel de una comedia francesa con tirón, que visita nuestras carteleras, se esconde algo más que unas risas bien entrelazadas con un sólido guion.

¿Qué podemos encontrarnos al ir a ver Lolo? Violette (Julie Delpy), parisina, es una mujer de mediana edad (cuarenta y tantos), divorciada, que goza de una buena situación económica (diseñadora de moda dedicada a montar eventos para los más afamados modistos y otros artistas de diverso pelaje). Su triunfo en el campo laboral no le acompaña en lo sentimental. Tras varias relaciones infructuosas y cuando se estaba resignando a su suerte, aparece en su vida un hombre. Violette y su amiga del alma, Ariane (Karin Viard) están disfrutando de unos días de descanso en un balneario en Biarritz. En una fiesta local es donde conocen al poco primoroso Jean-René (Dany Boon), un informático «de provincias». Está muy lejos del nivel al que está acostumbrada la refinada parisina Violette, pero ya habrá tiempo de moldearle. Jean-René se traslada por motivos de trabajo a la capital francesa y, poco a poco, la relación tomará su rumbo y el viento de popa les favorecerá, porque demuestra estar bien dotado para las artes amatorias. Hasta que en su vida aparece, Lolo (Vincent Lacoste), el hijo de Violette (la primera escena con la cama de su madre ocupada no deja lugar a dudas). Desde la llegada de Jean-René a la vida de Violette, Lolo hará todo lo posible para ridiculizar al «paleto» del nuevo novio de su madre. Sibilinamente le irá encaminando al desastre. Su objetivo es que su madre descubra «por sí misma» que ese hombre no le conviene en absoluto. Y la madre, ingenua, terminará por lamentarse de la mala suerte que tiene con los hombres, que es que no le sale uno bien.

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Julie Delpy es una mujer todo terreno. Es polifacética: actriz, directora, guionista, cantante. Es conocida sobre todo por su participación en la trilogía Antes de… protagonizada, como Celine, junto a Etham Hawke, y dirigida por Richar Linklater. Tiene una buena base actoral. Se estrenó como actriz de la mano de Jean-Luc Godard y participó en la trilogía de Kzysztof Kielowski (Azul, Blanco y Rojo). Su primer largometraje como directora fue Dos días en París (2007). En estas mismas páginas ya hemos hablado mucho de ella. Su faceta como directora la abordamos en la fresca comedia Skylab (2011, una reunión familiar campestre a finales de los setenta –en la que actuaba el joven Vincent Lacoste-). De ella dije en su momento que como directora sabe transmitirnos todo lo que rodea a las relaciones humanas, con sus grandezas y sus miserias. Aquí, como actriz, se centra en la relación de una madre con su hijo, fruto de una relación anterior, y cómo ambos se relacionan con un nuevo compañero. A esto hay que sumar su faceta de directora de la película y coguionista. Ha sabido construir una buena historia cuya pilar central son los diálogos (son brillantes los que mantienen Violette y Ariane burlándose de su propia situación, así como, de manera general, de las mujeres que rondan los cuarenta y cinco años hablando de sexo sin tapujos). Juega con las situaciones absurdas que provocan la hilaridad sin caer en lo grotesco. Tiene detalles significativos que pueden pasar desapercibidos, como el rótulo Hell (infierno) que decora una habitación de la casa y que sale muchas de las veces que Lolo se encuentra en ella.

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En cuanto al resto de actores, destaca en la pantalla Dany Boon. Particularmente, cada vez que le veo me viene a la mente aquella acción de repetir la palabra «pichula» en su celebérrima actuación en Bienvenidos al norte (2008), de la que él era el director, así como guionista. Su actuación como Jean-René es más comedida, menos histriónica que en aquella, pero resulta muy convincente. Karin Viard actúa como amiga de Violette, chisposa, audaz, sarcástica y astuta. Es la que incita a su amiga a que se relacione con hombres y abandone sus tranquilas y sosas vacaciones en Biarritz. El papel de Vincent Lacoste resulta clave. Ese punto de mitad hijo, mitad amiguete de buen rollo pero con una mala baba y cara angelical es muy acertado. El muchacho lo borda y pasa por ser una prometedora estrella del cine francés.

Lolo, es una actualización del complejo de Edipo. Al deseo inconsciente de mantener una relación sexual (incestuosa) con su madre (latente en todo adolescente, según las teorías del sicoanálisis de Freud), se le une el deseo de eliminar al padre (parricidio). Al no estar el progenitor conviviendo, Lolo, extiende esta pulsión a todo aquel que se acerca a su madre con la sana intención de convivir en pareja. Peligra su reino y su posición se ve comprometida.

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Ese destete (hay un plano de inserto que actúa a modo de breve flashback cuando a un bebe le quitan la teta que lo alimenta y se queda llorando) que no se ha producido, es la causa final de los males que tiene Violette con sus parejas. Lo que no supo encauzar en su momento ha convertido a Lolo es un snob repelente, engreído mal criado, que con apenas 20 años no ve más allá de su ombligo. Lolo es caprichoso, pero encima el muy jodido es un mal bicho, taimado de sonrisa cínica que solo vive para putear al compañero de su madre, quien vive ajena a los tejemanejes de su hijo. Lolo quiere a su madre por encima de todas las cosas y la quiere solo para él. Un parásito.

Mordaces diálogos, lugares comunes pero sin caer en clichés, buenas escenas cómicas que hacen de Lolo una comedia de enredos bien elaborada. Pero, sobre todo, la película destaca por el papel de su joven protagonista. Su cinismo, la beatífica sonrisa a cámara, te estremece y hace que te acuerdes de Saturno cuando devoraba a su hijo entre sus fauces.

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A pesar de las bondades de Lolo el resultado global no es del todo redondo, pero constituye una propuesta muy recomendable. Comienza como si fuera una comedia de chicas. Algo gamberra con diálogos directos con el sexo y por ende las relaciones de pareja en boca de las protagonistas (al estilo de La boda de mi mejor amiga, Paul Feig, 2011). Deriva en una comedia romanticona, con algo de amor entre un paleto de provincias y una estirada parisina que a primera vista parece que eso no va a cuajar nunca, con sus encuentros y reencuentros. Y finaliza como si fuera un thriller con un protagonista sociópata. Bajo esa inocente apariencia de comedia ligera francesa con gran dosis de humor se encuentra una película que nos invita a una reflexión sobre la educación que damos a nuestros hijos y el papel que juegan aquellos que tienen que relacionarse con la nueva pareja de mamá o papá.

Os dejo un tráiler, que constituye un buen resumen (quizás con demasiada información, como casi siempre):

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

Marcador

Caravaggio en Madrid. Exposiciones en el Museo Thyssen-Bornemisza y Palacio Real

CARAVAGGIO, EL MODELO A SEGUIR DE UNA ÉPOCA

“Cuando se preguntó al artista por qué no escogía como modelo las estatuas antiguas, por toda respuesta extendió la mano hacia una multitud de personas, indicando que la naturaleza le había provisto ya de más que suficientes maestros, y entonces pintó una muchacha sentada en una silla que allí se encontraba, con las manos en el regazo, en actitud de secarse el cabello, y, añadiendo en el suelo un frasco de ungüentos, joyas y piedras preciosas, la hizo pasar por Magdalena”.

Gian Pietro Bellori. Carmona Mato: El arte y sus creadores, nº12

 

En Madrid tenemos la ocasión única de ver obras de Caravaggio en dos grandes exposiciones, tanto el Museo Thyssen-Bornemisza como el Palacio Real acogen en su programación estival una muestra dedicada al artista. Si bien es cierto que resulta incongruente la incapacidad de ambas instituciones por aunar las obras del protagonista con las que contaban, no se puede dejar de subrayar la calidad de las obras reunidas. Eso sí, por lo menos ambas instituciones se han puesto de acuerdo para ofrecer una entrada conjunta a un precio reducido.

 

Aspecto de una de las salas en el Museo Thyssen-Bornemisza

Aspecto de una de las salas en el Museo Thyssen-Bornemisza

Caravaggio y los pintores del norte, comisariada por Gert Jan van der Sman, es el título con que se ha designado a la exposición en el Museo Thyssen -Bornemisza. En ella podemos ver cómo Caravaggio proyectó su influencia hacia el norte de Europa, siendo sus primeros simpatizantes Rubens o Adam Elsheimer, cuya obra Judit y Holofernes se exhibe en el museo. Pero no solo estos, si no que en el recorrido de la exposición se puede ver también a Hendrick ter Brugghen, quien estuvo un tiempo en Roma admirando la obra de Caravaggio y al volver a Utrecht continuó el estilo de este. Además se incluyen obras de los franceses Claude Vignon, Simon Vouet y Valentin de Boulogne entre otros muchos artistas. La muestra reúne alrededor de cincuenta y tres cuadros, procedentes de diversos museos, instituciones y colecciones privadas. Un punto a su favor es la sencillez con la que está todo dispuesto, nada más entrar tenemos a la derecha una pared que explica cronológicamente los diversos acontecimientos del artista y su progreso, además, los colores de las paredes (rojo y amarillo claro) hacen que las obras resalten mucho más, evitando la monotonía, aunque sin duda una de las obras que más llama la atención es El sacrificio de Isaac.

La Buenvaventura, 1595-1596, Caravaggio. Óleo sobre lienzo, 115 x 150 cm. Pinacoteca Musei Capitolini, Roma

La Buenvaventura, 1595-1596, Caravaggio. Óleo sobre lienzo, 115 x 150 cm. Pinacoteca Musei Capitolini, Roma

Por su parte el Palacio Real alberga la exposición  De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del seicento italiano en las colecciones reales, organizada por Patrimonio Nacional y comisariada por Gonzalo Redín. Es en el interior del palacio donde podemos  contemplar algunas de las majestuosas pinturas y esculturas realizadas en el siglo XVII en Italia, recibiendo la denominación italiana de Seicento. Se articula en cuatro bloques, ofreciendo un itinerario completo por las diversas escuelas italianas del momento. La primera sección De Bolonia a Roma nos sitúa en dos de las ciudades papales más importantes del momento, las cuales dotaban a las colecciones reales de regalos diplomáticos, como son Lot y sus hijas de Guercino o El triunfo del emperador romano de Lanfranco, pero no solo tenían este fin, sino que es notable el cambio que se producía en los artistas que viajaban a Roma, como es el caso de Velázquez con su obra La Túnica de José, quien supo empaparse de la ciudad y modificar su paleta. En segundo lugar Lujo Real, donde se exhiben obras atesoradas en los conventos de fundación real de la Corona española como son esculturas y relieves, destacando Simone Cantarini, Francesco Albani, Algardi y Giambologna entre otros. De Roma a Nápoles, de Nápoles a España es el tercer bloque de la exposición; estando el territorio napolitano bajo el gobierno español durante dos siglos es natural encontrar esta escuela como la más representada en las colecciones de Patrimonio Nacional. Asimismo es notable la figura de José de Ribera y la de Caravaggio, el primero por tener fundamentalmente una formación italiana y estar activo en Nápoles desde 1616 y el segundo por sus dos estancias en la ciudad. Y para terminar la exposición,  El esplendor del barroco. Grandes palas de altar en la Colección Real. En este bloque destacan el Cristo crucificado de Bernini que tenía como fin presidir el Panteón de Reyes en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, La Vocación de San Andrés de Barocci o el Descendimiento de Romanelli. Todo ello queda patente en cada una de las salas y perfectamente documentado en las paredes, donde aparecen textos explicativos. Sobre una pared oscura destaca la única obra de Caravaggio en la exposición, Salomé con la cabeza de Juan Bautista.

El artista y su obra

Este afamado pintor, también conocido como Michelangelo Merisi, nació en la localidad de Caravaggio, en la provincia de Bérgamo en 1571. Su padre se llamaba Fermo Merisi y  murió al poco de haber nacido su hijo tras una epidemia de peste en Milán en 1576. Trabajaba al servicio de Francesco Sforza cuidando los diversos edificios que tenía, parece ser que su trabajo era similar al de un maestro de obras teniendo conocimientos en arquitectura. Como consecuencia de la muerte de Fermo la familia volvió a trasladarse a Caravaggio, lo que marcará el estilo del joven artista en sus comienzos. La situación de su familia y el hecho de que su padre hubiese ocupado un alto cargo en la corte de la ciudad le dieron la posibilidad de conocer a algunas de las familias italianas más importantes, quienes después se convertirían en sus protectores.

En 1584 Caravaggio decidió regresar a Milán y allí ingresó en el taller de Simón Peterzano, el cual fue un pintor manierista y uno de los principales artífices de la contrarreforma en Italia, se cree que fue el autor de una concepción novedosa del catolicismo cercana a las clases más bajas de la sociedad, lo que pudo haber calado en su aprendiz. Peterzano afirmaba ser discípulo de la pintura de Tiziano, así fue como transmitió a Caravaggio las características pictóricas de la ciudad de Venecia y de la Lombardía. Esto no quiere decir que el joven Michelangelo adquiriese su gusto manierista, pero sí que aprendió algunos recursos como el manejo de la luz o el color, algo que será fundamental en la pintura que realizará con posterioridad. A finales de la década de los 80 su situación se vuelve complicada, su madre enferma y él se ve implicado en una agresión que le llevaría a la cárcel, sin embargo consigue eludir la prisión vendiendo la mayoría de las posesiones de su familia.

La túnica de José, h 1630-1634, Velázquez. Óleo sobre lienzo 213,5 x 284 cm. Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Madrid

La túnica de José, h 1630-1634, Velázquez. Óleo sobre lienzo 213,5 x 284 cm. Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Madrid

Llegó a Roma en 1593, poco después de que Sixto V llevase a cabo las mejoras urbanísticas en la ciudad, las cuales propiciaron una renovación en el plano intelectual. En un principio se alojó con el cardenal Pandolfo Pucci, quien le puso en contacto con la familia Aldobrandini. En esos años trabajó para otros pintores realizando cabezas o flores como Antiveduto della Grammatica o el Caballero de Arpino. Más adelante conoció al cardenal Francesco del Monte, quien supuso un punto de inflexión en su vida, ya que se convirtió en su protector y le abrió las puertas para entablar relaciones con otras familias importantes del momento. Caravaggio fue uno de los primeros en considerar de igual valor una  pintura de género que una bíblica, esta concepción en la época era bastante novedosa ya que puso el acento en la naturaleza muerta como un género autónomo.

Entre sus obras tempranas encontramos Muchacho cogiendo fruta, Baco enfermo, Los músicos, La Buenaventura o Los jugadores de cartas,  en alguna de las cuales aparece él mismo representado, las cuales fueron realizadas entre 1592 y 1594. Lo que caracterizará fundamentalmente a estas pinturas es su luz, más difusa y menos contrastada que en su etapa de madurez. En La huida a Egipto se aprecian rasgos manieristas como el alargamiento del canon de los personajes o el giro de la Virgen. Sin embargo ya podemos ver un elemento naturalista en la figura de San José, quien aparece representado como un anciano, algo que repetirá en 1603 en su obra El sacrificio de Isaac, donde la luz se ve atraída poderosamente hacia el rostro del joven Isaac.

Con el paso de los años nos encontramos a un Caravaggio diferente, su pintura ha evolucionado y ya no se centrará en representar naturalezas muertas o la figura de Baco, sino que se sirve de los temas bíblicos, pero no lo hará como otros artistas dignificando a los retratados. Será a partir de este momento cuando introduce unos aspectos novedosos en su trabajo, el naturalismo y el tenebrismo, los cuales supo dominar a la perfección convirtiéndose en el máximo exponente del barroco italiano.

En el naturalismo no cabe el idealismo, se representa la naturaleza lo más verazmente posible, buscando así un mayor efectismo en la temática. Se situó frente a las corrientes anteriores e introdujo a las clases más bajas en sus lienzos, así nos encontramos con que tomaba como modelos a prostitutas, mendigos y pordioseros para hacerlos pasar por vírgenes, santos, ángeles…  En cuanto al surgimiento del claroscuro aunque se atribuye su invención al grabador Ugo da Capri, será Caravaggio quien destaque en la técnica, apareciendo así el término de tenebrismo, que se diferencia del claroscuro por la dramatización, destacando las obras que realizó en la capilla Contarelli. En un principio debía realizar dos lienzos para la capilla pero al final terminaron siendo La vocación de San Mateo, El martirio de San Mateo y San Mateo y el ángel. Siendo el primero el más conocido y donde mejor se puede observar el tenebrismo vemos como la luz es de claraboya, proviene de un extremo superior expandiéndose por el cuadro, de esta manera parece que los personajes se encuentran sumergidos en un sótano destacando sobre el fondo oscuro. Será gracias a estas pinturas cuando empieza a cobrar mayor fama en la mítica ciudad de Roma, recibiendo encargos tanto públicos como privados.

Salomé con la cabeza del Bautista, h 1607. Caravaggio. Óleo sobre lienzo 116 x 140 cm. Palacio Real de Madrid

Salomé con la cabeza del Bautista, h 1607. Caravaggio. Óleo sobre lienzo 116 x 140 cm. Palacio Real de Madrid

Sin embargo, esa no será la única capilla que decore. Posteriormente Tiberio Cerasi le encarga dos obras para la capilla Cerasi, la Conversión de San Pablo y el Martirio de San Pedro, ambas con detalles costumbristas y con sus usuales tipos rudos y realistas. Otra de sus obras más conocidas es Judith y Holofernes, la cual inspiró a Artemisia Gentileschi, pintora caravaggista italiana, para representar el mismo tema poco después. Algunas de las últimas obras que llevó a cabo en Roma fueron El entierro de Cristo, La Virgen de los Palafreneros o La muerte de la Virgen, para la cual tomó como modelo a una mujer ahogada en el Tíber. En su etapa de Nápoles destacan retratos a caballeros de la orden de Malta, además amplía el número de figuras en sus composiciones, como en La resurrección de Lázaro, será poco después, en 1610 cuando fallezca. Su intención antes de morir era llegar a Roma y por ello tomó un barco rumbo a la ciudad, sin embargo en la escala que hizo la embarcación en Porto Ercole le retuvieron en la cárcel y al salir, el barco ya había zarpado. Se cuenta que afectado de disentería y débil, comenzó a correr por la playa persiguiendo el navío y a los pocos días murió.

La influencia de este artífice fue muy notoria en la época, influyendo en numerosos artistas, tal y como se puede ver en la exposición del Museo Thyssen, pero si hemos de destacar dos escuelas, sin duda serían la de Roma y la de Nápoles, siendo la primera más abierta y permitiendo una mezcolanza de estilos, mientras que Nápoles alargará la corriente durante más tiempo enfrentándose así a los clasicistas. En la Escuela de Roma destaca Orazio Gentileschi, quien toma el gusto por la luz caravaggiesca pero mantiene su estilo tardomanierista, su hija Artemisia Gentileschi,  Orazio Borgiani, del cual se conserva una obra en el convento de Portacelli en Valladolid y Giovani Baglione entre otros. En contraposición a estos estará la Escuela de Nápoles, donde sobresale en sus técnicas caravaggiescas Il Vatisteo.

Su personalidad, apasionante y polémica no dejó indiferente a nadie, sobre todo en estos últimos años en los que ha vuelto a surgir un espíritu renovador entorno a su figura. De este modo tanto la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza como la del Palacio Real nos ofrecen una ingente y sublime retrospectiva sobre los artistas contemporáneos a él, donde podemos comparar unas obras con otras para hallar las semejanzas entre todos ellos pese a sus variados orígenes, donde una vez más destaca Roma, la ciudad Eterna que ha sido cuna para tantos artistas.

 

Isabel Escalera Fernández

Revista Atticus


Infierno azul, con Blake Lively, la sensación del verano

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Dirección: Jaume Collet-Serra

Reparto: Blake Lively, Óscar Jaenada, Angelo Jose, Brett Cullen, Sedona Legge, Diego Espejel, Steven Seagull

Guión: Anthony Jaswinski

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Flavio Martínez Labiano

Montaje: Joel Negron

Arte: Hugh Bateup

Productores: Lynn Harris, Matti Leshem

Productores ejecutivos: Douglas C. Merrifield

Productora: Columbia Pictures, Ombra Films, Weimaraner Republic Pictures

 

Sinopsis

Después de la muerte de su madre, Nancy Adams (Blake Lively) decide viajar a una desolada playa en México para practicar surf, pero queda atrapada en una roca a 200 metros de distancia de la orilla. Lo que ya parecía un gran reto se complica cuando descubre que es observada por un enorme tiburón blanco el cual la acecha desde muy cerca.

 

Comentario

Hay que tener muchos arrestos para emprender un proyecto de esta envergadura teniendo como antecedente y referencia la mítica película Tiburón (1975, Steven Spielberg). Una cinta que supuso un hito en la historia del cine. Está considerada como una de las grandes y su estreno marcó una tendencia que impera hasta el momento: estreno simultáneo en un sinfín de salas comerciales. Además, en cuanto a la banda sonora, su celebérrimo tema principal (una simple alternancia de dos notas musicales) es uno de los temas cinematográficos más reconocibles y es una pieza clásica en la música de suspense. Solamente con oír su inicio ya se asocia con un peligro próximo.

Nada de esto parece que haya podido arredrar al director catalán afincado en Hollywood, Jaume Collet-Serra (La huérfana, 2009 y Sin identidad, 2011). Vaya por delante que el reto lo supera con nota. El escualo se ha convertido en un filón para la industria del cine, hasta en el animado figura un temido tiburón como sucede en Buscando a Nemo (Andrew Stanton, Lee Unkrich, 2003).

Blake Lively

El planteamiento de Infierno azul no puede ser más sencillo. Nancy Adams (Blake Lively) es una estudiante de medicina. Guapa, rubia, y amante de surf, decide «retirarse» abandonando Texas tras la muerte de su madre enferma de cáncer. En esa búsqueda de uno, Nancy toma una serie de decisiones dejando a un lado el más mínimo sentido común. No le preocupa hallarse en una isla desierta, ni tan siquiera no tener asegurado un medio de transporte de vuelta, ni haber dejado constancia de donde se halla y, lógicamente, no disponer del móvil en el momento menos oportuno. Todas esas decisiones se tornarán en fatales en el momento en que surge la desgracia. A la playa llega a bordo de un coche conducido por un nativo (Óscar Jaenada). Allí, en las cristalinas aguas, se encontrará con dos colegas surferos que tras unas conversaciones banales se marcharan mientras Nancy trata de disfrutar de la última ola antes de la puesta de sol. Allí se queda sola y desamparada. Y comienzan a suceder una serie de hechos… Y hasta ahí puedo contar.

Uno de los puntos fuertes de la película de Jaume Collet-Serra es la elección de Blake Lively como protagonista. Sobre ella recae todo el peso. A su portentoso y atractivo físico se le unen unas grandes dotes interpretativas. La cámara recorre cada poro de su cuerpo. La vemos como se golpea, como está aterida de frío y como disfruta sobre la tabla. Ella hace que sintamos miedo de esa tremenda aleta que es la obsesión de todo surfista (aunque por estos lares sea algo impensable), demostrando que es algo más que un cuerpo bonito. La solidez que aporta a su personaje, tanto en la sensación de autocontrol en las situaciones de pánico, como en las de acción, hace que merezca la pena detenerse en Infierno azul. Ya la vimos recientemente en una curiosa película: El secreto de Adeline, (Lee Toland Krieger, 2015) donde, entre otras cosas, nos cautivó por su sonrisa (curiosamente me despedía de la crítica en su momento diciendo que  habrá que seguir a Blake Lively para ver si puede ser capaz de lucir algo más que una sonrisa en los próximo proyectos). Nancy, a la sazón Blake, es algo más que una cara y un cuerpo bonito. Tiene una razón para estar en esa isla y su motivación la iremos viendo a lo largo de la cinta. Nos habla de supervivencia, pero no solo la física, sino la emocional. Por otro lado, su papel también refleja uno de los conceptos más primitivos en los guiones de cine: la lucha entre la bella y la bestia (son centenares los ejemplos). Ahora que están buscando un nuevo protagonista para la mítica saga, bien podíamos decir que estamos ante la nueva chica Bond. Eso sí que sería un auténtico bombazo.

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Otro de los grandes aciertos (y que cada vez se ve más en las pantallas) es saber integrar elementos basados en las nuevas tecnologías que, entre otras cosas, la edición digital permite como son la inserción de pantallas de móvil (con fotos y chateo), grabaciones realizadas con pequeñas cámaras adosadas a los cascos (o los típicos autorretratos) o el uso de la cámara lenta. Estos recursos los alterna con los consabidos planos subacuáticos en los que la cámara subjetiva amenaza las piernas de los protagonistas que ayudan a crear suspense. Y, por supuesto, la elección de un único escenario para el desarrollo de la acción. Prácticamente la desértica y paradisiaca playa es el set de rodaje. Así sucedió con Buried (Rodrigo Cortés, 2010) o 127 horas (Danny Boyle, 2011) que centraban la acción en un claustrofóbico espacio. Un pequeño islote, tan cercano a la costa pero tan inalcanzable para la actriz protagonista será su refugio y cárcel. Y todo esto coronado con una magnífica e impecable fotografía de la mano de Flavio Martínez Labiano que os ofrece unos planos cenitales maravillosos en los títulos de créditos finales.

También es destacable un brillante recurso: el introducir un personaje «fantástico» para poder exteriorizar los sentimientos del protagonista ante la falta de compañeros de reparto en escena. Es algo así como el amigo imaginario. Así vimos a Wilson (un balón despellejado) como compinche de Tom Hanks en Náufrago (Robert Zemeckis, 2000). Aquí, una gaviota herida será el seudopersonaje secundario creado para que Nancy exprese lo que siente sin ser un mero parloteo ante la cámara. Un hábil recurso.

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Aunque el director ha confesado que no ha revisionado la cinta mítica de Steven Spielberg, en su película nos podemos encontrar con un par de claros homenajes como son la boya en el mar, el fluir de la sangre mezclándose con en el agua, o los ya mencionados planos bajo el mar enfocando a los sujetos que se convierten en carnaza.

Infierno azul es un suculento y fresco gazpacho dentro del tórrido verano. Muy básica, sí, pero llevada a la pantalla gracias a una gran puesta en escena de la mano del director Jaume Collet-Serra quien ejerce una gran labor tras la cámara dirigiendo a una soberbia Blake Lively. Su actuación, las refrescantes imágenes cabalgando sobre la ola y el gran clímax creado en torno al temido tiburón, logran que salgamos de la sala con la sensación de no haber perdido el tiempo y no haber malgastado nuestros dineros. Infierno azul es la sensación del verano por su entretenimiento efectivo.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


Gustave Caillebotte. Más allá del jardín

 

“Mi querido amigo,

 Estoy pintando una «Stanopea aurea»

Que ha florecido esta mañana, y no

Puedo dejarla porque la flor no dura

Más de tres o cuatro días y no vuelve

a salir hasta el año que viene. Preséntele

por tanto mis excusas a Mirbeau”

 

Carta de Gustave Caillebotte a Claude Monet,

11 de noviembre de 1890

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 Reconocer nuestra propia ignorancia es el primero de los pasos hacia la sabiduría. No recuerdo de quién es esta cita, o si es que yo misma he tratado de recomponer una frase a medida para explicar mi semi ignorancia del pintor francés Gustave Caillebotte. Para remediarlo, he asistido expectante a la rueda de prensa que ha ofrecido el centro madrileño a los medios esta mañana y visitado la exposición, que desde el 19 de julio y hasta el 30 de octubre presenta el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, como parte de programa cultural estival dentro de la programación anual.

Mi primer contacto con Caillebotte fue hace quince años, leyendo un libro sobre el movimiento francés por excelencia, el Impresionismo. Creo que se le nombraba junto a otros pintores franceses de segunda fila y su apellido, para más inri, estaba escrito de forma equivocada. Esta anécdota, junto a dos fotos en blanco y negro de pequeñas dimensiones con el tema de la naturaleza muerta (dos bodegones floreros) eran el escaso conocimiento que poseía sobre él.

Otro pintor maldito, imaginé. Atormentado, excéntrico, pobre y todos los adjetivos que suelen acompañar al cliché que posee el imaginario colectivo sobre el artista que no se ajusta al patrón. Nada más lejos. Gustave Caillebotte es cierto que no se adapta al perfil de pintor impresionista sin un céntimo en los bolsillos, que no vende un cuadro en vida, que se mantiene lejos del grupo inicial. Todo ello es verdad. Pero no fue por las circunstancias que rodearon al resto, sino por las suyas personales. Nació en el seno de una familia acomodada y estudió en la Escuela de Bellas Artes de París, formándose inicialmente en el taller de León Bonnat. Se apasionó por el dibujo y la pintura desde temprana edad. Y su amor por la naturaleza y el aire libre, le llevó a entablar amistad con el maestro de la luz y del jardín, Claude Monet. Con el que establece una relación de amistad profunda que solo se apagará con la temprana muerte de Caillebotte a los cuarenta años de edad.

No vendió ninguno de sus cuadros en vida. Nunca le hizo falta para poder comer; y en 1894, fecha de su prematuro fallecimiento causado por una apoplejía, donó toda su obra al Estado francés.

Esta vez, en mi segundo contacto con Caillebotte, lo he imaginado como una persona extremadamente sensible. Que camina cerca sin hacer ruido, sonriendo y observando. Una de esas personas a las que gustamos de no molestar por miedo a ahuyentarlas o a que pierdan la concentración. Como una de tantas mariposas cuyas alas se deshacen al mínimo soplo de viento. De todo ello hablan sus cuadros. De su delicada y armoniosa forma de pintar y entender el mundo. De volatilidad –sirva de ejemplo el fragmento de misiva con la que se introduce este artículo-, de lo efímero, lo intangible, la luminosidad, lo que no se puede abarcar apenas con los sentidos. En resumidas cuentas, la belleza en su estado más puro.

A pesar de su profundo conocimiento de los principios clasicistas del dibujo, la composición y el color –y de su dominio-, Gustave Caillebotte se siente atraído por el nuevo estilo imperante en París, el Impresionismo, tendente a romper con lo establecido anteriormente.

Acuchilladores de parquet (obra no mpresente en la exposición). Museo de Orsay, París

Foto 1 : Acuchilladores de parquet (obra no mpresente en la exposición). Les raboteurs de parquet, 1875. Óleo sobre tela, 102 x 146,5 cm. Musée d’Orsay, París. Nº inv.: RF 2718 (C) RMN (Musée d’Orsay)

Aún así, presenta su primera obra al Salón de 1875, Los acuchilladores (foto 1), que es rechazada por el jurado. Es en este momento cuando da el primer paso para acercarse a los pintores independientes de la capital francesa, como Pisarro, Renoir o Cézanne. Cultiva una pintura distinta. En cuanto a temática, perspectiva y paleta de color. Sus principales protagonistas son burgueses que caminan por las calles del París moderno de Haussmann. Pero no solo. También retrata obreros, trabajadores y operarios. El París dorado, de luces nocturnas y personajes que brillan, lo deja de buena gana a Degas (con sus bailarinas y teatros…), a Toulouse-Lautrec (con los carteles, los bares, y los cafés) o a Renoir. Caillebotte utilizará un punto de vista alto, casi aéreo, para representar calles, plazas, rincones de la Ciudad de la Luz bajo el reinado de Napoleón III. Un curioso ejemplo de ello será su obra El bulevar visto desde arriba (1880) (foto 2). Con claras influencias de los paneles japoneses. Su color fetiche en esta etapa será el gris y los tonos minerales, así como el verde de los árboles. Estas vistas se convertirán en el primer antecedente de la fotografía.

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Foto 2: El bulevar visto desde arriba, 1880 Óleo sobre lienzo. 65 x 54 cm Colección privada

 

En la cuarta exposición impresionista fue muy criticado por el abuso del azul cobalto y ultramar, así como por los toques neutros que concede a sus cuadros de naturaleza urbana.

Por ello, y tras una profunda reflexión, el pintor parisino cambia de registro. Pasa numerosos veranos en la propiedad familiar de Yerres. Allí se contagia del clima, del sol, de los aromas y los paisajes campestres. Así como de los deportes náuticos, como el remo, que adora practicar en su tiempo libre, dejando constancia de ello en Remero con sombrero de copa (foto 3) de 1878. Despega su pintura de jardines. Cuidados, ordenados, con fuentes… La gama de colores crece y se vuelve muy rica y variada. Paula Luengo, comisaria técnica de la exposición, declara que frente al aspecto sistemático del jardín y la pausa que proporciona la jardinería, «la navegación a vela simboliza el mundo exterior: la velocidad, la exploración y el riesgo. Una actividad más impredecible pero que igualmente le fascina».

Remero con sombrero de copa, 1878 Óleo sobre lienzo. 90 x 117 cm Colección privada

Foto 3: Remero con sombrero de copa, 1878
Óleo sobre lienzo. 90 x 117 cm
Colección privada

Junto a su hermano Martial compra un terreno en Petit Gennevilliers, donde construirá y creará su propio jardín de una manera muy personal. Compagina, en un primer momento, las estancias en Gennevilliers con los veranos en Normandía y las visitas a Claude Monet. Comparte con él su pasión por la botánica, y conocerá de primera mano los cuidados del famoso jardín de Giverny, intercambiando consejos sobre horticultura y jardinería.

 El jardín de Monet y el jardín de Caillebotte

 Mientras que la pincelada que utiliza Monet, es definida por Marina Ferretti Bocquillon, comisaria de la exposición, como «breve, viva y acompasada», la de Caillebotte es más compleja. Se vale de estudios preparatorios al óleo, así como de un punto de vista elevado y largas pinceladas que derivan en una «perspectiva oblicua que enseguida se ve detenida por el horizonte, lo que produce un efecto de tensión dinámica».

El jardín de Monet tiene claras influencias japonesas, que confieren al elemento acuático gran relevancia dentro del mismo. Los nenúfares se difuminan y se funden, hundiéndose en las profundidades del color.

El jardín de Caillebotte en Petit Gennevilliers lo diseña, lo proyecta y lo lleva a cabo él mismo. Consta de un invernadero, al que dota de calefacción para el invierno. Instala también su lugar de trabajo o estudio y añade parterres organizados a los lados. Cada uno de ellos dedicado al cultivo de un árbol o flor determinado. Incorporan además, los últimos avances en jardinería.

A través de las fotografías que hizo Martial de este jardín, se ha podido reconstruir cómo fue verdaderamente. Ya que debido a su inesperada muerte quedará inacabado, y finalmente destruido con los bombardeos de 1944 en la Segunda Guerra Mundial. El Museo Thyssen expone un vídeo con una simulación digital de la reconstrucción del jardín de Caillebotte muy interesante.

Una de las grandes innovaciones del pintor será la creación de paneles con pinturas de gran formato que sustituirán a los muros. También la idea de un gran decorado floral dentro de la casa. Monet lo desarrollará más tarde con sus Ninfeas. Gustave lo logra con el Parterre de margaritas (Foto 4), que realiza en torno a 1892-1893.

 

Parterre de Margaritas, hacia 1892-1893 Cuatro paneles. Óleo sobre lienzo. 100 x 50,3 cm (cada panel) Musée des impressionnismes, Giverny, MDIG 2016.2.1 a 4

Foto 4: Parterre de Margaritas, hacia 1892-1893. Cuatro paneles. Óleo sobre lienzo. 100 x 50,3 cm (cada panel). Musée des impressionnismes, Giverny, MDIG 2016.2.1 a 4

La variedad botánica impresiona al espectador: dalias, crisantemos, girasoles, gladiolos, margaritas, orquídeas, anturios… Un delirio para los sentidos. Un ejemplo Orquideas, 1893 (foto 5).

Foto 5: Orquídeas, 1893 Óleo sobre lienzo. 5,3 x 54 cm. Colección privada

Foto 5: Orquídeas, 1893
Óleo sobre lienzo. 5,3 x 54 cm. Colección privada

 

 Tras su fallecimiento, Caillebotte y su obra caen desgraciadamente en el olvido, eclipsados por las grandes figuras del movimiento impresionista y neoimpresionista. En los años veinte su nombre casi no aparece en los libros de Historia del Arte, y es su amigo Monet el único que se encargará de recordarlo, destacando su inmenso corazón, roto debido a una muerte precoz.

Este espíritu sensible y frágil, coleccionó durante toda su vida la obra de sus amigos impresionistas, conformando una nada desdeñable colección de pintura impresionista, que compraba a los artistas y atesoraba en sus residencias. Fue un gran mecenas, jardinero, pintor, botánico y dibujante. De personalidad exquisita y equilibrado carácter.

El Museo Thyssen-Bornemisza realiza, con esta muestra, un “intercambio” con el Musée des impresionnismes de Giverny, donde se expone y se da a conocer la figura de Sorolla. Uno de los objetivos de esta iniciativa, como señala Solana, es descubrir para el público español al pintor francés. De este modo, la exposición alternativa que se ofrece sobre Caravaggio y los pintores del norte, se completa con la impresionista. Siendo, a su vez, antagonistas. El Tenebrismo y el Impresionismo. Dos épocas distintas, dos pintores opuestos. Dos corrientes alternativas. El pintor maldito y el pintor sibarita. La pasión y la elegancia. Contraposiciones en la Historia del Arte. Como en la vida misma.

Puedes consultar otro trabajo que ofrecimos en Revista Atticus sobre la figura de Gustave Caillebotte.

Almudena Martínez Martín

Historiadora del Arte

Revista Atticus


Noches de san Benito 2016

 

Un año más, la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid ha realizado cinco conciertos integrados en la programación de Noches de san Benito en los primeros días de este mes de julio de 2016.

Martirio

Martirio inauguró la programación el viernes 1 de julio. La cantante onubense comenzó con Jarcha en los ochenta, luego trabajó con Kiko Veneno y Pata Negra, y desde 1986 se ha dedicado a la recuperación y actualización de la copla, dando comienzo su carrera como artista en constante evolución, pionera en la recuperación y actualización de joyas de la música popular española y sudamericana.

Su imagen enigmática y sofisticada es la tarjeta de presentación de una artista viva, siempre curiosa, moderna y vanguardista.

Actualmente Martirio nos muestra una nueva faceta artística con una conferencia (pieza en un acto) “La Mujer y la copla”, donde, a través de las canciones, se mezclan la memoria y las costumbres de una época. Conjuga su teoría con ejemplos cantados para ofrecer un análisis de la influencia del género en nuestra educación sentimental.

Desde febrero de 2014, colabora con Radio Gladys Palmera.com, con un programa quincenal de su autoría, “Cantes rodados”, sobre sus distintas preferencias musicales.

En 2015 se edita un recopilatorio: “Martirio 30 años” sobre su carrera con dos cd ś remasterizados y una película-documental de los 30 años de su vida artística.

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Carmen Souza + Theo Pascal

Tomó el relevo, sábado 2 de julio, la voz de Carmen Souza. Difícil de describir, porque recuerda a Nina Simone y también a Billy Holliday, a Sarah Vaughan y a Carmen McRae. Souza también tiene algo de Joni Mitchell y un punto de Ricki Lee Jones.

Y es que, si algo ha demostrado esta joven cantante nacida en Lisboa y de padres cabo-verdianos, es que ha asimilado y transformado por completo estas y otras influencias, y las ha potenciado con su propio vocabulario. El resultado es una voz rica en matices, serena, en ocasiones muy sensual, otras veces espontánea, desenfadada, incluso divertida.

Después de Kachupada (2012), en el que mezclaba magistralmente elementos del jazz contemporáneo y la música afro-latina, Carmen regresó en 2014 con un álbum en directo, Live at Lagny Jazz Festival.

En octubre de 2015 Carmen lanzó Epístola, su último trabajo compuesto y coproducido junto a Theo Pascal. En él, el increíble talento vocal se mezcla a la perfección con las magistrales letras y composiciones de Pascal.

Carmen también ha sido merecedora de diversos premios y distinciones a lo largo de su carrera, como haber sido seleccionada entre las “31 Best Jazz singers 2013” por el Music Jazz Critics Poll NPR (Radio Nacional Pública EEUU) o recibir los premios a Mejor Voz femenina 2013 y Mejor Morna 2013 (“6 on na Tarrafal” Kachupada), otorgados por los Cabo Verde Music Awards.

Con Epístola Carmen Souza demuestra una vez más el amplio espectro de su destreza musical como cantante, intérprete y compositora

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Pedro Guerra

El hueves 7 de julio fue el momento de Pedro Guerra. El cantautor canario nos traerá los temas de sus dos nuevos discos, “Arde Estocolmo” y “14 de ciento volando de 14” ambos recién estrenados. En 14 de ciento volando de 14 Pedro pone música a 14 sonetos de Joaquín Sabina, mientras que Arde Estocolmo es un trabajo con canciones originales de él, en el que se extrae la belleza de lo cotidiano.

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Amancio Prada

El incombustible Amancio Prada ofreció su recital al día siguiente. Nace en Dehesas, León, en 1949. Con veinte años se va a Paris, donde realiza estudios de armonía, composición y guitarra en aquella misma ciudad con los profesores Michel Puig y Silos Manso. Tras su presentación en la capital francesa junto a Georges Brassens en 1972, las actuaciones de Amancio Prada se suceden tanto en radio y televisión como en centros de emigrantes y en distintas universidades del país vecino. Allí edita su primer disco en 1974, Vida e morte.

Tras una larga carrera en la cual ha recibido premios y reconocimientos tanto de crítica como del público, ha editado numerosos discos, el último en 2015 “La voz descalza” un libro -disco, con ilustraciones de Juan Carlos Mestre, que recoge nueve canciones de santa Teresa de Ávila. Estrenado en Ávila, dentro de los actos conmemorativos del V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús. El 2 de octubre se estrena en el Teatro Monumental de Madrid “Canciones del alma”: Cántico espiritual de san Juan de la Cruz” y “Teresa de Jesús, esposa de la canción”, con la Orquesta y Coro de RTVE dirigidos por Fernando Velázquez.

En esta ocasión nos deleitara con su espectáculo “La voz de los poetas”, en el que el cantante berciano contará con la colaboración de la violonchelista vallisoletana Amarilis Dueñas.

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Juan Perro

Juan Perro o también conocido como Santiago Auserón, actuó en la Hospedería del patio san Benito el sábado 9 de julio. Nacido en Zaragoza en 1954, cantante y compositor de Radio Futura desde 1980 hasta 1992. Desde 1977 publica artículos sobre música, arte y pensamiento en diarios y revistas especializadas, además de dar conferencias sobre música popular y filosofía de la música.

Da a conocer su nuevo proyecto musical, Juan Perro, en 1993, en la gira Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante.

Su gira Juan Perro 2016 es una nueva sonoridad y nuevas canciones, combina las voces singulares de un grupo de músicos creadores unidos por la complicidad. Un paso más allá en la síntesis de tradiciones afroamericanas e hispanas llevadas al terreno de la experimentación sonora. Música de baile que abre espacios novedosos, humor dispuesto a la invención en cada escena, hondura en la interpretación. Una decena de canciones inéditas antes de ser registradas, nuevas historias emocionantes, dos horas de concierto caliente y divertido.

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Hasta el próximo año.

Revista Atticus

Fotografías: Chuchi Guerra


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