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Estamos de enhorabuena. Cumplimos nuestro primer año de la web Revista Atticus.

Que mejor manera de celebrar este fiestón que ofrecer lo que mejor sabemos hacer. Hoy dejamos aquí  bajo estas líneas el número 10 de Revista Atticus para que todos vosotros lo podáis disfrutar.

De forma resumida, el contenido del mismo es el siguiente.

Humor gráfico por gentileza de Andrés Faro.

Escultura en terracota 6 (El sacromonte de Varallo) por José Miguel Travieso.

Facsímil de Revista Geográfica Española de un artículo sobre el viaje en automóvil desde España a la India en el año 1938 (se ha editado un anexo, ya disponible en este web).

El beso en la historia del Arte (primera entrega) por Luis José Cuadrado Gutiérrez).

Jaime I, el rey conquistador por Joseph María Osma Bosch.

Entendiendo a Hopper por Diego Hermoso.

Alejandro Schmitt, el neoexpresionismo de la Tierra por Juan Diego Caballero Oliver.

Fotógrafos y sus fotografías con la colaboración especial de Jesús González, Rogelio García Alonso y Luis Raimundo García Fernández.

Relatos en torno a una mirada con la participación de Luisjo, Berta Cuadrado y Mogo.

Dadme las piedras y A las siete de la tarde poesía escrita por Manolo Madrid.

La poesía un compromiso social por la escritora Marina Caballero.

Y un apartado con especial dedicación y cariño para un pueblo que ha sufrido una terrible catástrofe: Haití por Luis José Cuadrado Gutiérrez y la colaboración de Julián Salas Serrano.

A vuestra disposición.

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Antonio Camoyán, el alma del paisaje

Antonio Camoyán, el alma del paisaje

Es un orgullo para mi y para todos aquellos  que hacemos posible Revista Atticus que un artículo que se publicó en la web figura como el primero cuando haces la consulta en el Google. No voy a desvelar cuál es esa entrada por que no viene al caso. Pero nos sentimos muy orgullosos de ello.

El caso que hoy nos ocupa viene de la mano de Juan Diego Caballero, excelente colaborador que dirige el magnífico blog ENSEÑ-ARTE, quién nos facilitó el trabajo que hizo sobre la figura de Antonio Camoyán y que publicamos en el número 9 de Revista Atticus

Podéis consultar el artículo en:

http://aprendersociales.blogspot.com/2009/06/el-alma-del-paisaje.html

o en nuestra web:

http://revistaatticus.es/la-revista

En su momento Juan Diego me habló de lo oportuno de publicar ese trabajo. Pues bien ahora en la ciudad de Sevilla se realiza una doble exposición. Por una lado se muestran las fotografías de Antonio Camoyán que lleva por título “El alma del paisaje” y por otro lado la obra pictórica de Francisco José Hernández “Alas de papel”. Esta exposición estará abierta al público hasta el 19 de abril (de martes a domingo, de 10 a 21 horas) en el Foro de la Biodiversidad (Patio de Banderas, 16, Sevilla). Para más información:

http://www.fundacion-biodiversidad.es/inicio/noticias/noticias/113119

Camoyán exhibe el resultado de su trabajo. Han sido muchos años realizando innumerables fotografías, intentando captar el alma del paisaje de los parajes de Río Tinto, en Huelva. Las altas concentraciones de piritas, mineral de cobre, provocan la tintura del agua, piedras y todo el curso del río. Lo cual confiere a todo el conjunto un aspecto irreal, fantástico y lleno de belleza.

Antonio Camoyán se ha dedicado, con un ojo perceptivo, minucioso y una sensibilidad pictórica a retratar el paisaje y sugerir, por medio de la fotografía, emociones. El artista presenta cerca de 700 fotografías escogidas entre las más de 40.000 que posee sobre este paraje onubense. De esta manera saca a la luz más de 45 años de trabajo en el entorno de Río Tinto y pone en evidencia dos de sus pasiones: la naturaleza y el color desde la abstracción.

Juan Diego Caballero nos presenta a Antonio Camoyán (1941)  “es persona bien conocida en el campo de la fotografía de la naturaleza, tema al que viene dedicándose de manera ininterrumpida desde su juventud. Su extensa trayectoria le ha llevado a los lugares más diversos para captar desde múltiples puntos de vista la riqueza y diversidad del medio natural. Puede completarse un breve currículo de Antonio Camoyán indicando que ha realizado numerosas exposiciones y catálogos, que acumula diversos premios o que ha sido jefe de fotografía de las revistas Periplo y Ronda Iberia. Como resultado de todo ello, más de un millón de negativos analógicos figuran en su archivo fotográfico personal que alcanza ya, tanto en cantidad como en calidad, el valor de verdadero legado visual, digno de conservarse íntegramente”.

La exposición se organiza a través de seis pantallas: Aguas: Paisajes, Piedras, Algas y Espumas, Barros y Abstractos, acercándonos a esa mirada sobre el rastro cromático que dejan las aguas del río en los paisajes de Huelva.

Esta doble exposición se completa con los trazos de Francisco José Hernández. Lamentablemente poco os puedo decir de él, pues no lo conozco y no tengo más referencia que su blog. Así que aquí os dejo su dirección:

http://avestrazos.blogspot.com/

Y por, último pues que estéis atentos al próximo número de Revista Atticus, que será el 10 (el 4 de marzo estará disponible en la web), pues Juan Diego Caballero nos ha facilitado otro de sus trabajos esta vez sobre la obra de Alejandro Schmitt que a buen seguro también os va a sorprender. Un ejmplo de su obra pictórica es esta foto.

Luisjo

Revista Atticus 10 ya casi está a punto para llevar a vuestros hogares.

Para esta ocasión uno de los platos fuertes es el de rememorar una excursión que haría las delicias de cualquier viajero. Para ello nos trasladamos en el tiempo. Allá por 1938 unos románticos deciden ir en automóvil desde San Sebastián hasta la India. Esta aventura se recogió en una publicación de la época, Revista Geográfica Española, en su primer número y en los dos siguientes. Pues bien nosotros, el equipo de Revista Atticus ha escaneado la revista y os la ofrece como anexo al número 10. Creo que es la primera vez en la historia del periodismo que se entrega primero el anexo y luego la revista..

La primera entrega recoge el recorrido desde San Sebastián a Bagdad: Visitan Andrinópolis, Konia,

Alepo, Damasco y Bagdad.

La segunda parte del recorrido (RA 11) relatan las aventuras desde Bagdad a Beluchistan (una antigua región del sur de Asia que comprende parte del Pakistán actual, sureste del Irak y sur de Afganistán). Con paradas en Teherán, Ispahán, Bam y Kandahar

Y en la tercera parte (RA 12) van desde Afganistán hasta la India, deteniéndose en ciudades como Kabul, Paeshawar y Delhi entre otras.

Esperamos que os guste.

Luisjo

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A lo largo de seis entregas en los números RA 4 hasta RA 9 han ido apareciendo un reportaje sobre el Museo de Orsay.

 

Ahora todas esas entregas las hemos compilado en un número especial monográfico para el que José Miguel Travieso ha diseñado la portada.

 

Ahora no hace falta desplazaros hasta París ya que la Fundación Mapfre muestra algunas de estas obras (Los acuchilladores de parqué y La clase de danza, son algunas de las obras que están presentes en la exposición madrileña).

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Invictus de Clint Eastwood

INVICTUS

 La nueva película de Clint Eastwood ya ha llegado a las pantallas de cine. El director californiano se ha convertido en una referencia por su trayectoria. Para quines le siguen o seguimos es toda una garantía a la hora de elegir ir a ver una película.

Sus últimas cintas demuestra su buen hacer y su compromiso social. Entre ellas cabe destacar Gran Torino (2009) o Million Dollar Baby (2005).

 Invictus está basada en la novela de John Carlin El factor humano (de rimbombante título original: Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation). Como principales protagonistas están un excepcional Morgan Freeman en el papel de Nelson Mandela y un sobrio y convincente Matt Damon (François Pienaar). Los hechos que narra el film sucedieron a comienzos de 1990 en el momento en que Nelson Mandela abandona la cárcel tras 27 años. El gobierno liberó al líder sudafricano con la esperanza de que fuera mejor, para sus intenciones, que estuviera en libertad que preso, pues tenían la vana esperanza de que la falta de libertad hubiera domado su férrea voluntad de convertirse en un líder para su pueblo. Mandela enseguida trató de ofrecer un mensaje de reconciliación expresando que el enemigo no eran los blancos sino el apartheid. De Klerk (antiguo dirigente) y Mandela compartieron en 1993 el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos de instaurar la democracia en Sudáfrica. Pero al año siguiente el país estaba sumido en un caos. Se hablada de una guerra de baja intensidad. Nelson Mandela se convirtió en la única opción para celebrar una convocatoria de unos comicios multirraciales. Algo impensable unos meses atrás.

Es en ese momento cuando arranca el film. Mandela es el presidente de Sudáfrica y el apartheid ha caído. Pero lo cierto es que los problemas entre blancos y negros siguen siendo cotidianos. En 1995 se va a celebrar la III Copa del Mundo del Rugby en Sudáfrica. Mandela ve en esa oportunidad histórica un buen motivo para limar asperezas interraciales. Convierte el campeonato en un instrumento de conciliación de su pueblo. El rugby es el deporte nacional. El gran logro de Mandela fue que supo dar la vuelta a la situación: lo que anteriormente era el símbolo de la opresión de los blancos durante décadas lo convirtió en un equipo con espíritu multirracial, orgulloso de su país: los Springboks (en alusión a la gacela africana que es el símbolo de la nación). El dirigente sudafricano supo involucrar al equipo por medio de su joven capitán François Pienaar. Esta es la historia que cuenta Invictus.

 En toda buena película durante el transcurso de la misma asistimos a una evolución del protagonista. En este caso el protagonista es el pueblo sudafricano. Clint Eastwood consigue evolucionar su protagonista y pasa de abuchear en los partidos preparatorios para el Campeonato y animar al equipo contrario a sentirse identificado con su equipo llegando a la locura colectiva.

 La situación de aquel momento era crítica. La película arranca con una escena de la liberación de Mandela. Lo que para unos era esperanza para otros era el declive. El entrenador de un equipo de rugby al contemplar la escena les dijo a los deportistas, blancos: “Recordad, muchachos, este es el día en que nuestro país empezará a irse a pique”. Mientras al otro lado de la carretera, un grupo de críos negros dejan alborotados el balón de fútbol para acercarse hasta la valla que les separa y vitorear a su líder. Rugby frente a fútbol, libertad frente a opresión.

 Ya, ya sé que muchos de vosotros me decís que si mucho bla, bla, pero, en definitiva, ¿te gustó? Mi valoración.

 Es una pena que aquellos que pudiendo ser sabios se conformen con la mediocridad. Invictus es una buena película. Una película que narra una hazaña épica, gloriosa, de un evento deportivo. Tiene muchas connotaciones y no es para quedarnos solo con la gloria atlética.  Pero lo que lamento es que un excelente director como Clint Easwood no haya logrado sacar el máximo partido de unos magníficos mimbres (hoy que cuesta tanto encontrar buenas historias, buenos guiones). Al director parece que se le olvidó lo que precisamente da título a la obra en la que está basada. Se le olvidó el factor humano. Apenas se nota su mano. La película es muy limpia, sin grandes artificios y asistimos sentados en la butaca las más de dos horas como si de un documental se tratara. Lo que no es precisamente un demérito. Pero al director californiano se le pide más.

El logro de superar los problemas interraciales se debe, fundamentalmente, a la buena disposición de sus dirigentes y al enorme grado cívico demostrado por sus habitantes. Y esto en la película no se logra transmitir por más que se abracen negros o blancos o por más que nos muestren a un niño negro compartir un refresco con los polis blancos.

Y mira que a mi me emociona los eventos deportivos con esa exaltación de la patria. Pero lo película no me llega a emocionar, es menos dramática que los ejemplos antes citados. No me movió las tripas.

 El cambio de registro de Eastwood gustará a mucha gente por que al final saldrán del cine con un regusto bueno pues no deja de ser un final feliz. Mientras a otros, en los que me incluyo, sentimos un mal sabor de boca porque nos tiene acostumbrados a no darnos todo mascado y a tener un final dramático que nos invita a la reflexión.

 En definitiva y aunque no me emociono reconozco que es una buena película, sencilla, sin garra pero con pasión y detrás de ella hay un buen trabajo.

Hacía tiempo que desde estas páginas no hablaba de cine. Invictus lo ha conseguido. Un punto a su favor. Otro punto más lo obtiene por que ha sabido captar la esencia del rugby y reproduce con bastante fidelidad lo que sucedió en aquel campeonato. Al igual que cuando vemos llorar en la pantalla tiene que ser creíble, los lances del juego tienen que serlos. Yo soy un leguleyo pero me han comentado gente que de esto sabe que los golpes de castigo lo son. Vamos que está bien realizada y la ambientación es perfecta.

 Invictus es una parábola sobre el nacimiento de una nación. Atrás han quedado estos hechos que marcaron una etapa histórica llena de ignominias. Merece la pena que la veamos aunque tan solo sea por reflexionar durante un momento que los negros, los habitantes de Sudáfrica, los nativos de un gran país no pudieron ejercer su voto hasta 1994.

 Por último, el poeta William Ernest Henley escribío en 1875 unos versos. Estos versos le sirvieron a Nelson Mandela para mantenerse altivo en su encierro. Esos mismos versos se los transmite al capitán François Pienaar para que encuentre la motivación en lograr la hazaña que le encarga. Estos son los versos:

 INVICTUS

Out of the night that covers me,
Black as the Pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul. -
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed. -
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds, and shall find me, unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate;
I am the captain of my soul. – -

 

En español:

 

Desde la noche que sobre mi se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses si existen
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de lágrimas e ira
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma

Luisjo

Escribir cuesta trabajo

Escribir cuesta trabajo

 El pasado jueves nos llegó a la redacción de Revista Atticus una nueva reseña sobre un libro recién publicado.

 Desde sus inicios Revista Atticus ha querido destacar por ser una publicación rigurosa y amena en sus contenidos. Desde aquí hemos lanzado diferentes convocatorias para participar en la elaboración de la misma. También hemos difundido distintas convocatorias que abarcan un amplio espectro del panorama cultural.

 Con la llegada de esta reseña se nos planteó una duda ética. ¿Es lícito difundir o publicitar una obra de la cual no se conoce su contenido salvo lo expuesto en una pequeña reseña?

 Durante buen parte del fin de semana esta pregunta ha estado latente en la cabeza de varios miembros del Consejo de Redacción.

 En grandes empresas me imagino que esto será un acosa habitual pero para nosotros suponía una novedad y por lo tanto un reto.

 Mientras llegábamos a un acuerdo cayó en mis manos un libro. Un libro por todos conocidos. Ojeando el contenido del mismo me topé con unas cuántas líneas que me venían de “perlas”  para afrontar el dilema. Si era conveniente o no la difusión de una obra sabiendo solo la reseña mandada por su autor, en este caso Tomás Prieto Martín.

 En el prólogo de la obra con la que me topé (que luego diré su nombre) dice algo así:

 Yo creo que es bueno que sucesos tan destacados, y quizás nunca oídos ni vistos, sean conocidos por mucha gente para que no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que a algunos lectores les enseñen algo y, a los que no profundicen tanto les entretengan. A propósito de esto dice Plinio que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”, sobre todo si consideramos que no todo el mundo tiene los mismos gustos, pues lo que uno no come, otro lo desea, y lo que unos no aprecian, otros lo estiman. Por ello no debería menospreciar ninguna historia, a menos que sea muy detestable. Al contrario, debería comunicarse a todos, especialmente si no causa perjuicio y si de ella se puede sacar alguno fruto. Porque, si no fuese así, muy pocos escribirían para sí mismos, pues escribir cuesta trabajo, y, ya que se lo toman, los escritores quieren ser recompensados, no con dinero, sino con que la gente lea sus obras y se las alaben si hay motivo para ello.

 Esto aquí relatado aparece en El lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI (el fragmento seleccionado es del libro El lazarillo de Tormes en su versión adaptada de Eduardo Alonso y editada por Vicens Vives en su colección Clásicos Adaptados).

 La reseña que nos envió Tomás Prieto Martín es la siguiente:

 LA MÁCULA PÚRPURA

Esta obra, cuya acción básicamente se desarrolla entre Sevilla y otros  diferentes puntos de la geografía española, sumerge al lector en los entresijos del siempre fascinante y enigmático mundo de las Sociedades Secretas. Es una ocasión para comprobar como se mueven los hilos del mundo dentro de la hostelería, y de como la Iglesia, una vez más,  antepone sus intereses mercantiles por encima de sus propias creencias y doctrinas. Salmorelli, personaje principal de la novela, luchará junto al “Padrino”, el señor Rey, y sus hermanos de la “Familia” por realzar los valores humanos de la Sagrada Sociedad de Hostelería, dedicando sus vidas en pro de salvaguardar y defender celosamente sus secretos y misterios rodeados siempre de un halo sagrado. Consiguiendo en su empeño defender a ultranza los valores de un gremio devaluado, prostituido y olvidado en el tiempo. 

Sobre el autor

 Conocedor del poder que tiene la imaginación, deja volar su mente en todos y cada uno de sus relatos. Nacido en Sevilla en 1970, escritor autodidacta y dedicado en cuerpo y alma al mundo de la hostelería des muy pequeño, Tomás Prieto Martín, navega con sus letras a través del mundo siempre enigmático de las Sociedades Secretas, Mafias, y todo aquello que rodea especialmente a  la novela negra, sin dejar de lado al suspense ni las historias de amor. Colaborador de periódicos locales, encuentros literarios,  y boletines de asociaciones o hermandades, por fin consigue sacar a la luz su primera novela “La Mácula Púrpura”, cuyo personaje central da nombre a su habitual nick de participación en la red, “Salmorelli”. Sus relatos, “El Encuentro”, junto a Lola Macías, “Sueños”, “La Gubia del Poder”, “Confesión”, “Sangre Patentada”  y su cooperación en la Hostería de Butarelli, han arrastrado a decenas de seguidores a conectarse a diario en su blog en busca de un nuevo episodio de una singular historia. Cuenta en su haber con el premio Thot por parte de la revista Argentina “Papirando”, con el fue premiada la originalidad que mantiene su blog al dejar interactuar a sus lectores en sus relatos.

 Lo podéis encontrar en www.bubok.es

 Por parte de Revista Atticus solo nos queda decir aquello de que no somos responsables de las versiones emitidas por nuestros colaboradores, ni en esta obra ni en cualquier otro contenido o reportaje que venimos publicando.  

 Luisjo

La maldición blanca

Es tema de actualidad, pero siempre ha estado ahí.

Nos ha llegado a la redacción la pista sobre este texto de Eduardo Galeano que escribió en el 2004 sobre Haití y que ahora cobra un mayor interés.

La maldición blanca

Eduardo Galeano

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.


Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.


La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

—¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?

—El anterior.

—Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.


A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.

Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.


En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.


Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.


En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

Tomado de la web

http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/la_maldicion_blanca.htm

Eduardo Galeano es un escritor y periodista uruguayo que aboga por un periodismo comprometido, alejado del elogio constante del poder, e incluye a la escritura periodística dentro de las formas de hacer literatura.

Revista Atticus

Encuesta

 El equipo editorial de Revista Atticus se ha planteado nuevos retos. Estamos estudiando la posibilidad de llevar la revista a papel. Sondeamos tanto las fuentes de financiación como el mercado al que queremos llegar. Para ello necesitaríamos que nos contestes a tres breves preguntas.

Con la edición en papel tendrías ante ti una revista cuidada, elegante, siguiendo la misma línea que la planteada hasta la fecha en su edición electrónica. Cada número iría numerado y firmado. El coste de la publicación se financiaría con la inserción de tres/cuatro anuncios publicitarios y los ingresos de la venta de ejemplares. El precio de la revista rondaría los 10 euros. Constaría de 96 hojas y su publicación sería semestral (más adelante podría llegar a ser trimestral). Te llegaría a tu casa por correo postal.

 ¿Estarías  dispuesto a pagar 10 euros por hacerte con la revista en edición impresa?

  

 

El hecho de contestar a la encuesta no te compromete a nada. Solo se trata de ver el interés de la publicación y ver que tirada de ejemplares son necesarios para cubrir el mercado. Muchas gracias por tu atención.

El equipo editorial de Revista Atticus.

Seguimos contando con tu colaboración

http://revistaatticus.es/2010/01/22/te-vigilan

Luisjo

 

Te vigilan

Te vigilan

 En el próximo número de Revista Atticus (número 10) se incorporan nuevos fotógrafos que ilustraran las páginas con sus fotografías y de paso nos darán a conocer su obra.

Rogelio Garcia Alonso, Luis Raimundo García y Jesús González López han confirmado su participación.

De Luis Raimundo García he elegido la fotografía Te vigilan para incitaros, invitaros a participar. Venga no seáis remolones. Mandar algo que se os ocurra y que tenga que ver con la foto. Puede ser un relato, una poesía, una canción, un algo. Hasta el día después de los “enmaromados”, es decir, hasta el 15 de febrero tenéis tiempo para la entrega. Se irán publicando en la web y una selección de los mejores irá a RA10 y, tal vez, lo mejor de lo mejor a la edición de papel que poco a poco va tomando cuerpo.

Claro, una vez más, con el ejemplo se predica.

Os dejo un relato inspirado en la fotografía que ilustra esta entrada. Lleva por título Los otros habitantes.

Espero que os guste.

Los otros habitantes

A lo largo del día, en alguna ocasión, siento que me espían, que soy observado. No sé si esto mismo les suele suceder a ustedes mis queridos lectores o si esa sensación solo es producto de mi imaginación.

 Pero yo les animo a que estén atentos a sus palpitos y seguro que caen en la cuenta de que es muy posible que, tal vez, les estén observando.

 La cosa mía va un poquito más allá. Yo me pregunto muchas veces quién o quiénes habitan mi casa cuando yo no estoy en ella. ¿Cómo, que ustedes no se creen que haya una serie de aprovechados que ocupan su hogar?

 Por de pronto yo tengo la sana costumbre de echar la llave de la puerta de casa cada vez que salgo con dos vueltas del tambor. El porqué hago esto es muy sencillo. Hay veces que nada más salir de casa se acuerda uno de no sé-qué-cosa-tenía-que-llevar-que-se-me-ha-olvidado. Pues bien retrocedo y lo que hago al descerrajar la puerta es avisar a mis inquilinos de que he tenido que darme la vuelta, que se escondan, que no me quiero sobresaltar. Es como un código no escrito. Ellos, “los otros” saben perfectamente de mis horarios y saben que los días laborables no estoy en casa por la mañana, Pero ¡ay!, algún día cualquier imprevisto me obliga a presentarme a media mañana y nada más salir del ascensor voy haciendo ruido con las llaves para que vayan tomando sus posesiones y se vuelvan a sus rincones, por eso me gusta dar dos vueltas a la llave, para dar tiempo a los rezagados.

 ¿A qué sino obedece que encuentres botellas de licor que no tocas en meses y veas que su contenido ha bajado sospechosamente? Seguro que ustedes, como yo lo han notado de sobra pero no dicen nada, no comentan ni a sus amigos por temor a que les miren con recelo. Y ¿qué me dicen de ese día cuando uno vuelve a cada tranquilamente y al entrar, después de haber dado las dos vueltas a la llave, se encuentran con una luz encendida o un armario abierto?

 Claro, ahora caen y se empiezan a dar cuenta de que ustedes, como yo, son espiados.

 No quiero extenderme más pero recuerden esas ocasiones en las que acuden a su baño de casa y se encuentran con la toalla (o el albornoz) caído en el suelo. Hummm…, lagarto, lagarto.

 Yendo por la calle o circulando por el coche también he tenido la sensación de ser observado, como la mujer de la foto, que tranquilamente, inocente ella, no se da cuenta de la mirada que sobre ella pende. A veces volvemos la vista, distraídamente, como quien no quiere la cosa para ver si pillamos a nuestro voyeur particular. Pero ellos, “los otros” son muy hábiles. Yo en más de una ocasión creo distinguir en la oscuridad del portal su silueta. Me hago el distraído cuando salgo del ascensor, pero sé que están ahí, lo presiento, lo noto. Seguro que si ustedes leen esto ahora la vida les va a cambiar y van a estar prevenidos. Van a estar atentos a esas señales. Estoy seguro que ahora mismo están teniendo esa sensación, cómo si estuvieran leyendo esto mismo a la vez, detrás de ustedes. Están a punto de terminar el relato, pero no se vuelvan, no miren a su alrededor. Y mañana cuando salgan de su casa (no se olvidan de echar una doble vuelta a la llave), cuando salgan del ascensor, ahí estarán escondidos en ese rincón donde nunca llega la luz. Sigan adelante y piensen que esto que leyeron no es más que un relato.

 Luisjo

 Mandar vuestra colaboración a esta dirección como comentario o a los siguientes correos:

luisjocuadrado@yahoo.es

revistaatticus@yahoo.es

 Mientras llega RA10 podéis ver las fotos de estos fenómenos en

Luis Raimundo García

http://haciendoclick.blogspot.com/

 Jesús González

http://haciendoclack.blogspot.com/

 Rogelio García Alonso

www.rogalonso.com

www.flickr.com/photos/rogalonso

Pequeñas palabras de Salvador Robles

Liliana Cristina García nos manda a la redacción de Revista Atticus una reseña de un interesante libro que acaba de publicar Salvador Robles.

Salvador Robles Miras nació en Águilas (Murcia), aunque reside en Bilbao desde los diez años. Está casado y tiene un hijo. Es periodista y pedagogo, y ha publicado hasta la fecha 18 libros: tres novelas (“Noche clara”, “La vida en la distancia” y “La luz del silencio”), cinco volúmenes de microrrelatos (“Los abuelos también van a la escuela”, “La escuela sin edad”, “Los ojos de la vida”, “Mirar es encontrar” y “Pequeñas palabras”) y once libros de ensayo, de psicopedagogía y literatura divulgativas.

Pequeñas palabras

En las Letras todo es posible. Es posible hilvanar sentimientos, acunarlos, renegar de ellos, atesorarlos en la profundidad del corazón y de la razón, pero también es posible jugar con las palabras, acercarse a ellas poniendo lo mejor de sí para llegar al lector y atraparlo en ese juego maravilloso donde la realidad, disfrazada de fantasía, echa a volar abriéndose camino entre la atención y el asombro. Salvador Robles posee una habilidad extraordinaria para transmitir esas vivencias cotidianas, que convertidas en relatos, se erigen en el hilo conductor de este nuevo libro. Otros diecisiete títulos del mismo autor, de Ensayo, Novela y Pedagogía, lo preceden  y avalan.

Autocrítico por excelencia, prefiere dar a cada uno de sus cuentos el tiempo necesario de aprobación para que maduren en calidad y lleguen al lector transformados en las brevas de un transcurrir único y preciso, donde cada tema se fundamenta en el alfa y el omega de la narración, dicho de otra manera, el autor agota la capacidad descriptiva puesta al servicio de la comprensión y el placer de la lectura, con un lenguaje cálido, accesible y fluido, donde la única ornamentación posible es la imaginación del lector que tiene entre sus manos un ejemplar de Pequeñas palabras.

                                                                      Liliana Cristina García

                                                                      Poeta y Escritora argentina

 También he encontrado en la web un comentario de Beatriz Giovanna Ramírez en:

http://beatrizgiovannaramirez.blogspot.com/2010/01/pequenas-palabras-salvador-robles-miras.html

Si las palabras son semillas, embriones de significado, portadoras de origen y de futuras plantas. Habrá que sembrarlas para que germinen y crezcan. Las palabras son simples, compuestas, derivadas y parasintéticas. Las palabras son agudas, llanas, graves, esdrújulas, sobreesdrújulas. Las palabras son monosílabas, bisílabas, trisílabas, polisílabas. Las palabras tienen fuerza, presencia y acentos, Las palabras se descifran, se persiguen y se descubren. Las palabras son lenguaje. Las palabras abren las puertas o las cierran. Las palabras siempre buscan labios para besar y liberarse. Las palabras son grandes. Las palabras son medianas. Las palabras son pequeñas. Las palabras nos acercan o nos alejan para siempre. Las palabras hacen el amor a los oídos, al aire por donde viajan y desaparecen, se olvidan o se recuerdan para siempre. A las palabras les gusta jugar y hacer reír.  Hay palabras que se lanzan como cuchillos y hacen doler. Hay palabras que acarician y consuelan. Hay palabras que abrazan y estimulan. Hay palabras que sanan y desarman. Hay palabras que enamoran y que danzan. Hay tantas palabras para hacer un ramillete diario y regalarlo a la vida, a la esperanza,  al amor, a la familia. Hay Pequeñas Palabras, de Salvador Robles que jamás se deben olvidar.

 Redención lectora

Se llevó el libro de la Biblioteca con la intención de devolverlo, pero, cuando lo leyó por primera vez, la tentación le guiñó el ojo. Estaba impresionado con la historia que había leído. Después de otras dos lecturas, más enriquecedoras incluso que la primera, tomó la decisión de quedarse con el libro y regalarle todas las lecturas que se merecía. Y a Doña Ética no le importó.

 En la Editorial Paréntesis lo podéis encontar:

http://www.parentesiseditorial.com/PEQUENAS-PALABRAS-isbn-9788499190617.html

Luisjo

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