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Crítica película The Revenant de Alejandro González Iñárritu
El renacido

Ficha técnica

Wcartel_el_renacido_0Título original: The Revenant
Director: Alejandro González Iñárritu
Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Will Poulter, Domhnall Gleeson, Forrest Goodluck, Lukas Haas.
Año: 2015
Duración: 156 min
País: Estados Unidos
Guion: Mark L. Smith y Alejandro González Iñárritu basado en parte de la novela de Michael Punke, The Revenant.
Música: Carsten Nicolai, Ryuichi Sakamoto
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Productora: New Regency / Anonimous Content / RatPac Entertainment
Distribución: 20th Century Fox
Género: Western / Aventuras / Drama
Sinopsis

Basada en parte de la novela de Michael Punke, The Revenant, que a su vez se inspira en las hazañas del trampero y hombre de la frontera (frontiersman) Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), González Iñárritu narra la aventura más conocida del famoso personaje. A principios del siglo XIX, en torno a 1820, Glass partió junto con otros noventa y nueve hombres, que conformarían el grupo denominado Los Cien de Ashley, para remontar el río Missouri hasta su nacimiento, y trabajar como tramperos en la zona de Perkins. En una de las expediciones de caza, junto a doce compañeros entre los que se encontraba su hijo Hawk, Glass es gravemente herido por una osa grizzly, quedando al borde de la muerte, paralizado e incapaz de continuar la marcha junto a los suyos. A su lado, y a cambio de una generosa recompensa, permanecerán Hawk (Forrest Goodluck), Fitzgerald (Tom Hardy) y el joven Bridger (Will Poulter). Pero en un momento dado, Fitzgerald decide acabar con la vida del vástago de Glass y abandonar a éste en medio de la naturaleza, enterrándolo vivo, en las profundidades más abruptas de la América salvaje y regresar al campo base. A partir de entonces, comienza el viaje y la lucha por la supervivencia de Glass, para llegar al cuartel general y vengarse de Fitzgerald.
Comentario

Leonardo DiCaprio quiere el Óscar. Ansía la codiciada estatuilla dorada. Ha estado a punto de poseerla en numerosas ocasiones. Nominado como actor secundario desde la adolescencia (¿A quién ama Gilbert Grape?, Lasse Hallström, 1993); en su juventud (El aviador, Martin Scorsese, 2004; Diamante de sangre, Edward Zwick, 2006); y ahora, en su etapa adulta con El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) y El Renacido. Demasiadas nominaciones, tanto a Globos de Oro, como a Premios Bafta, MTV, Sindicato de Actores… pero pocos premios. Conocido internacionalmente como actor y personaje público, poco reconocido a la hora de ser premiado. Ha elegido -personalmente creo que con muy buen criterio- todos los personajes que ha interpretado. Exceptuando, quizá, el Jay Gatsby de El Gran Gatsby (Baz Luhrman, 2013) -la sombra del personaje de la novela y la de Robert Redford son alargadas- y algún que otro tropiezo en forma de pseudo espagueti-western en su post-adolescencia (Rápida y mortal, Sam Raimi, 1995). Post-adolescencia que se vio prolongada por su fama de ídolo de masas femenino y su aspecto físico aniñado, acompañado de una actitud rebelde muy del estilo del James Dean de los cincuenta o del malogrado River Phoenix en los noventa.

Aprobados los ha sacado, y altos. Véase El Aviador (Martin Scorsese, 2004) -interpretando a un histriónico y magnífico Howard Hughes, al lado de una espectacular Cate Blanchett- o cuando se metió en los pantalones del rey de Wall Street Jordan Belfort. Ha tenido sus más y sus menos a lo largo de su extensa y amplia carrera cinematográfica. Elige papeles de personajes con una fuerte personalidad, de carácter muy marcado; quiere llenar la pantalla. Al espectador le puede gustar o no, pero la inunda. En El Renacido lo intenta. Pero abarca pocos registros: se mueve en el territorio de la impotencia, la rabia, la venganza, el sufrimiento, la tristeza… pero no va más allá. Busca la seguridad en unos estadios del ser humano que domina. No es la mejor ni la más excelente de sus actuaciones pero se puede llevar el gato al agua. Por fin. Y quitarse de forma definitiva el sambenito de ídolo de adolescentes y actor gafe.

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El proyecto de Iñárritu no carece de buenos propósitos. Las aventuras del trampero Hugh Glass se convierten en el blanco perfecto para desarrollar un western que no convence como tal, transformándose en una historia de superación, lucha y venganza personal. De todos los largometrajes del director mejicano, El renacido es el que menos tiene que ofrecer. Con Amores Perros (1999) metió al público y a la crítica en su bolsillo; con 21 gramos (2004) los enamoró aún más; y con Babel (2005) los conquistó definitivamente. Babel me obsesionó durante mucho tiempo. Con el reparto coral, las historias que se entrecruzan, la multiculturalidad reinante, la reivindicación social, lo absurdo de la guerra, las diferencias entre el primer y el tercer mundo, la certeza dura y cruel del efecto mariposa… Iñárritu cuenta historias. Trenza y destrenza nudos. Y todo ello lo vemos plasmado en sus primeros filmes.

Con El Renacido da un giro inesperado. Otras influencias invaden su mente. Y las refleja en la película. Arriesga con su tradicional sintonía de reparto coral. Aquí se la juega con DiCaprio. El gran peso de la película recae sobre su interpretación, acompañado de un sorprendente antagonista, el actor británico Tom Hardy, que rompe con su imagen de secundario musculado «con nada que añadir», y propone al espectador un lado oscuro repleto de estratos y recursos interpretativos. És el rostro del estrés postraumático, la avaricia, la traición, la cobardía, la mentira y la rudeza. De la crueldad que roza la enfermedad y el comportamiento «borderline».

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No hay sorpresas importantes en la historia. El tiempo crudo de las guerras de las tribus indias americanas; los tramperos que traficaban con piel de animales; inviernos gélidos; pobreza y miseria humana. González Iñárritu se apoya en la fotografía y en la música. La banda sonora juega un papel crucial acompañando a escenas realmente bellas. Paisajes atemporales, ríos que se desbordan, bosques inmensos, cielos abiertos e infinitos. La música cesa. Se instala el silencio. Lo trascendente se une con lo material, lo humano con lo divino. Y allí está presente Terrence Malick con ecos de El árbol de la vida (2011). Director fetiche para nuestro cineasta. No en vano, han coincidido en dos películas con ese actor magnético de mirada intensa que es Sean Penn (El árbol de la vida, La delgada línea roja y 21 gramos).

¿Puedes oír el viento, padre? ¿Recuerdas lo que mi madre solía decir del viento? El viento no puede vencer a un árbol con fuertes raíces. Aún respiras… La extraño mucho. Estaré, justo aquí… Estoy justo aquí. Mientras aún puedas sostener un aliento, sigue peleando. Respira. Sigue respirando. Cuando hay una tormenta… Y estás parado frente a un árbol… Si ves a las ramas, jurarías que se van a caer… Pero si ves el tronco, notarás su estabilidad.

Si Malick es una influencia, también lo son otros referentes como el realismo mágico. Escenas oníricas sacadas de relatos de García Márquez. Poderes sobrenaturales, magia y etnia (los pawnees). Sobresale la escena en la que Glass sueña con su mujer fallecida que sobrevuela el horizonte. El pelo posee vida propia. Huellas de Frida Kahlo.

La literatura no termina con Márquez. Comienza con las teorías del Buen Salvaje que recogió y popularizó el filósofo Rousseau en el siglo XVIII. El mito que surgió con las primeras poblaciones indígenas de América. El choque entre el pueblo «civilizado» y las etnias indias. Aquí se puede apreciar en las luchas entre las diferentes tribus y su cultura, y el choque con los «yanquis». Los estereotipos están más marcados que nunca. Franceses, americanos, pawnees, sioux… que conviven en el mismo territorio cada uno con sus reglas y costumbres. ¿La leyenda del buen salvaje, el hombre es bueno por naturaleza? Cada cual con sus normas, tradiciones, no hay buenos ni malos. Distintos y símiles. Es lo que enseña la película. Todos se encuentran por el camino de la vida en busca de venganza. La muerte y el sufrimiento igualan al ser humano.

Junto a ese sufrimiento corporal se muestran en pantalla una serie de «imágenes violentas», y no porque se vea o se refleje dolor en ellas, sino porque el público no está acostumbrado a su visión ya que no forman parte de su cotidianidad. Ahora me explicaré mejor. DiCaprio, como superviviente en las montañas perdidas en medio de la nada, debe hacer en este orden: pescar un pez con las manos, morderlo desesperadamente, despedazarlo y comerlo crudo -lo que la visión del espectador está acostumbrado a mirar, sin embargo, es el sushi cuidadosamente preparado en bandejitas de madera-; en segundo lugar, comer el hígado y las piezas de un cuadrúpedo con las manos mientras éstas se tiñen poco a poco de sangre y su estómago le provoca arcadas -el imaginario colectivo en este caso puede meterse entre pecho y espada un steak tartar sin poner el grito en el cielo y aquí no ocurre nada-; y por último, el despiece de un caballo, con desglose de casquería incluido, que realiza Glass en su intento desesperado por no congelarse en las altas cotas alpinas introduciéndose dentro del animal y tomando prestado su calor interno -algo que el más común de los mortales en su trayecto diario en metro no suele practicar y cuando duerme lo hace cubierto por un edredón de plumas de oca que Ias grandes superficies del mueble venden introducidos en cómodas bolsitas de plástico esterilizadas y con tratamiento antiácaros incluido. Violencia, puede ser. Justificada, en una película como El renacido, también. Llegados a este punto ya se fragua otra contienda, esta vez en la alfombra roja. ¿Qué película competirá por ser la más violenta? Como candidatos, propongo, El Renacido y Los odiosos ocho (2015) del más que especialista en la materia, Quentin Tarantino.

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Durante todo el metraje se escuchan ecos del héroe de Dafoe, Robinson Crusoe. Y de esa indiferente recreación contemporánea que fue Náufrago (Robert Zemeckis, 2000) protagonizada por Tom Hanks. La soledad. El hombre oyéndose solo a sí mismo, a la voz de su conciencia. Como lo ha hecho también de forma excepcional Matt Damon en la reciente Marte (2015). Muchas similitudes en dos películas que se estrenan con pocos meses de diferencia ambientadas en siglos dispares.

También, y para concluir este mestizaje de influencias, de culturas y de leyendas, encuentro esporádicamente, en determinados fotogramas, demasiada filosofía new age. Malick la utiliza de forma velada e inteligente. Apenas se percibe. Iñárritu, sin embargo, derrama el vaso. Aún así, El Renacido se deja ver. Los minutos transcurren veloces y las miradas se deleitan en los paisajes, en las pocas palabras, en la naturaleza agreste, en el alma y en el cuerpo que sufren. Y en la satisfacción de la superación.

¿Se superará también DiCaprio? Eso está por ver. De lo que no cabe duda es que Iñárritu sale de su zona de confort y arriesga. ¿Acierta? Decide el público después de los títulos de crédito.

Os dejo un tráiler:

Almudena Martínez Martín

Revista Atticus

 

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Crítica película Spotlight de Tom McCarthy

Crítica Spotlight de Tom McCarthy
El aspecto romántico de una profesión amenazada

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Película: Spotlight.
Dirección: Tom McCarthy.
Reparto: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, Stanley Tucci, John Slattery.
País: USA. Año: 2015. Duración: 128 min.
Género: Drama.
Guion: Tom McCarthy y Josh Singer.
Música: Howard Shore.
Estreno en España: 29 Enero 2016.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.

Sinopsis
Spotlight narra la historia real de la investigación ganadora del premio Pulitzer llevada a cabo por el Boston Globe que sacudió la ciudad y causó una enorme crisis en una de las instituciones más antiguas y seguidas del mundo. Cuando el tenaz equipo de reporteros de la sección Spotlight ahonda en los alegatos de abuso dentro de la Iglesia Católica, descubren en su investigación el encubrimiento llevado a cabo durante décadas por parte de las altas esferas de organizaciones religiosas, legales y gubernamentales de Boston, desatando una ola de revelaciones alrededor del mundo.

Comentario
Basado en un hecho real. Eso es su mejor guion. Tras el visionado de la película nos preguntamos: ¿cómo es posible que pudiera suceder una cosa así? Lo malo de todo esto es que hoy mismo sigue fallando algo en nuestra sociedad. Se siguen dando casos de abusos en colegios, religiosos o no, a la vuelta de las esquinas de nuestras casas. Solo hace falta abrir el periódico para darnos cuenta de que un pederasta ha estado, cerca de 35 años, abusando, presuntamente, de niños. Entregamos los corderos a nuestros lobos.

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Tom McCarthy nos cuenta las peripecias de un grupo de periodistas en la investigación de los abusos a menores por parte de miembros de la Iglesia Católica en la diócesis de Boston así como los tejemanejes del cardenal Bernard Law para proteger a esos curas pederastas. Este grupo pertenecía a la sección Spotlight del The Boston Globe. Los hechos en sí, el abuso a menores por parte de sacerdotes, son deleznables, pero también se descubre que se venían produciendo durante décadas y con el beneplácito de las altas esferas clericales que o bien sepultaban la denuncia o bien trasladaban al cura pedófilo a otra parroquia lejana.

La acción transcurre a comienzos del 2001 en un momento crucial en el mundo del periodismo. Las ediciones online empezaban a tener un peso muy importante y surgen cabeceras digitales. Los periódicos empiezan a perder lectores e ingresos publicitarios. The Boston Globe sufre su particular crisis. Para relanzar el diario, llega un nuevo director, Martin Baron (Liev Schreiber) que propone a Spotlight el seguimiento de un antiguo caso, acontecido en los años 70, en el que John J. Geoghan, un cura de Boston, ciudad ultracatólica, abusó de innumerables menores. El equipo lo forman el propio jefe de la sección, Walter V. Robinson (Michael Keaton) y los periodistas Mike Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams) y Matt Carroll (Brian d’Arcy James). En la investigación contarán con una pieza clave: el abogado de las víctimas, Mitchell Garabedian (Stanley Tucci).

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Siguiendo los pasos de los investigadores, el espectador irá descubriendo toda la información por medio de entrevistas a las víctimas, recortes de prensa, buceando en los archivos. Es decir, nos cuenta y muestra sin entrar a valorar. De esta manera irán encajando las piezas, todo ello con un aspecto neutro, aséptico e imparcial fruto de la investigación de los hechos, el mejor baluarte de Spotlight. No hay deseos de venganza o persecución a la Iglesia católica por ser tal, sino por ser una institución podrida, así se lo recuerda el director del periódico Martin Baron a sus redactores: «no os centréis en los curas, en los individuos, vayamos a por la institución, hay que apuntar contra los males del sistema». Hay una clara denuncia y un cuestionamiento del porqué sucedieron estos abusos a menores, del que no se salva ni la propia organización periodística que o bien por desidia o bien por olvido no trató el tema en su momento y se dejó pasar. ¿Por qué no lo investigó entonces? El director ahí deja la duda para que sea el propio espectador el que trate de contestar a ese interrogante que planea durante buena parte del metraje.

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El planteamiento y estilo está a caballo entre la película de denuncia social como fue Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) y el filme que participa del thriller como es Argo (Ben Affleck, 2012), pero mirando de reojo a la película El club (Pablo Larraín, 2015) quien también ha puesto el dedo en la llaga de los abusos por parte del clero, con otro enfoque distinto. Es una película que nos habla de periodismo en su aspecto más romántico; del amor hacia una profesión que ha tenido (y tiene) que adaptarse a las nuevas tecnologías y a nuevos modelos de financiación. Pero también nos habla de la libertad de expresión; del periodista casi como un empleado de un servicio público ante los casos de corrupción; del papel de la Iglesia Católica; de la fractura de la sociedad a partir de los hechos del 11-S; de la fragilidad de las clases desfavorecidas y de abogados y la burocracia que rodea a la justicia.

El reparto es uno de los mejores activos de Spotlight. La interpretación no abusa de la dramatización. Por encima de todos destacan los papeles sobrios que interpretan Mark Ruffalo y Liev Schreiber. El primero de ellos es el que está más desarrollado. Su papel es de una implicación que le lleva a la ruptura entre la línea que divide lo privado y lo profesional. Para él no hay vida más allá de la profesión. Quiere desvelar todo y que paguen los culpables. Sin embargo, Liev Schreiber es lo contrario. También tiene una mayor implicación pero es mucho menos visceral, es más racional, más pausado y que con un gran saber estar dirige, con corrección, hacia dónde tienen que encaminar sus pesquisas para «encerrar» a toda una institución.

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Otra de sus mejores bazas es la manera de contarnos la historia. Incuso en los momentos más escabrosos como puedan ser las entrevistas a las víctimas, no hay escenas en las que se vea una violación, un tocamiento. Nada. No hay nada de eso. Incluso las palabras no se muestran violentas como sucedería con la citada El club. Pero sin dejar de mostrar una realidad brutal de unos hechos con la aquiescencia de la Iglesia católica, y de buena parte de la sociedad con algunos de sus más relevantes estamentos como es la judicatura. No hay que olvidar que Massachussetts es el estado de los Estados Unidos que cuenta con más católicos.

Hay una imagen que bien pudiera resumir el punto de vista con que el director nos cuenta la historia. Y es cuando el periodista Mike Rezendes en una de sus visitas al abogado que defiende a las víctimas de abusos, ve en la sala de espera a dos pequeños, dos inocentes críos. Con apenas unas miradas sabemos por qué están ahí. Sabemos que por mucho que se empeñe en su investigación el periodista, sigue habiendo más víctimas. Y eso te hierve la sangre y te revuelve el estómago a partes iguales. Y no han mostrado nada. Solo por el contexto lo sabemos. Genial forma de aludir a un hecho sin mostrarlo.

La dirección corre a cargo de Thomas McCarthy (Vidas cruzadas, 2003, The visitor, 2007) autor también del guion (junto con Josh Singer –un reputadísimo guionista con trabajos en el cine y el TV en los que destaca la serie El ala oeste de la Casa Blanca o Ley y orden: Unidad de Víctimas Especiales-). McCarthy se muestra conciso y efectivo ofreciéndonos un producto inteligente, planteado de una forma sencilla en el que la historia avanza de forma cronológica desde que se hacen cargo de la investigación hasta la publicación del reportaje en 2002. El director se suma así a esos colegas que nos han dejado como legado grandes obras de «cine periodístico» como son Alan J. Pakula (Todos los hombres del Presidente, 1976) o, más recientemente, George Clooney (Buenas noches y buena suerte, 2005).

Spotlight llega en un momento crítico en el mundo periodístico. Cada vez se venden menos periódicos; hay multitud de recursos, formatos y plataformas donde se vierten constantemente noticias y la profesión de periodista está seriamente amenazada. Spotlight genera interés, nos hará reflexionar sobre la importancia de la libertad en los medios de comunicación muy por encima de los espurios intereses económicos. Nos hará tener fe en la investigación periodística caiga quien caiga y que el que la hace la tiene que pagar y que no vale esconderse bajo las sotanas o bajo el aforamiento. Eso lo cuenta muy bien Spotlight, de forma amena, a lo largo de más de dos horas, constituyendo un pequeño tributo tanto a todos aquellos que han sufrido el abuso de las personas en las que habían depositado su confianza y a todos aquellos que con su trabajo, el periodismo, han denunciado estos hechos. The Boston Globe reveló que una serie de sacerdotes (cerca de 90) abusaron de menores. A raíz de la publicación de estos hechos, en 2002, se denunciaron desmanes parecidos en muchas más ciudades, demasiadas. ¿Qué hubiera pasado si los periodistas de Spotlight no hubieran hecho bien su trabajo? Vayan al cine y… ¡compren periódicos!

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


Revista Atticus 31. Ya te la puedes descargar.

Ya tenemos el ejemplar para su descarga libre. También la puedes encontrar en nuestro Facebook. Si te gusta puedes compartirla en tus redes sociales. Eso nos gusta mucho y nos ayudas a dar a conocer nuestro trabajo. Como ves no pedimos mucho. Esperamos que os guste.

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Revista Atticus


Plataforma de afectados de hepatitis C en Valladolid

Presentación del manifiesto nosotros con vosotros

El 4 de febrero de 2016, en la Casa Zorrilla de Valladolid, se procedió a leer el manifiesto de la plataforma de afectados por la hepatitis C en Valladolid.

Las artes y la cultura de Valladolid con los afectados de hepatitis C.

No puede haber una sanidad para ricos y otra para pobres.

Quienes contraigan una enfermadad como es la hepatitis C deben de tener acceso en el momento en que se le diagnostica a una medicación. Y no esperar en que el enfermo entre en una situación crítica para suministrar el medicamento.

Os dejamos ese manifiesto y desde aquí nos sumamos a esa inciativa que ha reunido a mucha gente del mundo de la cultura en apoyo a los enfermos de Hepatitis C.

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Revista Atticus

fotografías: Chuchi Guerra


El hijo de Saúl
Reabre el debate de la idoneidad del uso de imágenes en la representación del Holocausto

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Título original: Saul fia (Son of Saul)
Director: László Nemes
Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz, Kamil Dobrowolski, Christian Harting
Año: 2015
Duración: 107 min.
País: Hungría
Guion: László Nemes, Clara Royer
Música: László Melis
Fotografía: Mátyás Erdély
Productora: Laokoon Filmgroup
Género: Drama | Holocausto. II Guerra Mundial. Drama carcelario

Sinopsis
Auschwitz, 1944. Saúl Auslander es un prisionero húngaro que trabaja en uno de los hornos crematorios de Auschwitz. Es obligado a quemar todos los cadáveres de los habitantes de su propio pueblo pero, haciendo uso de su moral, trata de salvar de las llamas el cuerpo de un joven muchacho a quien él cree su hijo y buscar un rabino para poder enterrarlo decentemente. Saúl se aleja de los supervivientes y sus planes de rebelión para salvar los restos de un hijo de quien nunca se ocupó cuando aún estaba vivo.

Comentario
La película El hijo de Saúl viene precedida por su fama antes del estreno. Esto, simplemente, te crea unas expectativas. Tras su visionado tienes que analizar si las cumple. En mi caso, me defraudó. Tanta alabanza, tanta película del año… que el soufflé se desinfló. Desde su pase en el festival de Cannes se han escrito centenares de páginas sobre El hijo de Saúl.

Vaya por delante que no soy un entendido en nada, y menos en esto del cine. Solo un simple entusiasta y estudioso que trata de aprender. Si gran parte de la crítica bendice esta película es que hay algo que se me ha escapado. Así que me puse a leer largo y tendido. Y ahora, trataré de hacer mi comentario.

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El hijo de Saúl narra las desventuras de Saúl Ausländer (Géza Röhrig), un miembro de los sonderkommandos que deambula por el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau ejerciendo las tareas como si fuera un guardia dentro de las vallas. Su misión es la conducción de los presos hasta la cámara de gas, despojarles de sus pertenencias, deshacerse de los cuerpos y limpiar (con pulsión enfermiza) la estancia para la próxima ejecución. En su ir y venir, Saúl se hace cargo del cuerpo de un pequeño adolescente al que señala como un hijo suyo. Desde el momento de su muerte tratará de que sea enterrado con la mayor dignidad posible, siguiendo el rito judío, poniendo en peligro su propia seguridad y la de sus compañeros. Este grupo anda más preocupado por su inminente futuro -corre el rumor de que ellos serán los próximos en ir al cadalso-. Mientras Saúl busca a un rabino, sus compañeros le increpan que esté más preocupado de un niño muerto que de la salvación de sus compatriotas. Tienen un plan de fuga que ahora ven peligrar por la actitud incomprensible de Saúl.

Dice Primo Levi que «el crimen más demoníaco del nazismo fue la creación de los sonderkommandos». Los sonderkommandos eran unas cuadrillas de presos, judíos, obligados a conducir a otros presos hasta las cámaras de gas. Ellos eran los encargados de «tranquilizarlos» mientras les invitaban a que se fueron desnudando para «la ducha», revisar todas sus pertenecías para quedarse con lo más valioso y, por último, deshacerse de los cuerpos. Una idea maquiavélica. Que tus propios compatriotas sean los encargados de empujarte hasta la muerte con la falsa idea de que tal vez ellos se libren de la misma, es de lo más abyecto y execrable que la mente humana pueda imaginar. Los miembros del comando tenían el dilema moral de empujarlos a la muerte o eran ellos son los que morían. Y esto lo concibieron Hitler y sus secuaces casi como una diversión.

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La interpretación de Géza Röhrig, en uno de sus primeros papeles, es sencillamente magistral. Va y viene de aquí para allá, errático, casi golpeado constantemente, empujado, se mete entre las personas como una rata, mientras le vemos como sufre con ese tormento interior por tratar de agarrarse a algo que le proporcione frescura entre tanta desolación. Al omitir su director los detalles más escabrosos, su rostro es el encargado de transmitirnos todo el horror que le rodea. Y lo consigue, vaya si lo consigue.

El tema del Holocausto ha sido tratado en multitud de películas y el argumento de Nemes no difiere de otros muchos títulos. Lo que destaca en la ópera prima del director húngaro es su aspecto formal que intensifica lo que estamos viendo como lo que está sucediendo fuera de campo. Son apenas ochenta planos secuencias, largos, rodados con un objetivo de 40 mm. El resultado se nos muestra en una pantalla casi cuadrada al utilizar un formato «novedoso» con una relación de 1.33 a 1, limitando lo que ve el espectador para centrarse casi exclusivamente en su protagonista. Si en uno de mis anteriores comentarios (Los odiosos ocho) aludía al rodaje en esa reliquia de formato panorámico, aquí sucede todo lo contario. El director ha elegido ese formato para provocarnos una sensación de agobio, de estrechez y que así podamos fijarnos casi exclusivamente en la figura del protagonista. A esto le añadimos que muchos de los planos están rodados con cámara al hombro (movimiento constante de vaivén) y situada detrás del protagonista. Con lo cual, parece que seamos uno más de su grupo. Es decir, abandona la visión por medio de los ojos del actor principal, para situarnos por detrás de él. Muchas de las cosas que suceden, suceden fuera de foco, fuera de cámara y otras están desenfocadas. Vemos pasar cadáveres, arrastrados por prisioneros, pero muchas veces sin distinguir si es hombre o mujer. Pero sobre todo, oímos la barbarie, oímos los gritos de dolor de desesperación de los prisioneros al enterarse que no es una ducha donde están, que no es agua lo que sale por los difusores. Todo esto es un gran recurso para provocar en nosotros la agitación. Esa incomodidad dista mucho de la empatía. No sé si me expreso bien. Quiero decir, que no me conmovió, no sentí el horror que por ejemplo pude sentir en una película con El club (Pablo Larraín, 2015). O incluso esa otra que te invita a la reflexión desde la comicidad como fue La vida es bella (Roberto Benigni, 1997). Las escenas me sitúan en un laberíntico corredor del infierno, incluso al director no se le han olvidado las escenas con caldera de carbón incluida. Son las cavernas del Averno, los pasillos del inframundo de esa creación tan infame que fueron los campos de extermino. Me situaban allí, pero algo faltaba para que el vello se erizara o el estómago se contrajera. Faltaba que empatizara con lo que estaba viendo. No sé expresarlo de otra manera. Si en Spotlight (Tom McCarthy, 2015) te revuelves en la butaca y no ves una maldita imagen sobre el abuso de a menores, aquí intuyes, oyes y ves horror, pero me falta hacerlo mío. Hoy, tras decenas de años, no se me han olvidado aquellas secuencias en las que los indios se cebaban con las víctimas y al ir a entrar un familiar en la casa, había alguien que le impedía el paso para evitar ver esas imágenes que a nosotros también se nos escatimaban. Esa no visión de lo que allí sucedió tenía más poder que la propia imagen en sí. Eso lo eché en falta en El hijo de Saúl. Tal vez el director nos está enseñando mucho sin mostrarnos nada.

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Reconozco que todas las cuestiones técnicas son de un gran mérito. Seguramente ahora veremos a diferentes directores jugar con el formato de la pantalla (ya sucedió algo parecido con la vuelta al uso del cine en blanco y negro con la premiada The Artist -Michel Hazanavicius, 2011- y «nuestra» Blancanieves -Pablo Berger, 2012-). Y habrá que tener muy en cuenta los siguientes proyectos de Nemes, un cineasta, 39 años, que había obtenido buenos premios con un corto en el que ya estaba la idea original de su ópera prima y que había trabajado como ayudante de dirección con Belá Tarr.

El hijo de Saúl no fue seleccionada para el festival de Berlín (qué oportunidad pérdida, de haber sido precisamente allí en suelo alemán su presentación) y se presentó en el festival de Cannes. Obtuvo el prestigioso premio FIPRESCI, pero se tuvo que «conformar» con el Premio del Jurado, el segundo escalafón detrás de la Palma de Oro que se llevó Dheepan de Jacques Audiard. Eso sí, moralmente fue la vencedora al ser reconocido públicamente su trabajo por los hermanos Coen, presidentes del jurado.

A la hora de valorar la cinta, hay una cuestión ajena a El hijo de Saúl. Pero esa cuestión también es inherente a la película. Y sobre la que, en estos días sobre todo, se han vertido ríos de tinta. Me refiero a la idoneidad de reproducir imágenes del Holocausto para referirse a esta gran matanza. Una de las voces más autorizadas sobre la barbarie nazi fue Primo Levi (1919-1987). Escribió un relato que es el testimonio capital. Se trata de Si esto es un hombre, un relato escrito entre diciembre de 1945 y enero de 1947 sobre su propia experiencia, sobre la vida cotidiana que le tocó vivir en el campo de exterminio de Auschwitz. Allí fue deportado por su ascendencia judía. En él recurre frecuentemente a citas y pasajes de La Divina Comedia de Dante para equipararlos con los horrores vividos por la deshumanización con que fueron tratados en Auschwitz.

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Uno de los primeros que realizaron un documental sobre la Shoah (-literalmente la catástrofe- término hebreo utilizado para referirse al Holocausto) fue Alain Resnais (1922-2014) en 1955 con su película Noche y niebla. Este cineasta francés, una de las principales figuras de la Nouvelle vague que revolucionó el montaje y la fotografía, realizó una película documental a partir del material gráfico incautado al ejército nazi. Su trabajo repasó con ironía y crudeza pero no exenta de una gran delicadeza la maquinaría de exterminio del Tercer Reich.

El filósofo alemán, de origen judío, Theodor Adorno manifestó con su célebre frase: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Su pensamiento contiene una crítica a que después de un genocidio de tal magnitud el hombre sea capaz de olvidar para llegar a conocer de nuevo la belleza.

El cineasta Claude Lanzmann se había opuesto a hacer ficción del Holocausto. Realizó un documental de casi diez horas de duración que lleva por título Shoah (1985). En él recogía decenas de testimonios de víctimas y verdugos a modo de falsa entrevista. Lanzmann ha criticado toda obra ficcionada que tuviera como tema el Holocausto. Considera la ficción como una transgresión. No le gustó nada el tratamiento que hace Steven Spielberg con La lista de Schlinder (1993). Ahora parece que ha dado la «bendición» a la entrega de Nemes.

Hay un hecho fundamental y que también se recoge en la película El hijo de Saúl. Se trata de la toma de imágenes por parte del miembros del Sonderkommandos, esos presos que cumplirán tareas de control y recogida de todas las prendas y enseres que llevaban los presos hasta el momento en que se desnudan para entran en las cámaras de gas. De manera clandestina y casi cuando estaban a punto de huir del Auschwitz, porque sabían que les había llegado su hora, un prisionero, Alex, tomó unas instantáneas para testimoniar lo que allí estaba sucediendo. Esto se recoge muy bien en el libro Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto de Georges Didi-Huberman. Uno de los ensayos clave para entender todo lo que rodea a la conveniencia de reproducir fotografías que testimonian lo que allí sucedió, como si hiciera falta una imagen para refrendar los actos tan execrables. Didi-Huberman vindica el poder del arte para construir un pasado y una memoria, un ensayo en el que defiende la importancia de la fotografía frente a aquellos que manifiestan que no es necesario el uso de imágenes como prueba de algo que no necesita ser probado.

El propio Georges Didi-Huberman, en agosto de 2015, dirige una carta a László Nemes que lleva por título «Salir de la oscuridad». Comienza diciendo al director: «El hijo de Saúl, es un monstruo. Un monstruo necesario, coherente, benéfico, inocente. El resultado de una apuesta estética y narrativa extraordinariamente arriesgada». (La carta está publicada íntegra en la Revista Caimán Cuaderno de cine, número 45, Enero 2016, puedes leer el comienzo en el enlace.

László Nemes, director de El hijo de Saúl

László Nemes, director de El hijo de Saúl

En esa extensa carta al director húngaro, considera que esas cuatro fotografías tomadas de forma clandestina, suponen «un depósito en el que la sombra y la luz, el negro y el blanco, lo definido y lo difuso, son testimonio directo de una situación de la que esas imágenes aparecen como «las supervivientes». Y, por último, considera que es mucho más difícil representar un infierno que ha existido que un infierno imaginario.

En resumidas cuentas, László Nemes no tenía fácil acometer el tema del Holocausto. Un tema que ha sido llevado al cine en multitud de ocasiones. Siempre iba a tener sobre su cabeza si mostrar demasiado podía ser considerado como una frivolidad o, por el contrario, mostrar poco podía ser sinónimo de menospreciar lo que allí sucedió. Ahí radica, también, la grandeza del cine: el suscitar un encendido debate.

El hijo de Saúl, en definitiva, es una película sobrecogedora, claustrofóbica que tiene su mejor baza en los aspectos técnicos (sonido angustioso, cámara agilísima y una limitada profundidad de campo, junto con la presentación en el formato casi cuadrado). Una película que nos plantea, de nuevo, la idoneidad de la reproducción de imágenes para describir el horror con una puesta de escena muy distinta a la habitual. Incómoda, sin concesiones, dura, que no es fácil de ver, pero que resulta necesaria. El hijo de Saúl nos habla del Holocausto, pero también y, sobre todo, de la condición humana. Justo cuando ahora se cumplen 70 años de la liberación del campo de Auschwitz, László Nemes quiere que no se olvide lo que allí sucedió, que no fue otra cosa que el aniquilamiento, planificado y sistemático, de cerca de un millón de judíos a manos de las tropas alemanas.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


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