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Plataforma de afectados de hepatitis C en Valladolid

Presentación del manifiesto nosotros con vosotros

El 4 de febrero de 2016, en la Casa Zorrilla de Valladolid, se procedió a leer el manifiesto de la plataforma de afectados por la hepatitis C en Valladolid.

Las artes y la cultura de Valladolid con los afectados de hepatitis C.

No puede haber una sanidad para ricos y otra para pobres.

Quienes contraigan una enfermadad como es la hepatitis C deben de tener acceso en el momento en que se le diagnostica a una medicación. Y no esperar en que el enfermo entre en una situación crítica para suministrar el medicamento.

Os dejamos ese manifiesto y desde aquí nos sumamos a esa inciativa que ha reunido a mucha gente del mundo de la cultura en apoyo a los enfermos de Hepatitis C.

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Revista Atticus

fotografías: Chuchi Guerra


El hijo de Saúl
Reabre el debate de la idoneidad del uso de imágenes en la representación del Holocausto

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Título original: Saul fia (Son of Saul)
Director: László Nemes
Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz, Kamil Dobrowolski, Christian Harting
Año: 2015
Duración: 107 min.
País: Hungría
Guion: László Nemes, Clara Royer
Música: László Melis
Fotografía: Mátyás Erdély
Productora: Laokoon Filmgroup
Género: Drama | Holocausto. II Guerra Mundial. Drama carcelario

Sinopsis
Auschwitz, 1944. Saúl Auslander es un prisionero húngaro que trabaja en uno de los hornos crematorios de Auschwitz. Es obligado a quemar todos los cadáveres de los habitantes de su propio pueblo pero, haciendo uso de su moral, trata de salvar de las llamas el cuerpo de un joven muchacho a quien él cree su hijo y buscar un rabino para poder enterrarlo decentemente. Saúl se aleja de los supervivientes y sus planes de rebelión para salvar los restos de un hijo de quien nunca se ocupó cuando aún estaba vivo.

Comentario
La película El hijo de Saúl viene precedida por su fama antes del estreno. Esto, simplemente, te crea unas expectativas. Tras su visionado tienes que analizar si las cumple. En mi caso, me defraudó. Tanta alabanza, tanta película del año… que el soufflé se desinfló. Desde su pase en el festival de Cannes se han escrito centenares de páginas sobre El hijo de Saúl.

Vaya por delante que no soy un entendido en nada, y menos en esto del cine. Solo un simple entusiasta y estudioso que trata de aprender. Si gran parte de la crítica bendice esta película es que hay algo que se me ha escapado. Así que me puse a leer largo y tendido. Y ahora, trataré de hacer mi comentario.

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El hijo de Saúl narra las desventuras de Saúl Ausländer (Géza Röhrig), un miembro de los sonderkommandos que deambula por el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau ejerciendo las tareas como si fuera un guardia dentro de las vallas. Su misión es la conducción de los presos hasta la cámara de gas, despojarles de sus pertenencias, deshacerse de los cuerpos y limpiar (con pulsión enfermiza) la estancia para la próxima ejecución. En su ir y venir, Saúl se hace cargo del cuerpo de un pequeño adolescente al que señala como un hijo suyo. Desde el momento de su muerte tratará de que sea enterrado con la mayor dignidad posible, siguiendo el rito judío, poniendo en peligro su propia seguridad y la de sus compañeros. Este grupo anda más preocupado por su inminente futuro -corre el rumor de que ellos serán los próximos en ir al cadalso-. Mientras Saúl busca a un rabino, sus compañeros le increpan que esté más preocupado de un niño muerto que de la salvación de sus compatriotas. Tienen un plan de fuga que ahora ven peligrar por la actitud incomprensible de Saúl.

Dice Primo Levi que «el crimen más demoníaco del nazismo fue la creación de los sonderkommandos». Los sonderkommandos eran unas cuadrillas de presos, judíos, obligados a conducir a otros presos hasta las cámaras de gas. Ellos eran los encargados de «tranquilizarlos» mientras les invitaban a que se fueron desnudando para «la ducha», revisar todas sus pertenecías para quedarse con lo más valioso y, por último, deshacerse de los cuerpos. Una idea maquiavélica. Que tus propios compatriotas sean los encargados de empujarte hasta la muerte con la falsa idea de que tal vez ellos se libren de la misma, es de lo más abyecto y execrable que la mente humana pueda imaginar. Los miembros del comando tenían el dilema moral de empujarlos a la muerte o eran ellos son los que morían. Y esto lo concibieron Hitler y sus secuaces casi como una diversión.

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La interpretación de Géza Röhrig, en uno de sus primeros papeles, es sencillamente magistral. Va y viene de aquí para allá, errático, casi golpeado constantemente, empujado, se mete entre las personas como una rata, mientras le vemos como sufre con ese tormento interior por tratar de agarrarse a algo que le proporcione frescura entre tanta desolación. Al omitir su director los detalles más escabrosos, su rostro es el encargado de transmitirnos todo el horror que le rodea. Y lo consigue, vaya si lo consigue.

El tema del Holocausto ha sido tratado en multitud de películas y el argumento de Nemes no difiere de otros muchos títulos. Lo que destaca en la ópera prima del director húngaro es su aspecto formal que intensifica lo que estamos viendo como lo que está sucediendo fuera de campo. Son apenas ochenta planos secuencias, largos, rodados con un objetivo de 40 mm. El resultado se nos muestra en una pantalla casi cuadrada al utilizar un formato «novedoso» con una relación de 1.33 a 1, limitando lo que ve el espectador para centrarse casi exclusivamente en su protagonista. Si en uno de mis anteriores comentarios (Los odiosos ocho) aludía al rodaje en esa reliquia de formato panorámico, aquí sucede todo lo contario. El director ha elegido ese formato para provocarnos una sensación de agobio, de estrechez y que así podamos fijarnos casi exclusivamente en la figura del protagonista. A esto le añadimos que muchos de los planos están rodados con cámara al hombro (movimiento constante de vaivén) y situada detrás del protagonista. Con lo cual, parece que seamos uno más de su grupo. Es decir, abandona la visión por medio de los ojos del actor principal, para situarnos por detrás de él. Muchas de las cosas que suceden, suceden fuera de foco, fuera de cámara y otras están desenfocadas. Vemos pasar cadáveres, arrastrados por prisioneros, pero muchas veces sin distinguir si es hombre o mujer. Pero sobre todo, oímos la barbarie, oímos los gritos de dolor de desesperación de los prisioneros al enterarse que no es una ducha donde están, que no es agua lo que sale por los difusores. Todo esto es un gran recurso para provocar en nosotros la agitación. Esa incomodidad dista mucho de la empatía. No sé si me expreso bien. Quiero decir, que no me conmovió, no sentí el horror que por ejemplo pude sentir en una película con El club (Pablo Larraín, 2015). O incluso esa otra que te invita a la reflexión desde la comicidad como fue La vida es bella (Roberto Benigni, 1997). Las escenas me sitúan en un laberíntico corredor del infierno, incluso al director no se le han olvidado las escenas con caldera de carbón incluida. Son las cavernas del Averno, los pasillos del inframundo de esa creación tan infame que fueron los campos de extermino. Me situaban allí, pero algo faltaba para que el vello se erizara o el estómago se contrajera. Faltaba que empatizara con lo que estaba viendo. No sé expresarlo de otra manera. Si en Spotlight (Tom McCarthy, 2015) te revuelves en la butaca y no ves una maldita imagen sobre el abuso de a menores, aquí intuyes, oyes y ves horror, pero me falta hacerlo mío. Hoy, tras decenas de años, no se me han olvidado aquellas secuencias en las que los indios se cebaban con las víctimas y al ir a entrar un familiar en la casa, había alguien que le impedía el paso para evitar ver esas imágenes que a nosotros también se nos escatimaban. Esa no visión de lo que allí sucedió tenía más poder que la propia imagen en sí. Eso lo eché en falta en El hijo de Saúl. Tal vez el director nos está enseñando mucho sin mostrarnos nada.

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Reconozco que todas las cuestiones técnicas son de un gran mérito. Seguramente ahora veremos a diferentes directores jugar con el formato de la pantalla (ya sucedió algo parecido con la vuelta al uso del cine en blanco y negro con la premiada The Artist -Michel Hazanavicius, 2011- y «nuestra» Blancanieves -Pablo Berger, 2012-). Y habrá que tener muy en cuenta los siguientes proyectos de Nemes, un cineasta, 39 años, que había obtenido buenos premios con un corto en el que ya estaba la idea original de su ópera prima y que había trabajado como ayudante de dirección con Belá Tarr.

El hijo de Saúl no fue seleccionada para el festival de Berlín (qué oportunidad pérdida, de haber sido precisamente allí en suelo alemán su presentación) y se presentó en el festival de Cannes. Obtuvo el prestigioso premio FIPRESCI, pero se tuvo que «conformar» con el Premio del Jurado, el segundo escalafón detrás de la Palma de Oro que se llevó Dheepan de Jacques Audiard. Eso sí, moralmente fue la vencedora al ser reconocido públicamente su trabajo por los hermanos Coen, presidentes del jurado.

A la hora de valorar la cinta, hay una cuestión ajena a El hijo de Saúl. Pero esa cuestión también es inherente a la película. Y sobre la que, en estos días sobre todo, se han vertido ríos de tinta. Me refiero a la idoneidad de reproducir imágenes del Holocausto para referirse a esta gran matanza. Una de las voces más autorizadas sobre la barbarie nazi fue Primo Levi (1919-1987). Escribió un relato que es el testimonio capital. Se trata de Si esto es un hombre, un relato escrito entre diciembre de 1945 y enero de 1947 sobre su propia experiencia, sobre la vida cotidiana que le tocó vivir en el campo de exterminio de Auschwitz. Allí fue deportado por su ascendencia judía. En él recurre frecuentemente a citas y pasajes de La Divina Comedia de Dante para equipararlos con los horrores vividos por la deshumanización con que fueron tratados en Auschwitz.

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Uno de los primeros que realizaron un documental sobre la Shoah (-literalmente la catástrofe- término hebreo utilizado para referirse al Holocausto) fue Alain Resnais (1922-2014) en 1955 con su película Noche y niebla. Este cineasta francés, una de las principales figuras de la Nouvelle vague que revolucionó el montaje y la fotografía, realizó una película documental a partir del material gráfico incautado al ejército nazi. Su trabajo repasó con ironía y crudeza pero no exenta de una gran delicadeza la maquinaría de exterminio del Tercer Reich.

El filósofo alemán, de origen judío, Theodor Adorno manifestó con su célebre frase: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Su pensamiento contiene una crítica a que después de un genocidio de tal magnitud el hombre sea capaz de olvidar para llegar a conocer de nuevo la belleza.

El cineasta Claude Lanzmann se había opuesto a hacer ficción del Holocausto. Realizó un documental de casi diez horas de duración que lleva por título Shoah (1985). En él recogía decenas de testimonios de víctimas y verdugos a modo de falsa entrevista. Lanzmann ha criticado toda obra ficcionada que tuviera como tema el Holocausto. Considera la ficción como una transgresión. No le gustó nada el tratamiento que hace Steven Spielberg con La lista de Schlinder (1993). Ahora parece que ha dado la «bendición» a la entrega de Nemes.

Hay un hecho fundamental y que también se recoge en la película El hijo de Saúl. Se trata de la toma de imágenes por parte del miembros del Sonderkommandos, esos presos que cumplirán tareas de control y recogida de todas las prendas y enseres que llevaban los presos hasta el momento en que se desnudan para entran en las cámaras de gas. De manera clandestina y casi cuando estaban a punto de huir del Auschwitz, porque sabían que les había llegado su hora, un prisionero, Alex, tomó unas instantáneas para testimoniar lo que allí estaba sucediendo. Esto se recoge muy bien en el libro Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto de Georges Didi-Huberman. Uno de los ensayos clave para entender todo lo que rodea a la conveniencia de reproducir fotografías que testimonian lo que allí sucedió, como si hiciera falta una imagen para refrendar los actos tan execrables. Didi-Huberman vindica el poder del arte para construir un pasado y una memoria, un ensayo en el que defiende la importancia de la fotografía frente a aquellos que manifiestan que no es necesario el uso de imágenes como prueba de algo que no necesita ser probado.

El propio Georges Didi-Huberman, en agosto de 2015, dirige una carta a László Nemes que lleva por título «Salir de la oscuridad». Comienza diciendo al director: «El hijo de Saúl, es un monstruo. Un monstruo necesario, coherente, benéfico, inocente. El resultado de una apuesta estética y narrativa extraordinariamente arriesgada». (La carta está publicada íntegra en la Revista Caimán Cuaderno de cine, número 45, Enero 2016, puedes leer el comienzo en el enlace.

László Nemes, director de El hijo de Saúl

László Nemes, director de El hijo de Saúl

En esa extensa carta al director húngaro, considera que esas cuatro fotografías tomadas de forma clandestina, suponen «un depósito en el que la sombra y la luz, el negro y el blanco, lo definido y lo difuso, son testimonio directo de una situación de la que esas imágenes aparecen como «las supervivientes». Y, por último, considera que es mucho más difícil representar un infierno que ha existido que un infierno imaginario.

En resumidas cuentas, László Nemes no tenía fácil acometer el tema del Holocausto. Un tema que ha sido llevado al cine en multitud de ocasiones. Siempre iba a tener sobre su cabeza si mostrar demasiado podía ser considerado como una frivolidad o, por el contrario, mostrar poco podía ser sinónimo de menospreciar lo que allí sucedió. Ahí radica, también, la grandeza del cine: el suscitar un encendido debate.

El hijo de Saúl, en definitiva, es una película sobrecogedora, claustrofóbica que tiene su mejor baza en los aspectos técnicos (sonido angustioso, cámara agilísima y una limitada profundidad de campo, junto con la presentación en el formato casi cuadrado). Una película que nos plantea, de nuevo, la idoneidad de la reproducción de imágenes para describir el horror con una puesta de escena muy distinta a la habitual. Incómoda, sin concesiones, dura, que no es fácil de ver, pero que resulta necesaria. El hijo de Saúl nos habla del Holocausto, pero también y, sobre todo, de la condición humana. Justo cuando ahora se cumplen 70 años de la liberación del campo de Auschwitz, László Nemes quiere que no se olvide lo que allí sucedió, que no fue otra cosa que el aniquilamiento, planificado y sistemático, de cerca de un millón de judíos a manos de las tropas alemanas.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


Presentación Revista Atticus Seis, edición impresa

El próximo jueves 28 de enero de 2016 presentaremos el número Seis de Revista Atticus. El acto tendrá lugar en el Palacio Real (antigua Capitanía) en la plaza san Pablo de Valladolid. El acto comenzará a las 19 horas 30 minutos.

Ya conocéis nuestra portada. Ahora desvelamos su contenido:

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A partir del jueves estará disponible en las librerías de Valladolid. Puedes pedir tu ejemplar y te lo enviamos por correo certificado (15 euros más 7 euros por gastos de envío) al correo admin@revistaatticus.es

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Revista Atticus


Los odiosos ocho
La matanza de Wyoming

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Película: Los odiosos ocho. Título original: The hateful eight.
Dirección y guion: Quentin Tarantino.
Reparto: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins, Demian Bichir, Tim Roth, Michael Madsen, Bruce Dern, Channing Tatum.
País: USA. Año: 2015.
Duración: 167 min. Género: Western.
Música: Ennio Morricone.
Estreno en España: 15 Enero 2016.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 18 años.

Sinopsis
Años después de la Guerra de Secesión, una diligencia avanza a toda velocidad por el invernal paisaje de Wyoming. Los pasajeros, el cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) y su fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), intentan llegar rápidamente al pueblo de Red Rock, donde Ruth, conocido en estos lares como “El verdugo”, entregará a Domergue a la justicia. Por el camino, se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado negro de la Unión convertido en cazarrecompensas de mala reputación, y Chris Mannix (Walton Goggins), un renegado sureño que afirma ser el nuevo sheriff del pueblo. Como una ventisca está a punto de alcanzarlos, Ruth, Domergue, Warren y Mannix se refugian en la Mercería de Minnie, una parada para diligencias de un puerto de montaña. Cuando llegan al local de Minnie, en lugar de recibirlos su dueña, se topan con cuatro rostros desconocidos. Bob (Demian Bichir), que se ocupa del negocio de Minnie mientras ella visita a su madre, se encuentra allí refugiado junto con Oswaldo Mobray (Tim Roth), verdugo de Red Rock, el vaquero Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Sanford Smithers (Bruce Dern). Mientras la tormenta cae sobre la parada de montaña, nuestros ocho viajeros descubren que tal vez no lleguen hasta Red Rock después de todo.

Comentario
La sinopsis que suministra la propia distribuidora es un completo y acertado resumen de la octava película de Quentin Tarantino. Quizá en la ficha falta un dato muy significativo: está rodada en Ultra-Panavision de 70 mm. Es decir, el director de Reservoir Dogs (1992) ha rescatado un formato en desuso, que se popularizó en la década de los 50 y 60, que permite, prácticamente, duplicar la longitud de la pantalla de cine. Esto parece casi un capricho de Tarantino, una más de sus excentricidades. Así también se puede calificar la convocatoria para la lectura dramatizada del guion. Muy pocos directores son capaces de llenar una vieja sala de cine en Los Ángeles, de 1600 butacas a razón de 200 dólares para leer/teatralizar el guion para una causa benéfica. En sus orígenes tuvo problemas por la filtración del guion que estuvo a punto de hacer peligrar el proyecto. Pero volvamos con el sistema de filmación. Gracias a él, las imágenes obtenidas son de una calidad excelente, con mayor profundidad de campo, ideal para retratar una larga diligencia con un tiro de seis caballos, pero que apenas se puede disfrutar en los cines en la actualidad. Y, para más coña, casi el 90 por ciento de la película transcurre en un interior donde el efecto panorámico no luce en todo su esplendor. Eso sí, permite a Tarantino poner en ese plano a casi todos sus odiosos ocho personajes. En los Estados Unidos son muy pocas las salas que disponen de un sistema capaz de reproducir este tipo de celuloide. En España, solamente existe una sala que pueda proyectar Los odiosos ocho en su sistema original. Se trata de la sala Phenomena de Barcelona. La cinta pesa algo así como cien kilos como resultado de haber unido los diez rollos de montaje en una película de siete kilómetros. Se necesita de un operador para poder manejar la maquinaria. Operadores que están en peligro de extinción. Cristhoper Nolan recurrió a este sistema con Interestellar. El resultado es una definición extraordinaria al alcance de muy pocos. A pesar de esto, la proyección en una sala comercial permite apreciar esa imagen sin igual.

THE HATEFUL EIGHTLa nueva cinta de Tarantino te atrapa desde su inicio. Un primerísimo plano de un objeto que luego veremos que se trata de un Cristo en madera, crucificado, con la nieve encima y la música de fondo de Ennio Morricone. Es un plano secuencia en el que la cámara se va abriendo, poco a poco, con los títulos de crédito sobreimpresionados. En un paraje invernal, con los prados y montañas níveos, aquel punto lejano casi inidentificable se convertirá en una diligencia tirada por seis caballos que terminará por pasar delante de la cruz, y por ende, de nuestros ojos, con todo detalle. Magistral.

La historia se divide en cinco capítulos, algo habitual en la producción de Tarantino. En los primeros la narración es pausada, lineal, con muchos diálogos para presentarnos a los distintos personajes (en total no son más de 15/16). En uno de los últimos apartados se produce un salto en el tiempo y vemos lo que sucedió a primera hora del día en el que la diligencia llegó para refugiarse de la ventisca. Toda la acción que narra Los odiosos ocho transcurre en un solo día. Casi es una obra teatral -incluso nos recuerda a Los diez negritos de Agatha Christie-. Salvo esa primera escena inicial de la diligencia, buena parte de la película transcurre en el interior de la mercería de Minnie. El interior de este establecimiento situado en medio de la nada, está planificado y decorado con todo lujo de detalles y texturas. Los estantes están repletos de extraños cachivaches, pero que en un momento u otro parecen estar al servicio de los actores. Da la sensación de que cualquier cajón que abras ahí hay algo real y no de atrezzo. Una recreación muy convincente que se convierte en uno de los puntos fuertes de la película. Lo mismo sucede con el espacio exterior. Al ser un western invernal los escenarios debían de ser brutales, fríos, heladores, implacables como el propio Oeste. Y el tramo de Telluride (con el pico Wilson) de las Montañas Rocosas de Colorado cumple a la perfección con ese propósito.

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Es importante alguna puntualización sobre el marco temporal para comprender, sobre todo, la tensión entre el personaje de Samuel L Jackson (negro y del sur) y el de Bruce Dern (blanco y del norte). Es decir, que estamos alrededor de 1870, cuando ya ha terminado la guerra. Entre ambos se produce un cruce de reproches que tendrán que dejar a un lado, por momentos, para poder convivir en ese microcosmos en que se ha convertido la mercería de Minnie, pero con el odio a flor de piel.

El reparto. Como sucede en estas películas corales, cada personaje tiene su propio rol. Gracias al extenso metraje nos da tiempo a conocer a Samuel L. Jackson interpretando al mayor Marquis Warren, un cazarrecompensas en apuros para llevar a sus presas a Red Rock. Está soberbio y el sombrero le queda que ni pintado. Eso sí, por favor, que no se lo quite, esos cuatro pelos que le están quedando no le favorecen en absoluto. Fue soldado de caballería y esclavo. Un hombre observador, listo que no duda en disparar a diestro y siniestro (nunca mejor dicho, con ambas manos). En la diligencia tendrá como compañeros a Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh que interpretan a otro cazarrecompensas, John Ruth, y su preciada presa, Daisy Domergue. Jennifer está soberbia. Es un papel de esos «desagradables» (recibe por igual golpes y sangre por todos los lados, y la mayoría de las veces está esposada a su captor) pero diseñado para brillar. Y bien que lo hace.

A la diligencia también subirá Walton Goggins en el papel del nuevo sheriff de Red Rock, Chris Mannix. Tiene un papel de exaltado, sobreactuado, un tanto histriónico. Quizá es el contrapunto al papel pausado de Samuel L. Jackson.

Y cuando desembarcan en la mercería de Minnie allí los están esperando cuatro sospechosos personajes. Demian Bichir interpretando a Bob, un mexicano que está al frente de la mercería, mientras Minnie mientras está fuera. Michael Madsen, el vaquero Joe Gage que vuelve a casa a ver a su madre. Tim Roth interpretando a un exquisito verdugo camino de su nuevo destino, Red Rock; y el veterano Bruce Dern en el papel del general confederado Sandford Smithers. Este, último, a diferencia de todos los anteriores, el más sincero. Un personaje que se encuentra amargado, ausente, abandonado, lo ha perdido todo y todo carece de sentido. Todos ellos unos actores cómplices –la mayoría habituales en la filmografía del director de Django desencadenado (2012), su anterior western y que se adaptan magistralmente a ese papel «odioso».

THE HATEFUL EIGHTUna de las improntas de Tarantino es el uso de trabajados y extensos diálogos para la construcción de sus personajes, así como para el desarrollo de la propia historia. El director se ha consagrado como uno de los mejores en este apartado. También es un signo identificable en este universo tarantiniano, la música. En esta ocasión la banda sonora corre a cargo de uno de los grandes de la música de cine: Ennio Morricone. Se dio a conocer con aquellas baladas míticas de la mano de Sergio Leone (Un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo) y que posteriormente se adaptó a otro tipo de películas (La misión o Cinema Paradiso) llegando a poner la banda sonora a más de quinientas películas. Es la primera vez que el director americano encarga a un compositor la partitura (aunque el propio Morricone había hecho algunos arreglos en anteriores películas suyas). A pesar de eso no le faltan esos temas tan habituales en las cintas de Tarantino. La música proporciona ese punto de intriga y ayuda en la recreación de una atmósfera tenebrosa.

THE HATEFUL EIGHTLos odiosos ocho tiene algunas de las cosas que marcan la diferencia. Una de ellas es esa puerta de entrada a la mercería. Cada vez que la cierran para evitar el paso de la ventisca, la tienen que atrancar con unos tablones y clavos porque no tiene cerradura. Otra es la carta de Abraham Lincoln que juega un importante papel, y una tercera lo constituye una escena muy propia del universo Tarantino. Es la que precede al desencadenante, la que saca de sus casillas al viejo general confederado al escuchar las vejaciones que el mayor Warren ha cometido con su hijo (los espectadores, mediante un flashback, lo podemos «disfrutar» mientras se lo cuenta al viejo). El vocabulario y los gestos son obscenos. Si hay una palabra que la puede definir es la de sádica.

WThe-Hateful-Eight-3Los odiosos ocho es el universo Tarantino, a caballo entre la iconografía de Pulp Fiction (1994) y la violencia de Reservoir Dogs. El director americano se ha revelado como un buen contador de historias y que las sabe llevar a la gran pantalla de forma admirable con una impecable puesta en escena, con el sostén de un buen guion y con un gran manejo de recursos técnicos. Ese cine gore (abuso de sangre y mutilaciones del cuerpo humano) tan característico en su filmografía es su gen más reconocible. A fuerza de repetir ha perdido su sentido. Ahora esas decapitaciones a balazos, esas explosiones de sangre y esas vomitonas torrenciales más que asco lo que producen es hilaridad, y asombro. La matanza que se produce en el interior de la mercería de Minnie pasará a los anales de la historia de cine. Ahora eso sí, no sé si por la más violenta, la más desagradable o la más divertida de todas cuantas ha habido en el cine del oeste. Es una muestra del innegable talento de Tarantino que no dejará indiferente a nadie (o casi).

Os dejo un tráiler, con algo de sangre:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus


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