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Crítica de Boyhood (Momentos de una vida) de Richard Linklater

Siempre es ahora mismo

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Ficha
Película: Boyhood (Momentos de una vida).
Dirección y guion: Richard Linklater.
Interpretación: Patricia Arquette (Olivia), Ellar Coltrane (Mason), Lorelei Linklater (Samantha), Ethan Hawke (padre).
País: USA. Año: 2014. Duración: 165 min. Género: Drama.
Producción: Richard Linklater y Cathleen Sutherland.
Fotografía: Lee Daniels y Shane Kelly.
Montaje: Sandra Adair. Diseño de producción: Rodney Becker.
Vestuario: Kari Perkins.
Distribuidora: Universal Pictures International Spain.
Estreno en España: 12 Septiembre 2014.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.

Sinopsis
Boyhood (Momentos de una vida) es un drama de ficción rodado con el mismo grupo de actores durante doce años, concretamente desde 2002 a 2013, que trata de un viaje tan épico como íntimo a través de la euforia de la niñez, los sísmicos cambios de una familia moderna y el paso del tiempo.
La película sigue a Mason (Ellar Coltrane) desde los seis años durante algo más de una década poblada de cambios, mudanzas y controversias, relaciones que se tambalean, bodas, diferentes colegios, primeros amores, primeras desilusiones, momentos maravillosos, momentos de miedo y una constante mezcla de desgarro y de sorpresa. Los resultados son totalmente impredecibles, ya que cada momento lleva a otro, uniéndose en la profunda experiencia personal que nos forma mientras crecemos y nos acoplamos a la siempre cambiante naturaleza de nuestra vida.
La historia empieza cuando Mason, un soñador de seis años, se enfrenta a la primera gran convulsión de su vida: su entregada y luchadora madre Olivia (Patricia Arquette) ha decidido que se muda con Mason y su hermana Samantha (Lorelei Linklater) a Houston, justo cuando el padre de sus hijos, Mason Sr (Ethan Hawke) acaba de regresar de Alaska. Así empieza una vida de cambios. Entre una marea de padres y padrastros, novias, profesores, jefes, peligros, deseos y pasión creativa, Mason consigue encontrar su propio camino.

Comentario

«El arte surge de nuestro deseo de contrarrestar el paso del tiempo y la decadencia inevitable que trae consigo».
André Bazin

Como nos dicen en la sinopsis, Boyhood (Momentos de una vida) se trata de un drama de ficción. Pero aquí viene lo bueno: ideado hace más de una década, planificado para desarrollar por espacio de doce años y rodado en tan solo treinta y nueve días (casi a cuatro días por año). Richard Linklater ha tenido que tener una fe en este proyecto inquebrantable. Su fe ha sido premiada. Ha recibido el parabién del público y de la crítica; ha ingresado hasta cuatro veces más del coste; y ha obtenido diferentes galardones entre ellos el Oso de Plata al Mejor Director en el pasado Festival de Berlín y, más recientemente, el Gran Premio FIPRESCI (que otorga la Federación de Críticos de Cine).

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El argumento. Tiene una línea argumental clara y bien definida: el desarrollo de Mason desde que es poco menos que un crío, soñador, inquieto y despierto, hasta el final de la adolescencia con el ingreso en la universidad. No hay ningún giro dramático y tampoco se puede decir que hay un planteamiento, desarrollo y un final (aunque esto puede ser discutible). Pero sí que hay una clara evolución de los personajes. No son los mismos que cuando iniciaron su andadura. Esto es la vida misma. Pero hay que recordar que es ficción. Es un gran proyecto antropológico y cultural.

Mason es un miembro más de la comunidad. Es uno de tantos chavales que ve como fue concebido por unos padres irresponsables que no supieron o no quisieron poner medidas para evitar un embarazo no deseado. Sus padres, Olivia y Mason Sr., inmaduros (sobre todo él) se separan pronto. Olivia se tiene que buscar la vida. A toda costa quiere acabar los estudios porque sabe que esa es la única posibilidad de salir de la miseria y proporcionar a sus hijos un futuro. Se sacrifica y toma decisiones que resultaran no ser la mejores, topándose con el lado oscuro de sus diferentes parejas donde el alcohol, y por ende, la violencia doméstica serán un invitado más a la hora de la cena. Cambios de hogar, discusiones con su hermana, inestabilidad por no tener unos vínculos afectivos claros (sobre todo con sus amigos que tiene que abandonar con frecuencia) y los peligros que acechan a todo crío que está abriéndose a la vida. En su caso se ven aderezados por el acceso a las armas (su primer rifle) y la religión (el regalo de su primera Biblia). Cosas normales para una familia normal en medio de Texas. Por cierto, hay una escena que se desarrolla en el interior de una iglesia y que se produce después de que a Mason le hayan regalado esa primera Biblia. Hay que estar atentos pues en el sermón que pronuncia el religioso está la clave de que esta cinta haya visto la luz. Cristo le dice a Santo Tomás aquella de que palpe sus heridas, y habla de los incrédulos, y también sobre la fe, y «los que creen sin haber visto». Ahí está el quid: la capacidad de algunos de ver en la idea original el planteamiento de una película de gran repercusión. Y tener fe en que al final de esos doce años, al final de ese camino (confiando en el desarrollo no solo del niño Coltrane, sino de los que están a su lado en la ficción) hay un producto exitoso.

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Boyhood ha supuesto un gran ejercicio cinematográfico. No sé si habrá un antes o un después, queda muy bien decirlo, pero desde luego lo que supondrá sin ninguna duda es una referencia en cuanto al tratamiento de las elipsis de tiempo. Son transiciones suaves, montadas de forma magistral, y que resultan casi imperceptibles, sin fundidos a negro ni anotaciones. No creo equivocarme si digo que hasta doce momentos de la vida de Mason se reflejan en la pantalla por medio de cambios corporales. Es decir, casi cada año acudía a la cita con la cámara. Él y sus compañeros de rodaje. Al chico se le nota un cambio brutal, pero a Ethan Hawke ni te cuento (más síquico que físico, pero luego volveré sobre este aspecto). Y cada salto de tiempo está logrado de forma magistral, apenas te das cuenta, un flequillo distinto, el pelo más largo o corto, y que el Mason va ganado en altura. Lo grandioso de este proyecto es ver eso de forma real, natural, lo cual, claro está le dan una gran verosimilitud (a pesar de que se diga que el cine es una gran mentira, que lo es, pero aquí vemos el desarrollo de Mason y su familia «de cine», de forma real). Esto no es un nuevo en la filmografía de Richard Linklater. La afamada trilogía de Antes de… ya tenía sentadas las bases de esto mismo. Es más. En cuestión temporal aquella idea fue antes de esta. El año pasado fue la última entrega con Antes del amanecer (2013) y la primera fue Antes del anochecer (1995). Dieciocho años entre una y otra, con los mismos actores. Boyhood comenzó su andadura en 2002. Creo que la idea es del propio Ethan Hawke, a su vez protagonista (actor fetiche de R .L. y algo más en el equipo técnico) de las cuatro películas. Pero la grandeza de Boyhood radica en que todo ello está en una misma cinta. Eso sí, de 165 minutos.

Son inevitables las comparaciones con la trilogía Antes de… (os recomiendo mi comentario). Ahí hay mucho tema académico. Muchas cosas de la trilogía aparecen en Boyhood. El paseo con la niña en la bicicleta con ese largo plano secuencia; las charlas dentro del coche en el que parece que estemos allí metidos; las discusiones trascendentales sobre la vida. Se nota un estilo. Me resulta gratificante volver a ver al Ethan/Jesse en la pantalla. He recordado sus maneras, sus charlas, su naturalidad. Richard Linklater es un genio en la construcción de diálogos, y Hawke lo ejecuta a la perfección. Y como acabo de ver y analizar El Congreso se me viene a la cabeza la idea de ésta: escanear al actor para así disfrutar por siempre de su presencia (conjugando fisonomía y actuación). Pero claro, nos hubiéramos perdido la evolución. Ahora nos preguntamos ¿cómo evolucionará Mason? ¿Qué será de él después de su paso por la Universidad? ¿Habrán pensado una segunda parte? Seguro que lo han pensado.

El paso del tiempo se tiene que notar en algo más que un simple corte de pelo o en el uso de unas determinadas prendas (aunque más allá de los pantalones acampanados de los años sesenteros de los hippies, no hay una prenda clara que se identifique con un año). Y ahí aparece la tecnología, esa sí que ha experimentado un brusco cambio. Eso ayuda. Y la situación del contexto también. Alusiones a la guerra de Irak, al gobierno de Bush, y las elecciones presidenciales de los EE. UU. con Obama al frente (incluido el Tea Party de la mano de Sarah Palin, quién fue gobernadora de Alaska –donde se refugió Mason Sr. tras su separación-).

En cuanto a los actores es divertido ver cómo evolucionan los más pequeños. La pizpireta Lorelei Linklater (hija del director) tiene su fase de timidez para acabar como una seria joven llena de dudas (excelente la escena en que su padre Mason le habla de la conveniencia de usar métodos anticonceptivos –se muere de vergüenza- tan real y convincente que hasta sentí rubor ajeno). Ellar Coltrane es un portento. Parece que ha nacido para realizar este papel. Le vemos la mala baba que se le está poniendo con su primer padrastro, un vil tirano, que le corta la melena por puro capricho. Todo en él fluye de manera natural. Patricia Arquette es a la que más se le nota el paso del tiempo. Su aspecto físico cambia de forma evidente a lo largo de esos doce años, pero casi más evidentes son sus cambios sentimentales, hasta que explota hacia el final de la cinta. Que por cierto esto es lo más flojo, es un tanto forzado. El abandono del hogar tiene unas consecuencias tremendas en su vida. Tal vez sobreactúa o falta un tanto la justificación, pero ¿quién entiende este tipo de comportamientos en las mujeres? Es inherente a la condición humana. Ethan Hawke ¿qué decir de esta actor? Pues que está soberbio como padre guay, atolondrado, inmaduro, inconsciente, más preocupado por ubicar su ombligo y no atarse al modelo convencional (al cual sucumbe). Es ese Jesse de la primera entrega de Antes de… un idealista. Menos espontáneo cuando de ejerce de padre responsable. Magnífico en su conjunto.

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La música es una parte muy importante en la filmografía de Linklater. Aquí alguno de los temas son muy conocidos, pero no por eso dejan de ser buenos, aunque quizás se note mucho, pero caray, son casi tres horas de película, y al oído le viene bien un relajo.

Antes ya he destacado alguna escena, pero me quedo con la más dramática. Es cuando ese profesor universitario, tan relamido él, se convierte en segundo marido de Oliva. Tan educadito, tan acogedor. Forman una familia envidiable con la aportación al matrimonio de dos hijos cada uno. Los hermanastros se llevan de maravilla. Todo es un primor. Pero ¡ay! El profesor al llegar a casa empieza con un refresco con algo de alcohol, para pasar por un vaso de alcohol con algo de refresco y acabar desechando el refresco. Y la tremenda escena se da (como en tantos otros hogares) a la hora de la cena. Al marido «perfecto » ya no le gusta la bazofia de la comida que hace su mujer. Pierde los papeles, pierde los modales y pierde su razón y lanza un vaso a la mesa con tal violencia que sus cristales llegaron hasta mi butaca. Escalofrío.

La grandeza de Boyhood es que es una película sencilla que juega con la dualidad de la ficción/realidad pero que no es real, a pesar de que es una realidad que se haya rodado por espacio de doce años la vida de un crío (y su familia). Pero es solo eso, una película. Ellar Coltrane y Lorelei Linklater no son hermanos, pero lo han tenido que ser por espacio de doce años. Un álbum familiar llevado a la pantalla. Grande Linklater, grandísima Boyhood.
Os dejo un tráiler:

 

Revista Atticus
Luisjo Cuadrado

 

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Artículo sobre la Trilogía Antes de… de Richard Linklater

Nota de la Redacción. Con motivo del estreno de la película Boyhood de Richard Linklater, creemos conveniente extractar el artículo que publicamos en nuestra edición impresa. Puedes acceder al contenido íntegro descargando el ejemplar en la pestaña La Revista.

Las películas que conforman la trilogía de Antes de… del director de cine Richard Linklater (Houston, Texas, 1960) son Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Tres entregas con la particularidad que entre la primera y la última han pasado dieciocho años. Mismo protagonistas y mismo equipo técnico lo que convierte la trilogía en un experimento vital que traspasa lo cinematográfico para convertirse en un ensayo sobre las relaciones sentimentales y el lugar que ocupa en nuestra vidas eso que se llama amor.

Cartel antes del amanecer

La circunstancia de ser los mismos actores los intérpretes en ese largo lapsus de tiempo y el hecho de tratar sobre la relación de pareja y cómo el amor trasforma a nuestros protagonistas, hizo que me planteara este artículo más allá del cometario de cada una de las películas o sobre la última entrega que ya ofrecimos a nuestros lectores.

Vaya por delante que a lo largo de este trabajo será inevitable desvelar algún pasaje de las cintas (lo que se conoce como spoiler) ya que me centraré en un aspecto muy en concreto: la actitud que tienen los protagonistas en un fotograma de cada de una de los largometrajes de la trilogía Antes de…

Lo primero es ofrecer una pequeña sinopsis de cada una de ellas.

Antes del amanecer (Before sunrise, 1995)
Céline (Julie Delpy), estudiante francesa, regresa de Budapest después de visitar a su abuela. Jesse (Ettan Hawke), joven estadounidense, se encuentra realizando un viaje a través de Europa tras ser abandonado por su novia a quien fue a visitar a Barcelona. Ambos coinciden en un tren que realiza el viaje desde Budapest a París con parada en Viena. Jesse nota cierta química entre ellos. No duda en proponer a Celine que descienda con él en Viena y pasen la noche juntos hasta la hora de su embarque al día siguiente por la mañana. Si su instinto le falla, Celine solo tendrá que coger el siguiente tren. Y es así como dicen afrontar juntos la noche austriaca hablando de lo divino y de lo humano.

Antes del atardecer, (Before sunset, 2004)
Han pasado nueve años desde el encuentro de Jesse y Celine en Viena. Jesse se ha convertido en un escritor de éxito. Ha viajado a París para una presentación de su última novela que relata lo sucedido en aquella noche vienesa. Se encuentra firmando ejemplares cuando entre el público descubre a Celine. Celine sigue viviendo en París y se ha convertido en una ecologista militante de una ONG. Juntos inician un paseo por las calles de la capital parisina. Jesse apenas dispone de unas horas hasta que salga su vuelo que le devuelva a tierras americanas. Volverán a llenar sus paseos con una charla animada poniéndose al día de sus vidas. La naturalidad de antaño, poco a poco, va surgiendo entre ellos como si los nueve años transcurridos apenas hubieran sido un día de ausencia en sus vidas.

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Antes del anochecer, (Before midnight, 2013)
Tras otros nueve años volvemos a descubrir a nuestra pareja protagonista. Céline y Jesse se encuentran de vacaciones en el sur de Grecia, en la península del Peloponeso. Disfrutan de unas vacaciones en casa de un reconocido escritor. Constituyen el retrato de una pareja contemporánea que ronda los cuarenta. Él, americano, ella, francesa, les acompañan sus dos hijas gemelas. Acaban de despedir al hijo de Jesse de su anterior matrimonio que ha pasado sus vacaciones estivales con ellos. El contacto con la naturaleza, y el haber dejado a un lado los encorsamientos de la vida cotidiana fomentará una larga conversación sobre el pasado el presente y el futuro de Jesse y Céline
La trilogía se basa en la pareja que forman Jesse y Celine. Son varias cosas las que tienen en común. Por supuesto, a diferencia de lo que puede ocurrir en alguna de las grandes superproducciones hollywoodiense últimas, se ha rodado en diferentes años, habiendo transcurrido entre la primera y la última dieciocho años. Mismos protagonistas, mismos paseos pero con distintos escenarios. La primera entrega discurre en Viena, la segunda en París, y la tercera en Grecia, en algún lugar del Peloponeso.

Por no extender mucho esta entrada os dejo la conclusión, pero te puedes descargar el artículo y toda la Revista (se publicó en diciembre 2014 en Revista Atticus Cuatro) pinchando aquí.

 

 

Poster antes del anochecer

Todo lo anteriormente expuesto puede ser y, de hecho así es, fruto de mi imaginación. Tras haber visto la trilogía (primero en la gran pantalla y después en la pequeña) y observar con detenimiento las escenas, he llegado a esas afirmaciones. La conclusión de todo esto bien pudiera parecer lo que se dice una paja mental. Pero creo que no lo es tanto. Cada entrega de Antes de… es de esa películas en que los pequeños detalles no están de más y que, a pesar del tiempo que transcurre entre una y otra entrega, el conjunto forma un todo que aguanta el paso del tiempo y, espero, que la conviertan en una trilogía a la que acompañe el adjetivo de «clásico». Una película clásica realizada en tres actos: en la primera entrega sentaba las bases de la trilogía y nos mostraban las cartas del juego o como el encuentro fortuito entre dos personas te pueden marcar el devenir de tu vida; en la segunda hurgaba en las posibilidades de que ese encuentro fructificara o no con el paso del tiempo, es decir, que tras nueve años se nos abrió una ventana para ver que estaba pasando en la vida de Jesse y Celine; y, por último, la tercera entrega es un compendio de lo vivido, pasado y presente, a lo que se añade la incógnita del futuro de la pareja protagonista. La trilogía de Antes de… de Richard Linklater es ya todo un clásico; un clásico de cine de amor, un amor como nunca antes se ha filmado.

Os dejo el tráiler de cada una:

 

 

Luisjo Cuadrado

Artículo publicado en Revista Atticus Cuatro (Diciembre 2013)

Revista Atticus


Crítica El Congreso de Ari Folman. El sueño de todo jefe

Bernarda Parodi, nuestra colaboradora, nos envió su crítica de El congreso (aquí podéis ver su crítica y la ficha). Voy a tratar de aportar mi propio punto de vista sobre esta película que está dando mucho que hablar y que a buen seguro tendrá un largo recorrido.

El congreso es una película pensada más para los cinéfilos que para la industria del entretenimiento. Podríamos decir que hace unas décadas esta película estaría encuadrada en eso, un tanto snob, que se llamaba cine de arte y ensayo (un cine experimental que no busca el taquillazo fácil).

La película de Ari Folman es de esas que tienen que ver con la propia industria cinematográfica. Retrata aspectos, muchos de ellos velados a los espectadores, de los entresijos de los estudios. Así pueden encajar en este grupo cintas recientes como La invención de Hugo (M. Scorsese, 2011) o la renovada Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), o, más lejana en el tiempo, El crepúsculo de los dioses (Bille Wilder, 1950). Y que todas tienen el denominador común de su amor por el cine.

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El argumento principal se centra en Jeff Green (Danny Huston), un desalmado jefe de los estudios cinematográficos Miramount (posiblemente simbiosis entre Miramx y Paramount) que quiere perpetuar a su actriz fetiche, todo un sex symbol. La quiere inmortalidad y dejarla siempre joven. La quitaría una decena de años. La única manera de hacerlo es someterla a una sesión de escaneado. Con esto consigue manejarla a su antojo, un clon dócil. Ya no ha más indecisiones y caprichos inútiles, ni retrasos en los rodajes. Y rodar todas las películas que quiera, incluso sagas enteras con el mismo aspecto. Consigue el control sobre la voluntad de la actriz Robin Wright. Es el deseo de todo jefe: tener el control total sobre tu subordinado, sin que se tenga que dar explicaciones a un molesto comité de empresa (en vías de extinción, por cierto) o a los sindicatos (ídem, lamentablemente).
El empleo de esta imagen (virtual, pero no dibujos animados) sería para todo producto audiovisual que los estudios crean con su potente imagen. Películas, anuncios publicitarios, todos los productos de mercadotecnia imaginables, lo que sea (más adelante veremos cómo esto se lleva al límite y se crearan unos productos para beber, algo así como la esencia de Robin Wright). Una explotación de la imagen de la actriz sin límites (en el contrato intentan acotar y dejar fuera el porno –pero es innecesario porque ya no tiene edad para esas escenas- o el nazismo, pero el dolor vende mucho y no aceptan que esto quede fuera del contrato). Y ahí entran de lleno las nuevas tecnologías. «Si podemos hacer películas taquilleras, muy taquilleras sin actores (los grandes estudios de animación Pixar, etc.), vamos a tratar de hacerlos con avatares virtuales». No te puedes quedar en los proyectores alimentados queroseno, estamos en la era de lo digital. No puedes poner palos a las ruedas de la tecnología. ¿Hacia dónde vamos? Jeff lo intuye y trata de asegurase el futuro. Está harto de proyectos inacabados o alargados en el tiempo. Harto de tantas ínfulas de las estrellas de cine; de las depresiones y vaivenes de los guionistas; de los escándalos sexuales de los actores; de sus distintos caprichos y veleidades. Está harto de las largas sesiones de rodaje y de vivir en las caravanas. Se acabó.

Jeff le da donde más le duele a Robin para que acepte su gran oferta económica. Le saca a relucir su pasado. Ella, Robin, en realidad se está interpretando a sí misma. Fue la protagonista de La princesa prometida (1987, Rob Reiner) y de Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis). Con 20 y 25 años menos, pero también es verdad que su carrera, de forma general, se acerca más al fracaso. Ahí radica uno de los puntos fuertes (por lo menos de esta primera parte de la película). Robin Wright hace de Robin Wright. Asiste descorazonada al relato de toda su carrera en apenas unos minutos. De sus veleidades, de sus caprichos, de sus decisiones (muchas veces desafortunadas), que han provocado que se carrera sea un tanto irregular cuando tenía en el horizonte convertirse en una estrella sin parangón. Así se lo dice su representante, Al (Harvey Keitel), quién la conoce desde sus inicios y también Jeff que ha sufrido en sus carnes a la diva. Al acudir a los estudios Robin ve su imagen una y otra vez en los carteles de sus exitosas películas. Y es ahí cuando le entran las dudas sobre su futuro. ¡Qué cruel se vuelve el tiempo con las grandes actrices! Es lo que tiene la gran pantalla. El público no acepta que envejezcan sus estrellas. Y eso lo sabe muy bien Jeff.

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Otra circunstancia que hará más fácil la decisión de Robin es la enfermedad degenerativa de su hijo Aaron (Kody Smit-McPhee). Se está quedando sordo y ciego. Un muchacho dotado para la imaginación que juega con unas creaciones a modo de cometa en la linde con las pistas del aeropuerto. Esto también es un guiño «fantasioso» a los hermanos Wright y que proporciona unas bellas y líricas imágenes.

En esta primera parte el director nos plantea un inquietante futuro. Y nos lanza esta interrogante ¿qué pasaría si fuera posible el dominio sobre los actores? ¿Cómo sería el control total sobre los actores? Mientras divagamos sobre esta cuestión nos metemos de lleno en esa segunda parte en que se divide, claramente, El congreso: la parte animada. Hubiera sido todo un puntazo que a la entrada de la película (ahí está el futuro) nos dieran también esa ampolla para inhalar y meternos de lleno en ese mundo animado que es Abrahama. O mejor sería decir que nos facilitarán la pócima con las claves para lo que vamos a ver a continuación y no perdernos como yo hice. Han pasado veinte años. Robin ha envejecido y acude al congreso sobre futurología. No está muy de acuerdo con las decisiones que tomó en su día. Y el mundo tampoco. Hay un sector que está en contra de esos avances tecnológico y tratarán de boicotear la asamblea. Y ahí lo dejo. La clave de todo ello y de cómo fundir los dos mundos radica en el personaje del médico, el Dr. Baker (Paul Giamatti). Él nos dará las pistas para poder entender ese extraño final (así lo considero) que da lugar a alguna confusión en el mudo de estética sicodélica.

Me quedo con la primera parte. Unas imágenes poderosas, con un travelling de alejamiento desde el rostro de Robin o la fase de escaneado con la intervención de Al para convencer a Robin. Madura, brillante, sensual Robin Wright. Maduro, brillante y más emotivo que sensual Harvey Keitel.

Una inabarcable película que combina tres mundos: realidad, ficción y animación. Salvo ese enrevesado mundo animado donde pululan todo tipo de personajes de lo más variopinto: Grace Jones, Elvis Presley, Clark Gable (o creo ver ese actor en el personaje de sonrisa cegadora), Michael Jackson, todo lo demás es grandioso. El sonido, la fotografía, la magnífica banda sonora (a cargo del compositor Max Richter) que te mantiene en el asiento hasta el último título de crédito. Todo ello contribuye a ensalzar El congreso. Rara, sí, pero no deja de ser una película sobre el amor de una madre, sobre el amor de una profesión muchas veces vilipendiada por la propia industria hollywoodiense (sobe todo con las actrices cuando ya no resultan jóvenes a los ojos de los productores). Cine para cinéfilos.

Como ya un tráiler os hemos dejado, pues qué mejor que unos temas de la banda sonora de la película.

Un tema con el que se te ponen los pelos de punta:

 

 

Otro tema, empieza suave pero no le va a la zaga:

 

Y este es un temazo con la voz y todo de Robin Wright:

 

 

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

 

 

 

El Congreso, de Ari Folman

Más allá de los límites de la mente

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Película: El Congreso
Interpretación: Robin Wright (Robin Wright), Al (Harvey Keitel), Dylan Truliner voz (Jon Hamm), Aaron Wright (KodySmit-McPhee), Jeff Green (Danny Huston) Sara Wright (Samy Gale), Steve (Michael Stahl-David), Dr. Baker (Paul Giamatti)
Dirección:Ari Folman.
Guion: StanislawLem (Novela “El congreso Futurista”) Ari Folman (Adaptación)
País: Israel, Alemania, Polonia, Luxemburgo, Bélgica, Francia. Año: 2013.
Duración: 122 min.
Género: Animación- Drama -Ciencia ficción
Producción: ReinhardBrundig, SébastienDelloye, Piotr Dzieciol, Ari Folman, David Grumbach, EitanMansuri, EwaPuszczynska, Robin Wright.
Música: Max Richter
Fotografía:MichalEnglert
Montaje: NiliFeller
Diseño de producción:DavidPolonsky. Vestuario:Mandi Line
Distribuidora: Golem
Estreno en Francia: 3 Julio 2013. Estreno en España: 29 Agosto 2014.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 16 años

Sinopsis
Robin Wright, que se interpreta a sí misma, es una actriz de 44 años, que apenas conserva un resquicio de la fama de la que gozaba en su juventud. Su hijo, Aaron, padece una enfermedad sensorial que requiere de muchos cuidados. Desde la productora Miramount (guiño a Paramount), Jeff Green le ofrece un último contrato, el cual estipula que la empresa será dueña de su identidad cinematográfica durante 20 años. Para ello, su imagen será escaneada y digitalizada, y utilizada a juicio de la productora, con la condición de mantenerla siempre joven. Tras 20 años, Robin acude al Congreso Futurista que organiza Miramount. Para entrar, es imprescindible consumir una ampolla de los estudios que convierte la concepción de la realidad en una animación. Aquí comenzará el viaje de Robin hacia los límites de su propia mente; un nuevo mundo donde su objetivo será volver a encontrarse con su hijo.

Comentario

Una locura sin precedentes. Brutalmente honesta en su irrealidad, El Congreso se erige como una nueva obra maestra del israelí Ari Folman. El director, ya conocido y alabado por la crítica por su magnífico drama animado Vals Im Bashir (2008), se adentra esta vez en un proyecto alejado de la guerra, pero cuya animación aporta un poder visual casi tan grande como en su previo largometraje. Robin Wright la describe como la mente de “un genio diseñador en un mal viaje de ácido”.

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En esta ocasión, el propio director adapta la novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem, Congreso de Futurología (1971). Se trata de una relectura muy particular, con la que apenas comparte ciertos rasgos, ya que la primera parte de la película es absoluta invención de Folman. La realidad y la ficción se mezclan en todo momento para dar lugar a un conjunto siniestro y plagado de color. Ambas obras siguen una línea común, propia de la ciencia ficción: presentan una aparente utopía futura que resulta en ilusión.

El film se divide en dos partes: en la primera, la actriz protagonista se enfrenta a la propuesta hecha por Miramount, por la que pasa a perder su propia identidad, a cambio de dinero y juventud eterna, de la mano de las nuevas tecnologías; en la segunda, ambientada 20 años en el futuro, Robin entra en el Congreso Futurista y la animación se adueña de la película. Estos dos campos visuales se unen de manera algo forzada: el espectador, una vez se adentra en el mundo de los psicodélicos dibujos, se pierde dentro de la trama, que deja de tener sentido, para cobrarlo nuevamente cuando la protagonista despierta de ese sueño alucinógeno.

El Congreso aporta una crítica formidable al denunciar las terribles situaciones que puede llegar a producir el avance tecnológico, invitando al mismo tiempo a tirar la toalla: al no poder evitarse, de poco o nada sirve luchar contra él. La misma hija de Robin afirma: “la tecnofobia nunca ha llevado al ser humano a ninguna parte”. Este sentimiento no se expresa sólo con la pérdida de trabajos tradicionales a favor de las nuevas mentes, adaptadas al cambio y mejor preparadas; Folman nos presenta la deshumanización, la pérdida de la realidad y de todo lo que hasta el presente nos identifica como humanos, como seres sociables y en sociedad. Es un lamento, un grito de auxilio ante la falta de elección real del individuo y, al mismo tiempo, una crítica al proceso de individualización, que puede llegar al extremo de evitar definitivamente la relación entre las personas, quienes, en la pantalla de su propia mente, inventan un mundo a su medida, cómodo y “feliz”.

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No es esta la única denuncia de la película; otros problemas como la importancia otorgada a la juventud son centrales en el film. Esta última se apoya en frases que los personajes secundarios dirigen a Robin como: “Te dijeron cómo parecer joven. Porque si no les obedecías, restando un par de años a tu bello rostro, ¡dejarías de existir!” frente a la apreciación que hace Dylan, su animador digital, cuando confiesa: “Necesitaba nuevos movimientos, una sensualidad diferente; cosas que una mujer gana con la edad”. Además, uno de los factores de mayor importancia que consigue convencer a Robin para que acepte el trato con Miramount es la promesa de mantenerla eternamente joven; y en el mundo animado, vuela al son de Forever Young, una composición de Max Richter, cantada por la misma Robin Wright.

La ficción que envuelve la película es autoconsciente en todos los niveles. Somos los espectadores los que nos perdemos por momentos, junto a la protagonista, y no sabemos reconocer la realidad dentro de la propia ficción que es el film. La metaficción marca El Congreso en todo momento. Los guiños son constantes: a Paramount Pictures, actores como Tom Cruise, Keanu Reeves, Michelle Williams, Marilyn Monroe, al propio género Sci-Fi, a los directores… En definitiva, a la industria del cine, criticada y alabada, desde los diálogos y hasta la trama. Y el espectador, como sujeto indispensable, se siente identificado con la propia crítica en momento presente, pues, tanto como todo el equipo del film, está formando parte de la farsa criticada mientras está sentado en la butaca del cine.

Si bien El Mal, se presenta con las distintas caras que puede tomar la poderosa industria, la cual devora a los individuos y los sumerge en la vorágine de acontecimientos que se desarrollan a lo largo del film; la libertad, la inocencia, El Bien, son representados por el hijo de Aaron y su roja cometa. Como el niño en el corto de Albert Lamorisse, Le ballon rouge (1956), Aaron se libera a través de su planeador. Su madre buscará esa misma liberación, seguirá la cometa como un ancla a la realidad, como la pista imprescindible para reencontrarse con su hijo.

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Es una película que tiene todos los ingredientes para convertirse en cine de culto para los amantes del género, que se presta a infinitos análisis y, sobre todo, que no deja indiferente. El largometraje que presenta Ari Folman, una distopía psicotrópica de camino entre Aldous Huxley y Paprika (Satoshi Kon, 2006), ayudada de su espectacular puesta en escena, con claras influencias de la animación de la década de 1930, nos obliga a reflexionar acerca del consumo de drogas, antidepresivos y, en definitiva, de cualquier realidad virtual, con el único objetivo de escapar de una existencia que se nos antoja terrible. No es más que una presentación para que el espectador saque sus propias conclusiones, responda él mismo a la gran pregunta: ¿Es preferible la crudeza de la realidad o la belleza propia a la fantasía?

Os dejo un trailer:

Bernarda Parodi

Revista Atticus


La viñeta de Alfredo Martirena

La viñeta de Alfredo Martirena

Alfredo Martirena

 

 

 

Alfredo Martirena

Revista Atticus


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