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 Los amantes de René Magritte:

un amargo beso

 Los amantes de René Magritte es uno de esos cuadros de los que se dicen que han derramado muchos ríos de tinta. Hoy este tópico habría que actualizarlo y decir que es uno de los cuadros que figura en innumerables blogs. Pues hoy nos sumamos a esa cantidad y derramamos nuestras palabras.

En el número 10 de Revista Atticus iniciamos un trabajo sobre El beso en la historia del arte. En el próximo número continuamos con ese viaje, dulce recorrido, por las muestras tanto pictóricas como escultóricas que tienen como protagonista a esta muestra efusiva de amor.

Como adelanto (que a su vez será el arranque de la entrega) os dejo el trabajo que sobre Los amantes ha realizado nuestra colaboradora Esther Bengoechea. Excelente trabajo para un cuadro que no solamente muestra lo que vemos. No hay que olvidar que Magritte perteneció al movimiento surrealista, corriente artística que en pintura utilizaban las imágenes para expresar sus emociones, aunque no siguieran un planteamiento lógico.

LOS AMANTES

 

Loa amantes

René Magritte (1898 – 1967)

1928

Óleo sobre lienzo, 54,2 x 73 cm.

Colección privada, Bruselas, Bélgica.

 

Dos personas protagonizan este bello lienzo. Sus identidades están ocultas tras dos velos húmedos que les tapan la cara. Sabemos que son un hombre y una mujer por sus vestimentas y suponemos que son pareja porque se están besando. Poco nos ayuda el fondo a concretar la escena. Están bajo techo, se ve parte del mismo y de la escayola que lo adorna, pero el hecho que una pared sea granate y el fondo azul cielo, hace plantearse si es otra pared pintada de diferente color o si simplemente están bajo techumbre pero abiertos al exterior.

 El pintor belga René Magritte, padre de Los Amantes, logra llamar la atención del público por las telas húmedas cubriendo los rostros de los protagonistas y por los colores duros del lienzo. Hay un predominio del granate, azul y negro, destacando el blanco por encima de  todos para subrayar el efecto mojado de las telas que los cubren.

Su primer contacto con la pintura lo tuvo a los once años, momento en el que comenzó sus clases de dibujo. Sus primeras obras siguen una línea impresionista y su trabajo pasó por influencias del cubismo, orfismo, futurismo y purismo, sin olvidarnos del llamado realismo mágico, antes de aterrizar en el surrealismo, movimiento de Magritte por excelencia. Con su pincel intenta plasmar una realidad diferente, algo que sorprenda al espectador.

 Magritte tituló Los Amantes a dos obras diferentes, en las que aparecen los mismos protagonistas y con las mismas ropas. Pero, siempre hay un pero, los dos trabajos difieren por dos razones: el fondo, pasamos de paredes y techo a un fondo natural con árboles y campo de fondo, y la acción, aquí no se besan sino que ambos miran al frente con los rostros uno junto al otro.

Dada la temática de este artículo, vamos a centrarnos en el beso de Los Amantes. Pienso yo que si el genio belga levantase la cabeza y oyese la cantidad de suspiros de amor que ha ocasionado su cuadro, volvería a agacharla y retornaría bajo tierra pensando que el mundo se ha vuelto loco.

René Magritte pintó Los Amantes en 1928, dieciséis años después de que su madre se suicidase tirándose al río Sambre. Parece que no, pero esta información es muy importante para entender el significado del cuadro.

Magritte tituló a su obra Los Amantes y los retrató besándose sí, de esto no hay ninguna duda, pero como no es oro todo lo que reluce, no todos los amantes se aman ni todos los besos simbolizan amor.

 Muchas teorías han rondado esta obra a lo largo de los años: amor secreto, dos desconocidos que se gustan sin verse ni olerse, enamorados que tienen que esconderse de la sociedad..y otras tropecientas historias más. Pero ninguna se acerca ni lo más mínimo a las intenciones que tenía el pintor belga al retratar a dos personas con una tela húmeda besándose.

René Magritte siempre tuvo grabado en sus retinas el momento en el que sacaron el cadáver de su madre del río, con la camisa húmeda cubriéndole el rostro. De ahí los trapos húmedos entre los rostros de los amantes de su obra. Simplemente es el recuerdo que tiene un adolescente Magritte de cómo terminó el suicidio de su madre en el Samble.

Un beso de amor es el sabor de la persona besada, el olor y, como no, el contacto de las lenguas o simplemente de los labios. El trapo húmedo de Magritte destruye cualquier idea de beso al prohibir a los protagonistas de sensaciones.

  

Los amantes (otra versión)

1928

Óleo sobre lienzo, 54,2 x 73 cm.

Colección privada.

 

 Esther Bengoechea Gutiérrez

Love Actuality

Love actuality

 En mi preocupación por ver como está el mercado editorial andaba yo el otro día meditando en plena calle cuando de repente un quiosco de prensa se interpuso en mi camino. Lleno de curiosidad observé que es lo que la gente lee. De un tendal colgaban seis revistas de actualidad, de las llamadas prensa rosa o del corazón. No daba crédito a lo que veía. No es posible. Hasta hice una foto. Se habrán puesto de acuerdo pensaba yo en mi ignorancia. Tres de ellas dedicaban casi la portada en exclusiva a un personaje muy famosillo, el cual no voy ni a nombrar para que no tenga una entrada en este post. Se llama como la otra, la buena, la actriz, con distinto apellido: Belén. Tal vez los lectores hispano parlantes allende los mares no entienden esto. Pero con decir que es un personaje presente a diario en lo que se ha venido en llamar telebasura, lo entenderán. En las otras dos portadas el personajillo en cuestión ocupaba la mitad de la misma. Eché en falta la revista bandera de este tipo de prensa, esa que lleva por titulo un saludo. Pero he leído recientemente que no la dedican la portada a “ella” por que no tiene el glamour suficiente y su aparición en la misma es algo así como devaluar la prestigiosa publicación (pero eso sí, la dedican un espacio en su interior). Algo así le sucedió con los sastrecillos del reino que no dudaron en ponerse de acuerdo para que ninguno de ellos le hiciera un vestido a la princesita rosa.

Y ante este panorama cultural me pregunto ¿y yo quiero sacar un revista? Pero si no voy a hablar de los cotilleos. Ni tan siquiera de los escarceos que tuvo Goya con sus modelos o de cualquier otro pintor. Si acaso deberé de cambiar el enfoque y sacar lo más rastrero de una relación amorosa, por ejemplo la que tuvo Rodin con su alumna, amante y modelo: Camille Claudel.

Esas portadas son el reflejo de lo que pasa en la TV. Yo estoy muy contento con la televisión que tenemos. Muchas veces acudo a verla y ella misma me echa ante los programas que emiten. Total que me vuelvo al ordenador o tiro de videoteca para ver películas. Así en esta semana me he visto de nuevo Babel (¡qué gran película!). Ayer sin ir más lejos cuando me disponía a apagar la tele hice un zapeo y me encontré con una entrevista a Eduardo Galeano. No me lo podía creer. En el último número de la revista incluí un artículo y ahora aparecía en la pantalla (gracias a Iñaki Gabilondo que bracea sin cesar en medio de este océano para mantenerse a flote y elevar el nivel de las teles). ¡Qué suerte! No, si al final tengo que estar agradecido a los programas del corazón. Suerte que esta semana ha vuelto el doctor House. Ah y el domingo estrenaron una serie (¿serie?) de dos capítulos que no estuvo nada mal. Más de una hora sin corte publicitario centraron mi atención. Tensión, algo de suspense, buenas imágenes y algo sensual. De vez en cuando algo reluce en la penumbra (La piel azul). ¿Será ese el caso de Revista Atticus?

 Y la vida sigue. Hemos recibido un relato para la convocatoria sobre la imagen de Alicia González. Lleva por título: El músico del metropolitano. Su autor: Mogo.

El músico del metropolitano

  La marea humana pasaba a mi lado como si fuese una piedra, que sobresaliese en medio del arroyo, un rancio olor a podrido, que de los sumideros salía cada vez que un convoy se acercaba a la estación, empujando una corriente de aire húmedo hacia fuera del túnel hacia mas creíble la ilusión. Al lado de una de las escaleras, estaba el viejo músico, rasgueando su guitarra, ensimismado, sin mirar a nadie, tocando la misma melodía una y otra vez. Pasó delante de mí un grupo de chicas, jóvenes, frescas, posiblemente dependientas del almacén que se encontraba frente a la boca del metro. Mi mirada resbaló por sus largas piernas y sus cortas faldas durante un momento y al volver la vista al músico, le sorprendí, mirándome con fijeza, sus ojos brillantes debajo de una gorra que ensombrecía parcialmente su rostro, es curioso, la música monótona me estaba adormeciendo. No podía apartar la mirada y como si algo me atrajera me fui acercando a él, era raro, en ese momento no me di cuenta, pero estábamos los dos solos en medio del túnel, incluso el ruido de los trenes había desaparecido.

La música seguía sonando, monótona, repetitiva, poco a poco se fue adueñando de mi, y me invadió una sensación de vértigo como si me mareara, por un momento se me nubló la vista, sentí una especie de vahído y luego, la oscuridad.

Al volver en mi, tenia un sentimiento extraño, incomodo. Miré a mí alrededor, mientras hacia esfuerzos por enfocar la vista, me encontraba recostado contra la pared, y aun aturdido. Pensé, “me he mareado y  alguien me ha apoyado contra el muro”, notaba mi cuerpo raro, más cansado, la ropa me rozaba y los zapatos me hacían daño. Busque mi reloj sin encontrarlo, posiblemente, al desmayarme me lo habían robado, moví el brazo, acorchado por la postura forzada, palpé la ropa buscando mi cartera, ¡tampoco estaba!, la ropa…, espera un momento, ¡esta no es mi ropa!, está  vieja y húmeda, y tampoco son mis zapatos, miré las manos arrugadas, los dedos retorcidos, de uñas negras largas y duras. Noto algo en la cabeza, ¿qué tengo?, ¡esta gorra!. ¡Ha sido el músico!, me ha robado todo aprovechando que yo no podía defenderme.

Cuando abrí la boca, para pedir auxilio, noté como alguien desde el extremo del túnel me observaba con una sonrisa irónica mientras negaba con la cabeza y me decía adiós. 

Lo que me hizo callar, con una sensación de horror en mi rostro fue ver como yo, es decir mi cuerpo, se alejaba y al mirarme en mis ojos vi,  la mirada del músico, una mirada cargada de pena, en sus labios leí “toca”, señalando la guitarra tirada a mi lado y  entonces se fue con un gesto de alivio en su rostro despidiéndose con la mano.

Desde entonces, ocupo su lugar, en el túnel del metro, esperando que alguien se pare a escuchar la música  para que pueda cambiarme su cuerpo y así escapar. ¿Serás tú?

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Y os recuerdo que podéis participar con vuestros relatos. El plazo de entrega está abierto hasta el 23 de abril.

Luisjo

Nueva convocatoria concurso de microrrelatos

Sobre una fotografía de Alicia González a la que hemos puesto una neutral denominación: IMG_1587.jpg, lanzamos esta nueva convocatoria para todos aquellos que queráis participar. El texto no excederá en más de 1200 palabras. Claro que vais a decir que cuál es el premio. Pues el premio es la publicación de vuestro relato en estas páginas. Os advierto que no es mal premio ya que cada vez tenemos más difusión y vete tú a saber donde acaba este relato y en mano de que maravilloso magnate de las letras cae. Otro premio más es que una selección con los tres o cuatro mejores irán publicados en la edición en papel sobre la que ya estamos trabajando. El plazo de entrega de los trabajos es hasta el próximo 23 de abril. Los enviáis a revistaatticus@yahoo.es

 o a la nueva

 luisjo@revistaatticus.es

Por mi parte os dejo mi pequeño relato para predicar con el ejemplo. Lleva por título: Remordimiento

Remordimiento

 Juan, maletín y paraguas en su mano izquierda, camina cabizbajo por el andén de la estación. Acaba de descender del último tren del día.

Su gabardina nueva le pesa más que el alma. Se abriga con el cuello levantado por la firmeza del apresto, a medio colocar, con desgana. Acaba de pasar por delante del reloj de un desangelado y solitario pasillo de cercanías.

 No sé como tengo tan poca fuerza de voluntad. Son la una y treinta y siete minutos. Si es que me tenía que haber marchado antes. A ver que le digo yo a esta ahora. Ya sabes es que ahora tenemos mucho trabajo y entre unas cosas y otras… Si es que encima siempre es lo mismo y siempre acabo con el mismo sabor de mala conciencia. Ya tenía que estar durmiendo. No me vuelvo a quedar. Se me caliente el pico y es que reconozco que soy yo el liante. Venga vamos a tomar unas copas donde siempre. Y claro una lleva a la otra y… ¡la una y treinta y siete minutos! Y mañana encima tengo que trabajar. Y luego estos cabrones es que no paran, venga quédate a otra que seguro que ahora es cuando vienen las chicas. Qué chicas ni que niño muerto, en la cama tenía que estar ya. Pero claro hay que quedarse a la última por que si no mañana te dirán; coño, justo cuando tú te marchaste es cuando más ambiente había, y unas tías… Sí, del Circo Price, no te jode. Si no sé decir que no. Si yo no bebo… ni volveré a beber más. ¡La una y treinta y siete! Si es que ya tenía que estar en la cama.

 Esta es la foto que esperamos os inspire mucho

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Hoy ha fallecido Miguel Delibes. Lamentamos profundamente su muerte. Descanse en paz.  Esperamos poder seguir disfruntando por mucho tiempo con la lectura de sus obras. Os dejo un pequeño fragmento de su obra El hereje.

El largo período que estuvieron en sus manos disipó todo recelo en el ánimo de doña Catalina y abrió el corazón de don Bernardo a una leal amistad. Pero antes tuvo que soportar terribles pruebas, como la del ajo, para intentar averiguar quién de las dos partes era la causante de la esterilidad matrimonial. Con este objeto, don Francisco Almenara introdujo en la vagina de doña Catalina un diente de ajo, debidamente pelado, antes de meterla en cama:

—Mañana no se levante hasta que yo llegue. Debo ser el primero en olerla — advirtió.

Don Bernardo se despertó con el alba. Intuía vagamente que algo grave relativo a su masculinidad estaba en entredicho. Divagó por la casa durante horas y cuando, sobre las nueve de la mañana, oyó a la puerta los cascos de la mula del doctor levantó el visillo de la ventana con inquietud manifiesta.

El criado del doctor, que traía a la caballería del ronzal, ayudó a apearse a su dueño y ató aquélla a la armella de la columna. Todo lo que vino a continuación resultó para don Bernardo desconcertante y confuso. Don Francisco ordenó levantarse a doña Catalina y, tal como estaba, en salto de cama, la condujo de la mano hasta la jofaina y, una vez allí, requirió amablemente su aliento.

— ¿Cómo? — A doña Catalina se la veía sensiblemente turbada.

— El aliento, señora, écheme vuesa merced su aliento — insistió el doctor inclinando el busto sobre el rostro de la paciente. Ésta, finalmente, obedeció.

— Otra vez, si no le importa.

La esposa de don Bernardo Salcedo alentó ante la nariz de don Francisco quien frunció sombríamente el ceño.

Acto seguido, en una actitud de gravedad extrema, el doctor Almenara se encerró con don Bernardo en el despacho de éste, se sentó en el escritorio y miró al señor Salcedo con inusitada frialdad:

— Lamento tener que decirle que las vías de su esposa están abiertas — dijo simplemente.

— ¿Qué quiere decir, doctor?

—    La esposa de vuesa merced está apta para la concepción.

Fragmento de la obra El hereje, página 17 de Miguel Delibes.

Luisjo

Los vecinos del principal derecha es un pequeño relato de Enrique Jardiel Poncela. Recientemente la editorial Rey Lear ha publicado una recopilación de cuentos que lleva por título: Ventanilla de cuentos corrientes.

LOS VECINOS DEL PRINCIPAL DERECHA

 Al llegar a mi patria, de regreso de la Argentina, hice lo que suele hacer todo el que se encuentra en mi caso: me instalé en un hotel y me dediqué a buscar un piso desalquilado.

Para un hombre con dinero, encontrar un piso desalquilado es cosa fácil. Yo traía mucho dinero de América y encontré rápida­mente lo que necesitaba.

América había sido pródiga para mí. Es cierto que durante doce años trabajé furiosamente. Pero también es cierto que al cabo de los doce años de trabajo incesante, me hallé sin colocación y sin dinero ¿Cómo volver a mi patria fracasado? Una tarde paseaba por Palermo pensando esta triste cosa cuando tropecé con una gruesa cartera de cuero negro. La abrí; la cartera contenía una bolsita con diamantes y $ 150.000 en billetes. También contenía unas tarjetas y una cédula de identidad con el nombre y las señas de su dueño, pero como desde el primer momento había decidido quedarme la cartera, rompí las tarjetas y la cédula y procuré olvi­dar el nombre de aquel caballero, lo que logré enseguida, porque yo tengo una memoria fatal.

De este modo me hice rico en América. Y es que en América todo el que trabaja mucho acaba, por hacer fortuna.

El cuarto que alquilé al llegar a mi patria era precioso. Lo deco­ré todo a mi gusto y comencé a vivir una vida sin preocupaciones, llena de molicie y de refinamiento. De vez en cuando invitaba a cualquier muchacha sin compromiso a pasar unos días en mi com­pañía, y cuando me sentía harto de su modo de reír o de su gesto al ponerse el pyjama la sustituía por otra. Este procedimiento de gustar el amor, como si fuese un piano de manubrio, es una de las bases en que durante años se ha sustentado la tranquilidad de los hombres solteros.

Pero una tarde, en esa hora romántica y húmeda del crepúsculo, estaba solo en casa, porque me hallaba en un momento de transi­ción entre el piano pasado y el piano futuro.

Alguien hizo sonar el timbre y, como una tromba, se me metió en casa una dama estrepitosamente perfumada con “gardenias pú­tridas”, de Lelong.

La dama atravesó el living-room, irrumpió en mi despacho y se dejó caer en uno de los sillones con la vista fija en el suelo, las cejas fruncidas y mordiéndose ligeramente el labio inferior.

La contemplé. Traía la cabeza destocada y se envolvía en un deshabillé de charmeuse y terciopelo. Llevaba unos pendientes de ópalo y unas chinelas amaranto con los tacones rojos, iguales a los de los cortesanos de Luis XV. Era rubia; de un rubio frenético.

No quise romper el silencio porque, precisamente, al sentarse en el sillón, el deshabillé se había arrugado y dejaba al descubierto las dos piernas de la dama en una extensión suficiente para privar del habla a un orador famoso; cuanto más a mí, que hablo poquí­simo. Detalle interesante: las medias que envolvían aquellas piernas prodigiosas eran de gasa, color “risa de sordo”.

Pero semejante situación no podía prolongarse. La dama alzó de pronto su cabeza y me dijo:

—Caballero: perdone usted esta intromisión. Soy la vecina del principal derecha. He tenido un feroz disgusto con mi marido y, llevada de la ira, me he ido de casa. Cuando he querido reaccionar estaba en la escalera. ¿Adónde ir así? Y se me ocurrió llamar en su piso. Si a usted le parece, charlaremos un rato, hasta que yo me tranquilice.

—Y es posible que usted consiga tranquilizarse, señora. Quien no podrá tranquilizarse seré yo mientras usted se obstine en mostrar enteramente la región de sus ligas.

La dama rectificó los pliegues de su deshabillé y me hizo de pronto esta pregunta insólita:

—¿Qué opina usted del amor?

—Creo —repuse para ayudarla en su propósito de quitarle tirantez a nuestra entrevista— que el amor es una especie de ascensor hidráulico; se le puede exigir que funcione bien durante cinco años; durante diez; durante quince; pero llega un momento en que se estropea y se niega a funcionar.

—¿Y entonces?

—Entonces, señora, hay que cambiar de ascensor o subir a pie; es inevitable.

La dama sonrió con esa sonrisa luminosa exclusiva de las personas inteligentes.

Luego se inclinó hacia mí, rodeó mi cuello con sus brazos y murmuró esta sola palabra:

¡Ay!

Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene ganas de suspirar.

—Es usted capaz de enloquecer a cualquier mujer, amigo mío; sin embargo, nuestro amor es imposible. Yo lo sospecho: ¡impo­sible, sí!

Y se retorció un dedo, luego, dos; después, tres; y, al final, todos los dedos de la mano.

Entonces llamaron a la puerta.

—¡Mi marido!

—¿Usted cree?

Fui a abrir y, en efecto, entró el marido. Tenía un aire triste.

—Caballero —me dijo—. No me explique usted nada. Usted no tiene la culpa. ¡Ella ha sido la que ha venido aquí!… ¡Dios mío, qué vergüenza!

Rompió a llorar, me rogó un vaso de agua, y por tres veces le llevé coñac, tila y azahar.

Al volver yo al despacho me encontraba siempre al marido paseándose excitado, increpando a su mujer, y ésta tumbada en su silla, mirando la calle con gesto displicente.

Por fin, a las ocho de la noche, después de que efectué, trayendo agua, una agotadora labor de camello del desierto, deci­dieron volverse a su casa.

Ya en la puerta, el marido me estrechó enérgicamente las ma­nos mientras me decía:

—Gracias, gracias…  Nunca olvidaré esto; nunca lo olvidaré.

Y se fueron.

Media hora después yo subía rápidamente la escalera y llamaba en el principal derecha. Nadie contestó a mis timbrazos. Entonces el portero, asomándose al hueco del ascensor, me advirtió que en el principal derecha no vivía nadie, pues el cuarto estaba desalqui­lado desde hacía seis semanas.

Esta noticia me produjo una gran contrariedad. Porque necesitaba hablar de nuevo con los vecinos del principal derecha para preguntarles si ellos habían visto por casualidad, una bolsita con brillantes que yo guardaba en el bargueño de mi despacho y que ha­bía echado de menos al rato de marcharse de mi casa el matrimonio.

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Jardiel Poncela se definió asimismo:

 AUTORRETRATO
Nací armando el jaleo propio de esas escenas;
me bautizó la Iglesia con el nombre de Enrique,
y Aragón y Castilla circulan por mis venas,
sin que haya aún encontrado a nadie que me explique
a quién debo mis risas y a quién mis penas;
pues, realmente, no es fácil resolver el misterio
de cuál de esas regiones pesa en mi corazón;
tal vez pesa Castilla cuando me pongo serio,
y cuando estoy alegre, tal vez pesa Aragón.

Valladolid, de un lado, por la parte materna;
Zaragoza, del otro, por vía paterna,
llevo dentro la esencia geográfica eterna
que unificó en España una boda imperial.

 (Puedes seguir leyendo su autorretrato en el blog de los nietos del autor http://jardielponcela.blogspot.com/ La foto está extraída de ahí)

Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 15 de octubre de 1901 – 18 de febrero de 1952) fue un escritor y dramaturgo español. Maestro del humorismo, sus inicios fueron en el terreno periodístico, pero pronto pasó a la novela. Estilísticamente perteneció a la denominada “generación inverosímil” (la de humoristas, la otra generación del 27, entre los que se encontraba también Miguel Mihura). Tuvo muchos seguidores cosa que no sucedió con los gobernantes de la época. De ellos no obtuvo beneplácito alguno. Durante la República sus obras fueron censuradas con el sello “demasiado de derechas”. Con el gobierno franquista sus obras tuvieron el mismo destino y lo paródico fue que fueron censuradas por “demasiado de izquierdas”. Agresivo y crítico, jamás abandonó su individualismo.

Murió en Madrid sumido en la pobreza y sin un reconocimiento merecido de su obra. En su sepultura está grabado el siguiente epitafio: “Si queréis los mayores elogios, moríos”.

Luisjo

Estamos de enhorabuena. Cumplimos nuestro primer año de la web Revista Atticus.

Que mejor manera de celebrar este fiestón que ofrecer lo que mejor sabemos hacer. Hoy dejamos aquí  bajo estas líneas el número 10 de Revista Atticus para que todos vosotros lo podáis disfrutar.

De forma resumida, el contenido del mismo es el siguiente.

Humor gráfico por gentileza de Andrés Faro.

Escultura en terracota 6 (El sacromonte de Varallo) por José Miguel Travieso.

Facsímil de Revista Geográfica Española de un artículo sobre el viaje en automóvil desde España a la India en el año 1938 (se ha editado un anexo, ya disponible en este web).

El beso en la historia del Arte (primera entrega) por Luis José Cuadrado Gutiérrez).

Jaime I, el rey conquistador por Joseph María Osma Bosch.

Entendiendo a Hopper por Diego Hermoso.

Alejandro Schmitt, el neoexpresionismo de la Tierra por Juan Diego Caballero Oliver.

Fotógrafos y sus fotografías con la colaboración especial de Jesús González, Rogelio García Alonso y Luis Raimundo García Fernández.

Relatos en torno a una mirada con la participación de Luisjo, Berta Cuadrado y Mogo.

Dadme las piedras y A las siete de la tarde poesía escrita por Manolo Madrid.

La poesía un compromiso social por la escritora Marina Caballero.

Y un apartado con especial dedicación y cariño para un pueblo que ha sufrido una terrible catástrofe: Haití por Luis José Cuadrado Gutiérrez y la colaboración de Julián Salas Serrano.

A vuestra disposición.

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Antonio Camoyán, el alma del paisaje

Antonio Camoyán, el alma del paisaje

Es un orgullo para mi y para todos aquellos  que hacemos posible Revista Atticus que un artículo que se publicó en la web figura como el primero cuando haces la consulta en el Google. No voy a desvelar cuál es esa entrada por que no viene al caso. Pero nos sentimos muy orgullosos de ello.

El caso que hoy nos ocupa viene de la mano de Juan Diego Caballero, excelente colaborador que dirige el magnífico blog ENSEÑ-ARTE, quién nos facilitó el trabajo que hizo sobre la figura de Antonio Camoyán y que publicamos en el número 9 de Revista Atticus

Podéis consultar el artículo en:

http://aprendersociales.blogspot.com/2009/06/el-alma-del-paisaje.html

o en nuestra web:

http://revistaatticus.es/la-revista

En su momento Juan Diego me habló de lo oportuno de publicar ese trabajo. Pues bien ahora en la ciudad de Sevilla se realiza una doble exposición. Por una lado se muestran las fotografías de Antonio Camoyán que lleva por título “El alma del paisaje” y por otro lado la obra pictórica de Francisco José Hernández “Alas de papel”. Esta exposición estará abierta al público hasta el 19 de abril (de martes a domingo, de 10 a 21 horas) en el Foro de la Biodiversidad (Patio de Banderas, 16, Sevilla). Para más información:

http://www.fundacion-biodiversidad.es/inicio/noticias/noticias/113119

Camoyán exhibe el resultado de su trabajo. Han sido muchos años realizando innumerables fotografías, intentando captar el alma del paisaje de los parajes de Río Tinto, en Huelva. Las altas concentraciones de piritas, mineral de cobre, provocan la tintura del agua, piedras y todo el curso del río. Lo cual confiere a todo el conjunto un aspecto irreal, fantástico y lleno de belleza.

Antonio Camoyán se ha dedicado, con un ojo perceptivo, minucioso y una sensibilidad pictórica a retratar el paisaje y sugerir, por medio de la fotografía, emociones. El artista presenta cerca de 700 fotografías escogidas entre las más de 40.000 que posee sobre este paraje onubense. De esta manera saca a la luz más de 45 años de trabajo en el entorno de Río Tinto y pone en evidencia dos de sus pasiones: la naturaleza y el color desde la abstracción.

Juan Diego Caballero nos presenta a Antonio Camoyán (1941)  “es persona bien conocida en el campo de la fotografía de la naturaleza, tema al que viene dedicándose de manera ininterrumpida desde su juventud. Su extensa trayectoria le ha llevado a los lugares más diversos para captar desde múltiples puntos de vista la riqueza y diversidad del medio natural. Puede completarse un breve currículo de Antonio Camoyán indicando que ha realizado numerosas exposiciones y catálogos, que acumula diversos premios o que ha sido jefe de fotografía de las revistas Periplo y Ronda Iberia. Como resultado de todo ello, más de un millón de negativos analógicos figuran en su archivo fotográfico personal que alcanza ya, tanto en cantidad como en calidad, el valor de verdadero legado visual, digno de conservarse íntegramente”.

La exposición se organiza a través de seis pantallas: Aguas: Paisajes, Piedras, Algas y Espumas, Barros y Abstractos, acercándonos a esa mirada sobre el rastro cromático que dejan las aguas del río en los paisajes de Huelva.

Esta doble exposición se completa con los trazos de Francisco José Hernández. Lamentablemente poco os puedo decir de él, pues no lo conozco y no tengo más referencia que su blog. Así que aquí os dejo su dirección:

http://avestrazos.blogspot.com/

Y por, último pues que estéis atentos al próximo número de Revista Atticus, que será el 10 (el 4 de marzo estará disponible en la web), pues Juan Diego Caballero nos ha facilitado otro de sus trabajos esta vez sobre la obra de Alejandro Schmitt que a buen seguro también os va a sorprender. Un ejmplo de su obra pictórica es esta foto.

Luisjo

Revista Atticus 10 ya casi está a punto para llevar a vuestros hogares.

Para esta ocasión uno de los platos fuertes es el de rememorar una excursión que haría las delicias de cualquier viajero. Para ello nos trasladamos en el tiempo. Allá por 1938 unos románticos deciden ir en automóvil desde San Sebastián hasta la India. Esta aventura se recogió en una publicación de la época, Revista Geográfica Española, en su primer número y en los dos siguientes. Pues bien nosotros, el equipo de Revista Atticus ha escaneado la revista y os la ofrece como anexo al número 10. Creo que es la primera vez en la historia del periodismo que se entrega primero el anexo y luego la revista..

La primera entrega recoge el recorrido desde San Sebastián a Bagdad: Visitan Andrinópolis, Konia,

Alepo, Damasco y Bagdad.

La segunda parte del recorrido (RA 11) relatan las aventuras desde Bagdad a Beluchistan (una antigua región del sur de Asia que comprende parte del Pakistán actual, sureste del Irak y sur de Afganistán). Con paradas en Teherán, Ispahán, Bam y Kandahar

Y en la tercera parte (RA 12) van desde Afganistán hasta la India, deteniéndose en ciudades como Kabul, Paeshawar y Delhi entre otras.

Esperamos que os guste.

Luisjo

Descargalo aquí

A lo largo de seis entregas en los números RA 4 hasta RA 9 han ido apareciendo un reportaje sobre el Museo de Orsay.

 

Ahora todas esas entregas las hemos compilado en un número especial monográfico para el que José Miguel Travieso ha diseñado la portada.

 

Ahora no hace falta desplazaros hasta París ya que la Fundación Mapfre muestra algunas de estas obras (Los acuchilladores de parqué y La clase de danza, son algunas de las obras que están presentes en la exposición madrileña).

Descárgalo aquí

Invictus de Clint Eastwood

INVICTUS

 La nueva película de Clint Eastwood ya ha llegado a las pantallas de cine. El director californiano se ha convertido en una referencia por su trayectoria. Para quines le siguen o seguimos es toda una garantía a la hora de elegir ir a ver una película.

Sus últimas cintas demuestra su buen hacer y su compromiso social. Entre ellas cabe destacar Gran Torino (2009) o Million Dollar Baby (2005).

 Invictus está basada en la novela de John Carlin El factor humano (de rimbombante título original: Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation). Como principales protagonistas están un excepcional Morgan Freeman en el papel de Nelson Mandela y un sobrio y convincente Matt Damon (François Pienaar). Los hechos que narra el film sucedieron a comienzos de 1990 en el momento en que Nelson Mandela abandona la cárcel tras 27 años. El gobierno liberó al líder sudafricano con la esperanza de que fuera mejor, para sus intenciones, que estuviera en libertad que preso, pues tenían la vana esperanza de que la falta de libertad hubiera domado su férrea voluntad de convertirse en un líder para su pueblo. Mandela enseguida trató de ofrecer un mensaje de reconciliación expresando que el enemigo no eran los blancos sino el apartheid. De Klerk (antiguo dirigente) y Mandela compartieron en 1993 el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos de instaurar la democracia en Sudáfrica. Pero al año siguiente el país estaba sumido en un caos. Se hablada de una guerra de baja intensidad. Nelson Mandela se convirtió en la única opción para celebrar una convocatoria de unos comicios multirraciales. Algo impensable unos meses atrás.

Es en ese momento cuando arranca el film. Mandela es el presidente de Sudáfrica y el apartheid ha caído. Pero lo cierto es que los problemas entre blancos y negros siguen siendo cotidianos. En 1995 se va a celebrar la III Copa del Mundo del Rugby en Sudáfrica. Mandela ve en esa oportunidad histórica un buen motivo para limar asperezas interraciales. Convierte el campeonato en un instrumento de conciliación de su pueblo. El rugby es el deporte nacional. El gran logro de Mandela fue que supo dar la vuelta a la situación: lo que anteriormente era el símbolo de la opresión de los blancos durante décadas lo convirtió en un equipo con espíritu multirracial, orgulloso de su país: los Springboks (en alusión a la gacela africana que es el símbolo de la nación). El dirigente sudafricano supo involucrar al equipo por medio de su joven capitán François Pienaar. Esta es la historia que cuenta Invictus.

 En toda buena película durante el transcurso de la misma asistimos a una evolución del protagonista. En este caso el protagonista es el pueblo sudafricano. Clint Eastwood consigue evolucionar su protagonista y pasa de abuchear en los partidos preparatorios para el Campeonato y animar al equipo contrario a sentirse identificado con su equipo llegando a la locura colectiva.

 La situación de aquel momento era crítica. La película arranca con una escena de la liberación de Mandela. Lo que para unos era esperanza para otros era el declive. El entrenador de un equipo de rugby al contemplar la escena les dijo a los deportistas, blancos: “Recordad, muchachos, este es el día en que nuestro país empezará a irse a pique”. Mientras al otro lado de la carretera, un grupo de críos negros dejan alborotados el balón de fútbol para acercarse hasta la valla que les separa y vitorear a su líder. Rugby frente a fútbol, libertad frente a opresión.

 Ya, ya sé que muchos de vosotros me decís que si mucho bla, bla, pero, en definitiva, ¿te gustó? Mi valoración.

 Es una pena que aquellos que pudiendo ser sabios se conformen con la mediocridad. Invictus es una buena película. Una película que narra una hazaña épica, gloriosa, de un evento deportivo. Tiene muchas connotaciones y no es para quedarnos solo con la gloria atlética.  Pero lo que lamento es que un excelente director como Clint Easwood no haya logrado sacar el máximo partido de unos magníficos mimbres (hoy que cuesta tanto encontrar buenas historias, buenos guiones). Al director parece que se le olvidó lo que precisamente da título a la obra en la que está basada. Se le olvidó el factor humano. Apenas se nota su mano. La película es muy limpia, sin grandes artificios y asistimos sentados en la butaca las más de dos horas como si de un documental se tratara. Lo que no es precisamente un demérito. Pero al director californiano se le pide más.

El logro de superar los problemas interraciales se debe, fundamentalmente, a la buena disposición de sus dirigentes y al enorme grado cívico demostrado por sus habitantes. Y esto en la película no se logra transmitir por más que se abracen negros o blancos o por más que nos muestren a un niño negro compartir un refresco con los polis blancos.

Y mira que a mi me emociona los eventos deportivos con esa exaltación de la patria. Pero lo película no me llega a emocionar, es menos dramática que los ejemplos antes citados. No me movió las tripas.

 El cambio de registro de Eastwood gustará a mucha gente por que al final saldrán del cine con un regusto bueno pues no deja de ser un final feliz. Mientras a otros, en los que me incluyo, sentimos un mal sabor de boca porque nos tiene acostumbrados a no darnos todo mascado y a tener un final dramático que nos invita a la reflexión.

 En definitiva y aunque no me emociono reconozco que es una buena película, sencilla, sin garra pero con pasión y detrás de ella hay un buen trabajo.

Hacía tiempo que desde estas páginas no hablaba de cine. Invictus lo ha conseguido. Un punto a su favor. Otro punto más lo obtiene por que ha sabido captar la esencia del rugby y reproduce con bastante fidelidad lo que sucedió en aquel campeonato. Al igual que cuando vemos llorar en la pantalla tiene que ser creíble, los lances del juego tienen que serlos. Yo soy un leguleyo pero me han comentado gente que de esto sabe que los golpes de castigo lo son. Vamos que está bien realizada y la ambientación es perfecta.

 Invictus es una parábola sobre el nacimiento de una nación. Atrás han quedado estos hechos que marcaron una etapa histórica llena de ignominias. Merece la pena que la veamos aunque tan solo sea por reflexionar durante un momento que los negros, los habitantes de Sudáfrica, los nativos de un gran país no pudieron ejercer su voto hasta 1994.

 Por último, el poeta William Ernest Henley escribío en 1875 unos versos. Estos versos le sirvieron a Nelson Mandela para mantenerse altivo en su encierro. Esos mismos versos se los transmite al capitán François Pienaar para que encuentre la motivación en lograr la hazaña que le encarga. Estos son los versos:

 INVICTUS

Out of the night that covers me,
Black as the Pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul. -
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed. -
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds, and shall find me, unafraid.
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate;
I am the captain of my soul. – -

 

En español:

 

Desde la noche que sobre mi se cierne,
negra como su insondable abismo,
agradezco a los dioses si existen
por mi alma invicta.
Caído en las garras de la circunstancia
nadie me vio llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de lágrimas e ira
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigo la sentencia.
Soy el amo de mi destino;
soy el capitán de mi alma

Luisjo

Escribir cuesta trabajo

Escribir cuesta trabajo

 El pasado jueves nos llegó a la redacción de Revista Atticus una nueva reseña sobre un libro recién publicado.

 Desde sus inicios Revista Atticus ha querido destacar por ser una publicación rigurosa y amena en sus contenidos. Desde aquí hemos lanzado diferentes convocatorias para participar en la elaboración de la misma. También hemos difundido distintas convocatorias que abarcan un amplio espectro del panorama cultural.

 Con la llegada de esta reseña se nos planteó una duda ética. ¿Es lícito difundir o publicitar una obra de la cual no se conoce su contenido salvo lo expuesto en una pequeña reseña?

 Durante buen parte del fin de semana esta pregunta ha estado latente en la cabeza de varios miembros del Consejo de Redacción.

 En grandes empresas me imagino que esto será un acosa habitual pero para nosotros suponía una novedad y por lo tanto un reto.

 Mientras llegábamos a un acuerdo cayó en mis manos un libro. Un libro por todos conocidos. Ojeando el contenido del mismo me topé con unas cuántas líneas que me venían de “perlas”  para afrontar el dilema. Si era conveniente o no la difusión de una obra sabiendo solo la reseña mandada por su autor, en este caso Tomás Prieto Martín.

 En el prólogo de la obra con la que me topé (que luego diré su nombre) dice algo así:

 Yo creo que es bueno que sucesos tan destacados, y quizás nunca oídos ni vistos, sean conocidos por mucha gente para que no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que a algunos lectores les enseñen algo y, a los que no profundicen tanto les entretengan. A propósito de esto dice Plinio que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”, sobre todo si consideramos que no todo el mundo tiene los mismos gustos, pues lo que uno no come, otro lo desea, y lo que unos no aprecian, otros lo estiman. Por ello no debería menospreciar ninguna historia, a menos que sea muy detestable. Al contrario, debería comunicarse a todos, especialmente si no causa perjuicio y si de ella se puede sacar alguno fruto. Porque, si no fuese así, muy pocos escribirían para sí mismos, pues escribir cuesta trabajo, y, ya que se lo toman, los escritores quieren ser recompensados, no con dinero, sino con que la gente lea sus obras y se las alaben si hay motivo para ello.

 Esto aquí relatado aparece en El lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI (el fragmento seleccionado es del libro El lazarillo de Tormes en su versión adaptada de Eduardo Alonso y editada por Vicens Vives en su colección Clásicos Adaptados).

 La reseña que nos envió Tomás Prieto Martín es la siguiente:

 LA MÁCULA PÚRPURA

Esta obra, cuya acción básicamente se desarrolla entre Sevilla y otros  diferentes puntos de la geografía española, sumerge al lector en los entresijos del siempre fascinante y enigmático mundo de las Sociedades Secretas. Es una ocasión para comprobar como se mueven los hilos del mundo dentro de la hostelería, y de como la Iglesia, una vez más,  antepone sus intereses mercantiles por encima de sus propias creencias y doctrinas. Salmorelli, personaje principal de la novela, luchará junto al “Padrino”, el señor Rey, y sus hermanos de la “Familia” por realzar los valores humanos de la Sagrada Sociedad de Hostelería, dedicando sus vidas en pro de salvaguardar y defender celosamente sus secretos y misterios rodeados siempre de un halo sagrado. Consiguiendo en su empeño defender a ultranza los valores de un gremio devaluado, prostituido y olvidado en el tiempo. 

Sobre el autor

 Conocedor del poder que tiene la imaginación, deja volar su mente en todos y cada uno de sus relatos. Nacido en Sevilla en 1970, escritor autodidacta y dedicado en cuerpo y alma al mundo de la hostelería des muy pequeño, Tomás Prieto Martín, navega con sus letras a través del mundo siempre enigmático de las Sociedades Secretas, Mafias, y todo aquello que rodea especialmente a  la novela negra, sin dejar de lado al suspense ni las historias de amor. Colaborador de periódicos locales, encuentros literarios,  y boletines de asociaciones o hermandades, por fin consigue sacar a la luz su primera novela “La Mácula Púrpura”, cuyo personaje central da nombre a su habitual nick de participación en la red, “Salmorelli”. Sus relatos, “El Encuentro”, junto a Lola Macías, “Sueños”, “La Gubia del Poder”, “Confesión”, “Sangre Patentada”  y su cooperación en la Hostería de Butarelli, han arrastrado a decenas de seguidores a conectarse a diario en su blog en busca de un nuevo episodio de una singular historia. Cuenta en su haber con el premio Thot por parte de la revista Argentina “Papirando”, con el fue premiada la originalidad que mantiene su blog al dejar interactuar a sus lectores en sus relatos.

 Lo podéis encontrar en www.bubok.es

 Por parte de Revista Atticus solo nos queda decir aquello de que no somos responsables de las versiones emitidas por nuestros colaboradores, ni en esta obra ni en cualquier otro contenido o reportaje que venimos publicando.  

 Luisjo

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