Crítica película La isla de Amrum de Fatih Akin – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Año: 2025.
Título original: Amrum
Duración: 93 min.
País: Alemania.
Dirección: Fatih Akin.
Idioma original: alemán y frisón de la isla de Amrum. V.O.S.E.
Guion: Fatih Akin y Hark Bohm. Sobre una novela autobiográfica de Hark Bohm.
Fotografía: Karl Walter Lindenlaub.
Música: Hainbach.
Reparto: Diane Kruger, Laura Tonke, Jasper Billerbeck, Detlev Buck, Lisa Schweighöfer, Kian Köppke, Lars Jessen, Steffen Wink y Hatk Bohm.
Producción: Bombero International, Rialto Film, Warner Bros.
Género: drama. Infancia. Relación materno/filial. II Guerra Mundial. Nazismo.
Sinopsis
Son los últimos días de la II Guerra Mundial en Amrum, una pequeña y remota isla alemana situada en el Mar del Norte. Las provisiones escasean y Nanning (Jasper Billerbeck), un muchacho de doce años, emplea parte de su tiempo en plantar patatas o hacer las más diversas tareas para conseguir alimentos que llevar a su casa; su familia es de idolología nazi y se halla refugiada en la isla para huir de los bombardeos sobre Hamburgo. Nanning es un chaval de ciudad, un forastero, que tiene un amigo isleño de su misma edad, Hermann (Kian Köppke), que le enseña a buscarse la vida (cazando, por ejemplo) y que le defiende ante los autóctonos. Nanning, a cambio, le presta libros: uno de ellos Moby Dick. Como niños, chavales, intuyen que las cosas, con la derrota nazi y el suicidio de Hitler, van a cambiar en Alemania, pero es un conocimiento intuitivo, confuso, en un mundo de adultos que mantienen sus fanatismos, sus miedos y sus secretos.
Crítica
La nueva película de Fatih Akin es breve, apenas dura hora y media hora, sencilla en su planteamiento dramático, atenta a las voces humanas y a sus silencios sospechosos, a las emociones de un niño que desea que su madre le quiera y para lo que está dispuesto a hacer casi cualquier cosa para conseguir su aprobación, tan difícil de obtener. Es también una película en la que Amrum, esa isla remota y arenosa de Frisia septentrional, aparece retratada como un microcosmos, parcialmente a salvo de la guerra y más seguro que un Hamburgo bombardeado; con un Mar del Norte amedrentador, pero también generoso con sus frutos. Una isla en la que las aves, las abejas, lo tallos de las plantas, tienen su lugar, como de pasada pero muy presentes, pues son sensaciones que permanecen en el recuerdo de Nanning, del Hark Bohm adulto que las recrea en su novela, origen de la película. Es un aspecto bellísimo del film.

Esta mirada de Fatih Akin viene de esa novela homónima y de la colaboración personal con el autor, Hark Bohm, coguionista con el cineasta en otros proyectos (Goodbye Berlin, 2016, En la sombra, 2017), y de quien fue profesor cuando Akin estudiaba cine. La presente mirada de Akin en Amrum es novedosa, si recordamos otras miradas del cineasta como la desaforada y violentísima de El monstruo de St. Pauli (Der Goldene Handschuh, 2019), la cruda y vengadora de En la sombra (2017), o en la reivindicativa y algo grandilocuente de El padre (The Cut), 2014, sobre el genocidio armenio. En La isla de Amrum, el cineasta busca verdad y no estilo, como ha manifestado, pero este existe, aunque busque su invisibilidad y que no esté en “primer plano”.
La película narra algunos recuerdos de infancia del director, guionista y actor Hark Bohm, escritos en el último tramo de su edad madura; Hark Bohm escribe una novela, en parte autobiográfica, en la que rememora, sin nostalgia, al niño que fue. Una novela que no hemos leído. Como espectadores de La isla de Amrum, vemos a una familia imbuida en el nazismo y a una madre fanática en su ideología y manipuladora como persona; a un padre ausente (está en la guerra) que es un teórico del supremísimo ario y cuyos libros se encuentran en los anaqueles de la biblioteca familiar.
El film nos cuenta, en principio, la leal amistad entre Nanning y su amigo Hermann, que se halla en las la antípodas de lo que Nanning representa social y políticamente: es un chico de pueblo, un isleño, que pertenece al lugar y sabe buscarse la vida, al contrario que un chico de ciudad que ni siquiera sabe el frisón, el dialecto local. Es también un retrato sobre la supervivencia cuando no hay casi comida para alimentarse y conviene saber cazar y pescar, o plantar patatas a las órdenes de otra persona, una mujer que no simpatiza con el nazismo y lo expresa.
Fatih Akin, se acerca a esta historia buscando la mirada de ese niño, de ese chaval, Nanning, y la situación que le tocó vivir en la primavera de 1945, con el hundimiento del nazismo y la derrota de Alemania. El 30 de abril de 1945, los alemanes, y entre ellos la familia de Nanning, escucharon por la radio que el führer había dado su vida por el Reich, eufemismo para ocultar que se había suicidado. La familia de Nanning, de buena posición económica, se ha refugiado en la isla de Amrum, de donde son originarios, huyendo de un Hamburgo bombardeado por los Aliados en la que han perdido su casa. La isla, por hallarse en un lugar remoto, ha permanecido en buena parte al margen de los mayores horrores de la guerra, de la II Guerra Mundial. Los bombarderos aliados sobrevuelan la isla en sus misiones, pero solo sueltan sus bombas sobre el mar, para aligerar carga.

En esa clara intención de Fatih Akin de buscar un hilo conductor, dramático, para contarnos la historia de Nanning, de Hark Bohm (hasta donde haya coincidencia entre la novela y la película), el director lo halla en ese momento telúrico en el que todos escuchan la noticia del suicidio de Hitler y su madre rompe aguas. Es un hecho concreto, el parto de un nuevo hijo, pero también tiene algo de simbólico a posteriori: el nacimiento de un niño y el de otra Alemania posible.
La reacción de la madre tras el parto es dejar de comer y recluirse en su habitación. Una Alemania que no sea nacionalsocialista no tiene sentido para ella, tal como también expresaba la esposa de Goebbels en El hundimiento (2004), de Oliver Hirschbiegel, antes de suicidarse junto a su marido y matar a sus hijos. Hille (Laura Tonke), la madre de Nanning, opta por no comer pan negro o conejo de campo: solo desea pan blanco con mantequilla y miel, como en los viejos tiempos.
Este deseo de la madre será atendido por Nanning. Si el contexto histórico y geográfico es el descrito hasta ahora, como un envoltorio necesario y terrible, el núcleo de la historia es el dolor de Nanning (del Hark Bohm real) por no sentirse amado por su madre y su necesidad de demostrarla que merece su amor. Por eso, como en una novela (en una película en este caso) de iniciación, de formación, típicamente alemana (Bilddungsroman), Nanning se lanza a conseguir esos tres alimentos: harina de trigo, mantequilla y miel, casi inencontrables en la isla en esa coyuntura.
La trama de la película se convierte en el itinerario de una pequeña odisea, de unos trabajos de Hércules en miniatura, en la que Nanning va realizando diversas hazañas al enfrentarse a situaciones inéditas para él y a contradicciones que socavan las convicciones en las que le han formado. Robará huevos a un ganso, o azúcar a un jefecillo nazi que sí se ha suicidado, o cruzará una lengua de mar, mientras sube la marea, jugándose la vida, o hará de señuelo de foca hembra para que un vecino cace a una foca macho: alguien inocente debe pagar siempre nuestra supervivencia.
Es una sucesión de episodios narrados con vivacidad, con el ritmo de una buen película de aventuras, en los que Nanning va comprendiendo cuál es el precio de una indiscreción, qué parte de su familia está en el extranjero, bien como emigrantes económicos o como exiliados, o por qué uno de sus tíos (proscrito en los álbumes familiares) se quiso casar con una mujer judía, o que se puede perder una vitualla a cambio de salvar una vida en peligro.

Nanning ha prestado Moby Dick de Herman Melville (y no uno de los libros racistas de su padre), a su amigo Hermann. Tiene sentido, pues Amrum ha sido un puerto ballenero y la familia de Nanning ha hecho fortuna con ese negocio. Cuando Nanning le pregunta si le está gustando la novela, Hermann le cuenta que para su abuelo el capitán Ahab en como Hitler, y que el Pequod (el barco ballenero), es como Alemania. “¿Y quién es Moby Dick”?, pregunta Nanning: “quizás sean los rusos”.
Nanning conseguirá el pan blanco, la mantequilla y la miel para que su madre coma lo que desea, lo que debe comer una mujer nazi de alcurnia con antojos. En esa pequeña odisea ha aprendido otras cosas, sin duda más importantes para su futuro como persona. Lo que no conseguirá es el amor de la madre, lo más cruel para él. Llorará amargamente por eso y la madre se lo reprochará: “por llorones como tú Alemania ha perdido la guerra”. El círculo de formación que ha recorrido Nanning se completará cuando se sienta decepcionado con su madre por un asunto trivial que rompe la imagen que tenia de ella. Nanning ha aprendido amargamente que no hay amor por él en su madre, pero también ha destruido el mito que tenía sobre ella.
El joven actor Jasper Billerbeck (Nanning) es un hallazgo, encarna la mirada con la que el director quiere que contemplemos la historia que nos cuenta. Laura Tonke (Hille, la madre), O Lisa Hagmeister (la tía Ena), dan matices a sus personajes, tan necesarios en una historia de extremos. Diane Kruger, la portentosa actriz de En la sombra, hace un pequeño papel muy significativo. Fatih Akin ha contado con el director de fotografía Rainer Klausman para conseguir captar luz de la isla o la de los interiores de la casas, tan austeros.
La imagen de Hark Bohm aparece en los créditos de una película que retrata su infancia, contemplando el mar. Llegó a ver el film antes de morir. Su filmografía es extensa, como director, guionista y actor en películas, por ejemplo, de Rainer Werner Fassbinder; repasándola me ha llamado la atención su participación en Madregilda (1993), de ese genio no recocido llamado Francisco Regueiro, en la que tiene un pequeño papel.
Hay una sonrisa que quizás sea la única en la película y que cierra un círculo: es una sonrisa de Nanning. Sonríe agradecido ante un regalo de una chica refugiada en la isla de Amrum, ahora que él es otro refugiado más.
Os dejo un tráiler:
Os recomiendo leer la entrevista que El País ha realizado a Fatih Akin. La puedes consultar en el siguiente enlace:
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

