Obituario – Nathalie Baye, drama disfrazado de comedia – Carlos Ibañez

Se nos acaba de convertir en inmortal, siguiendo la máxima de Víctor Hugo, su compatriota, la magnífica actriz Nathalie Baye. Elegida por los mejores realizadores franceses mantenía siempre el pulso entre sus deseos interpretativos y los de los directores. Ella era la dueña de la escena cuando el drama se travestía de comedia y exigía un equilibrio entre el gesto y el texto. 

Fue ganadora de cuatro premios César, todo un récord, por Salve quien pueda, la vida (Jean-Luc Godard), Une étrange affaire (Pierre Granier-Deferre), El membrillo (Bob Swaim) y El pequeño teniente, (Xavier Beauvois). Tres de ellos de forma consecutiva en a comienzos de los años ochenta. Además, hizo la taquillera El Regreso de Martin Guerre (Daniel Vigne) en la misma etapa, después versionada por Hollywood en la encorsetada Sommersby, con lo cual su nombre era sinónimo de éxito.

De sus casi sesenta papeles hay que destacar su evolución de hermosa jovencita a mujer de edad y carácter capaz de hacer emerger la comedia y su mejor sonrisa en el centro mismo del drama, y no un tipo de drama, sino cualquier tipo de este estilo: social, personal, familiar, quizás por eso, y porque el cine francés siempre fue un referente para él, Spielberg la eligió para hacer el rol de Paula, la madre de Frank Abagnale, el estafador adolescente de Atrápame si puedes, recordemos que el “rey Midas de Hollywood” ya había contado con Francois Truffaut actuando en Encuentros en la tercera fase. Quizás sea el cine que quiso hacer y nunca se atrevió.

Pero puestos a destacar algunos papeles, además de los ya escritos y premiados, es necesario subrayar su majestad en Venus, salón de belleza (Tonie Marshall),con el peso de ser una masajista que recibe soledades a las que arreglar la espalda o la sobrecarga de las piernas, y con ello esconde su propia soledad mientras ve a una compañera nueva, muy joven, recordarle quién fue ella y de qué manera es en la actualidad. La escena en la que está borracha con el hombre que le gusta es el reflejo de su gran calidad interpretativa siendo patética, como cualquier persona mermada de facultades por el alcohol, y grande en cada respuesta ante aquel hombre más joven que ella que está absolutamente cautivado por ella. Conduciendo la escena para desconcierto de los espectadores a una fractura consigo misma y donde se ven sus principios como bailarina de ballet, tanto en Mónaco como en Nueva York, con movimientos perfectamente coreografiados que podrían ser groseros o chabacanos y gracias a su dominio del cuerpo se convierten en triste comedia o en un drama que se ve con una triste sonrisa en la boca. Una de las grandes virtudes de esta actriz, sin duda, era que mejoraba normalmente a sus directores, quizás porque había trabajado con los mejores y sabía como llegar al corazón de cada escena sin necesidad de alharacas interpretativas sino centrando donde hacer cada pausa entre el gesto y el texto, entre lo que el guion pide y la cámara ofrece como aliada.

Entre sus mejores actuaciones también está la de ese Pigmalión de la aguja de Alta Costura, comedia dramática sobre la soledad y la realidad social de ese París que nos venden siempre glamuroso y que está rodeado de ciudades dormitorio repletas de carencias de futuro, integración y jóvenes con aspiraciones a delincuente, supervivencia gracias a las ayudas sociales o prostitución. Y cómo una mujer a punto de jubilarse recoge a una chica de la calle, musulmana que va a rezar a un templo católico y cuya vida va camino de lo antes descrito en este párrafo se va convirtiendo, no sin mucha lucha y disgustos para ambas, en la costurera de calidad que una lleva dentro sin saberlo y la otra adivina a pesar de todo lo que hace la jovencita por tirarlo todo por la borda. Con una sonrisa final que logra hacer pensar que quizás no merezcamos extinguirnos como especie.

Pero si tuviera este mundo ingrato que salvar una sola interpretación de Nathalie Baye, sin duda, sería en de esa mujer sin nombre, pero con todo su ser a flor de piel de Una relación privada (Frédéric Fonteyne) que actuó en esta coproducción con el actor español Sergi López, muy de moda en aquel momento en el cine del otro lado de los Pirineos y que no sabía quién era su compañera de rodaje hasta que le pusieron alguno de sus trabajos. La actriz ganó la copa Volpi en el festival de Venecia y la crítica alabó como aquello que podría haber sido sórdido y grotesco se iba convirtiendo en poesía visual y desgarro personal. Con un trabajo psicológico y filosófico de guion y tomas que parecen más de un buen documental que de un mal filme erótico nos van conduciendo a ese dolor de lo que fue, lo que deseábamos que fuese y de lo que ya nunca sería con planos largos que no regalan ni un fotograma para el lucimiento de los actores sino para el del guion, y con ello tanto ella como él, ambos anónimos en su relación pornográfica, como reza el título original en francés, nos van convirtiendo en protagonistas de su historia, la transposición psíquica de la que tanto habla Román Gubern alcanza en esta cinta uno de sus cúlmenes desde el momento en que él muestra a su entrevistador la revista erótica plastificada a través de la que contactó con ella para esos embates sexuales sin compromiso, salvo el del placer, en principio.

Así que esta mujer que trabajó con los mejores a este lado del Atlántico y uno bueno al otro, capaz de mostrar vulnerabilidad tras el aspecto pétreo de alguno de sus gestos, conocidísima en los países francófonos, entre otras cosas, así de triste es este mundo, por su relación tormentosa y ardiente con el rockero Johnny Hallyday tras abandonar al actor y también cantante Phillipe Leotard, con el Elvis francés tuvo una hija, su única descendiente.

Hace dos años vino a SEMINCI y estuvimos con ella en el hotel tras ver una horrible película en el Cervantes. Fue amable, sonriente y muy clara sobre su manera de ver su trabajo:

“No me fijo sólo en el personaje. A veces me ha pasado que me ofrecen un personaje interesante y diferente, pero el guion es malo. No lo hago.”

Así de rotunda fue y por eso este obituario, porque ella es irrepetible y debería ser un faro para la profesión. Merci beacoup, Nathalie.

Carlos Ibañez

Revista Atticus