Crítica película Un poeta de Simón Mesa Soto – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Año: 2025.
Duración: 120 min.
País: Colombia.
Dirección: Simón Mesa Soto.
Idioma original: castellano.
Guion: Simón Mesa Soto.
Fotografía: Juan Sarmiento G.
Música: Matti Bye/Trío Ramberget.
Reparto: Ubeimar Ríos, Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Humberto Restrepo, Margarita Soto, Alison Corres.
Producción: coproducción de Colombia-Alemania-Suecia. Momento Film. Majade Fiction. Ocúltimo. ZDF/Arte. Film/Vast .
Género: Comedia dramática. Poesía.
Premios: Festival de Cannes 2025, Un Certain Regard/ Premio del Jurado. Festival de San Sebastián 2025, Premio Horizontes (Mejor película latinoamericana).
Sinopsis
El poeta Óscar Restrepo ha fracasado como persona de provecho, como padre, como marido, y como poeta. Para Óscar ser un poeta es ser un soñador, un pequeños dios, pero su realidad es la de un desempleado y la de un alcohólico que sigue viviendo en casa de su madre. Conocerá a Yurlady, una chica de una familia numerosa que vive en un barrio popular de Medellín, en la que encuentra un especial talento para la poesía; la apoyará para que ese don se convierta en una forma de salir de un entorno tan limitado. Pero sus buenas intenciones chocarán con la mala suerte y con sus decisiones erróneas, una de las cuales es querer proyectar en Yurlady sus aspiraciones personales sin tener en cuenta las de la propia adolescente.
La película combina con naturalidad situaciones de naturaleza dramáticas con otras de una comicidad sobrevenida. Y descubre a un actor no profesional inmenso en su papel: Ubeimar Ríos.
Crítica
Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), es un poeta sin trabajo, sin cuenta bancaria, alcohólico, que sigue viviendo en casa de su madre y que sobrevive gracias al dinero que esta que le da. Fue profesor de Universidad, pero lo dejó todo para ser “un poeta”. Su héroe poético es José Asunción Silva, que se suicidó a los treinta años. En un momento especialmente duro, Óscar Restrepo se dibujará a rotulador un corazón en el pecho, en el lugar donde el poeta simbolista se disparó un tiro.
Al personaje Óscar Restrepo, al actor no profesional Ubeimar Ríos, lo vemos caminar torcido por las calles en cuesta de su ciudad (Medellín, Colombia), enseñar sus dientes de lado cuando sonríe o se queda meditabundo en el coche. Lo oímos expresarse de forma vehemente en casa de su madre o en los bares, borracho perdido. Es un tipo que produce reparo y a la vez ternura. Un exaltado inofensivo, un adicto compulsivo, un niño, alguien que solo se hace daño así mismo, alguien en el que ya nadie cree (la última frontera de la autoestima), salvo su madre, que lo conoce muy bien (y lo quiere).

Este es Óscar, pero atención: no parece que se vaya a suicidar. Es cierto que es una persona triste, que escribe poemas más tristes todavía, pero no tiene vocación de suicida. “Eres un cobarde, le espetará su hermana, y nunca te vas a matar, a pesar de sus bravatas; eres un borrachito, pero eres noble, le dirá cariñosamente su madre, y además me tienes a mí”.
El 1992 publicó uno de sus dos libros de poesía, lo que quiere decir que su vocación de poeta es más una actitud, una forma de estar en el mundo, que un ejercicio habitual donde el trabajo de escritura se plasme en poemas y en libros. Su modelo literario, el poeta romántico José Asunción Silva, está presente en su conversación y en la gran fotografía que cuelga en su cuarto. También lo está en los billetes de curso legal colombianos, como lo está Gabriel García Márquez, cuyo modelo de escritor es rechazado por Óscar: porque siempre buscó el reconocimiento público, al contrario que José Asunción Silva o él mismo. El guion está lleno de sutiles juegos, de sobreentendidos.

Cuando Óscar Restrepo, acuciado por su situación de fracaso absoluto, se acerca a la Casa de la Poesía (una escuela para jóvenes poetas), lo hace con la peregrina intención de intentar vender más libros. Los poetas que lo dirigen, Efraín y Alonso, lo conocen y saben de qué pie cojea. Le ofrecerán lo que está en su mano: participar en un recital de poesía en la institución.
Ahí, en ese recital de poesía, Óscar Restrepo, entusiasta, se definirá como un soñador, y definirá a los creadores (entre los que incluye a los lectores) como pequeños dioses en el acto de crear o de leer. Para Restrepo, el sufrimiento es la materia de la poesía. Ese sentimiento trágico sobre lo que es la poesía para él, es la causa de su actitud radical e ilusoria para querer ser solo “un poeta” y nada más. Y para haber renunciado a su trabajo en la Universidad o salir espantado de una entrevista en un programa televisivo de frivolidades, como los que hay en cualquier cadena del mundo. Se lo advierten los directivos de la Casa de la Poesía, que también son gestores y (entendemos) viven de esa institución: hay que dar a la audiencia lo que quiere escuchar, puesto que la poesía “ya no es lo que era”. Algo que está en las antípodas de “un poeta” de verdad como Restrepo. Otro dardo del director, Simón Mesa Soto.
Hundido nuestro poeta, una vez más, acabará bebiendo y durmiendo en la calle, como en otras ocasiones. No es fácil saber si bebe porque se siente un fracasado o se siente un fracasado porque bebe. Es un alcohólico que, como es habitual, ha intentado dejar su adición sin conseguirlo. Sospechamos que el alcohol es el catalizador que hace surgir a un personaje creado por él mismo: “el poeta”, un yo poético extrovertido, alegre, entusiasta, que se contrapone al Óscar Restrepo que sirve de soporte a ese “un poeta” que es triste, cobarde, inflexible y que, como le dice su madre, con rabia y cariño, es un “colicagao”. Es el Óscar mal marido (está separado), mal hijo y, lo que más le duele, mal padre respecto a su única hija, Daniela, que le rechaza porque siente vergüenza de él, como cualquier adolescente en su situación.
Acabará aceptando un trabajo en una escuela de secundaria como profesor de filosofía. Es ahí, en una clase, donde conoce a Yurlady, una adolescente que escribe poemas y dibuja para expresar las cosas propias de su edad. Óscar Restrepo encuentra en ella a una poeta con talento y quiere ayudarla. La adolescente se resiste, en principio, porque ella puede escribir poesía pero no quiere ejercer el rol de poeta. En clase es un motivo de mofa que sea la preferida del profesor; y fuera de la clase sus aspiraciones son más realistas y modestas: tener un trabajo, tener una casa propia y tener hijos (como sus hermanas).
Yurlady, halagada por las palabras hacia ella de Óscar Restrepo y de los directivos de la Casa de Poesía donde se va a celebrar un Festival, acepta entrar en ese juego en el que no se siente a gusto. Yurlady, con sus escasas palabras y con sus tímidos gestos, lo expresa claramente: ve en Óscar Restrepo la imagen del fracaso y ese modelo no le resulta atractivo. Como los espectadores, apreciamos que lo que hace Óscar Restrepo es proyectarse en una joven promesa, tanto como poeta como padre alternativo respecto a lo que no ha sido con su propia hija. Ella, Yurlady (le llegan a decir), es tu mejor poema. Una frase definitoria (y genial).
La película ha discurrido por lo que podría definirse como un drama de costumbres sobre un hombre sin atributos (Óscar Restrepo) y sobre su situación familiar en una ciudad que parece un lugar sin nombre. Pero a partir del Festival de Poesía, en el que participa como estrella invitada Yurlady, se inicia una comedia sobrevenida. No hay una búsqueda de comicidad (ni mucho menos), sino que las situaciones que son propias de la normalidad se van tornando absurdas, como si Buñuel, Azcona o Berlanga (llevándolo a nuestro terreno) hubieran imaginado las escenas. Sonreímos, podemos hasta iniciar una risa, pero todo surge de un estómago contraído porque vemos que, una vez más, la vida, el azar, las circunstancias, le han buscado una trampa a Óscar Restrepo. ¡Una vez más!
De nuevo es el alcohol, pero no el que bebe él, sino el que bebe Yurlady en la fiesta posterior al Festival de Poesía. Son difíciles de olvidar algunas de las escenas con Óscar Restrepo intentando salir de una situación absurda que solo puede tener un final más absurdo. Una situación que ocasionará una catástrofe para Óscar Restrepo y que le sobrepasa. Son las personas que están en el mundo, tanto los directivos de la escuela en la que estudia Yurlady y ejerce Restrepo, como los responsables de la Casa de la Poesía, los que intentarán solucionar el asunto de una forma práctica, fácil de suponer.
Es aquí donde el guion, el director, Simón Mesa Soto, toma aun decisión brillante, como lo es que el héroe de la película, Óscar Restrepo, se interponga ante una cámara e impida con su decisión que se cometa un acto indigno; una acto para ocultar un asunto trivial pero que remueve los cimientos de la reputación de las dos instituciones: la escuela de secundaria y la escuela de poesía.
Es un acto de nobleza por parte de Osca Restrepo. Se lo dice su madre: “eres un borrachito, pero eres noble”. Aunque Óscar quizá nunca pueda cambiar, como le dijo su hija, esa nobleza y esa decencia se la reconoce Yurlady, a la quiso ayudar a su pesar, y hasta su hija Daniela, cuando lo ve llorar desconsolado, porque es el único que en realidad quiere a su madre.
Un final melodramático en una película genuina, nada convencional, que se atreve con lo correcto y lo incorrecto. El cineasta, Simón Mesa Soto, explicaba en el preestreno de la película en los cines Casablanca (por videoconferencia), que el personaje de Óscar Restrepo estaba inspirado, motivado, por su propio sentimiento de fracaso al no poder hacer lo que quería hacer en Colombia: cine. No ha pretendido hacer una película autobiográfica, ni centrarla en un cineasta. Por eso eligió a un poeta, un tipo de creador más común. En la propia escritura del guion fueron surgiendo otras variantes no pensadas en un primer momento: la elección de un actor no profesional como Ubeimar Ríos, con unas características tan marcadas, ayudó a construir el personaje. Un ejemplo más de que el cine es un arte colectivo, en el que todos los que colaboran aportan algo en el proceso.
La película reúne, como ya se ha reseñado, a actores profesionales con no profesionales. Uno de los actores naturales es el ya citado Ubeimar Ríos (Óscar Restrepo), un profesor encontrado casi al azar y cuya aportación al film resulta imprescindible para fijar en su mirada, en su forma de caminar, en su sonrisa, la personalidad del poeta. Es sin duda uno de los aciertos del cineasta y de la dirección de reparto. Como los actores adolescentes, que se expresan con una gran naturalidad en la pantalla.
La película ha sido rodada en 16 milímetros, en celuloide, con una imagen granulada, rugosa, con los bordes de los fotogramas con veladuras, como si estuviera defectuoso. Es una decisión coherente con la historia contada y la parte de la ciudad y de los barrios que aparecen en escena: casas, bares, calles, de una ciudad no reconocible a primera vista, con viviendas de autoconstrucción, habitaciones sobrias, sin apenas moblaje y paredes deslucidas.
Un particularidad de una película bastante libérrima es el uso del montaje y de los cortes en ese montaje; en varias ocasiones el corte brusco de un escena hace que no veamos su “final”. Lo adivinamos por el contexto posterior o porque se escucha en los diálogos posteriores algo que no hemos visto con anterioridad. Sucede con el programa de televisión o con una plática sobre los agujeros negros.
La película, que tiene cierto tono documental, está dividida en cuatro partes con sus carteles respectivos: “El fracaso”, “Magnun Opus”, “El arte nos salvará” y “Un poema feliz”. Simón Mesa Soto dirigió en 2021 su anterior y primer largometraje, Amparo, sobre una madre coraje que lucha en solitario contra su pobreza, contra sus parejas ausente y contra la corrupción del ejército, para que su hijo no sea enviado, como ganado, a combatir a la guerrilla o al narco. Es un director al que sumaremos a ese listado de cineastas a los que apetece seguir de aquí en adelante, con una mirada propia, crítica y desenfadada.
Un poeta es una película genuina, libre, osada, en lo que cuenta y cómo lo cuenta, que viaja de lo dramático a la tragicomedia con naturalidad, tal como es la vida, sobre todo en sociedades más duras, más complejas, que la nuestra. De momento.
Hay que verla.
Os dejo un tráiler:
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

