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Matar un ruiseñor o el nacimiento de un héroe: Atticus Finch
Llevaba tiempo queriendo hacer una entrada sobre el personaje Atticus de la novela Matar un ruiseñor de Harper Lee. Y claro mientras esto sucede, mientras me viene la inspiración, pues como dice el otro, se me pasa el arroz o lo que es lo mismo (más vulgar) se me escapan vivas. Quiero decir: Se acaba de cumplir 50 años de la publicación de la obra y El País se me ha adelantado a la idea (y me ha ahorrado tiempo aunque ha echado por tierra, seguro, un buen trabajo que tenía en la mente). El pasado sábado en su suplemento literario Babelía publicaron artículo que os dejo a continuación y realizado, magistralmente, por Guillermo Altares.
Nuestra revista, Revista Atticus, surgió de la inspiración al leer la novela y al visionar la película (uno de los mejores ejemplos de adaptación de una novela a un guión cinematográfico). Atticus Finch es el personaje central de la novela. En él concurren una serie de virtudes, en el film en la persona de Gregory Peck, y representa los valores de un hombre tolerante ante la intransigencia, justo frente a la injusticia y sinrazón, y un hombre recto que hace lo que debe hacer para mantenerse firme en sus convicciones con honradez y valentía. Un hombre, en definitiva, que ama el bien y odia el mal. Es por todo ello que la novela ha sido recomendada, en reiteradas ocasiones, como una obra de obligada lectura. Estamos en verano y ya sea sabe que disponemos de un poco más de tiempo par la lectura. Aquí tenemos una buena ocasión.
Os dejo el artículo que lleva por título:
Atticus Finch, el héroe silencioso
Gullermo Altares
Publicado en El País, Suplemento Babelia 07/08/2010
Lectores y crítica celebran la fuerza narrativa y gran lección de convivencia y de igualdad de Matar un ruiseñor en el 50º aniversario de su publicación. La única novela que ha escrito Harper Lee es considerada un clásico contemporáneo
Han pasado 50 años desde que Atticus Finch enseñó a sus hijos que “uno no comprende realmente a una persona hasta que no se mete en su piel y camina dentro de ella”, y desde que este abogado sureño decidiese defender a Tom Robinson, un negro acusado de violación en la Alabama de los años treinta, empobrecida por la Gran Depresión y cimentada en un racismo que parecía inamovible. Sabía que sus posibilidades de lograr justicia eran nulas, pero como le explica a su hija, “el que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer”. Ha transcurrido medio siglo desde que los hermanos Jem y Scout y su amigo Dill -personaje inspirado por un niño llamado Truman Capote- quedaron atrapados por una malsana curiosidad ante la figura que habitaba la casa más inquietante de Maycomb, Boo Radley, para acabar descubriendo que jamás hay que dejarse llevar por los prejuicios. Hace medio siglo, Nelle Harper Lee publicó Matar un ruiseñor y este verano se han multiplicado los homenajes a una de las obras maestras de la literatura estadounidense, acontecimientos que han estado marcados por una ausencia más que significativa: la de la propia autora.
Nelle Harper Lee (Alabama, 1926) publicó su único libro en 1960, cuando tenía 34 años: fue un éxito inmediato (hasta ahora se han vendido más de treinta millones de ejemplares, según Publishers Weekly) y al año siguiente ganó el Premio Pulitzer. La maravillosa película de Robert Mulligan, estrenada solo dos años después, en la que Gregory Peck encarna a un inolvidable Atticus Finch (se llevó el Oscar), una actuación que se queda pegada a la retina y al corazón como la banda sonora de Elmer Bernstein permanece flotando en el inconsciente, no hizo más que acrecentar el impacto social de una novela que es capaz de bucear en las heridas de la vida y de un país sin hacer daño, pero sin hacer concesiones, con una mirada que puede parecer inocente, pero que no lo es en absoluto.
Cuando se publicó la novela, Harper Lee concedió unas pocas entrevistas, pero al poco tiempo decidió huir de la fama y desde entonces vive escondida, aunque no recluida, entre su ciudad natal, Monroeville (Alabama) y Nueva York. De vez en cuando, aparece para recoger algún premio, tímida y cariñosa a la vez con sus lectores. En YouTube (http://www.youtube.com/watch?v=V_98W3IQCx8), puede verse un vídeo de la escritora recibiendo un galardón en 2007 en Birmingham (una ciudad clave en el movimiento de los derechos civiles, como lo fue su propio libro). Charla con todo el mundo, abraza a niños que han acudido a verla, pero cuando sube al escenario, tras una tremenda ovación, solo logra decir: “Tenía un discurso preparado, pero mi corazón está demasiado repleto para poder pronunciarlo. Solo alcanzo a daros las gracias por uno de los días más felices de mi vida”.
En 2007, Veronica Peck, la viuda del protagonista de Matar un ruiseñor, la convenció para que acudiese a un homenaje a la película en Hollywood. La única frase que pronunció en público fue: “Es mejor quedarse callada que quedar como una tonta”. Aunque cada año se rumorea que se dejará ver en la recreación del juicio a Tom Robinson que se celebra en Monroeville -una ciudad que se ha convertido en una especie de parque temático del libro y la película-, siempre se excusa.
Al final, quedan las palabras que se mezclan con las imágenes de Robert Mulligan, quedan los niños que descubren el mundo y se enfrentan a una historia cargada de injusticias, permanece la lucha por la dignidad de un abogado y el relato de un padre que quiere proteger a sus hijos sin ocultarles las miserias del mundo en el que viven, y queda una frase -”cuando tenía casi 13 años, mi hermano Jem sufrió una fractura en el codo”- con la que arranca una novela que sigue ganando lectores en todo el mundo. “Creo que hay tres razones por las que la gente vuelve una y otra vez a Matar un ruiseñor”, explica Charles J. Shields, autor de la única biografía de la autora (no autorizada, naturalmente, aunque celebrada por la crítica cuando se publicó hace cuatro años), Mockingbird. A portrait of Harper Lee (Ruiseñor. Un retrato de Harper Lee). “Primero, porque es una buena historia y siempre habrá sitio en nuestras estanterías para las buenas historias. Segundo, porque el libro trata un tema esencial en todas partes: el desafío de vivir en paz con gente que es diferente. Y tercero, porque esta novela comparte algo con muchas otras grandes creaciones literarias: te pregunta. ¿Qué harías? ¿Defenderías lo que crees justo como Atticus aunque te enfrentes a las críticas e incluso al odio?”, asegura Shields en una entrevista por correo electrónico.
Mezcla de ficción y recuerdos de infancia -la voz de la narradora es la de Harper Lee como Maycomb es Monroeville, su ciudad natal-, Matar un ruiseñor es también un homenaje a la figura paterna, a su insobornable valentía (“este es su país: lo hemos forjado de ese modo y más vale que aprendan a aceptarlo tal y como es”, afirma Atticus), a los paisajes humanos y físicos de la infancia que modelan lo que somos y con los que nos topamos constantemente a lo largo de los años. Estas semanas la prensa anglosajona se ha llenado de artículos sobre Harper Lee, que dan vueltas sobre el misterio de una autora que nunca llegó a escribir una segunda novela, sobre su relación con Truman Capote, algunos reporteros han husmeado en Monroeville, sin conseguir una entrevista casi tan preciada como la de Thomas Pynchon (aunque Lee, a diferencia de J. D. Salinger, se esconde de la fama, no del mundo), pero por encima de todos ellos sobrevuela la misma pregunta: ¿de dónde surge la fuerza de Matar un ruiseñor? “Es fascinante y dolorosa y divertida. Scout y su padre, Atticus Finch, son figuras icónicas para los estadounidenses, porque hacen lo que deben en el momento necesario”, ha dicho la escritora de best sellers Tracy Chevalier. La propia autora se refirió al tema hace cuatro años cuando aceptó acudir en Tuscaloosa (Alabama) a una modesta ceremonia: la entrega de los premios a los mejores ensayos escolares sobre su libro y permitió que un periodista de The New York Times estuviese presente. “Siempre ven cosas nuevas en la novela. Y me parece increíble la forma en que la relacionan con sus vidas”. Quizá el misterio de Matar un ruiseñor esté precisamente en eso, en cómo es capaz de hablarnos a cada uno de nosotros, en la forma en que se dirige a nuestros propios recuerdos, en cómo la figura de Atticus Finch, ese personaje tan propio de la ficción estadounidense, el héroe oculto, dispuesto a actuar en silencio por los demás sin llevarse ni un ápice de gloria, pertenece también a nuestras vidas. Como ocurre con otras obras cumbre de la literatura, Matar un ruiseñor está profundamente relacionada con un tiempo y un espacio, sin el cual no puede entenderse -el Viejo Sur durante la Gran Depresión- (como El Gatopardo narra un momento clave de la historia de Italia o Guerra y paz describe la derrota de Napoleón en Rusia); pero es a la vez un relato universal que se transmite de una generación a otra.
Sin embargo, en una de las últimas entrevistas que concedió, en 1964, Harper Lee aseguró que nunca pensó que su libro fuese a funcionar. “Creía que la novela no iba a tener éxito, pero más bien ocurrió todo lo contrario. En cierta medida, el éxito me dio el mismo miedo que me producía la muerte rápida que esperaba en manos de unos cuantos críticos”. Hija de un editor de diarios y prestigioso abogado, nunca terminó sus estudios de derecho, sino que se fue a Nueva York a buscarse la vida y a pelearse con un manuscrito, que tardó cuatro años en completar (con varias reescrituras inducidas por su agente y por su editor). En esa aventura hacia la literatura contó con la ayuda de su amigo de la infancia, Truman Capote, al que a su vez acompañó en su viaje más difícil cuando, en el invierno de 1959, decidió ir a Holcolm (Kansas) para investigar la matanza de la familia Clutter. Capote es un personaje esencial en Matar un ruiseñor, el niño Dill, mientras que Harper Lee también aparece bajo el nombre de Idabel en su primera novela, publicada en 1948, Otras voces, otros ámbitos. “La muchacha delgada de llameante y corto cabello rojo entró con un aire fanfarrón y se detuvo completamente inmóvil, con las manos en las caderas. Su rostro era chato y más bien impertinente. Una red de enormes y feas pecas le cruzaba la nariz”, escribe Capote. Aquella amistad y aquel viaje del que surgiría otra obra maestra de la literatura estadounidense, A sangre fría (la novela de no ficción fundacional del nuevo periodismo), han quedado reflejados en dos películas que se estrenaron a la vez en 2006: Capote e Historia de un crimen. El biógrafo Shields reconoce a Harper Lee en las dos actrices que la encarnaron, Catherine Keener y Sandra Bullock, y reconoce al personaje, a esa mujer “inteligente, incisiva, segura y buena narradora de historias”. Aquel invierno fue decisivo, vital y literariamente, para los dos escritores, que acabaron distanciándose con el tiempo. A pesar de que ella le ayudó no solo en la investigación de los crímenes, sino también en la organización de las notas, Harper Lee no aparece en los agradecimientos de A sangre fría. Las malas lenguas han afirmado siempre que Capote nunca se repuso del enorme éxito de su amiga de la infancia. La que desde luego no se repuso de aquel éxito fue la propia Harper Lee. Tras haber vendido 2,5 millones de copias en su primer año, los editores, sus amigos y también los periodistas no paraban de hacerle la misma pregunta: ¿para cuándo el segundo libro? “Supongo que en este asunto tengo que citar a Scarlett O’Hara: ‘Ya pensaré en ello mañana”, respondió una vez. En cierta medida, Matar un ruiseñor cobró vida propia y superó a su autora.
En su biografía, Charles J. Shields reconstruye una fiesta que dos personajes de la vida cultural neoyorquina organizaron en honor de Harper Lee la víspera de la publicación de su novela. Ese mismo día la revista Time llevaba en su portada a un joven líder que estaba a punto de ser nombrado candidato demócrata a la presidencia: John Fitzgerald Kennedy. Shields recuerda el momento más célebre de su discurso de aceptación: “Nos encontramos ante una nueva frontera -los años sesenta-, una frontera de oportunidades y peligros insospechados, una frontera de esperanzas incumplidas pero también de amenazas”. Estas palabras resumen el momento en el que nace Matar un ruiseñor, un mundo en el que todo iba a cambiar para que nada siguiese igual. Cincuenta años después, tras haber superado la frontera de un nuevo siglo, el discurso de JFK tiene todo el sentido, como lo tiene el retrato de un pueblo de Alabama a través de los ojos de una niña. Por encima de todos ellos, de Scout, Dill y Jem, de la propia Harper Lee, de Gregory Peck y Robert Mulligan, del Viejo Sur y de la Gran Depresión, surge la figura de Atticus Finch, el hombre que pronuncia estas palabras: “Quería que descubrieses lo que es el verdadero valor, hijo, en vez de creer que lo encarna un hombre con una pistola. Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final, pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”.
Fotografías: Salvo la primera publicada por El País las demás están extraídas de la red.
Entrada realizada por Luisjo
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- Lo sagrado hecho real. El monográfico http://goo.gl/fb/iCffp #
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Lo sagrado hecho real. El monográfico
Lo sagrado hecho real
Michelle Obama ha venido ha España. Corre el rumor de que va a venir a Valladolid a ver la exposición de Lo sagrado hecho real. Esto es un bulo como lo es si su maridito también va a venir a España, o si el hombre llegó a la luna. Nosotros seguimos haciendo nuestro trabajo, que su llegada no nos va a arreglar nada.
Tenemos disponible el nuevo monográfico, el número 2, sobre la exposición Lo sagrado hecho real. Nuestro informático Jefe, Rubén, está de vacaciones que bien se las ha merecido. No podremos colgar el número hasta primeros de septiembre. Es una pena que no lo tengáis antes por si os apetece ver la exposición.
Hasta esa fecha lo puedes tener si lo pides a la siguiente dirección:
Corre, Michelle Obama ya lo ha hecho y nos ha pedido el suyo. No seas lelo, pídenos el tuyo, TÚ no vas a ser menos.
Os dejo el comentario que nuestro buen amigo y colaborador Jesús Trapote (a la sazón escultor, que de esto sabrá) ha hecho sobre su visita a la exposición.
ENTRE LO SAGRADO Y LO FANTASMAGÓRICO
Tenía previsto visitar la muestra de “Lo Sagrado Hecho Real” en el Museo Nacional de Escultura de mi Valladolid querido. Lo hice con más hincapié (y pienso repetir), desde que leía una opinión insertada en la genial Revista virtual Atticus, a la cual ya me siento honrado casi de pertenecer, aunque sea solo como mero admirador y lector…En dicho comentario se calificaba esta inigualable exposición algo así como “nada del otro mundo” y en cambio daba por hecho que era mucho mejor la otra muestra paralela de Jean Dubuffet en la Iglesia de la Pasión y Las Francesas de la ciudad vallisoletana.
Es por ello que me desplacé exclusivamente a visitar ambas exposiciones y saqué mis propias conclusiones que intento exponer en este pequeño comentario.
No creo que fuese solo por deformación profesional escultórica, sino por la calidad de la misma, aluciné con “Lo sagrado hecho Real”, especialmente con las piezas imagineras barrocas allí expuestas. Sin hacer comparaciones ni distinciones de calidad, aún estoy estremecido con ese Ecce Homo de nuestro Gregorio Fernández, cuya factura y empaque anatómico deja sin aliento al más flemático…Aunque son obras muy conocidas de Montañés, Cano, Mesa, Mena… de la escuela andaluza y Gregorio Fernández de la castellana, no dejan siempre de sorprender al espectador y más aún cuando dada su cercanía, puedes aspirar hasta el aliento de sus almas de noble madera.
Con un cuidado montaje e instalación, nos sumimos en un misterio ambiental que hace aún más resaltar esculturas y lienzos de los grandes maestros del barroco español…
Por poner una pequeña guinda discordante a la muestra, se me antoja una gran desprotección de las piezas del cristo yacente de Gregorio Fernández y la Dolorosa del granadino Pedro de Mena, ambas piezas muy singulares de estos soberbios imagineros cuya personalidad refleja la diferencia de hacer y manifestar que existe entre las dos emblemáticas escuelas, andaluza y castellana.
De cualquier forma, supuso un deleite que deja un sabor “a poco” y al menos a mi, esta Exposición se me hizo pequeña donde permanecí durante más de dos horas y que por supuesto pienso repetir en breve más visitas.
Con premura de tiempo me acerqué a la Iglesia de La Pasión para ver al “recomendado” Dubuffet y por más intentos que hice de buscar el argumento en que alguien se basaba de calificar de “mejor” a la recién visitada muestra del Museo, no lo encontré. Respetando al máximo a este artista contestatario francés, la muestra tanto pictórica como escultórica me pareció como su título indica “Fantasmagórica” en el más amplio sentido de su conjunto. Incluso, si ser un erudito experto en pintura, opino que la de este autor goza de una gran precariedad profesional. De sus esculturas cuya materia es muy primaria, diría que gozan de un decorativismo conceptual que funciona según el entorno y ambiente donde se encuentren. Para mí, nada más. Pero de querer comparar o valorar calidades entre una exposición y la otra nada ya que hay una disparidad de épocas y valoraciones que poco tienen que ver.
Las fotos que acompaño, especialmente la tomada en el Museo de Escultura, es un resultado de las condiciones limitadas y permitidas para su toma.
Jesús Trapote
Y, por último, una cosita muy importante: Suscripción Revista Atticus
En este buen hacer que nos caracteriza, Revista Atticus ha introducido un pequeño recuadro, aquí a la derecha, para suscribiros. Os recomiendo a todos que lo hagáis. Os va a llegar en un formato muy elegante el artículo o la entrada que publiquemos. Así no os estamos dando la brasa que si hay una nueva entrada y etc. Solo tenéis que poner vuestro correo electrónico, a continuación os sale una nueva pantalla con palabros en inglés (lo lamentamos profundamente, pero es lo que hay) en la que se os pide que pongáis los 4/5 caracteres que se ven. Esto es una simple medida de seguridad para evitar el spam. Y ya está. Creo que Michelle Obama y su familia lo están haciendo en este momento.
Si aún no lo tienes… no te olvides de pedir tu ejemplar del Monográfico 2 Lo sagrado hecho real, nos lo quitan de la manooooo.
Luisjo










