69 SEMINCI – Crítica The Brutalist de Brady Corbet – Luisjo Cuadrado
Ficha
Título original: The Brutalist
Año: 2024
Duración: 215 min.
País: Reino Unido
Dirección: Brady Corbet
Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold
Reparto: Adrien Brody, Felicity Jones, Guy Pearce, Joe Alwyn, Raffey Cassidy, Stacy Martin, Isaach De Bankolé, Alessandro Nivola
Música: Daniel Blumberg
Fotografía: Lol Crawley
Compañías: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Brookstreet Pictures, Andrew Lauren Productions (ALP), Carte Blanche, Intake Films, Killer Films, Yellow Bear Films, Protagonist, Three Six Zero Group, Proton Cinema. Distribuidora: Focus Features
Género: Drama | Años 40. Arquitectura
Sinopsis
Cuando el visionario arquitecto judío húngaro, László Toth, y su esposa Erzsébet huyen de la Europa de posguerra en 1947 para reconstruir su legado y ser testigos del nacimiento de la América moderna, un cliente misterioso y rico cambia sus vidas para siempre.
Crítica
The brutalist es un inconmensurable film y no solo por su extensa duración (215 minutos que con el descanso a la mitad nos lleva a las casi cuatro horas). Magníficamente rodada en 70 mm. -un formato habitual en aquella época en la que se nos narran los hechos y patentando por VistaVisión y que ahora recupera su director – arranca de forma inquietante con mucho baile de cámara, mucho grito, mucho ruido para todo ello provocarnos inquietud, desasosiego. Mismas sensaciones que tienen los protagonistas que huyen de Europa para encontrar el Dorado, para hacer las américas, personalizado en esta ocasión en la ciudad de Nueva York y, por extensión, al incipiente estado de Pensilvania (con la ciudad de Filadelfia y su prosperidad como protagonista). Pronto aparecen unos curiosos (por su estética) títulos de crédito que se volverán a repetir al final. También llama la atención la forma de introducir el intermedio mediante una foto pertinente en el argumento. Todo ello demuestra una gran personalidad en su director.

Su protagonista, un arquitecto judío, László Toth (Adrien Brody), es una de las muchas víctimas del III Reich al ser un alumno y profesor de la escuela Bauhaus fundada en Weimar, Alemania en 1919. Una emblemática escuela que revolucionó la arquitectura y el diseño. En ella participaron algunas de las mentes más vanguardistas de la época, como Walter Gropius, Ludwig Mies van der Rohe, Josef Albers, Wassily Kandinsky o Paul Klee. Vaya por delante que la figura del arquitecto que recoge Brady Corbet no existió en la realidad. Parece estar inspirada en las experiencias del arquitecto Marcel Breuer, diseñador del Museo Whitney de Nueva York, que junto a otros compañeros dieron forma al movimiento brutalista. El título de la cinta alude a este estilo que se desarrolló a partir de 1950 precisamente para reconstruir muchos de los edificios que la guerra había destruido. Se caracterizan por construcciones minimalistas que muestran los materiales de construcción desnudos (fundamentalmente hormigón) y los elementos estructurales sobre el diseño decorativo, con formas rígidas, elementos fuertes y colores monocromáticos. El término alude a ese hormigón a la vista, en bruto, o al arte en bruto.
László huye de la posguerra, de su Budapest natal, en 1947, tras haber logrado sobrevivir al campo de concentración de Buchenwald. En su cabeza lleva los proyectos de hormigón que había comenzado a desarrollar en Alemania. Y creía que con la vista de la Estatua de la Libertad iban a terminar sus desdichas y a empezar su particular sueño americano. Su primo le acoge en la trastienda de su tienda de muebles. Recibe sus primeros encargos entre ellos el de un rico Harrison van Buren (Guy Pearce) que está viviendo los años dorados. Sus hijos quieren dar a su padre una sorpresa y Toth diseña y monta una preciosa biblioteca. Tras un desagradable desencuentro le propondrá un contrato que le cambiará la vida y además le permitirá reclamar a su esposa Erzsébet (Felicity Jones) y su sobrina Zsófia (Raffey Cassidy) supervivientes del campo de concentración de Dachau.
Toth demostrará enseguida que es un genio y un intelectual que cautiva con su labia a todos aquellos que le escuchan en un primer momento. Otra cosa es la sociedad americana que rápidamente cuestiona al extranjero, al amigo de los negros, el clasismo y ese largo etcétera. Curiosamente veremos en la cinta como también el mundo de la arquitectura es otro microcosmos como sucediera con la cinta del mexicano Alonso Ruizpalacios La cocina y que acabamos de ver también esta SEMINCI. Aquí en la caseta de la obra se puede producir una exposición por la acumulación de egos. Por un lado está el arquitecto que ha ideado la obra; por otro lado esta el constructor que es el encargado de llegar a cabo esa idea ajustándose al presupuesto; por otro lado está el que paga la obra, el mecenas en este caso, el rico millonario, quien a su vez tiene que contemplarles a ambos y por si fuera poco mete a otro arquitecto para ver de donde puede recortar sin que estropee (aparentemente) mucho el proyecto original. «A mí no me toca nadie los planos». Hay mucho ego jerarquizado. Claro eso en un momento tiene que saltar por los aires. Toth quiere trascender con su obra. Quiere que se la recuerde como la cárcel en que vivió. Quiere llevar la modernidad a la ciudad. El proyecto se vuelve una obsesión incontrolable que le llevará a desarrollar una adicción que ya tenía para sobrellevar el dolor físico.

The brutalist es un drama histórico desgarrador. Por el patio de butacas se llegó a oír la nueva Lo que el viento se llevó (algo exagerado). Aunque creo que el cine de este director está más en la línea del cine rompedor de Paul Thomas Anderson con propuestas como Pozos de ambición (2007), The Master (2012) y en menor medida El hilo invisible (2017). Está estructurada en obertura, primera parte, intermisión, segunda parte y epílogo. Muy bien construido y muy bien interpretado que nos habla de la creación del Estado de Israel, del antisemitismo, de la dureza de la inmigración, de las drogas (con el problema en primer momento del opio y que después derivará en el famoso fentanilo). Pero que también nos habla del papel de la belleza, de las obras de arte en general y del papel de la arquitectura en particular. No se ven muchas películas con este arte como protagonista, aunque la arquitectura de una manera u otra forma parte del séptimo arte. Cabe recordar la simple compleja relación entre arquitectura y el poder. Recientemente Megalópis nos habla de ella como recoge Gonzalo Franco Blanco en su reciente crítica en dónde se alude también a otro referente como es la película de El manantial de King Vidor (1949) y esa tendencia de los ricos para hacerse ver con los intelectuales del momento. No tienen cultura, pero suplen esa carencia pagando.
Grandes interpretaciones de los dos principales protagonistas, Adrien Brody y Guy Pearce que tienen un enfrentamiento memorable en las canteras de Carrara, en Italia. A su lado pasa casi desapercibida una Felicity Jones que solo aparece a partir de la segunda mitad.
Me resulta difícil condensar todo el metraje en apenas unas líneas. Me quedo con la reflexión que nos lanza su director. Estamos ante una película que denuncia por igual al fascismo y al capitalismo. Y resulta que más que nunca aquel fascismo del 33 se está reapareciendo en pleno siglo XXI y aquel incipiente capitalismo se ha vuelto más salvaje, más voraz, más necesitado de apaciguar su apetito. Junto con La cocina supone un tremendo varapalo a la idea maltrecha del sueño americano. Un rejonazo en todo lo alto.
Un proyecto que a su director le ha llevado más de diez años sacar adelante y que casi constituye en sí mismo una crítica a esas dificultades. Venecia ha acogido con los brazos a abiertos a Brady Corbet, primero en su faceta como actor y más adelante ya como director. En 2015 estrenó su ópera prima en el largometraje, La infancia de un líder, por la que se llevó el premio a la mejor ópera prima y el premio a la Mejor dirección de la sección Orizzonti. En 2018, con Vox Lux: el precio de la fama, se atrevía con los entresijos de la música pop. No es de extrañar que en su nueva cinta nos de un paseo por la góndola al organizar la ciudad de Venecia una retrospectiva sobre la figura de László Toth en su Bienal ya en el sur de su vida. Ese final es innecesario en esa forma. Se muestra torpe en esa parte de la resolución. Este año se llevó el premio al Mejor director y el premio FIPRESCI – Jurado de la Crítica Internacional. En SEMINCI se ha llevado, de momento, mucho cariño del público vallisoletano en forma de largas ovaciones, a la espera de obtener algún premio. Brady Corbet nos ha demostrado ser un director con arrojo que nos ha encandilado con su deslumbrante puesta en escena en The Brutalist, una película que engrosará la historia del cine.
Luisjo Cuadrado
Revista Atticus

