69 SEMINCI Crítica La cocina de Alonso Ruizpalacios – Carlos Ibañez
Ficha
Título original: La cocina
Año: 2024
Duración: 139 min.
País: México
Dirección: Alonso Ruizpalacios
Guion: Alonso Ruizpalacios. Obra: Arnold Wesker
Reparto: Raúl Briones, Rooney Mara, Anna Díaz, Motell Gyn Foster, Laura Gómez, Oded Fehr, Eduardo Olmos, Soundos Mosbah
Música: Tomás Barreiro
Fotografía: Juan Pablo Ramírez (B&W)
Compañías: Coproducción México-Estados Unidos; Filmadora, Panorama Global, Astrakan Film AB, Seine Pictures, Fifth Season
Género: Drama | Cocina. Inmigración
Sinopsis
Es la hora punta del almuerzo en The Grill, una trampa para turistas de Nueva York que atiende a miles de clientes un viernes normal como hoy. Ha desaparecido dinero de la caja y todos los trabajadores están siendo interrogados. La mayoría de ellos son inmigrantes ilegales y luchan por defender su trabajo, el único lugar que les corresponde en el mundo, mientras preparan un sinfín de platos, tratando de seguir el ritmo del flujo constante de pedidos que llegan del comedor. Uno de los cocineros es Pedro, un joven mexicano que busca en la vida algo más que este trabajo. Es un soñador que está enamorado de Julia, una camarera estadounidense que no puede comprometerse en una relación con un extranjero indocumentado. Rashid, el dueño de The Grill, ha prometido ayudar a Pedro con sus papeles. Pero cuando Pedro es acusado de robar el dinero se precipita hacia un acto que detendrá la cadena de producción en la cocina de una vez por todas. Basada en la aclamada obra teatral de Arnold Wesker.

Crítica
Propuesta de México con un trasfondo doble entre la denuncia de la explotación de los países ricos a los sin papeles y la organización de uno de esos grandes restaurantes de Manhattan donde puedes pedir desde un bocadillo hasta algo refinado y tan esnob de lo que tan de moda está ahora y que encumbra hasta la deidad más profana a tipos que están detrás de unos fogones.
La historia muestra la jerarquía de un restaurante desde ese guiño isabelino de mostrar un personaje que habla del protagonista mucho antes de que aparezca para que nos vayamos acostumbrando a quien es cuando llegue. Algo así como Harry Lime en El tercer hombre, de Carol Reed, donde todo el mundo habla de él en cada escena, pero no hace acto de presencia hasta avanzado el metraje.

Y sigue con un blanco y negro rara vez roto con un incidente, la desaparición de parte de la recaudación de una caja y la coincidencia contable con la necesidad de una camarera para realizar un aborto y librarse del embrión que ese cocinero del que tanto se habla, pero que no vemos, que se llama Pedro, uno de esos tipos capaces de todo para seguir vivo en esa selva de los fogones y la necesidad de seguir adelante.
Juega muy bien algunas imágenes, aunque, por desgracia, el director nos muestra su ego con un trabajo de posproducción en el que la estética se vuelve de videoclip de los ochenta y un regusto a que lo que podría ser una grandísima película se queda en una buena película.
No hay ni un solo actor que esté mal, desde el jefe de personal, un tipo que parece simpático, pero que no duda en iniciar una caza de brujas por esos dólares desaparecidos, el jefazo, un tipo que juega a ser amable e incluso chistoso, pero que, como todos los jefes, es despiadado con tal de que a quien paga le dé una plusvalía, una productividad y desaparezca como ser humano ante sus ojos y sólo sea una letra más en la fórmula matemática del éxito. Como bien dijo Paul Krugman, en el mismo momento en que al ser humano le pusimos la K de capital humano, se esfumó su humanidad.
Y todo se vuelve frenético, amable, grotesco, crudo, duro y terriblemente plausible al ir descubriendo quien es quien por dentro, con la magnífica escena donde cinco empleados cuentan un sueño, o la no menos sensacional en la que Pedro gasta el cilantro que le envió su madre desde su casa con la chica que inicia la historia para el amor de su vida y convencerle de que no aborte con un bocadillo perfecto y tras ese espacio en el que todos los que allí trabaja almuerzan juntos antes de la batalla por ser un lugar donde la gente confíe que va a comer excelentemente.

El director ya nos ha hecho ver que el restaurante, cada una de sus dependencias esconden miseria y asfixia para que en el salón todo parezca grandeza y una sonrisa conlleve una gran propina. Y cada vez que los actores se encuentran en el exterior su comportamiento es de estar perdidos, como las langostas que echan a la pecera si quedasen fuera de ésta.
La sensación de desasosiego que genera esa cantidad de dinero nos hace ver la deshumanización absoluta de los jerarcas, muy al estilo de otras películas donde no importa nada quien eras ayer y lo bueno que fueses sino quien eres hoy y que tu cabeza rodará antes de ponerse el sol.
No trata de ser amable, ni de contarnos que la vida nos va a dar lo que merecemos y que hay una luz cegadora camino de Damasco. No. Nos cuenta la verdad sobre el capitalismo salvaje en el que nos movemos y donde cuatro pueden arruinar la vida de millones en este caso, por ochocientos dólares.
Muy bien encuadrada, muy bien explicada, muy bien interpretada y sólo ese pero en la dirección y esa idea de jugar a artista y mostrarse… Lástima, porque el resto es una gran película.
Os dejo un tráiler:
Carlos Ibañez


