Crítica exposición Universo Sierra en la Fundación Sierra-Pambley de Villablino

Crítica exposición Universo Sierra en la Fundación Sierra-Pambley de Villablino – Luisjo Cuadrado

Quien o quienes se acerquen a la comarca de Babia tras abandonar el pantano de Barrios de Luna se encontrarán con que Manuel Sierra les da la bienvenida con el anuncio/recordatorio «Estás en Babia». Claro, no está Manolo en persona para darnos esa bienvenida que a buen seguro estaría encantado de dar a todos y a cada uno de los visitantes, sin duda. Pero ese cartel es ya una advertencia de que su obra está muy presente no solo en esta comarca sino también en su vecina Laciana.

Este es un valle situado al noroeste de la provincia de León. Linda con Asturias y Galicia y no es de extrañar que los antiguos reyes leoneses tuvieran esta comarca como una de sus favoritas, quizás por aquello de la abundante caza, o, tal vez, quiera yo pensar, por los paisajes de altas montañas, valles sinuosos con ríos de aguas claras. Hoy en día un lugar muy apreciado para los senderistas por las innumerables sendas, caminos y rutas al abrigo de la cordillera Cantábrica y los Montes de León. Además, hay una rica arquitectura popular en lo que se viene denominando la España vaciada. El apurado visitante todavía puede dar unos buenos paseos por las calles de poblaciones tan señeras como Riolago, San Emiliano, Sena de Luna y descansar con unos buenos platos reconstituyentes en alguno de los bares restaurantes que, todavía, podemos encontrar dispersos por esta geografía.

Como nos proponen la Fundación Sierra-Pambley y el colectivo LacianArt iniciamos la Ruta Expositiva Universo Sierra en el pueblo de San Emiliano. Han establecido un eje a lo largo de la carretera comarcal Cl-626 que une esta población con Caboalles de Abajo, pasando por el epicentro de la exposición, Villablino. A derecha e izquierda de esta ruta salen pequeñas poblaciones que forman parte del universo Sierra. De una manera u otra engrosan esa colección algunas de las veces con obras al aire libre. Tenemos, además de San Emiliano, Viilasecino, Riolago, Huergas de Babia, San Félix de Arce, Cabrillanes, Lago de Babia, Piedrafita de Babia, Villablino y Caboalles. Como si fuera la búsqueda de un tesoro, y con el plano en la mano hay que ir buscando cada pequeño centro. Alguna de las veces es, simplemente, un par de cuadros, frescos, que acaban de salir de las manos de Manolo Sierra y que se disponen allí en un anaquel o en una pared recién colgados. Casi como un pequeño botón son un reflejo de la obra de Sierra con sus utensilios de cocina como son las jarras, los vasos, o sus ventanas con las casas al fondo, o sus jarrones con sus características flores geometrizadas, esos narcisos tan emblemáticos, o sus fruteros y esas pequeñas esferas suspendidas en el aire. Otras veces son sus característicos paisajes en pequeño formato con su alegre colorido. También podemos disfrutar de murales en algunas de las casas de estas poblaciones. El epicentro, sin duda, es Lago de Babía. Aquí se obró un pequeño milagro. Apenas es una pedanía con poco más de cinco habitantes permanentes, pertenecientes al municipio de Cabrillanes, dentro del Parque Natural de Babia y Luna. Bajo el proyecto «Lago de la Cultura» se implicaron los vecinos y el propio Manuel Sierra. Son seis murales en las fachadas de distintas edificaciones repartidas a lo largo del pueblo. A la entrada nos podemos encontrar con un cartel de gran tamaño con una imagen satelital para ver dónde se encuentran los seis murales. Sierra ha pintado esos murales, pero además de narrarlos, los vincula con cada casa y su particular historia de ellos y de sus vecinos, con sus tradiciones, sus negocios, aspectos de su vida y de su tierra. Por lo tanto, no solo es arte, sino que es un compendio de arte, luz, etnografía e historia a partes iguales que conforman, junto con el paisaje, un escenario de gran belleza. En Caboalles de Abajo, también podemos encontrar otra de la manifestación más populares del arte de Sierra: sus pancartas o carteles anunciadores. En esta ocasión casi juntos sobre una pared que sostiene a las tierras, al borde de la carretera general, nos podemos encontrar con un cartel anunciando el pueblo, otros dos en formato alargado (3ª xuntanza de pandeiros ya panderetas – julio 2025; Día de la Libertad – 2 de agosto 2025) y un poco más allá otros dos típicos sin más especificaciones sino mostrar el alegre colorido y sus dibujos geométricos son alusión a esta tierra.

Mural en Lago de Babia, Foto: Marco Temprano
Mural en Lago de Babia. Foto: Marco Temprano

Es muy interesante ver también en esta población, en la iglesia de San Pedro, una exposición de cuadros de Sierra, pero lo que constituye una novedad y un verdadero tesoro son las vidrieras que ha hecho para la ocasión. La luz da fuerza a los colores de las obras de Sierra que tantas y tantas veces hemos visto en sus cuadros, en el papel. Ahora cobran vida, haciendo una incursión como lo haría Chagall en la catedral de Reims.

Vidriera en la iglesia de San Pedro, Lago de Babia. Foto: Isidoro Bringas
Vidriera en la iglesia de San Pedro, Lago de Babia. Foto: Anay Marín

Sin más dilación y con verdadera ansía el viajero ya se ha hecho una idea del cariño que le pueden tener sus paisanos a Manuel Sierra y me dirijo a disfrutar de la magna exposición Universo Sierra que se encuentra en la Fundación Sierra Pabley. Un lugar lleno de encanto que mantiene unas trazas de una recia casa con abolengo. La casona es una casa solariega construida en 1774 por la propia familia Sierra Pambley. Francisco Fernández Blanco de Sierra Pambley, nació en Villablino en 1827 y creó a finales del siglo XIX la escuela Sierra Pambley Mercantil y Agrícola de Villablino construyendo para ello un magnífico edificio junto a su casa natal. Creó para su gestión una fundación al amparo de la Institución Libre de Enseñanza. La Fundación se rigió desde sus inicios y hasta 1936 por un Patronato del que fueron presidentes el propio Francisco Fernández Blanco de Sierra Pambley, Gumersindo de Azcárate, Manuel Bartolomé Cossío y José Manuel Pedregal y Sánchez Calvo.

Un muro de piedra recoge las distintas estancias. Un pequeño portalón de entrada da acceso a un patio. A nuestra derecha un hórreo y al fondo la entrada a la propia casa, con un zaguán y una escalera que da acceso a la planta superior. Un edifico anexo sirve también como guardería municipal y como campamento de verano para un colegio madrileño.

A la exposición no se entra por el zaguán, sino por una puerta que da acceso a una sala situada a la izquierda del caserío. Ese pequeño espacio muestra un conjunto de obras de lo más variado en cuanto a la técnica, formato e incluso temática. Abarca un buen número de años. Es como si fuera una pequeña síntesis de sus obras. Hay una alusión biográfica al pintor, a María, su compañera, a su lucha, a su constante lucha remarcado por una pequeña frase: «hemos nacido para ser libres y felices». Ahí están sus primeros paisajes con alguna reminiscencia a Félix Cuadrado Lomas pero sin ese estilo definido. Otros paisajes forman parte de una experimentación para hacerse con ese estilo que le encontró a él, según manifestaciones del propio artista. Mucha presencia de la línea sobre el dibujo, quizás de una manera un tanta más abstracto. Y empiezan a aparecer esos paisajes más reconocibles con un caserío identificable y los colores chillones. En un par de vitrinas, una en horizontal y la otra en vertical podemos contemplar algunas piezas de alfarería más difíciles de ver en la obra de Sierra. Una clara alusión a Picasso con su experimentación en todo lo que podía transformar en arte. Hay platos, fuentes, cuencos vidriados con pájaros y peces y alguno con su emblemático carro rojo. Y también hay jarrones de diferentes formas y decoraciones. En la siguiente sala el protagonista parece ser el carro rojo. Destacan sus famosos tondos sobre un paisaje ya muy característico donde predomina la línea y el color dando una fuerte sensación volumétrica. A veces me recuerda un poco a las formas de Botero como en esas casas un tanto henchidas por el pincel, así como en las formas graciosas, suaves, redondas de su carro.

A continuación, se accede a una escalera que conduce a la planta superior. En la propia escalera se encuentran una serie sábanas con tatuajes como introducción a la Figura y al Retrato. Son interesantes esos lienzos (no llegan a media docena) donde se reproducen figuras humanas que recuerdan al arte primitivo indígena que se ha venido considerando como arte tribal, un término vago, pero que se suele utilizar para describir el arte tradicional de las sociedades tribales de África o del Pacífico Sur. El siguiente paso es la figuración femenina por medio de una serie de cuadros. Los primeros tres que nos encontramos tienen una línea muy personal, muy esquematizados, con colores brillantes, que nos remiten al estilo Pop-Art. Una vez dejada atrás las escaleras nos encontramos con una pequeña recreación de lo que sería el taller (que no estudio) del pintor. Algunos botes de pintura, un caballete con una pintura como si estuviera recién terminada, pinceles, trapos, alguna carpeta y un curioso boceto autobiográfico de sus años mozos. Creo reconocer ese primer autorretrato firmando como Mano negra, allá por 1989. En la pared de enfrente nos encontramos con cuatro bocetos en lápiz de una mujer desnuda de fuertes rasgos orientales. A su lado se encuentran tres pinturas de esa misma mujer. Un poquito más allá nos encontramos un cuadro de una mujer también desnuda, Desnudo abierto, con un buen uso del color y de la línea, así como de la composición. Completan esta sección algunos cuadros de retratos masculinos, sin tanta fuerza como los anteriores.  

Entramos a una estancia que constituye un pequeño homenaje de un grupo de artistas. Allí se encuentran expuestas más de una veintena de obras. Luego llegamos a la galería donde se encuentran una serie de obras que tienen que ver con la tinta herida, la tinta política, la tinta reivindicativa, la tinta más sentida y emocional de Manuel Sierra, un hombre que ha demostrado su compromiso político con la tierra que habita estando siempre al lado de los más desfavorecidos y también al lado de la gente que ha solicitado su apoyo de una manera y otro. Destacan un sinfín de carteles (No a la OTAN, Congresos de la COAG, Homenaje a las víctimas del franquismo, En favor de los Servicios Públicos Sociales, Palestina en el corazón, SEMINCI con su famoso beso que fue emblema del certamen) o una estantería con libros, revista o folletos con las portadas diseñadas por Sierra.

De allí accedemos a una estancia que nos viene a recordar los aposentos de la familia Sierra Pambley, es decir, que estaríamos ante lo doméstico y con una clara reminiscencia a sus orígenes, así como a sus progenitores. Es por esta razón que aquí predomina los típicos y alegres cuadros del artista lacianiego con sus vajillas, sus chocolateras, sus ventanas abiertas mostrando tanto el interior como los paisajes exteriores, sus platos, sus libretas, sus flores, sus hogazas de pan y sus esferas suspendidas en el tiempo y en el espacio (una de las «novedades» en sus obras más recientes.

En su conjunto, la muestra lo conforman más de doscientas obras (casi todas de la colección particular del artista). Esta es una singular exposición del universo de Manuel Sierra. Un artista polifacético que ha conseguido eso tan difícil que es hacerse con una seña de identidad, tener, en definitiva, un estilo propio muy definido y reconocible. con unas formas definidas donde predomina la línea y el color. La influencia en los paisajes puede estar en un colega de la tierra como era Félix Cuadrado Lomas que «puso de moda» el paisaje con abundantes formas geométricas y colores planos. Pero también podemos encontrar reminiscencias claras a unos de los padres del arte moderno como lo fue Cézanne, como esa descomposición del paisaje con formas volumétricas, priorizando la organización espacial a través de la aplicación del color. El uso de la perspectiva en los retratos de los enseres domésticos le pone en la órbita de Picasso cuando desarrolló el cubismo plasmando la realidad, pero con varios puntos de vista y ángulos al mismo tiempo. También un uso de las sombras granuladas que proporcionan un efecto de contraste y relieve en la imagen con claras influencias del cubismo. Un artista que también participa del movimiento Pop Art al usar en sus composiciones imágenes y objetos de la cultura popular, buscando romper las convenciones del arte tradicional. En su faceta de cartelería podemos ver retazos de Fernand Lèger y su cubismo. Pero, al contemplar sus obras, de una manera general, veo unas formas orondas propias de la obra del colombiano Botero. Pero no me puedo olvidar de su faceta muralista que lo sitúa en lo más alto, en la estela de los artistas mexicanos Sequeiros y Diego Rivera. Por cierto, un movimiento muralista que se ha visto revitalizado con la decisión de muchos pueblos de engalanar sus medianeras tanto tiempo abandonadas y que ahora lucen espléndidas obras. Aunque lo de Sierra entraría más bien a formar parte de un apartado que llevaría por título muralismo en combate por el carácter de denuncia o de llamada de atención de muchas de sus obras. Porque su obra al final y al cabo se rebela y… gana siempre.

Me despido de Villablino, y cuando miro por el retrovisor, en una de sus avenidas principales, descubro el famoso pájaro libertario en negro con su cola tricolor encima de un escudo ornamental de la ciudad de Villablino. Esperemos que dure mucho tiempo, como el recuerdo de una de esas frases que acabo de leer mientras abandonaba la sala de exposición: «hemos nacido para ser libres y felices». Esa es la actitud, querido Sierra.

Puedes seguir el artículo realizado con motivo de la exposición el Universo Sierra en este enlace.

Luisjo Cuadrado

fotografías: Anay Marín, Isidoro Bringas, Marco Temprano, Luisjo Cuadrado

Revista Atticus