Obituario – Andrés Coello, de la cerámica y otras artes

En el año 2013 se produjo un hecho curioso y sorprendente: cuarenta vecinos de Cabezón de Pisuerga, capitaneados por su alcalde, se fueron a Roma y regalaron al Papa Francisco un cuadro. La pintura en cuestión se titulaba El cartonero de Puerto Madero. Su autor no era otro que el vallisoletano Andrés Coello. La historia, en realidad, tenía su origen en 2001, cuando tras una cena oficial en Puerto Madero, el lujoso y exclusivo barrio de Buenos Aires, Andrés Coello se tropezó de bruces con la cara más triste de la capital argentina, un esforzado cartonero arrastrando un pesado tesoro de cartones de muchos kilos y pocos pesos. La escena y el drama subyacente impactaron de tal manera al artista que, poco después, plasmó sus impresiones al respecto en un cuadro protagonizado por aquel cartonero del Río de la Plata. Cuando doce años después fue elegido Papa el cardenal bonaerense Bergoglio, e invitó a su misa de inicio de pontificado a un cartonero argentino, algún resorte oculto se disparó en la ribera del Pisuerga, uniendo inesperadamente el cuadro de Coello con el humilde invitado del Papa. El relato terminó en la Ciudad del Vaticano, cuando el municipio de Cabezón de Pisuerga, tras comprar el cuadro a Coello, decidió regalárselo a su Santidad y este aceptó el regalo.

He incidido en este largo preámbulo con la esperanza de que nos aclare en parte la trayectoria plástica de Andrés Coello, tan impulsivo como heterodoxo. Estamos ante un creador polifacético que afronta el hecho artístico desde múltiples y diversas disciplinas. Desde la tierra cocida hasta la acuarela, desde los estampados hasta la escultura en bronce, desde el monotipo al acrílico sobre lienzo, desde el collage al grabado, este reinventor de la cerámica ha tocado todos los palos libremente y de forma autodidacta.

Quizá sea como pionero de la recuperación del arte de la cerámica como más se le conozca. Es una fama merecida que empezó a labrase allá por los primeros setenta, cuando deslumbrado por los viejos alfares de Arrabal de Portillo, decide ponerse manos a la arcilla e insuflar nueva vida al barro milenario. De vocación tardía (al menos en su manifestación pública), frisaba los cuarenta años cuando se dio a conocer con una primera exposición, la obra de Andrés Coello es inmensamente prolífica. Gracias a los muchos encargos recibidos desde distintos colectivos y entidades, sus murales cerámicos, sus esculturas o sus pinturas ocupan multitud de espacios públicos y privados. Fundamentalmente podemos disfrutar sus obras en la ciudad y provincia de Valladolid, pero también en otros territorios españoles, europeos y sudamericanos como Chile, Argentina o Brasil.

En 1973 funda la Escuela-Taller de Cerámica «Tierras del Valid». En aquellos años fue una iniciativa novedosa que venía a cubrir un vacío enorme respecto al aprendizaje de las técnicas cerámicas. La Escuela de Cerámica fue pionera en su terreno y por sus clases pasaron cientos de alumnos que han desarrollado su actividad dentro y fuera de Castilla y León. En todos ellos siempre ha perdurado la impronta iconoclasta del estilo Coello a la hora de enfrentarse al barro cocido.

La cerámica ha sido una constante en su obra, desde los primitivos palomares o los tragaldabas, hasta las series «Uruk» o «Capadocia». En sus obras se produje un mestizaje que va desde la tradición más realista a la abstracción más enigmática. La utilización de todo tipo tierras, de gres, de metales, de mezclas, de técnicas de cocción, de fórmulas químicas depende de las pasiones estéticas que sienta en cada momento.

Andrés Coello es un artista difícil de etiquetar, se escurre de las clasificaciones como arcilla mojada entre los dedos. No transita mucho tiempo un mismo camino. Si se adentra por un sendero cargado de polvo de mármol, de resina acrílica y óleo, sin tardar mucho, acaba saliendo en un cruce inesperado, encontrando otro camino jalonado de manchas de café y esmaltes estanníferos.

Su taller de la calle Santa Lucía en Valladolid es un totum revolutum de técnicas y épocas. Ese espacio de arte que acertadamente el artista ha bautizado como La Chimenea, en alusión al viejo conducto enladrillado de los hornos fabriles, se ha convertido en un museo «Coello». Abundan por igual caballetes y cerámicas, lienzos y acuarelas, cartones y grabados. A cada paso te tropiezas con una obra de arte original y constante, siempre diferente y siempre la misma. Todas las técnicas plásticas posibles han sido utilizadas.

Nada le es ajeno: bronces y soles, escrituras en barro y comuneros de gres decapitado, murales y papel Guarro, contrachapado y arpillera. Desde el clásico óleo sobre lienzo hasta la reutilización de deshechos. No pocos han sido los talleres y conferencias impartidos por Andrés Coello sobre los reciclajes y reciclados con los que podemos abordar una moderna obra de arte.

Mención aparte merecen sus Crucificados. Son un motivo y un tema iconográfico persistente a lo largo de los años. Como suele ser habitual en él, los ha ejecutado de todas las formas posibles: los ha pintado, los ha dibujado, los ha realizado en collage, los ha plasmado en cerámica, mezclando materiales y técnicas, mezclando estilos y conceptos estéticos. La cruz es uno de los símbolos más potentes que ha existido a lo largo de la historia de la humanidad y que sigue manteniendo hoy su poder visual intacto.

Un crucificado es una alegoría universal del sufrimiento, en todo lugar y en todo tiempo. La violencia y el dolor humano son planetarios y cósmicos, por desgracia abundantes y cotidianos. Los crucificados de Coello son una llamada, una denuncia, un grito colorido y misceláneo ante la angustia y la desolación del hombre contemporáneo.

La larga trayectoria de Coello también ha dejado obra pública de gran formato, como el Monumento a la Batalla de Toro, protagonizado por una escultura de Isabel la Católica en bronce, engarzada en un monolito vertical de arenisca con zócalo de granito. Otra escultura pública es el Monumento a los Donantes de Sangre, realizado en bronce en 1996 por encargo del Ayuntamiento de Reinosa. Esta obra se puede contemplar en la actualidad en una calle de dicha localidad cántabra.

Andrés Coello es el artista de las diversas, híbridas y personalísimas doctrinas estéticas. Es perito en plurales métodos, procesos, maestrías, conocimientos, destrezas, prácticas, capacidades, talentos, industrias, aciertos, solturas, estrategias, mezclas y experimentos. Es el creador que, con vocación internacional y producción copiosa, abundante y heterogénea, ha llenado con su obra una parte significativa de la producción plástica de los últimos cincuenta años.

Puedes descargarte el artículo en formato pdf en este enlace: Coello.

Juan Antonio Sánchez Hernández

fotografías: Cristina Berga Celma

Revista Atticus