Gran Museo Egipcio – Más allá de las pirámides – Enrique Alonso

Ante un gran acontecimiento cultural… toda persona culta se debe echar a temblar. Desde los Mass Media nos asediarán con los tópicos, todo insolvente intelectual se verá en la obligación de regalarnos una de esas frases monstruo, las que aplastan todas las demás; lo de menos es el hecho en sí. Y cuando los fastos tienen que ver con una cultura “misteriosa”, como la egipcia, además se sumarán todas las naves conspiranoicas para bombardearnos con sus insensateces.
Y, en este año de 2025, según la cronología común, se prepara la tormenta perfecta. El estado egipcio va a desplegar toda su capacidad para atraer la atención hacia su gran apuesta cultural, un espacio que ha ido abriendo sus salas progresivamente; el “Gran Museo Egipcio”.
Una extensión expositiva ―y el concepto extensión cobra todo su significado nada más acercarse al conjunto edilicio― que pretende ser referente de una de las cunas de la civilización, que ha quedado lastrada por las dos grandes maldiciones de la arqueología: el oro y el misterio. Oro, tiene mucho; misterios, cada vez menos. La luz de la ciencia siempre termina revelando las sombras de lo oculto. Por supuesto, nos quedan muchísimas cosas por saber, muchos hitos por descubrir (por ejemplo, entre las mastabas y la pirámide escalonada de Zoser en la necrópolis de Saqqara, tiene que haber un paso intermedio que aún desconocemos); pero todos ellos de una dimensión vulgarmente humana.
Mientras muchos vuelven sus ojos a las estrellas en busca de respuestas, los científicos buscan, minuciosamente, donde se debe, removiendo las tierras de un territorio poblado desde las primeras manifestaciones de civilización. Profesionales siempre sujetos al patrocinio de personajes más interesados en justificar su presente que en definir nuestros orígenes, sin atajos mágicos. Financiación que ha materializado el edificio que alberga esa ínfima parte de objetos arqueológicos que el gobierno egipcio custodia.
Respecto a su arquitectura; la primera sensación que produce es la de ser un gran centro comercial. El espacio se ha concebido para que sea familiar a esas hordas de visitantes que no han entrado a ningún museo en sus países de origen ―el espacio que hay entre el edificio de exposiciones y la meseta de Guiza se convertirá en un resort; máxima expresión del capitalismo iliberal, donde las banalidades se convierten en “sensaciones”, prescindiendo de cualquier estímulo que no genere una monetización inmediata―, pero entran en cualquier lugar que les lleve un tour operador; aquellos que son capaces de conocer Europa en quince días o seis mil años de culturas superpuestas, unas sobre otras, en una semana. Buena gente que está de vuelta de todo, siempre vaciando una mochila que nunca se han molestado en llenar, que pasean por las salas sin despegar la vista de la pantalla de su móvil, sin dirigir una sola mirada a las vitrinas.

Un modelo de museo que no me parece mal. Se podrían hacer, siguiendo el modelo de éste, edificios espectaculares que albergasen las “obras que hay que ver”, gastro-bares y centros comerciales, lo que demanda el turista; albergando el resto de piezas (en el caso de Egipto son millones) en museos especializados, en edificios sencillamente funcionales, al que accederíamos aquellos que realmente nos interesa el objeto expuesto en vez de demostrar que estuvimos allí; extender el concepto, “almacenes visitables”. Espacios accesibles al experto, que ofrecen ciertas instituciones culturales, y que podrían adaptarse a la compleja sociología del turista.
¿Merece la pena visitar el “Gran Museo Egipcio”? Sí. Pero como todas las afirmaciones que no surgen de una revelación religiosa, tiene muchos “peros”. Una obra faraónica, como las piezas que alberga; y, consecuentemente, con todas las carencias y problemas que genera la grandiosidad. Un concepto de la vida donde lo espectacular siempre destaca, en detrimento de la eficacia.
Los fondos arqueológicos con los que cuenta el estado egipcio darían para hacer un museo que cubriese El Cairo (ciudad en la que se calcula que viven veinticinco millones de habitantes y se ha extendido por tres provincias); la borrachera de Stendhal[1], únicamente imaginando la cantidad de estímulos que se generarían, se convertiría en coma etílico antes de haber visto el uno por ciento. Acotar los expuesto en doce galerías (virtuales, es un gran espacio diáfano, en donde los periodos históricos se diferencias por un cambio de nivel), divididas en tres grandes bloques temáticos: sociedad, realeza y creencias, visitables verticalmente, desde el mirador de las pirámides hacia abajo, mientras que horizontalmente podemos visitar los tres aspectos de un mismo momento histórico, me parece una gran idea. Además, está la monumental entrada y las esculturas de gran tamaño expuestas con un criterio muy discutible (en cuanto orientación e iluminación), en toda la zona de acceso. ¿Es la mejor manera de estudiar una pieza…? Obviamente no. Pero no es el lugar, ni el objetivo con el que ha sido pensado. Con que el selfi salga bien, el turista medio estará satisfecho.
Los expertos demostrarán que se ha primado lo vistoso, al servicio de la industria turística, sobre los criterios didácticos y expositivos. Es cierto. Pero no olvidemos que, precisamente, el edificio y las piezas expuestas están pensadas para el turista y específicamente para el visitante de países que han alcanzado la banalidad como seña de identidad, siempre dispuesto a liberarse de todo lo que no sea rentable. Como soy un optimista ingenuo, considero que, a lo mejor, a alguno de esos personajes con la capacidad económica para ir a los destinos de moda, se les puede pegar algo y suscitarle algún interés ―en cualquier museo o espacio cultural se distingue perfectamente al que está con fines didácticos, el que se mimetiza con el entorno, y los que necesitan destacar sobre lo expuesto―; y, con que el uno por ciento de esos que llegaron, porque los llevaron, sienta una emoción que les lleve a investigar, vale la pena.

Expuesto de esta manera, parece que la inmensa mayoría de las personas que visitan los museos están inmersos en la banalidad, pero sería una percepción errónea. El turismo de masas se presenta en grupo, con un tiempo limitado, llaman mucho la atención. Tres grupos organizados en una sala, con sus guías indicándoles lo que hay que ver, parecen una multitud, pero seguramente serán el veinte por ciento de visitantes; pasando de vitrina en vitrina al trote, para cumplir un horario mientras que el que ha entrado para empaparse de lo que allí se ofrece, se quedará discretamente observando todos los aspectos de una pieza… Y volverá varias veces, para no emborracharse de información.
¿Es el gran museo de Egipto? No. es una visión general de kemet (la tierra negra, en oposición a desheret, la tierra roja, la infértil, como era conocido el imperio del Nilo en tiempos faraónicos); prescindiendo de Coptos, como fue conocida esta parte del mundo con la implantación del cristianismo, periodo de matanzas entre distintas facciones de la nueva religión que facilitó las invasiones, provenientes de la península arábiga, que llevaron a la tierra negra el islamismo; de esa invasión surge Miṣr denominación en árabe de la tierra por la que discurre el gran río, que tampoco está en las salas del museo. Culturas superpuestas. Distintos nombres, distintas realidades; aunque los occidentales sigamos utilizando el término griego Aigüptos, adaptándolo cada uno a sus particularidades fonéticas. En fin, una tierra bautizada por cada conquistador, con la intención de convertirla a sus deseos ―exactamente igual que el resto de los lugares que han ido pasando de mano en mano, en el resto del mundo―, con su algo de fraude en el proceso y su mucha exageración en el resultado.
De la actual población del Egipto moderno, únicamente los coptos (y siempre, como todas las afirmaciones estrambóticas, con todos los matices del mundo), podrían vincularse étnica y culturalmente a aquellos que dejaron el desierto lleno de objetos que despiertan nuestro interés. Lo que vemos, no es la historia de la gente que vive allí, es algo de un mundo que desapareció. Sin embargo, a nuestro alrededor, hacia donde miremos, tenemos mil quinientos años de historia a los que no se les suele prestar la atención debida; y en este museo, en concreto, ninguna. Casi tres siglos de guerras entre distintas facciones cristianas ―no es el lugar para profundizar en las matanzas entre ortodoxos y donatistas, uno de los genocidios más brutales de los que tenemos documentación― que abrieron la puerta a la que fue una teología de la liberación en su época, el islamismo. Una realidad, como todas las verdades eternas, que no se mantuvo igual durante siquiera un siglo seguido. Bajo la luna creciente encontramos sunismo, chiismo, mamelucos, monarquías y repúblicas; y lo despachamos condescendientemente con un “islámico”. Obviamente, la grandiosidad de una pirámide oculta con su sombra otras realidades que, si no son tan espectaculares, al menos son igual de complejas.
Es lógico pensar que el gobierno de cualquier país optará por el modelo que le genere más divisas; determinismo económico. Pero ahí podrían intervenir los organismos internacionales para financiar aspectos museísticos totalmente desatendidos; entre ellos la etnología. La grandiosidad de las piezas expuestas opaca aspectos tan interesantes como la alfarería (por lo que he podido ver, una forma de arte a la que no le prestan gran atención, espero que esté documentada en alguno de los muchos espacios expositivos que no he tenido tiempo de visitar); la suntuosidad del oro hace que pasen desapercibidas delicadísimas piezas labradas en materiales al alcance de las clases populares; y se podría continuar, haciendo una larga lista de reproches estériles. Todo lo expuesto es magnífico, aunque la selección de piezas no es la que a mí me hubiese gustado ver.
Los que en unos tiempos muy lejanos fuimos jóvenes radicales y actualmente no pasamos de viejecitos gruñones (ponernos un pendiente y la visera de la gorra hacia atrás no nos hace más jóvenes… En todo caso más patéticos), tenemos unos referentes culturales que nos es difícil cambiar. Particularmente prefiero las polvorientas salas abarrotadas del museo viejo (medio desmantelado por el traslado de obras y la reordenación de la colección), que los inmensos y asépticos espacios de museo nuevo. Pero es una cuestión generacional. El criterio con el que se ha pensado esta nueva propuesta está enfocado al turista de mediana edad, inmerso en la cultura de la banalidad, en la indiferenciación de los populismos totalitarios. Personas que se acercan a la meseta de Guiza a montar en camello, pasear en quad entre las pirámides o fotografiarse con cocodrilos; de aquel montón de piedras les basta tener un selfie (el turista cuyo culo conoce todos los monumentos, ya que siempre está de espalda a ellos, con su cara, de sonrisa hueca, ocupando toda la pantalla). Un museo viejo… y envejecido. Pero fascinante. Allí todavía se conservan objetos deslumbrantes, como la Paleta de Narmer, rodeada de pequeñas y maravillosas piezas, como la primera representación humana que se conserva.
Y es en estos espacios decimonónicos donde la idea de separar lo espectacular de lo interesante, cobra más sentido. Habría que hacer un museo exclusivamente con los objetos hallado en la tumba KV62[2] y dentro de ese espacio exponer la máscara de oro en una sala aparte, para que todo el que se quiera fotografiar ―lo primero que te advierten al entrar en el tesoro de Tutankamón, es que no se pueden hacer fotografías― con ella no esté empujando a los que nos interesaba más las pequeñas piezas que hay en las vitrinas laterales.
Puede parecer que estoy en contra del turismo de masas; nada más lejos de la realidad. La libertad individual únicamente debe tener un límite cuando se convierte en agresión a la colectividad o a otra persona. Me parece absolutamente respetable que cada persona tenga una manera particular de estar en el mundo, de divertirse; todos somos diferentes y lo que tenemos que aprender es a respetar los espacios públicos y privados, para que la convivencia sea posible. Pero un concepto es respetar y otro, muy diferente, compartir; no me interesa, y cada vez menos, lo “correcto”, lo “que hay que hacer”. Allí, en Egipto, he tenido conversaciones apasionantes con hombres y mujeres de menos de diez años (seres humanos en toda su dimensión a los que hay que respetar intelectualmente y no hablarles subnormaleando), a los que sus padres les están haciendo la inmersión en la cultura, que me han parecido de más nivel intelectual que alguna de las banalidades y tópicos que asedian a cualquiera que lleva una cámara. Hombres y mujeres en formación (y al igual que me desconcierta la banalidad de algunos padres, enredados en teorías esotéricas que les hace buscar en el infinito, sin mirar a los ojos a sus hijos; me sorprende gratamente la calidad pedagógica de otros) que, con su sincera ingenuidad, me hacían mirar con los ojos de un niño. Porque, a despecho de los que no se asombran de nada, todo lo que he visto me ha fascinado; a pesar de los años sigo manteniendo intacta mi capacidad de asombro. No hay nada más didáctico que un niño que pregunta; te obliga a mirar cada piedra, cada paisaje con una mirada diferente.
[1] El síndrome de Stendhal, hace referencia a la reacción emocional, intensa, que el escritor Henri Beyle (1783-1842) tuvo en Florencia. Suele manifestarse con síntomas físicos, al exponerse a una gran cantidad de arte, como palpitaciones, mareos o vértigo.
[2] La tumba KV62, situada en el Valle de los Reyes (Egipto), es una tumba real egipcia que contiene la momia de Tutankamón. Fue descubierta en 1922 por Howard Carter.
Te puedes descarga la entrada en su formato artículo que se editará en el númer Revista Atticus 48. Aquí.
Enrique Alonso
Revista Atticus
