Crítica serie Anatomía de un instante de Alberto Rodríguez y Paco R. Baños – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Título: Anatomía de un instante
Año: 2025.
Duración: 4 episodios de 50 min.
País: España.
Dirección: Alberto Rodríguez y Paco R. Baños.
Idioma original: castellano.
Guion: Rafael Cobos, Fran Araújo y Alberto Rodríguez. Adaptación de la crónica homónima de Javier Cercas.
Fotografía: Álex Catalán.
Música: Julio de la Rosa.
Reparto: Álvaro Morte, Eduard Fernández, Manolo Solo, Óscar de la Fuente, Miki Esparbé, David Lorente, Pedro Casablanch, Samuel López, Juanma Navas, Sebastián Haro, Luis Bermejo, María Maroto, Ignacio Carrillo, Juan Pino Redil, Rubén Riera, Astrid Bujons, Asier Tartas, etc.
Voz: Raúl Arévalo.
Productora: Movistar Plus+. En su plataforma.
Festivales: exhibida en el Festival de San Sebastián.
Género: miniserie de plataforma, recreación histórica, basada en hechos reales, adaptación cinematográfica.
Sinopsis
La serie parte (como la crónica homónima de Javier Cercas) del fracasado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Como parte del golpe, el Congreso fue ocupado por un grupo de guardias civiles y los representantes de la soberanía nacional fueron secuestrados. Cuando se produce el ametrallamiento para intimidar a los diputados, a los empleados y a los periodistas presentes, solo tres políticos se mantuvieron sentados o de pie en sus escaños: Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Javier Cercas, en su crónica periodística, realiza una anatomía de ese instante: ¿por qué se mantuvieron sentados o de pie? Y desde ese instante hace una reconstrucción, una anatomía, de los motivos que llevaron a esos tres políticos a reaccionar de ese modo y no de otro. Y de paso, analiza sus biografías políticas, la historia de la Transición hasta ese momento y las causas del golpe de Estado y de su fracaso. La serie está al servicio de estas ideas y de la trama del libro dieciséis años después (eso sí) de la publicación de la crónica.

Crítica
El libro de Javier Cercas (2009) parte de esa imagen, la de tres políticos que el 23 de febrero de 1981, a las 18,23 horas, tras producirse el asalto al Congreso y el ametrallamiento del techo del hemiciclo, se mantienen sentados en sus escaños (o de pie) mientras el resto de diputados (con más cordura o menos coraje) se agazapan en el suelo. En el caso de Gutiérrez Mellado se sienta tras la escaramuza que mantiene con el jefe de los asaltantes y sus ayudantes, que no consiguen doblegarlo.
De ese instante, de esa imagen, de los tres políticos sentados en sus escaños en un hemiciclo desierto, parte Javier Cercas para investigar las razones de su comportamiento, ahondando en sus biografías políticas y, menos, en las personales. Es también una crónica periodística, de investigación, sobre el origen y el desarrollo de la denominada Transición hasta esa fecha, y sobre las causas que condujeron a que algunos altos mandos del ejército (con el apoyo secundario de una trama civil de ultraderecha), dieran el paso de dar un golpe de Estado autoritario para revertir la democracia, en la más rancia tradición de una parte de la jerarquía del estamento castrense y de las clases dominantes de este país.
Si denomino al libro de Cercas como crónica periodística, con elementos de autoficción, es para rebatir que sea una novela, como la define la publicidad de la miniserie o se escucha en algunas conversaciones. El mismo Cercas lo ha explicado: intentó contar los hechos con una novela, con una obra de ficción, pero teniendo el borrador avanzado se dio cuenta de que solo podía acercarse a esos hechos y a sus protagonistas desde una investigación de raíz periodística, en la línea de ilustres precedentes (añado) como Chaves Nogales (El maestro Juan Martínez que estaba allí, 1934, Juan Belmonte, matador de toros, 1935), o la del citadísimo Truman Capote (A sangre fría, 1966), o de las obras de Emmanuel Carrère, enmarcadas como “narrativa de no ficción”, por una cuestión comercial de los editores.

El mismo Cercas volvía a reflexionar recientemente sobre las diferencias entre un género (la novela, la ficción) y el otro (se le denomine como se quiera): en la ficción se crea el sentido, pero cuando no hay ficción hay que esperar a que la realidad le dé ese sentido. En Anatomía de un instante (el libro)ese sentido, según el escritor, lo dio ese “instante”, incluido en el título, en que los tres héroes del acto se mantuvieron sentados en sus escaños, motivado -según su disección- porque los tres habían sido unos traidores a sus causas primigenias, pero tuvieron el coraje de serlo por una causa más importante en ese momento histórico (la democracia), porque sabían que podían morir en ese día (ser ejecutados) por esa causa, y porque ya se sabían fracasados en sus vidas políticas, a pesar de sus contribuciones notables a la reconciliación nacional y al restablecimiento de las libertades.
Los hechos contados son también memoria de varias generaciones que pudimos seguir los acontecimientos como espectadores, en la inmensa mayoría de los casos. Yo estaba en clase de C.O.U nocturna, cuando el profesor de filosofía la interrumpió, nos informó de lo que estaba sucediendo y nos mandó a casa. Recuerdo mis palabras al despedirme del profesor: otra vez el caballo de Pavía en el Congreso. Lo que cuenta el libro y la miniserie son acontecimientos con los que tenemos un vínculo personal según nuestras convicciones políticas, nuestros orígenes familiares o los traumas de un pasado de represión. El análisis de lo ocurrido, el papel de los protagonistas o las consecuencia políticas y sociales que tuvo, han sido una reflexión casi constante en la sociedad, en la historiografía, en el periodismo y en el cine español. En el caso de las generaciones que no lo vivieron o que ni siquiera saben lo que significó, retomar el libro (leerlo) o la miniserie (verla) son un excelente momento para enterarse y saber lo que nos estamos jugando con los revisionistas de la Historia o con los falsos profetas disfrazados de constitucionalistas, algunos de cuyos referentes políticos votaron en contra o se abstuvieron en el referéndum para ratificar la Constitución en 1978.
Por eso la adaptación del libro de Javier Cercas, en el formato de una miniserie de cuatro episodios, resultaba casi lógica, y en todo caso me sorprende que no se haya realizado antes y que hayan pasado dieciséis años para realizarla, una vez muertos los protagonistas principales y buena parte de los secundarios (pero importantes), y que solo pulule por ahí un exrrey al que le escriben sus memorias desmemoriadas. Anatomía de un instante (el libro) lo recuerdo como una de esas lecturas que no se pueden abandonar, que se leen con fruición, tomando notas, consultando dudas, y rellenando con su avalancha de pesquisas, datos y conclusiones, vacíos que quedaron sobre los hechos, sobre rumores y sospechas ocultas u ocultadas por el secreto que rodeó la investigación oficial y por las deficiencia del propio juicio militar, según la legislación entonces vigente. Una gran crónica periodística, independientemente de que se coincida con su anatomía de lo sucedido y con sus conclusiones.

No resulta extraño que los productores hayan recurrido a Alberto Rodríguez para dirigir la serie, junto a Paco R. Baños (La peste -2017-, El hijo zurdo, -2023-), y para escribir el guion con la colaboración de Rafael Cobos (que estrenó Golpes en la SEMINI 2025) y de Fran Araújo. Alberto Rodríguez ha dirigido (con Rafael Cobos como coguionista), Grupo 7 (2012), La isla mínima (2014), El hombre de las mil caras (2016), Modelo 77 (2022), por citar solo algunas de sus películas. Desde Grupo 7 supo conjugar una temática social o marginal (suburbios, cárceles, delincuencia) con una estructura de guion propio de la ficción, del género y hasta del thriller. Un recurso parecido es el que aplican Javier Cercas, o Emmanuel Carrére, a sus libros de “no ficción”, a sus crónicas o reportajes. Un “truco” que ya aplicó Truman Capote en A sangre fría. Las concomitancias entre la narrativa literaria/periodística de Javier Carcas con el narrativa cinematográfica/serielista de Alberto Rodríguez, parecían destinadas a coincidir.
La miniserie está divida en cuatro episodios titulados Un falangista de provincia, centrado en Adolfo Suarez, Un revolucionario frente al golpe, sobre Santiago Carrillo, Un golpista frente al golpe, contado desde la perspectiva de Gutiérrez Mellado, y Todos los golpes del golpe, sobre el juicio militar a los implicados. Salvo el tercer episodio, dirigido por Paco R. Baños, los otros tres lo han sido por Alberto Gutiérrez.
No hace falta (como comentaba), tener un recuerdo personal del golpe, o haber leído el libro de Javier Cercas, ni siquiera tener una idea de los acontecimientos para seguir la serie, que tiene la tensión propia de un thriller. El más estático, es el último, el del juicio, por la obligación de que se desarrollara en una sala, la del tribunal, con la sucesión de declaraciones y los careos propios de otro género, en esta ocasión el de juicios. Hay películas famosas de juicios, a los que supera la serie, en ocasiones, por el interés de las revelaciones y de los silencios y por los conatos de agresividad que se produjeron entre los propios acusados.
Hay un cuarto personaje, que no estuvo en el Congreso, pero que tuvo un papel protagonista fundamental, como coartada para el golpe primero y como desactivador del mismo después: el exrrey Juan Carlos I de Borbón. En la serie es el personaje transversal que con su presencia o su ausencia, hila las vidas políticas de los otros tres, sobre todo la de Suárez. Un personaje, el exrrey, no ausente en el libro (obviamente), pero mas subrayado en la serie (aposta) pues al fin y al cabo, es el personaje más actual, entre otras cosas por seguir vivo y seguir generando decepciones, escándalos y noticias.
Como en toda obra de ficción (no siéndolo) debe haber algunos elementos que den sentido a ese instante en que los tres políticos y personajes quedan unidos por la decisión que toman, independientemente, de mantenerse sentados: uno de esos elementos definitorios es el de traición, el de traidores:
Suárez, el falangista de provincias, según le define Cercas, era descendiente de una familia republicana con pocos recursos económicos. Se dan detalles como que había sido vendedor de lavadoras a domicilio en su juventud. Guapo, seductor, sin muchos escrúpulos, supo escalar en la jerarquía del régimen y llegar a ser gobernador provincial, director de Televisión Española (el mejor órgano de propaganda de la dictadura) y ministro secretario del Movimiento con Arias Navarro tras la muerte de Franco. Un arribista simpático, muy ambicioso, sin una ideología definida, pero con instinto político para captar el momento histórico que le había tocado y que quería protagonizar. Su traición lo es a ese pasado falangista y a su sumisión a la dictadura. Como político con intuición y suerte, supo “leer” ese momento excepcional y tuvo agallas para “traicionar” ese pasado y optar por la democracia y la modernización del país.

Santiago Carrillo, aparece retratado en su espera en París. El PCE había sido el gran referente de la resistencia a la dictadura, desde la inicial opción por la resistencia guerrillera hasta la política de reconciliación nacional de los años cincuenta (s. XX), o su decisión de introducirse (el “entrismo”) en el aparato sindical del régimen con las comisiones obreras, convirtiéndose en el partido hegemónico de la oposición en el interior del país. El dilema de Carrillo y del partido era no quedar apartado del proceso que se había iniciado en España tras la muerte del dictador. El PCE era la bestia negra del ejército y de la ultraderecha, por la falacia cultivada por la propaganda franquista de la responsabilidad Carrillo en las ejecuciones de Paracuellos. Es un episodio muy interesante, el que más se acerca a su figura desde la perspectiva personal y familiar (soslayando la del partido de forma exagerada), con la presencia de un vallisoletano en su entorno como es Teodulfo Lagunero, el único comunista rico, o el único comunista alegre, según él mismo, que nos legó unas Memorias de gran interés. El papel de Carrillo, en la serie, difumina la del partido, lo simplifica, lo personifica en exceso. (Como pura anécdota cabe recordar que el primer mitin legal del PCE se celebró en Valladolid el 23 de abril de 1977, en el Polideportivo de la Huerta del Rey: en un mástil ondeaba una mínima bandera bicolor).
Gutiérrez Mellado (Manuel), es un traidor a su pasado de militar sublevado en 1936, cuando era un joven oficial, y a toda una carrera militar de lealtad al dictador. Hay un momento en que esa lealtad al franquismo se transforma en una lealtad personal a Suárez y a su proyecto, convencido también de que la historia le ha colocado en ese puesto para abrir un nuevo periodo en el devenir de España. Un periodo que supera sus expectativas iniciales de hasta dónde debía llegar el desmontaje del régimen anterior y que le supera personalmente. Es el único episodio en que vemos a uno de los protagonistas en su vida familiar íntima, en conversación con su esposa, compartiendo sus dudas, por ejemplo. Es el personaje que, quizás, más sufre, que más se enfrenta, hasta física y violentamente, a casi todo sus compañeros de armas, en los cuarteles, en su despacho y en los funerales de militares asesinados por grupos terroristas que buscan la revolución mediante la involución. Ve cómo su prestigio castrense se evapora y se convierte en “El Guti”, el enemigo número uno, “uno de los nuestros” que nos ha traicionado.
Otro elemento derivado de la realidad, pero que da sentido de ficción a las personas/personajes de Anatomía de un instante, es el hecho de que los tres (según Cercas, según la miniserie), son conscientes de que pueden morir, que van a ser los primeros, si todo va mal y el golpe triunfa, en ser asesinados, ejecutados, por los golpistas. El más consciente es Santiago Carrillo, por su pasado como secretario general del PCE en el exilio, por las falacias sobre Paracuellos centradas en su presunta responsabilidad, por ser la bestia negra (que tanto ha cultivado el franquismo) para los militares y guardias civiles que han tomado el Congreso, y por ser la legalización del PCE el 9 de abril de 1977, un viernes de la semana santa, una de las grandes “traiciones” de Suarez a la cúpula militar.
Adolfo Suarez, que estaba políticamente amortizado en ese momento, que había dimitido porque su partido, UCD (Unión de Centro Democrático), había dejado de apoyarlo, porque el exrrey Juan Carlos I así lo deseaba para dar paso a otra situación, en la que no estaba descartada la posibilidad de un gobierno de concentración nacional con un militar de presidente de Gobierno (la opción de Armada), reacciona así por dignidad, pero también porque sabe que es uno de los enemigos principales de los golpistas y que se lo van a hacer pagar. El mismo hecho de que se esté celebrando una sesión de investidura con otro candidato (un tal Calvo Sotelo, de su propio partido), es una enmienda a la totalidad a esa conspiración urdida para que el Gobierno lo presidiera un militar: el “elefante blanco”, la autoridad “por supuesto militar” que quería imponer unos de los varios golpes simultáneos que se estaban produciendo. Su última traición.
Manuel Gutiérrez Mellado, reacciona contra los golpistas, como se supone que debe hacerlo un militar con honor y un superior jerárquico ante la banda armada que ha asaltado el hemiciclo, ante los rebeldes, según la Constitución y el código militar, que intentan acabar con la legalidad, con la democracia: se enfrenta personalmente con el jefe de la banda, le ordena que se cuadre. El resto lo hemos visto muchas veces. Son imágenes inolvidables. Durante muchos años me han producido vergüenza verlos, una vergüenza ajena sobre lo que pueden llegar a hacer tipos patéticos pero peligrosos. Vergüenza ya superada, afortunadamente. Es así como “El Guti” se convierte en otro candidato no solo a la humillación, sino a una posible muerte, por asesinato o por una ejecución “legalizada”.
El tercer nexo entre los tres es el fracaso. Protagonistas necesarios en el proceso de Transición, sacrificadores de algunas de sus convicciones iniciales cuando se inicia el desmontaje de la dictadura, acaban siendo unos héroes cívicos con sus posturas muy conscientes ante los golpistas. A los tres, en los años posteriores no se les reconocerá su gesto en todo su valor real y simbólico (salvo como anécdota), cuando su futuro político estaba o estará sellado por el fracaso. Carrillo tendrá que dimitir ante las derrotas del PCE en las elecciones generales, donde no supo o no le dejaron poner en valor su papel como partido hegemónico en la resistencia y en la lucha contra la dictadura. Ante lo que fue un auténtico “robo de cartera” por otro partido, el PSOE, renacido de sus cenizas en la predemocracia. Luego Carrillo seguiría un camino político errático, ejerciendo de buen comentarista de actualidad.
Suárez acabará abandonando el partido que fundó, en el que había unificando a la derecha moderada, a los “nuevos demócratas reconvertidos” que provenían del franquismo, inventándose el concepto de centro. Se irá y fundará otro, el CDS (Centro Democrático y Social), que tras un modesto éxito inicial como un partido de centroizquierda (uno de los motivos, esa deriva social, que ocasionaron su dimisión forzada) acabará con sus menguados diputados en el grupo Mixto del Congreso, sentado junto a Carrillo, en parecida situación minoritaria.
Gutiérrez Mellado pasará al retiro, y ejercerá de conferenciante ocasional, sin ningún homenaje de Estado que reconociera su labor. Murió en un accidente de tráfico, momento en que recordamos su figura, como la de todo los muertos ilustres, con las necrológicas habituales.
Los cuatro capítulos de la serie se ven como si fueran un thriller, en efecto, (ahora que todo es thriller): tiene un buen ritmo narrativo, un montaje ágil, un guion que ha recogido hechos y anécdotas de forma pertinente, y un reparto extraordinario, con Eduard Fernández, mimetizado como Carrillo, Manolo Solo casi convertido en Gutiérrez Mellado, Álvaro Fortes, haciendo de un creíble Suárez, seductor y pillo. Pedro Casablanc, como Teodulfo Lagunero, y el resto del elenco secundario están a la altura de la empresa. Es uno de los grandes valores de la serie y de las series españolas en general.
La miniserie tiene una escenografía o está ambientada con corrección, sobre todo en los espacio interiores y en aquellos exteriores de no sean de grandes masas. Los entierros de militares asesinados, en los patios de armas, son convincentes, por ejemplo. No ocurre lo mismo en las partes que hubieran requerido mayores medios: por ejemplo, en la gran manifestación silenciosa tras el asesinato de cinco abogados laboralistas de CC.OO y del PCE el 24 de enero de 1977, por parte de la ultraderecha. La reconstrucción queda “pobre”, no da idea de lo que fue y de lo que significó. La serie ha recurrido a imágenes de archivo en ocasiones, pero superponiendo siempre los rostros de los actores. Una opción más conveniente hubiera sido, por ejemplo, la de Pietro Marcello en Duse, que hemos visto en la SEMINCI 2025: el director, también documentalista, incluye imágenes de archivo coloreándolos, y funciona bien la combinación.
Y una objeción final a la serie: centrada en los tres protagonistas y medio (como decía Clarín que en la España de su época solo había tres poetas y medio), se diluye, se posterga, se olvida, que los distintos ajustes de la operación de desmontaje de la dictadura y de la restauración de la democracia, solo fueron posible por la lucha de tantos ciudadanos que querían dejar de ser súbditos, por la presión de la clase obrera y de las masas de estudiantes que protagonizaron una “galerna” de huelgas en las fábricas y en las universidades españolas, y en el mismo Valladolid, por ejemplo. Solo eso (con el contexto de la crisis económica, del temor a repetir errores del pasado, la influencia del resto de Europa) podía mover las piezas que acabaron descoyuntado el franquismo y lo hizo con muchas víctimas y muertos en el camino: un número este último por evaluar, pero que algunas fuentes sitúan en 318 personas (opositores al régimen, militantes de izquierda, manifestantes, etc.) asesinados por parte las fuerzas de seguridad y por parte de los grupos de ultraderecha entre 1975 y 1983, más los torturados o los heridos, todavía por contabilizar.
La serie lo cita de pasada, bien es cierto, pero obvia ese contexto tan importante, fundamental, porque los “nuevos demócratas”, los que venían del régimen, el mismo rey instaurado por el dictador, se moverían en algunos caso por convicción, pero sobre todo por el miedo a perder el control de la situación, o a una revolución como en Portugal, por ejemplo, en 1974. “Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle”, dice Nicolás Sartorius, con frase certera.
No hay muchas mujeres en la serie porque no las había, o no podía haberlas, dedicadas en la política de primera línea en esa época. Pero las había: la esposa de Gutiérrez Mellado tiene un papel singular en la serie, el coche de Carrillo, todavía en la clandestinidad, lo conduce una mujer, y la jefa de Gabinete de Adolfo Suarez (la primera en ese puesto), durante los meses cruciales, es Carmen Díez de Rivera, un personaje presente con sus miradas, más que nada, en la serie, y una gran personalidad del momento.
En esos años se fumaba mucho: la serie lo refleja. Los protagonistas fuman en los despachos, en los cuarteles, en el Consejo de Ministros, en las alcobas, en el hemiciclo, en la sala del Congreso donde estuvieron detenidos algunos de los dirigentes de los partidos durante el asalto al Congreso: en ese momento de incertidumbre, de temor, se ofrecen cigarrillos, se dan fuego. Ese humo del tabaco ha desparecido hoy día de los espacios públicos, y de buena parte de nuestra vida cotidiana. Ahora lo que toca es despejar otro humo, esta vez simbólico, como es el que quiere camuflar el pasado. Está bien, por tanto, que se cuente ese pasado de forma seria y entretenida; un pasado no tan lejano, tal como lo hace la miniserie Anatomía de un instante. Las últimas generaciones que no lo vivieron, que apenas han tenido ocasión de estudiarlo en la enseñanza reglada, lo conocerán así algo mejor y ayudará a que algunos (no todos, por supuesto) puedan inmunizarse contra la nostalgia de un pasado “idílico” que nunca existió durante la dictadura, pero que algunos lo cuentan como un cuento (y no de terror) en medios y redes, y lo explotan electoralmente.
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

