Crítica película Marco de Aitor Arregi y Jon Garaño – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Año: 2024.
Duración: 98 min.
País: España.
Dirección: Aitor Arregi y Jon Garaño.
Idioma: castellano y catalán.
Guion: Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga, Jorge Gil Munárriz.
Fotografía: Javier Agirre Erauso.
Música: Aránzazu Calleja.
Reparto: Eduard Fernández, Nathalie Poza, Daniela Brown, Chani Martín, Sonia Almarcha, Fermí Reixach, Vicente Vergara, Jordi Rico, Júlia Molins.
Productora: Irusoin, Moriarti Produkzioak, Atresmedia Cine, Bteam Pictures, ETB, La verdad inventada, Movistar Plus.
Género: Biografía. Campos de concentración. Impostura.
Sinopsis
Enric Marco (Eduard Fernández) se presentaba así mismo como un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenburg (Alemania), en el que habría estado deportado durante la II Guerra Mundial. El trabajo de investigación del historiador Benito Bermejo, especialista en la deportación de republicanos españoles a los campos nazis, desenmascara con pruebas documentales su impostura: Enric Marco había ido a Alemania como trabajador voluntario y nunca estuvo preso en el campo de Flossenburg. Si en el ámbito del historiador o del memorialista no entra explicar las causas que llevaron a Enric Marco a fingir lo que no era (un deportado en un campo nazi), sí entra en el campo del cine de ficción explorarlas, intentar averiguar los mecanismos psicológicos o de otro tipo que llevaron a cometer a Enric Marco una infamia, a representar una mentira. Marco, la película, lo hace.
Crítica
Después de ver la película, o el documental Ich Bin Enric Marco (2009), de Santiago Fillol y Lucas Vermal, o de haber leído El impostor (2014) de Javier Cercas, es difícil considerar a Enric Marco un personaje a incluir en una nueva Historia universal de la infamia borgiana. Vemos a un tipo de cierta edad, de aspecto anodino (como casi todos), con su bigote, casi mostacho, como rasgo particular, de maneras afables y gran charlatán, capaz de hilar un discurso de larga duración con pocos mimbres. Un personaje con capacidades para la representación y cierto tipo de oratoria, baste verle y escucharle en la sesión del Congreso de los Diputados (2005) donde por primera vez se había invitado a dar testimonio a los deportados republicanos españoles en los campos de concentración nazis, y en la que él fue su portavoz y explicó con aplomo sus presuntas vivencias. En una de las tomas de la grabación vemos a Carme Chacón (que fuera ministra de Defensa, ya fallecida), con un pañuelo en la mano.

Enric Marco había ido como trabajador voluntario a la Alemania nazi en 1941, tras un acuerdo entre Hitler y Franco para enviar “productores” españoles que sustituyera la mano de obra alemana que estaba en el frente de guerra. Enric Marco estuvo detenido preventivamente en la prisión de Kiel por unas acusaciones de fueron sobreseídas. Regresó a España, se instaló en Barcelona, trabajó en un taller, tuvo hijos de un primer matrimonio, y coincidiendo con el tardofranquismo y la transición empezó a construirse una nueva biografía: formó una nueva familia, ocultando que ya tenía una anterior, se inventó una militancia en la CNT de antes de la guerra y en un momento dado (tardío), apareció en la asociación Amical de Mathausen de la que llegó a ser el presidente hasta que se descubrió su impostura.
En el documental Ich Bin Enric Marco, (se puede ver en Filmin) es Marco, por supuesto, el protagonista absoluto. Los directores le graban hablando, explicándose, justificándose sobre todo, pues se rueda tras ser descubierto. Su tesis es simple: él no ha mentido porque los hechos que contaba eran verdaderos, bien es cierto que les habían sucedido a otros, que habían dado testimonios de ellos en libros o en documentales. Eso sí (se jactaba), él lo contaba mejor que los mismos supervivientes de verdad. Con evidente ceguera o cinismo reclamaba su derecho a ser considerado un deportado más, un superviviente de los campos de concentración. Se no è vero, é bien trovato, parecía sugerir.

Los directores de Marco habían intentado rodar un documental con Enric Marco, pero este les había dado largas. Una vez muerto Enric Marco, recurrir a la ficción no solo era la única manera de acercarse a su caso, sino también la de explorar las posibilidades que esta podía aportar. Estando hecho el trabajo por parte del historiador (aportar las pruebas de su impostura), y por parte de la asociación memorialista, que da voz a los testimonios de los deportados, pero cuyo cometido no es indagar sobre las causas de que alguien como Enric Marco finja ser lo que no es, solo cabía a la ficción intentar hacernos comprender, sin juzgarlo (los hechos ya lo hicieron), cómo se llega a ser el personaje Enric Marco.
La película indaga, por tanto, sobre cómo el ciudadano Enric Marco llegó a ser el impostor Enric Marco: el mentiroso que se inventa otra vida, o vidas, y que reclama su derecho a que sean consideradas verdaderas por los demás, por nosotros, y que al ser descubierto se autojustifica hasta la náusea con el argumento de que no hay que ser un deportado para ser considerado un superviviente de un campo nazi. O ese otro argumento, un tanto chusco, de que él contaba mejor “sus” experiencia en un lager que los que habían estado de verdad y que, es cierto, suelen preferir no hablar demasiado de ellas, lo que debería haber sido una pista más sobre la impostura de Enric Marco.
Aitor Arregi, Jon Garaño, y su coguionista habitual José Mari Goenaga, han sabido urdir un buen guion para contarnos la historia de Enric Marco más allá de sus mentiras y de su impostura, yendo a la raíz, quitando la broza tras la que ocultó su pasado, y consiguiendo que lo veamos ante su propio espejo, o moviéndose en su ámbito familiar (ajeno a su mentira), o en su desenvolvimiento social, con su trabajo de divulgador en institutos y otros lugares públicos de la política nazi de exterminio, y de los deportados republicanos españoles en concreto, o su papel en la asociación Amical de Mathausen, donde vemos su afán de protagonismo, empujado por su vanidad, que le hace querer ser el portavoz en el Congreso de Diputados, o proponerse y ser elegido para ser el portavoz de los deportados supervivientes en el sesenta aniversario de la liberación Mathausen en 2005, en la que fuera la primera vez que el Gobierno español (con la presencia de Rodríguez Zapatero), estuvo representado oficialmente en ese acto. No fue portavoz porque acababa de ser descubierta su impostura.

La cinta nos enseña nada más empezar una claqueta para saber que estamos ante eso, una película, que quiere contar los hechos, intentar comprender al personaje y las motivaciones que lo llevaron a cometer su impostura. Y ahí puede rastrearse la vergüenza de un pasado personal anodino, los años de oprobio bajo una dictadura que reprimió la libertad de varias generaciones, como un caldo de cultivo para que en la transición, en esos momentos de entusiasmo, de renovación vital, Enric Marco atisbara la posibilidad de ser alguien más digno (en su fantasía), o más importante, de lo que había sido hasta el momento. La falta de documentación en ese momento, de investigaciones históricas, el hecho de que buena parte de los deportados vivieran en el exilio, facilitó que tanto en CNT como la asociación Amical se introdujera un personaje del que había pocas referencias, salvo sus propias palabras.
A continuación el film nos cuenta el momento culmen del descubrimiento de la impostura, pero al mismo tiempo retrocede a ese pasado oscuro de Enric Marco, o a sus intervenciones en actos y programas de televisión, mezclando en ocasiones imágenes de archivo con otras que son recreaciones, en una mezcla que funciona, salvo quizá algunos flashbacks que son disculpables por su corta duración. Vemos a Enric Marco con su pareja y su hija en la intimidad, al Marco que evita a otros deportados, o al historiador Benito Bermejo intentando infructuosamente contactar con él, o al Marco obsesionado por conseguir en el archivo del campo de Flossenburg el certificado que lo acredite como uno de los prisioneros: algo que no consigue porque no estuvo. Es una visión poliédrica que nos da facetas del personaje, de su narcisismo, de su afán por construirse un personaje coherente y justificarlo. Es alguien que siempre se autojustifica. Alguien sin sentimiento de culpa. Alguien peligroso.
Marco, el film, sería inconcebible sin Eduard Fernández. Le acabamos der ver en El 47, donde “es” Manuel Vidal, el sindicalista que condujo (subió) un autobús a su barrio, y ahora es Enric Marco: su cara, su cuerpo, sus andares, la mirada, la dicción (tan importante), nos hacen confundir a la persona (Enric Marco) con su intérprete en esta película (Eduard Fernández). Está inmenso. Eduard Fernández ha comentado estos días que “para interpretar a un personaje como Enric Marco es mejor un actor que haga de Enric Marco, porque hay partes de su vida que él mismo disimula, oculta y sobreactúa. Mi reto en Marco era hacer esa sobreactuación sin que pareciese que yo sobreactuaba, sino que era el personaje quien sobreactuaba”. Un reto monumental, como dice él mismo, que está conseguido totalmente.
Los directores Aitor Arregi y Jon Garaño han demostrado con Handía (2017) o La trinchera infinita (2019), que saben combinar el rigor narrativo con la emoción, y mezclar, si el caso lo requiere, la ficción con material documental, integrándolo de forma coherente, iluminadora, para dar mayor fuerza y veracidad a lo que nos están contando. O inventar algún episodio como el encuentro imposible entre Benito Bermejo y Enric Marco, donde este le proponía escribir un libro serio sobre él, y no como el de Javier Cercas, como contaba en una entrevista el historiador. Licencias pertinentes en la ficción que tiene como regla la verosimilitud.
La inclusión de fragmentos de grabaciones de archivo, da ocasión a que veamos o recordemos un episodio que suena a delirante: Enric Marco se presentó en una charla de Javier Cercas sobre su libro El impostor, y Enric Marco, que estuvo presente, acusó al novelista de ser el verdadero impostor y no él. Javier Cercas reaccionó con sorna: “mi personaje ha venido a verme”.
El personaje había devorado a la persona.
Os dejo un tráiler:
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

