Crítica exposición Juan Muñoz. Historias de arte en el Museo del Prado

Cuando los dibujos de Juan Muñoz establecen un diálogo con modelos concretos del pasado, bien reconocibles, se diría que el artista alza un espejo para asimilarlos en su obra y brindarnos un nuevo reflejo de ellos.
Javier Arnaldo
El espejo y la sombra
Catálogo Juan Muñoz. Historias de arte
Museo Nacional del Prado, 2025
Hasta hace unos años no era habitual que el arte contemporáneo entrara en el Museo del Prado. Los más puristas se echaban (y se echan, todavía) las manos a la cabeza. Ya con Sorolla (2009) se rompieron las barreras y el arte moderno entró definitivamente en las salas de la gran pinacoteca. Hubo otras exposiciones también rupturistas como la se dedicó a Pablo Picasso, en colaboración con el Museo Reina Sofía (Picasso. Tradición y vanguardia) o Francis Bacon (2009) o muy recientemente Zóbel (Zóbel. El futuro del pasado. 2022).
Juan Muñoz (1953 – 2001), está considerado como uno de los artistas españoles más influyentes del arte contemporáneo. Desde la propia institución madrileña utilizan el verbo regresar para comunicarnos que el artista utilizó el propio museo como fuente constante de inspiración. Ahora el Museo Nacional del Prado se abre al arte moderno con la exposición «Juan Muñoz. Historia de arte». En su obra se aprecia una relación conceptual persistente con el arte y la arquitectura renacentista y barroca en su manera de abordar la perspectiva, la composición y la puesta en escena.
La exposición reúne instalaciones, esculturas, libros personales, armarios a modo de gabinetes con pequeñas figuras y grabados que revelan la profunda conexión que el artista mantuvo con los grandes maestros del Prado, como Velázquez y Goya, y con las tradiciones del Renacimiento, el Manierismo y el Barroco. Se encuentran en las salas de la ampliación del museo (destinadas a las exposiciones temporales) y repartidas en algunas de los lugares icónicos del Prado como la galería central o la sala donde se encuentra la obra emblemática de Goya: Las meninas. Está comisariada por Vicente Todoli, quien fuera director de la Tate Modern (2003 – 2010) le encargó a Muñoz la instalación Double Bind y comisarió en 2015 en Milán, en Pirelli Hangar Bicocca, Double Bind and Around. La muestra cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Madrid, a través de su Área de Cultura, Turismo y Deporte.
Con obras emblemáticas como The Prompter (El apuntador), Conversation Piece (Tema de conversación) o The Nature of Visual Illusion (La naturaleza de la ilusión óptica), el recorrido propone una experiencia en la que el visitante se enfrenta a figuras silenciosas que parecen observarle desde un universo suspendido entre la ilusión y la realidad. Algunas de ellas se encuentran en pequeños espacios con el suelo con baldosas hipnóticas con dibujos geométricos como sustento de su obra escultórica, tan característicos en la obra de Juan Muñoz que te da apuro pisarlos. Son los propios vigilantes del museo los que te invitan a entrar haciendo de guías improvisados.
Antes de entrar al museo ya podemos contemplar una de las obras/instalaciones de Juan Muñoz. Se trata de Trece riéndose unos de otros (2001). Son cuatro bloques de gradas en la que estos personajes parecen reírse de no se sabe muy bien qué o de quién, en distintas posturas (algunas imposibles por su acrobacia). Se encuentra en la explanada de la puerta de Goya. Hace referencia al desafío técnico de las primeras esculturas con varios personajes combinados entre sí. Hay quien ha visto una clara influencia en el grupo escultórico Laocoonte y sus hijos y la influencia que ejerció entre los distintos artistas del Renacimiento y el Manierismo. O… tal vez nos está invitando a que no nos tomemos esto del arte como una cosa seria.
La exposición propone un recorrido por la obra de uno de los escultores más singulares del arte contemporáneo, cuya práctica estuvo marcada por el ilusionismo, la teatralidad y la arquitectura como espacio de ficción. Influenciado por Borromini, Bernini, Velázquez y Goya, entre otros, Muñoz creó escenarios donde el espectador se convierte en actor, testigo y protagonista de escenas cargadas de tensión psicológica y misterio.
Nacido en 1953 en Madrid, donde siempre mantuvo su estudio, Juan Muñoz es inseparable de su ciudad y, dentro de ella, del Museo del Prado, que visitó toda su vida y fue una fuente constante de inspiración. Esta exposición revela la conexión entre un artista contemporáneo y la historia del arte, que Muñoz estudió con pasión y de manera desjerarquizada desde joven. Sus visitas al Prado lo convirtieron en admirador de los grandes maestros, cuyas lecciones mezcló con irreverencia, afirmando: «Puedo tomar de los artistas anteriores lo que quiera y lo que necesite… No tengo ningún problema en reconocer que la Dama de Baza es tan importante para mi obra como un tubo de neón: de la historia del arte robo todo lo que puedo».
Escultor alimentado conceptualmente por la pintura, Muñoz confesó su intención de que su obra conservara los elementos ilusionistas de esta. De los artistas del Renacimiento adoptó una de sus principales preocupaciones: cómo situar al espectador en relación con la totalidad de la obra, «en relación con el momento de la creación del maravillarse». Inspirado especialmente en el Manierismo y el Barroco, experimentó con la distorsión de las formas, la manipulación del espacio y la tensión entre espectador y objeto. Aprendió de Borromini y Bernini a concebir la arquitectura como un marco teatral, capaz de provocar tanto la creencia como la desorientación: «Creo que a los grandes artistas del Barroco se les pedía lo mismo que a los artistas modernos: construir un lugar ficticio. Hacer el mundo más grande de lo que es».
Enigmáticas figuras a escala humana abundan en su obra, dispuestas en relación unas con otras en escenarios íntimos o deambulando en grupos. El espectador las encuentra congeladas en actos misteriosos o con la boca entreabierta, como si se hubieran quedado mudas a mitad de una frase. Los avatares de Muñoz evocan la escultura griega clásica a la vez que dialogan con los textos absurdistas y existencialistas de Borges y Beckett.

Colección particular. Foto ©Museo Nacional del Prado.
A mediados de los años ochenta del siglo XX comenzó a incorporar suelos ópticos en sus instalaciones, evocando los de Borromini, pero también estructuras minimalistas a la manera de Carl Andre, concebidas para ser recorridas. Continuó utilizando la arquitectura como parte integral de su obra, creando entornos dramáticos que envuelven al espectador. Obras como The Prompter o The Nature of Visual Illusion aluden a los dispositivos teatrales del Barroco, convirtiendo al visitante en actor y testigo a la vez. La maestría del artista se nos desvela en esta primera obra (El apuntador, 1988). Ese suelo con las baldosas geométricas son creadoras de una ilusión óptica destinadas a dar profundidad a la sala y a engañar a nuestro ojo (como el propio arte ilusorio teatral). Muñoz nos esconde a la figura, al apuntador, en la concha escénica. Sabemos que está ahí, pero no la vemos de forma frontal (también sucede con alguna otra como es el caso del Ventrílocuo). Y la segunda escultura o grupo de esculturas (La naturaleza de la ilusión visual, 1994 – 1997) nos invita a establecer un diálogo con ellas, pero también es una clara alusión a la incomunicación que nos asola en estos tiempos. Ese aislamiento del individuo, cada uno con su pesadumbre sobre los hombros, cada uno con su soledad. Nos invita a interesarnos por ellos, a ofrecerles nuestro abrazo amigo. Consciente de ese aislamiento, el artista ha situado unas cortinas para cerrar el espacio y crear un ambiente más acogedor, más familiar.
Otro motivo recurrente en su trabajo son los balcones, que remiten tanto a los de Manet y Goya como a los de hierro forjado de las calles madrileñas. Para Muñoz, el balcón era «una metáfora de mirar aquello que te mira», un escenario de observación recíproca.
Influenciadas por Giacometti, las Conversation Pieces que desarrolló a lo largo de su carrera fueron concebidas de forma no naturalista, despojadas de asociaciones reconocibles para construir escenas de intensa carga psicológica. Iniciados en 1991, estos grupos de figuras de rostros idénticos y gestos individuales parecen conversar entre sí e invitar al espectador a formar parte de la escena, pero terminan rechazando su entrada y obligándolo a sentir su propia presencia en el espacio.
Los ecos de Velázquez y Goya resuenan en toda su obra, desde los espejos que implican al espectador —como en Five Seated Figures, evocando Las meninas— hasta las escenas de absurdo silencioso que recuerdan los Caprichos o los Desastres, dramatizando esa fina línea entre la risa y el sufrimiento que tanto fascinó a Muñoz y que aprendió de Goya.
El Museo del Prado ha querido hacer un guiño y ha colocado, frente a Las meninas; la obra Sara con mesa de billar (2001). Es curioso, en este mundo donde ver si ser visto cobra más importancia que nunca, observar, desde atrás, a Sara con su mesa de billar y al fondo un grupo de curiosos turistas que se han situada frente al cuadro de Velázquez dando la espalda a la obra de Juan Muñoz. De esta manera quienes han ideado la exposición nos proponen un juego de espejos que tanto gustaba a Juan Muñoz. La figura de una mujer con acondroplasia está situada frente a los enanos de Las meninas. Ella mira la mesa de billar, donde hay colocados unos dibujos suyos, y mira a los personajes del cuadro.

Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Foto ©Museo Nacional del Prado.
En esta obra (Five Seated Figures, 1996) el artista nos invita al juego. Por un lado, quiere que formemos parte de la instalación al situar un espejo frente a nosotros y así ver nuestro cuerpo rodeado de las cinco figuras. Pero también está colocado, el espejo, de tal manera que entra a formar parte de la obra la obra que se encuentra en la sala de enfrente: un malabarista haciendo acrobacias apoyándose con la nariz rota sobre una botella. Solo un participante en la reunión vuelve la cabeza para mirarlo sin ojos. Las figuras no se miran entre sí, no se hablan. Las reuniones de estatuas de Muñoz me remiten al Beckett que decía que hablarse es una mentira y que lo único que se comunica es que es imposible comunicarse.
Otra obra nos muestra a una pareja, Staring at the sea III (1997 – 2000) que porta una máscara de cartón y se asoma juguetonamente a un espejo —uno detrás de otro, como a punto de decirse algo—. Ambos personajes se encuentran enmascarados y si nos acercamos nosotros por detrás, aparecerá nuestro rostro detrás de el de ellos, expuesto, como si nos hubieran pillado, sin máscara. La máscara actúa como una seña de la fragilidad de nuestra identidad.
A comienzos de los años 90, Juan Muñoz, comenzó a producir obras con un carácter narrativo que rompían las estructuras tradicionales en la escultura tradicional. Es decir, fue un innovador en sus instalaciones, con figuras de un tamaño ligeramente inferior al natural, y distribuidas tanto en ambientes cerrados como al aire libre. Un ejemplo de estas últimas son las que nos reciben en el Museo del Prado en su acceso por la puerta de los Jerónimos. Sus instalaciones a menudo invitan al espectador a relacionarse con ellas, a caminar entre ellas, dejando de sentirse espectador para discretamente entrar a formar parte de la instalación. Sus figuras monocromáticas, gris plomo o color cera, ganan en discreción, en universalidad por su falta de particularización, pero esa ausencia de individualidad nos cuestiona y, tal vez, hasta nos incomoda.
Antes de entrar en la sala D de los Jerónimos, como suele ser habitual ya en las últimas muestras, nos acercamos más a la figura del genial artista por medio de material de archivo, de unos objetos personales del autor. En este caso se trata de una pequeña muestra de los libros que conformaban parte de la biblioteca que fueron referencia para el artista y que nos lleva a pensar en sus estudios de arte. En la propia sala D, encontramos una serie de pinturas en tela negra y realizadas con tiza que nos recrea un espacio mágico, enigmático. En esos lienzos los objetos parecen estar suspendidos en el aire. Son de una simpleza genial. En el centro encontramos una serie de armarios con estanterías que contienen un sinfín de objetos que vienen a ser como proyectos a una escala muy pequeña que te da la dimensión de la capacidad de trabajo de este artista. Posiblemente sean inspiraciones de los gabinetes de curiosidades barrocos de los que el artista se empapó siendo fiel a su máxima en la que decía que el robaba todo aquello que podía del mundo del arte (para su inspiración –todo lo que quiero y necesito-según palabras del propio comisario Todolí).
A lo largo de la exposición nos encontraremos que Muñoz utilizó un sinfín de materiales para llevar a cabo su propósito. Desde la tiza sobre pizarra, bronce, madera, metacrilato, hasta el óleo en sus lienzos o pasando por la resina de poliéster, para conformar esas figuras humanas tan reconocidas ya con un estilo con una identidad propia. Los materiales están al servicio del artista para conformar esa engañosa ilusión, esa teatralidad que caracteriza su obra. Una obra pletórica, irreverente, transgresora de la mano de un artista con una gran creatividad y humanismo que trascendió la estética de su tiempo.
Su muerte súbita y prematura, a los cuarenta y ocho años de un aneurisma de esófago, privó al arte español de ver la evolución de uno de los artistas más importantes e internaciones de los últimos años. Un buen homenaje acudir a la exposición Juan Muñoz. Historia de arte de un hombre que fue un estudioso del arte pasando por comisariar exposiciones hasta convertirse en artista, creador de su propia obra.
Os dejo un vídeo del montaje de la muestra elaborado por el museo del Prado.
También te puedes descargar esta entrada en artículo (irá publicado en Revista Atticus 48, de pronta publicación).
Luisjo Cuadrado
Revista Atticus
