Obituario – Robert Duvall (1931 – 2026): momentos de calma – Carlos Ibañez

La vida impone su ley y cierra el paréntesis en 2026 del gran actor Robert Duvall, el hombre que siempre conservó la calma, siempre aplicó la economía gestual a sus personajes, a lo que colaboró su magnífica voz, a ratos susurrante, pero siempre inteligible; y siempre regaló interpretaciones para enmarcar, en grandísimos proyectos o en películas de presupuesto ínfimo, pero a las que dejaba su genuino sello inconfundible.

Duvall, hijo de un oficial de la Armada estadounidense, por eso nació en san Diego, donde su padre tenía base, y una actriz aficionada de origen francés y antepasados también militares, se remontaba hasta el general Lee, el comandante en jefe de la Confederación; siempre dijo que su vida no era militar, aunque sirvió a principios de los años cincuenta comentaba que aquella época fue la más terrible de su vida, cosa que aplicó a su trabajo cuando éste así lo exigía, evidentemente a todos los cinéfilos nos viene a la cabeza el coronel Kilgore y su monólogo sobre el naftenato de gel y su aroma a victoria, matiz racista incluido, pero también lo usó para ese policía que quería salvar del desastre de una vida tirada por un mal día que sufría Michael Douglas o, especialmente la suavidad al hablar de legiones romanas a Pentangeli para explicarle todo sin decir nada para salvar su honor. Eso, tal y como dijo, lo aprendió en el ejército.

Con la edad pasó a ser uno de esos actores que dan una pátina de calidad a cualquier proyecto con secundarios de lujo, bien matizados y mejor pagados y eso le hizo concebir la interpretación como un oficio, nunca como un lugar para la gloria. De hecho, siempre odió la palabra estrella y todo lo que eso suponía. Negociaba sus contratos por el criterio de la calidad de su personaje, no de la película, especialmente tras ganar el Óscar por Tender mercies, cuando la Academia se había dado cuenta ya de su increíble injusticia con el hombre que había dado cuerpo y gesto a algunos de los mejores roles de los años setenta, desde el proscrito huido de la joya de la ciencia ficción THX 1138, de George Lucas, hasta ese coronel de caballería aérea de Apocalypse now, sin olvidar sus dos sensacionales papeles como el hermano adoptado irlandés y abogado de los Corleone en las dos primeras entregas de El Padrino, a la tercer dijo no tras enterarse de lo que cobraba Al Pacino y la diferencia respecto a lo que Coppola le había ofrecido a él, además de dar la réplica con acierto y en un duelo de economía gestual con Clint Eastwood en la interesante Joe Kidd, película minusvalorada en su época y que cuenta algo muy interesante sobre la justicia cuando no hay justicia, un western revisionista del siempre efectivo John Sturges donde Eastwood aprendió sobre los tiempos para cada escena (dicho por él mismo) y Duvall a bordar su papel como un auténtico cabrón, cosa no muy difícil, comentó en una entrevista para una revista años más tarde porque Nixon y Kissinger ocupaban la Casa Blanca.

No debemos olvidar que Robert leía sus papeles en primer lugar y después el guion al completo y esto le llevó a nunca equivocarse en los matices dados a cada uno de sus personajes, sabedor que no podía ni debía usurpar planos a sus compañeros de escena, pero tampoco permitir que se los quitase a él. Hasta Brando respetó esto y se lo hizo saber a Coppola, quien le alabó, casi una década más tarde, cuando era el único que conservaba la calma en el medio de ese maremágnum que fue el rodaje de Apocalypse now. Siempre que aparecía en la selva flotaba un ansiolítico y todo se hacía en una o dos tomas porque Robert tenía claro qué había que hacer, como había que hacerlo y cuánto tiempo podría durar la escena en medio de ese calor húmedo y pegajoso de Filipinas que estuvo a punto de acabar con medio equipo. Por desgracia no se lo recompensó con un buen contrato y un gran papel en la despedida de El Padrino, pero como bien decía Michael Corleone al cardenal que luego sería Juan Pablo I: “es muy peligroso ser honrado en estos tiempos”, y Robert lo fue, pero no se puede decir lo mismo de Coppola y su visión megalómana de cada una de sus producciones. Aquello no les enemistó, pero sí que marcó un distanciamiento durante los primeros años noventa.

Duvall había iniciado su carrera cinematográfica, tras sus primeras apariciones televisivas, como el personaje de la pura ternura que es el introvertido y carente de maldad Boo Radley, papel por el que fue reconocido tanto por la crítica como por los directores de reparto de todas las productoras de California. De hecho, la Brentwood, capitaneada por Gregory Peck, le ofreció un secundario de lujo en Capitán Newman, película complicada cuando el tono belicista alcanzaba uno de sus puntos más altos tras la catástrofe de Bahía de Cochinos y los escarceos, cada vez más claros, de Estados Unidos en el sureste asiático, y en la que sus principales valedores fueron reconocidos por sus interpretaciones y hasta Bobby Darin, el cantante, recibió una nominación como mejor secundario, aunque lo más reconocido, aún hoy, es el magnífico guion adaptado.

El actor que nunca quiso ser estrella se fue a la televisión en el sesenta y seis y no volvió a ella hasta 1980, cuando encarnó a Eisenhower en Ike, donde exhibió todo su temple y su saber hacer sin perder el matiz de aquel militar que se equivocó en muchas cosas, porque era más diplomático que general, como diría Patton, pero que supo hablar con aquellos que iba a morir sin tratarles como tontos ni como carne de cañón, sino como los muchachos que regaban la libertad con su sangre (qué lejos estamos ahora de reconocer esa palabra en su justa medida, y no me refiero a sangre). Sólo volvió por mucho dinero, como él mismo bromeaba, para hacer de Stalin en la miniserie homónima que tan excelentes críticas le valieron y que mostraba lo que es un tirano, independientemente de la excusa que ponga como bandera. Dijo que había leído no sólo sobre el seminarista metido a genocida, sino sobre otros tantos asesinos, tales como “Pol Pot, Franco o Hitler, eso me hizo comprender que la felonía y el sadismo llevado hasta sus últimas consecuencias no tiene mucho que ver con las ideologías, sino con lo enfermizo del personaje y quienes le rodeaban”, dijo en televisión durante la promoción.

Fue comedido en sus declaraciones, que solía hacer con una sonrisa cuando lo que iba a contar no era agradable a todos los presentes y hasta algún ausente. Es memorable su sonrisa sincera ante Emilio Aragón cuando rodaron juntos Una noche en el viejo México y Duvall, sin perder la compostura alabó el trabajo del presentador… como músico, no como director.

Y como cada vez que fallece un grande hay que hablar de sus mejores trabajos y como ya he citado sus más conocidos y aplaudidos me voy a fijar en otros que no recibieron tanto calor, pero que me parecen imprescindibles para cualquier cinéfilo y para cualquiera que desee dedicarse a la interpretación (a un amigo mío, que acaba de lograr su primer protagonista le he aburrido con alguno de éstos):

            Network, un mundo implacable, donde trabaja en uno de los mejores elencos de la historia del cine americano y donde da potencia en cada escena a sus interlocutores haciendo un papel bisagra perfecto. Representa la deshumanización como nadie, cosa que luego potencia en su Stalin, ya comentado.

            Ha llegado el águila, película bélica donde sus tres protagonistas nos colocan siempre en la tesitura de quién es bueno y quién malo en esta historia de espías y magnicidios en esa Inglaterra que recibía V1 y V2, pero que nunca fue invadida por las tropas del III Reich. Aquí juega el papel de un oficial de la inteligencia alemana que organiza un plan para matar a Churchill y dar la vuelta a la guerra, que se encontraba en ese impase de estancamiento en el frente occidental y con el frente norteafricano cayendo metro a metro. Su coronel es impecable y sus réplicas a Michael Caine y Donald Sutherland muestran la calidad de un actor que sabe que no es bueno, pero nos cae bien, tal y como ya hizo con su Tom Hagen en El Padrino y El Padrino II.

La Peste, su papel secundario de Joseph Grand, funcionario y amigo del protagonista que no regala ni un fotograma al exhibicionismo, porque lo importante es subrayar la idea de Albert Camus, autor de la novela en que está basada, y dejar claro que la amistad y el trabajo son lo que convierte a un hombre en un ser digno y no en una alimaña.

Confesiones verdaderas, por la que fue premiado doblemente en el festival de Venecia sobre este tratamiento particular, basado en una novela de John Gregory Dunne, del terrible caso de la Dalia Negra, donde da réplica a Robert de Niro, un monseñor de la diócesis de Los ángeles, a quien parece que todo apunta como posible asesino de la actriz erótica de aquella California de posguerra, cuando los estudios trataban de atraer público más allá de películas heroicas donde siempre los japoneses eran los malos. El policía que investiga el caso, hermano del principal sospechoso y cura nos muestra el amor, la ternura y la crudeza del oficio de policía más allá del que debería mostrar el del sacerdote. Muy bien equilibrado a pesar de cierto comportamiento errático del diseño del personaje de De Niro. Esta es una de las que siempre destaco a Duvall cuando hablo o trabajo con actores.

Hay más, muchas más, pero esto es un simple obituario en el que homenajear (y agradecer) a alguien como Robert Duvall es obligado, muy a pesar de su deseo de pasar desapercibido, porque “ser actor es un oficio, no un camino hacia un trono”. Pues tu trono, aunque no lo desees, ya lo tienes.

Carlos Ibañez

Revista Atticus