Crítica película La tarta del presidente de Hasan Hadi

Ficha

Año: 2025.

Duración: 105 min.

País: Irak.

Título original: Mamlaket Al-Qasab (Reino de los juncos).

Dirección: Hasan Hadi.

Idioma original: árabe. VOSE.

Guion: Hasan Hadi.

Fotografía: Tudor Vladimir Panduru.

Reparto: Baneen Ahmad Nayyef, Sajad Mohamad Qasem, Waheed Thabet Khreibat, Rahim Alhad, etc.

Producción: coproducción entre Irak/Estados Unidos/Catar. Maiden Voyage, Missing Piece, Spark Features, Working Barn Productions.

Premios: Cámara de Oro a Mejor ópera prima en Cannes 2025 y Premio del público de la quincena de cineastas. Candidata o nominada a Mejor película internacional por Irak en los Oscar de 2026.

Género: infancia, educación, dictadura, invasión, 1991.

Sinopsis

Mientras el común de la gente lucha por sobrevivir en el día a día del Irak de Sadam Hussein, el maestro de una escuela rural sortea qué regalos deben entregar los alumnos en clase para celebrar el cumpleaños del dictador. A una niña de nueve años, Lamia, le toca en suerte tener que hacer una tarta. Lamia vive con su abuela, Bibi, en una cabaña de cañizos en las marismas mesopotámicas del sur del país. Son pobres, viven con lo justo, pero se verán obligados (bajo amenaza de castigos) a conseguir los ingredientes de la tarta (azúcar, harina, huevos, levadura), mucho más caros y escasos debido a las sanciones internacionales vigentes en 1990. Se inicia una carrera de dos días por parte de Lamia, de un amigo, de su abuela, acompañados por un gallo, para conseguir ese objetivo salvador de males mayores.

Critica

Lamia, la niña de nueve años, vive con su abuela Bibi y un gallo llamado Hindi en una cabaña en las marismas de la antigua Mesopotamia, donde confluyen los ríos Tigris y Éufrates, cuna de las primeras civilizaciones. Sus pobladores son conocidos como los árabes de las marismas, acostumbrados a vivir en el agua, como otros en las arenas del desierto. Cada mañana Lamia se traslada en una barca hasta la escuela; en ocasiones acompaña por su abuela, un anciana generosa en los hechos y recia en el trato, por la que han  pasado los años, pero también las mil y una experiencia de la una vida dura y trabajosa. Es la depositaria de leyendas que, en ocasiones, cuenta a su nieta, algunas de las cuales provienen directamente del Poema de Gilgamesh, una de las primeras epopeyas conservadas de la humanidad.

En el Irak de 1990 el maestro, que se considera o finge ser un soldado de Sadam Hussein, obliga a los niños, por sorteo, a llevar a la escuela un regalo para celebrar el cumpleaños del tirano. A Lamia le toca el más difícil, el más caro: hacer una tarta en honor del rais. Tiene dos días para conseguir los ingredientes, en un país en el que las sanciones internacionales tras la invasión de Kuwait, han disparado la carestía de la vida o donde, directamente, productos como el azúcar son casi inencontrables.

El director Hasan Hadi, en su primer largometraje, ha elegido la mirada de una niña y la mirada un niño, Saíd, su amigo, para contarnos esa otra epopeya cotidiana como es la supervivencia en una dictadura, con su grotesco culto a la personalidad de Sadam Hussein. Un ególatra  al que le hicieron una colosal tarta (casi del tamaño de un zigurat) para celebrar su cumpleaños en palacio. Tartas que también le tenían que hacer los niños en las escuelas del país, para que las comieran en su honor el maestro o la autoridad competente del lugar. De este hecho, que abre y cierra la película con imágenes de archivo, procede el titulo de la película en Occidente, y no el original, más lirico y descriptivo, de “Reino de los juncos, o de las cañas, o de los carrizos”, para referirse a la región de las marismas donde viven los personajes de la película.

Para cumplir su encargo, con esa seriedad y constancia que solo los niños pueden poner en sus tareas, Lamia emprende la búsqueda de los ingredientes en la cercana ciudad. Lo hace con su abuela, que se ha prestado a ayudarla, temerosa de las consecuencias de no cumplir con la obligación impuesta, y que lleva el poco dinero que tiene y otros objetos (una radio, un reloj de bolsillo), para hacer trueques. También tiene otro propósito, casi piadoso, pero no conviene desvelarlo.

Lamia, con su amigo Said, o sin él, siempre acompañada por su gallo Hind, su mascota en una sociedad que convive con animales que no lo son, emprende su periplo como una “ladrona de Bagdad” propia de Las mil y una noche, para conseguir harina, azúcar, huevos y levadura. Es un periplo donde Lamia no roba, por supuesto, salvo en defensa propia. Un periplo picaresco, no porque ella lo sea, sino porque la sociedad por la que se desplaza es una  sociedad llena de corrupción, de picaresca institucionalizada, desde las fuerzas del orden que piden “donativos”, hasta los distintos mercaderes que se quieren aprovechar de que sea eso, una niña, de la que pueden abusar. Abusos que también abarcan los sexuales o de pederastia, en lo que la película es valiente.

Siendo un film realista, hasta hiperrealista, que rememora el neorrealismo italiano en aquellas películas con niños como El limpiabotas (1946) o El ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica, o algunas películas más cercanas en el tiempo y en el espacio como Dónde está la casa de mi amigo (1987), de Abbas Kiarostami, la mirada de Hasan Hadi es otra: en ella la realidad se funde con una tradición autóctona de contadores de historias, en la tradición de Las mil y una noche, en la que no se esconden las crueldades de la vida: los abusos de los prepotentes, la muerte como presencia constante o la misma fragilidad de la vida. Engarzados esos hechos, como en toda buena historia, con las alegrías, los juegos y las casualidades (un cruce de personas en una comisaría), las pérdidas (la del gallo), los encuentros (Lamia y su amigo Saíd), los ángeles guardianes (un cartero providencial) en un mundo de gente depravada, o los milagros (¿el gallo salvado del cuchillo de un carnicero?). Son cuentos engarzados, como en la ya citada Las mil y una noche, o en los capítulos del Lazarillo de Tormes protagonizados por un niño en los primeros tratados de la novela, con sus vicisitudes, bromas y desgracias.

Unos niños iraquíes de principios de la década de los noventa (s. XX), que no eran tratados en la escuela que hemos conocido al principio de la película como eso, como niños. Como ningún niño en la sociedad que les ha tocado en suerte vivir. Cuando al maestro de escuela Antonio Benaiges[i], en la Castilla de la II República, le preguntaban cuál era la función de la enseñanza, su respuesta (coincidente con el método pedagógico que practicaba) era: “que los niños sean niños”. Algo negado o imposibilitado en la mayoría de las sociedades del pasado, en lo que llamamos Occidente, y en el presente en el resto del mundo. Esto niños, Lamia, Saíd, o sus compañeros de clase, son obligados a “inventarse” los regalos para celebrar el cumpleaños de Sadam Hussein, son maltratados dentro y fuera de la escuela, navegan entre la cruda realidad y sus fantasías. Son niños que aprenden “latín” en las calles, y saben engañar y robar, si es necesario, para sobrevivir, pero que siguen jugando como lo que son. Lamia y Saíd comparten un juego muy serio: mirarse a los ojos y aguantar todo lo pasible sin pestañear. Una metáfora sobre la realidad en la que viven.

Los intérpretes no profesionales, naturales, tal como se denomina ahora, son fundamentales para sostener la historia: la de Banen Ahmed Nayed, como Lamia, capaz de expresar su fragilidad y su determinación, su desconcierto o su amor a su abuela y a su gallo mediante su sola mirada. O como su abuela, Bibi, ejemplo de entereza, dispuesta al mayor sacrifico por el bien de su nieta, impertérrita ante la cámara. Un elenco impresionante para una película coral, con muchos personajes bien definidos.

Hasan Hadi es iraquí y ha estudiado cinematografía en Estados Unidos, donde ha conseguido el apoyo del Festival Sundance para la realización de su película. Un guion con un tratamiento exhaustivo para abordar todas las cuestiones que le interesaban contar al director y que a la vez hicieran la historia fluida, con sus momentos de emoción y otros más intimistas, con sus malos tragos o con sus instantes de alivio. Ha contado con un director de fotografía como T. V. Panduru (R.M.N., 2022, de Cristian Mungiu), que ha sacado todo el partido de las luces de las marismas y, en contrate, ha fotografiado con realismo, o hiperrealismo, una ciudad como puede serlo Basora, con su tráfago vital, sus locales cochambrosos o las sórdidas comisarías de la época.

En este tratamiento del guion o en el uso de la fotografía se distancia tanto del neorrealismo como del cine iraní representado por Abbas Kiarostami. Cambia la mirada, por tanto cambia el tipo de cine que vemos. No así en los contenidos sociales o en los personajes, pero sí, por ejemplo, en no rodar sobre el presente, como lo hizo un Vittorio de Sica, o sigue haciendo un Jafar Panahi en Un simple accidente (2025). Hasan Hadi narra el pasado. No pudo hacerlo sobre la época que narra, como es obvio, por edad; pero este hecho, contar el pasado, también cambia la perspectiva de la mirada.

Lo sabemos y nuestra mirada se adapta lo que vemos, a lo que nos ofrecen. Un historia, la de esta película, que puede (es mi experiencia) provocar un nudo en el estomago desde el principio al final de la proyección, a pesar de las formas suaves (casi de cuento)  con la que está contada, pero sobre un fondo durísimo. Una película capaz de conmovernos en muchos momentos, sin sentimentalismos ni blandenguerías, que nos ofrece una historia de un país del que sabemos más (cosas del cine) por las peripecias y desgracias de sus invasores, que por la de aquellos que vivían y sufrían al tirano de turno y a los invasores que querían llevarles la democracia a bombazos.

La película finaliza porque toda historia debe tener un desenlace, pero realmente no ha acabado para estos niños, Lamia y Saíd,  que se miran a los ojos: el estruendo de unos aviones de combate y de unos estallidos así nos lo recuerdan.


[i] Sobre Benaiges, su persona y su labor en la escuela de la Bureba, siempre recomiendo Escritos de vida. Publicaciones de los niños y niñas de la Escuela de Bañuelos de Bureba (como sabe el director de Atticus). Como resulta imprescindible leer Aquel mar que nunca vimos, del añorado José Antonio Abella, sobre Benaiges y los niños de esa escuela. O ya puestos, ver la película El maestro que nos prometió el mar (2023), de Patricia Font, que se proyecto en la SEMINCI de 2023.

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus