Crítica película Un simple accidente de Jafar Panahi – Gonzalo Franco Blanco

Un simple accidente

Ficha

Año: 2025.

Duración: 105 min.

País: Irán.

Dirección: Jafar Panahi.

Idioma original: farsi. VOSE.

Guion: Jafar Panahi.

Fotografía: Amin Jaferi.

Reparto: Ebrahim Azizi, Madjid Panahi, Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Hados Pakbaten, Delmaz Najafi, George Hashemdeh.

Productora: Les Films Pelléas, Didibul Productions, Jafar Panhi Films, Pio&Co, arte France Cinéma.

Premios: Palma de Oro en Cannes 2025.

Género: drama, venganza, opresión política, torturas.

Sinopsis

Un incidente de tráfico y el azar, desencadenan un reencuentro inesperado y una cadena de hechos y de decisiones, de vida y de muerte, a tomar o a no tomar. La película de Jafar Panahi (última Palma de oro en Cannes) nos interroga también a cada uno de nosotros sobre lo que haríamos en una situación parecida a la planteada en la película: ¿vengarse o no hacerlo?, ¿arriesgar una vez más la libertad, nuestra vida corriente, o mirar para otro lado y seguir tranquilos?, ¿convertirse en lo mismo que se desprecia o resistirse a ello? Panahi ha tenido que rodar su película en la clandestinidad. Acumula varias sentencias de cárcel -con una de ellas estuvo dos años encerrado- y llevaba quince años sin poder salir de su país hasta hace unos meses. Y le queda humor, un tanto negro, para resistir y realizar cine.

Crítica

Jafar Panahi ha decido realizar una película donde se libera de casi cualquier cortapisa que todo creador debe plantearse al realizar cine (o cualquier otro arte) en un régimen teocrático y dictatorial. En cualquiera. Ha sido condenado a cárcel, ha permanecido en prisión dos años y ha estado otros quince sin poder salir de su país. Y ha tenido que hacer su última película en la clandestinidad. Esto lo intuimos en seguida porque las dos mujeres protagonistas no llevan velo delante de las cámaras y solo se lo ponen a la remanguillé cuando están en la vía pública. Jafar Panahi ya hizo una película dentro de un taxi (Taxi Teherán, 2015) porque no podía pisar la calle, y otra en su casa y sin salir de ella, cuando estaba en arresto domiciliario (Esto no es una película, 2011), y Los osos no existen, que pudimos ver en la SEMINCI de 2022, la dirigió a distancia, desde una frontera, con el equipo en el otro lado de la raya.

Por supuesto que Un simple accidente es una película política, una autopsia sobre un régimen déspota y represor como es el iraní; y a la vez es una parábola sobre las tiranías en general, sobre las presentes y las pasadas, sobre el sufrimiento infringido por los victimarios y sobre las heridas que sobrellevan las víctimas y su forma de afrontarlas cuando no hay cauces democráticos. En eso es universal, tan actual, que lo que cuenta nos incumbe, y vale para cualquier sociedad donde se tortura y asesina, o se ha torturado y asesinado sin encontrar a posteriori verdad, justicia y reparación.

Es una película muy meditada por el cineasta desde varios puntos de vista creativos: en el conceptual (el sentido o sinsentido de la venganza), en el narrativo (contar bien una historia ante todo), en el tono (hay humor negro y toques propios de un melodrama) y en la puesta en escena: desde la misma introducción, siguiendo con un in crescendo sostenido que aumenta la tensión dramática, hasta un desenlace tan sencillo como genial. Quizás este desenlace, tan acertado, solo esté al alcance del perseguido político que ha vivido la experiencia de oír unos pasos que se acercan a su puerta para detenerlo.

El azar también tiene su papel. Seguramente los protagonista de esta trama, tres hombres y dos mujeres, seguirían con su vidas cotidianas si un coche con tres pasajeros no hubiera tenido un pequeño incidente y hubiera tenido que detenerse para pedir a una persona el teléfono de un taller. Lo que hemos visto hasta ese momento entra en la normalidad de un país como Irán: un hombre conduciendo, de carácter afable (como en La semilla de la higuera sagrada, de M. Rasoulof, 2024), una mujer con su hiyab (incluso dentro del coche), y una niña consentida que escucha una música que me suena a rave chií. Los detalles son importantes: apreciamos un retrato de la sociedad iraní más conservadora en esa primera toma. El cine es un arte visual nos recordaba Pere Gimferrer cuando escribía sobre el séptimo arte. ¡Ya lo creo!

Hecha la presentación, una vez que el azar ha jugado sus cartas, y un hombre ha creído reconocer a su torturador por una perceptible cojera, viene la cuestión conceptual: el de la legitimidad de la venganza. Y el de la mecánica de la venganza. Todos podemos ser asesinos pluscuamperfectos en la imaginación, pero debe resultar más difícil serlo en la práctica, a sangre fría. Uno de los protagonistas de la película, en un primer momento de ira, no tiene ninguna duda sobre la legitimidad de su venganza particular.  Si algo le frena para realizarla es la duda de si la persona sobre la que quiere vengarse es quien es o no lo es.  También si esa persona puede reconocer lo que es (un torturador, un asesino,) y hasta si cabe que pueda arrepentirse  y pedir perdón y este pueda ser aceptado por sus víctimas o no.

A partir de aquí se produce el in crescendo, pues de forma un tanto inconsciente irá buscando a personas que han sufrido sus torturas y que pueden reconocerlo. Dos de ellas son mujeres: una es una fotógrafa y la otra una chica vestida de novia, junto a su prometido, a los que está haciendo las fotos para el álbum del evento. El quinto personaje es un médico un tanto atrabiliario, pero el único capaz de certificar sin duda que el torturador es quien es precisamente por la pierna que le falta al torturador.

Jafar Panahi va hilando ese in crescendo con un ritmo endiablado que no permite al espectador un momento de distracción, metido en una vorágine de traslados en una furgoneta y de diálogos entre los protagonistas, siempre al borde del estallido o de la ruina, pues lo que se están jugando es muy grave: su vida futura. Panahi, consciente de que hasta en los peores momentos surge la risa o la situación absurda, ha introducido algunos elementos que dan lugar a situaciones de humor negro. No  ha pretendido hacer una comedia, pero en el interior del drama ha colocado esas cargas de profanidad que no vuelven grotesco lo que les ocurre a los personajes, sino al régimen que los causa con su censura. La novia con su vestido blanco es como una contradicción, un absurdo, en medio de los acontecimientos. La corrupción imperante se aprecia en unos seguratas que llevan un datáfono para cobrar las mordidas. Es un humor involuntario (como suele serlo el mejor) que surge de esa contracciones. En la película dos de los personajes citan a Esperando a Godot de Samuel Becket, pero nosotros podemos recordar a El verdugo, de Berlanga cuando al verdugo le sostienen dos carceleros que le llevan al cadalso donde se halla el garrote vil.

La película es una reflexión sobre la legitimidad de la venganza cuando no hay posibilidad de reparación, pero también sobre sus limitaciones, cuando esa venganza puede equiparar a las víctimas con los verdugos. Panahi y sus personajes lo tienen claro tras el oportuno desahogo de cada una de las víctimas: no son como el torturador. Es igualmente un análisis sobre las motivaciones de los victimarios, sobre su fanatismo, que les lleva a violar a las mujeres vírgenes que torturan para impedir (si mueren) que entren en el paraíso, o su resentimiento: no es casual que el torturador haya perdido una pierna en nombre de su fe. El torturador no se arrepiente de nada, aspira a ser un mártir, pero prefiere en tanto sobrevivir y no le importa humillarse para eso. Es una de las satisfacciones de las víctimas, como la de poder elegir no ser como él. Porque los cinco personajes (encarnados por grandes actores) tienen coraje, mucho coraje.

El final es más bien un punto y seguido. Como un final no concluyente es un enorme acierto cinematográfico. Hay una amenaza latente, un marcaje, que puede cumplirse en algún momento, o alargarse en el tiempo. Como la que  Jafar Panahi habrá sentido y padecido tantas veces, esperando sentencias, oyendo pasos ante la puerta de su casa, o esperando que las autoridades le dejen salir de su país para recibir la Palma de Oro en Cannes. Quizá las artes, el cine en este caso, entre otros dones, tengan los de reparar sufrimientos e injusticias.

Nadie honrado se acordará de los verdugos.

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus