Crítica película La buena letra de Celia Rico Clavellino

La buena letra

Ficha

Año: 2025.

Duración: 110 min.

País: España.

Dirección: Celia Rico Clavellino. Sobre la novela homónima de Rafael Chirbes.

Idioma original: castellano, (con algunos diálogos en catalán subtitulado).

Guion: Celia Rico Clavellino.

Fotografía: Sara Gallego.

Música: Marina Alcantud.

Reparto: Loreto Mauleón, Enric Auquer, Roger Casamajor, Ana Rujas, Teresa Lozano, Sofía Puerta, Gloria March, Antonio Aguilar Vicente.

Productora: Mod Produccines, Misent Producciones, Arcadia Motion Pictures, RTVE, Movistar Plus, À Punt Mèdia, 3Cat.

Género: drama. Posguerra española. Represión. Años 40.

Sinopsis

En los años 40 (s. XX), una familia de perdedores de la guerra intenta sobrevivir al hambre y a la represión. Ana (Loreto Mauleón) sostiene a su familia con su trabajo diario (cuidar, cocinar, coser, etc.), manteniendo los lazos de solidaridad con sus parientes y vecinos (resistiendo, mediando, callando, etc.). La llegada de Tomás (Enric Auquer), su cuñado, a la casa familiar, tras una ausencia forzada, y de su mujer Isabel (Ana Rujas), desbaratan un delicado equilibrio en el que el principal afectado será Tomás (Roger Casamajor), el marido de Ana, y el mundo afectivo y práctico de Ana y de su familia. Una reflexión, delicada en sus formas, sobre la inutilidad del sufrimiento, sobre la mentira (y su buena letra) y sobre la deslealtad.

Crítica

Celia Rico Clavellino ha realizado una lectura de la novela homónima de Rafael Chirbes, publicada en 1992 y revisada (el final) en el año 2000. Los ámbitos familiares, los sobreentendidos y los conflictos entre sus miembros o la intimidad, son algunas de las motivaciones de la filmografía precedente de Celia Rico, tanto en Viaje al cuarto de una madre (2018), sobre la relación entre una hija que se quiere emancipar y su madre, o Los pequeños amores (2024), sobre una hija que tiene que cambiar sus vacaciones para ayudar a su madre.

En La buena letra la cineasta adapta una obra ajena por primera vez (la novela de Chirbes) y hace su lectura de la misma, donde confluyen el interés de la cineasta por el ámbito de la intimidad familiar con el mundo del novelista y su interés en las historias personales y cotidianas y no tanto por la Historia como narración de grandes hechos. Una intimidad familiar que en el ámbito de la posguerra española (que seguía siendo la continuación de la guerra) estaba vinculado irremisiblemente también a lo social y a lo político.

Y no porque en las películas anteriores Celia Rico no hubiera un trasfondo social, que lo había, sino porque en la década de los cuarenta, lo personal, lo familiar, estaba contaminado por los desastres de la guerra, por las división efectuada por los ganadores entre ellos y los vencidos, por la represión consecuente que afectaba de lleno a cada familia y a la vida íntima de cada derrotado. En un estado totalitario lo personal queda contaminado por la intromisión de las formas del poder.

La vida de Ana (Loreto Mauleón) y de Tomás (Roger Casamajor), con una hija de corta edad, se desarrolla en una localidad valenciana, en ese contexto general de la primera posguerra, de familias rotas con parientes presos o con parientes asesinados cuyos cadáveres son buscados entre el miedo y el silencio. Y en una situación de hambre generalizada (para los no privilegiados) donde esas mismas familias tienen dificultades para comer todos los días y, a la vez, puede que tengan que enviar o llevar comida a sus familiares presos en ciudades lejanas.  No es casual que en una película sobre la vida cotidiana, sobre hechos del día a día, veamos cómo Ana cocina una tortilla sin huevos y con cáscaras de naranja.  

La película está contada desde la mirada de Ana, desde su trabajo cotidiano buscando los alimentos, cocinando, cuidando a su hija y a su marido, o cosiendo para ganar un dinero extra. Siempre dentro de un ámbito doméstico, cerrado, de obligaciones dobles, pues no tiene la expansión propia de los hombres en el trabajo, en la taberna o en el fútbol. Solo el cine, de forma esporádica, es su única forma de distracción, su regalo, la única huida de la imaginación a otros mundos ideales donde no existe la penuria y en la que los personajes pueden cantar sin culpa.

Es a esta familia donde llega Antonio (Enric Auquer), que se encontraba desaparecido (entendemos que preso) y que es acogido como un hijo pródigo, tanto por los lazos de solidaridad común en las familias, como por el especial afecto que el hermano mayor, Tomás, le profesa. Su llegada no solo rompe la intimidad familiar, sino que va a desencadenar varios procesos  que romperán el frágil equilibrio que mantenían unidos a Ana, a Tomás y a su hija. Antonio no acaba de adaptarse a la nueva situación, la de un expreso que tiene que buscarse la vida por cuenta propia y seguir siendo leal a lo que representa (un vencido) y a su propia familia. La llegada a la casa de Isabel (Ana Rujas), con la que se ha casado Antonio, acaba por romper esos lazos tan frágiles. Isabel proviene de otro mundo, o pretende venir de otro mundo, más chic, habla inglés, y sigue llamando café a la achicoria que beben todos los días.

Si bien Ana lucha por mantener la cohesión familiar, los afectos mutuos, la deriva de sus cuñados aceptando colaborar con los privilegiados que dominan la localidad, y que permiten que unos prosperen dentro de la miseria general, no solo rompen los lazos familiares: también lo hacen con las complicidades entre los hermanos. Mientras Antonio empieza a vivir cómodamente y lo exhibe, a la sombra de un jerarca falangista enriquecido por la dictadura, su hermano Tomás, en cambio, no solo sigue bregando como una acémila, sino que sabe y siente que su hermano ha traicionado la causa común y que él ha fracasado al no poder dar a su familia un vida digna, entrando en un espiral de autodestrucción y de alcoholismo. Ana, su esposa, interiorizará también esa culpa, por no haber sabido decirle que su ejemplo de vida y de trabajo es lo único que le importaba y lo único que respetaba.

(Resulta curioso que Mario Camus en su cortometraje de prácticas de la EOC, El borracho, 1962, tratará un triángulo familiar parecido, aunque con un tratamiento y un final muy diferente).

El trabajo de Celia Rico, en sus decisiones de guion y en su puesta de escena, ha sido seguir la mirada de Ana, atendiendo a sus labores diarias, a sus gestos cotidianos, a su trabajo en el hogar y a las relaciones con su hija y con su marido. Ha construidos escenas donde los cuatro personajes principales se expresan también con sus miradas y con sus gestos, a veces mínimos, en esa labor de captar los sentimientos, las frustraciones, los miedos, las intenciones veladas o las ambiciones, de cada uno de ellos. Es una mirada de narradora, de guía para nosotros, los espectadores, en la que vemos, o intuimos el mundo interior de Ana, hecho de resistencia cotidiana, de palabras no expresadas y muertas en el corazón, de generosidad (raramente recompensada), sea escuchando, dando consejos, poniendo una taza de achicoria o educando a su hija.

Hay una enorme tristeza en la mirada de Ana, que no es otra que la de la guerra, la miseria y la injusticia, y que dejaba pocos resquicios para expresar los sentimientos. “El sufrimiento no nos ha enseñado nada”, se dice en la novela de Chirbes, y se ve en la película, aunque el tono amargo del novelista se encuentra más atemperado en la versión cinematográfica. También por algunas decisiones en la adaptación de la novela (discutibles) que obvian aspectos más duros o explícitos, bien por una cuestión de técnicas cinematográficas (evitar los flashback) o de otro tipo, como la funesta manía de actualizar las obras originales. (Recomiendo leer la novela).

La fotografía ha recogido con una luz muy natural el interior de la casa, el ámbito donde se desarrolla buena parte de la historia, sin preciosismos. De igual manera la banda sonora, cuando surge, no nos distrae de las imágenes y de las voces, y las canciones de la época acompañan en momentos clave, como en el baile de Ana y de Tomás, tan significativo  y que nos dice tanto sobre las intenciones de él.

Loreto Mauleón (Querer, 2024) es una Ana espléndida, natural, con un peso especial en el reparto pues es su mirada la que nos guía, la que nos descubre su mundo interior. Ana Rujas representa muy bien su papel de mujer de mundo, a la vez educada y algo tirana. Y Roger Casamajor y Enric Auquer (El maestro que prometió el mar, 2023, Casa en llamas, 2024) están a la altura de sus personajes, y nos hacen ver su evolución personal y la evolución de su relación. Se aprecia el trabajo previo entre la directora y sus cuatro actores para conseguir ese aire de complicidad entre ellos, donde las miradas y los gestos sustituyen en ocasiones a las palabras.

El cine español ha tratado la guerra y la posguerra española desde perspectivas diversas. Esta lo hace desde el ámbito de la intimidad familiar, desde los sentimientos expresados u ocultados y nos muestra cómo la represión y el hambre destruyeron familias y personas sin necesidad de matarlas. Y lo hace, además, desde la mirada de una mujer, algo que se halla en la novela de Rafael Chirbes y que Celia Rico ha tomado para hacer su lectura feminista, para subrayar el papel, menos conocido, menos valorado, de las mujeres en la posguerra y de su resistencia o rebeldía cotidiana.

“La buen letra es el disfraz de la mentira” es una frase de la novela de Chirbes, citada en la película. Las palabras dulces habían ganado, las de su cuñada Isabel, se reprocha Ana, y acaba también diciéndose que el “viejo sufrimiento”, el de ella y los suyos, había sido inútil.

Esperemos que no. Porque la mirada y las palabras de Ana nos interrogan a las generaciones posteriores, a las que vemos (y leemos) hoy La buena letra. Y esperan nuestra respuesta y nuestros hechos.      

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus