“LLAMAS EN LA NIEVE”
Retratos, paisajes, escenas de género y naturalezas muertas en la colección Alejandro Sanz Peinado. Una nueva exposición en la Casa del Cordón (Burgos)
José Carlos Brasas Egido

Escena invernal con patinadores.
Colección Alejandro Sanz Peinado
La exposición organizada por la Fundación Caja de Burgos titulada Llamas en la Nieve que del 18 de marzo al 27 de julio de 2025 se puede ver en la sala de la Casa del Cordón la compone una nueva entrega de obras maestras, una selección de setenta y cuatro cuadros de excepcional valor y belleza, que forman parte de la magnífica colección del profesor Alejandro Sanz Peinado, una colección fundamentalmente de pintura y sin duda de las mejores y más selectas que habrá ahora en España.
No se trata de una segunda parte ni de una continuación de aquella otra que se celebró en esa misma sala en el 2023 con el título Bajo el árbol del Paraíso, dedicada a la temática religiosa y mitológica (nos hicimos eco en Revista Atticus 44).
Entonces, y ante la falta de espacio para hacer una única exposición con la colección completa, los organizadores, con buen criterio, decidieron hacer dos muestras distintas y separadas por dos años, con el fin de poder dar a conocer al público la totalidad de un conjunto tan excepcional.
Así pues, en este caso, se ha pensado en una exposición diferente, con distinto argumento y planteamiento. No se ha concebido, por tanto, como una segunda parte,no solo por huir de aquello de “nunca segundas partes fueron buenas”, sino porque tanto el contenido como la temática son muy distintos y por lo tanto exigían una orientación, una lectura y enfoque diferentes; y este mensaje no es otro que el protagonismo que en la muestra tiene lo real, lo tangible. El común denominador o nexo que une a las pinturas expuestas es la exaltación de la vida y del escenario real y cotidiano dentro de la pintura del Barroco; y ello a través sobre todo la producción de los pintores del Norte, flamencos y sobre todo holandeses, en claro contraste con las creaciones artísticas de las otras grandes escuelas pictóricas europeas: italiana, francesa, y española. En los países católicos del sur lo real está también presente, pero con una óptica distinta, con otra expresión y sensibilidad.
Por otra parte, el título de “Llamas en la nieve”hace referencia a un tópico o falsa opinión sobre la pintura nórdica, todavía aún muy arraigado, sobre todo por lo que refiere a la pintura holandesa. En ocasiones se la querido ver como una pintura en exceso austera, fría, severa… Es un prejuicio aplicado a veces a la pintura holandesa, al considerarla como una pintura fría, casi monocromática, en la que predominan los tonos apagados, negros, marrones, castaños y grises, sin esa fuerza y brillante colorido que tienen en la pintura flamenca o italiana. Por el contrario, en la pintura holandesa, identificada en el título de la exposición con esa “nieve” hay también “llamas”, fuego, ganas de vivir, color, dinamismo y fuerza, en especial en las escenas de género, llenas de movimiento y vitalidad, pero también lo hallamos en el retrato o en el paisaje holandés. Las obras aquí reunidas desdicen por completo esa apreciación un tanto superficial, ya que lejos de esa supuesta sobriedad y frialdad, en esos cuadros descubrimos siempre vida, sentimientos, fuego, pasión, hay “llamas en la nieve”, como reza el título de la muestra.
Es verdad que se trata de una exposición muy distinta de la anterior, pero lo que no varía es el nivel, la perfección y belleza de las obras presentadas; la categoría, la altura de los cuadros expuestos, es tan extraordinaria que no es exagerado afirmar que esta exposición no solo se halla al mismo nivel de aquella otra, tan alabada, sino que incluso – en mi opinión- en cierto modo la supera.
La muestra a lo largo de dos grandes salas se presenta dividida en cuatro secciones, que responden a otros tantos capítulos dedicados a esos cuatro grandes temas ampliamente representados la colección Sanz Peinado, aparte del religioso, que no son otros que los cuatro restantes grandes capítulos de la historia de la pintura: retratos, paisajes, escenas de género, y naturaleza muerta.
Es decir, lo que ahora se ofrece al visitante en esta nueva exposición es el resto de la colección, la parte compuesta por la pintura que se acostumbra a denominar de temática civil o profana, asuntos que de algún modo vienen a completar y complementar el panorama de la pintura en su momento de mayor esplendor: el Renacimiento y el Barroco.
Pues bien, prácticamente la mayoría de las obras expuestas son de una calidad verdaderamente sorprendente, hallándose perfectamente representadas en la muestra las más importantes Escuelas pictóricas de los siglos XVI, XVII y XVIII, como son fundamentalmente: la italiana, la flamenca, la holandesa y la española, sin olvidar tampoco ejemplos de la francesa y alemana, asimismo presentes con algún que otro cuadro. Se trata de una selección de cuadros firmados o atribuidos a algunos de los más grandes maestros de la pintura de aquellas centurias, verdaderos siglos de oro de la historia del arte en los que brillaron los más célebres genios de la pintura.
Es una exposición, que tal vez tenga posiblemente para el público, que la visite mayor interés y atractivo que la anterior. Y ello fundamentalmente por lo original y sugestivo de los asuntos representados, por el realismo, rareza y variedad temática que se despliegan en esta serie verdaderamente espectacular de obras maestras.
Sin desmerecer para nada a aquella precedente, en la que figuraron también obras muy importantes, las pinturas exhibidas en la titulada Llamas en la nieve, resultan si cabe más novedosas, atrayentes e incluso fascinantes, si cabe; en mi opinión, creo que tienen mayor encanto y seguramente atraparán más la atención y curiosidad del visitante.
El título, insisto, hace referencia al protagonismo que tiene la pintura flamenca y holandesa en la exposición, y especialmente esta última, y ello a través de esos cuatro grandes temas: el retrato, paisaje, naturaleza muerta y pintura de género. Como es conocido, hasta hace poco no era muy abundante la pintura de la escuela holandesa en España. A ese propósito, Alejandro Sanz Peinado ha logrado reunir una colección de extraordinaria importancia, hallándose representada en ella esos cuatro grandes géneros a los que se dedica la exposición. Baste decir que más de dos tercios, cincuenta y cinco obras nada menos, corresponden a pintores flamencos y holandeses.
De esos cuatro temas, a mi modo de ver, llama la atención sobre todo la sección dedicada al retrato, que es también la más numerosa, pues la integran una treintena de obras. Causa admiración la cantidad y perfección de los retratos aquí reunidos, obras de algunos de los más sobresalientes maestros de la historia del retrato tanto de los por lo que se refiere a los pintores flamencos, y holandeses, como a los españoles o italianos.
Por empezar por estos últimos, la exposición se inicia con una de las grandes obras de la muestra: el Retrato de un arquitecto, obra del veneciano Jacopo de Barbari. Es una de las escasas obras de este pintor veneciano, amigo de Alberto Durero. El retratado fue un célebre arquitecto, Hans Behaim, al servicio del emperador Maximiliano de Austria, para el que trabajó sobre todo en la ciudad de Nuremberg, cuya vista aparece el fondo. Interesante es también el retrato de Felipe II como Príncipe de Asturias, obra de Tiziano y su taller, replica del retrato del príncipe heredero, de cuerpo entero, que se conserva en el Museo Capodimonte, en Nápoles.
A estos, les siguen en la exposición algunos buenos retratos flamencos, como el de un Noble caballero con yelmo y armadura negra, tabla del pintor del siglo XVI activo en Brujas Gillis Claeissens, o el leonardesco Retrato de un escribano, obra de delicada factura debida a Joos van Cleve, otro de los principales exponentes de la pintura flamenca en la primera mitad del siglo XVI.
En la centuria siguiente Fue Anton Van Dyck, el más genial intérprete del retrato tanto en Amberes como la corte e Inglaterra. Del gran maestro se expone el Retrato de del abate Cesare Alessandro Scaglia, clérigo y destacado diplomático italiano al servicio de Felipe IV como embajador de la corona española en Londres. De pequeño tamaño y de busto, sería seguramente el modellino o primera versión de los dos retratos de cuerpo entero del diplomático saboyano conservados en la Galería Nacional de Londres y en el Museo Real de Bellas Artes de Amberes. Otro de los más sobresalientes maestros del siglo XVII activos en Amberes, pero cuya obra está también bien representada en España fue Gaspar de Crayer, al que se atribuyen dos grandes lienzos con los retratos orantes de dos hidalgos de la familia Boliaga. Obra suya también en la exposición es el elegantísimo retrato con vestido plateado de la Marquesa de los Balbases, obra que sigue el modelo de retrato cortesano español de Pantoja de la Cruz y sus seguidores.
A continuación, la exposición continúa con la espléndida selección de retratos españoles. En ese sentido, resulta admirable la serie de retratos de Corte, de monarcas e infantes de la España de los siglos XVI y XVII, la España de los Austria. Están bien representados algunos de los más grandes retratistas de Cámara españoles del Siglo de Oro. Así, por ejemplo, destaca el Retrato de Felipe III con armadura de gala y como generalísimo en el sitio de Ostende, debido a Pantoja de la Cruz; o el de Carlos II, último que le pintó al desdichado monarca Carreño de Miranda. Asimismo, hallamos también otros preciosos retratos salidos del pincel de Alonso Sánchez Coello Del rey niño don Sebastián de Portugal); Bartolomé González (del infante Don Fernando de Austria) o un bellísimo retrato de una dama, atribuido a Claudio Coello, piezas las tres que pueden competir con obras similares conservadas en algunos de los grandes museos, tanto de nuestro país como del extranjero.
Sin embargo, son los retratos holandeses los que integran el conjunto más numeroso y llamativo de la exposición,Forman una selección extraordinariamente importante, hasta tal punto que tal vez no haya colección particular en España con tal número de retratos holandeses de tanta calidad. A destacar los retratos de burgueses enriquecidos gracias al comercio con las Indias Orientales, ricos comerciantes y sus esposas que conforman una estupenda serie de retratos de damas y caballeros, matrimonios holandeses, efigies emparejadas de los dos esposos, pintadas con motivo de su boda.
Por citar solo algunos retratos holandeses especialmente destacados, habría que resaltar el ovalado de Willem Burchgraeff, un célebre comerciante de granos de Leyden, pintado por Daniel Mijtens y evocador de los pintados por Rembrandt; el de un elegante personaje vestido con suntuosos ropajes de vivos colores, obra del también discípulo de Rembrandt Ferdinan Bol, o los dos del también holandés Bartolomeus Van der Helst, el más famoso pintor de retratos después de Rembrandt y Frans Hals, especialmente el Retrato de una Monja; sin olvidar tampoco el delicioso Retrato de niños jugando con una cabra, obra de Nicolaes Maes.
En segundo lugar está representado en la exposición otro de los grandes temas de la historia de la pintura: el paisaje. Aquí también en este ámbito hay que descubrirse ante la abundancia, variedad e importancia de los paisajes reunidos, sobre todo de los pertenecientes a la Escuela holandesa.
Fue en Holanda donde el paisaje adquirió su plena definición y autonomía. En ningún otro país tuvo tanto éxito y desarrollo. A través de los reunidos en la muestra se puede ilustrar perfectamente la historia y evolución del paisaje en los Países Bajos. Se trata de un conjunto de unos quince paisajes que muestra las distintas modalidades del paisaje holandés, y ello a través de algunos de los más grandes especialistas del género dentro de la pertenecientes al Siglo de Oro de la pintura holandesa. Todo un repertorio en todas sus variantes: campestres, fluviales, paisajes de grandes llanuras o prados, paisajes boscosos con gran arbolado, las más de las veces con figuras de militares a caballo, con pastores o aldeanos en sus granjas, a veces acompañados de rebaños de ganado, pintados en todos los casos con un tratamiento muy realista y admirables efectos y contrastes de luz. En ellos se comprueba el gusto por los celajes y las amplias masas de nubes, por las arboledas y senderos en perspectiva, por la presencia del agua y el mar a través de los puertos de las ciudades holandesas. A ese propósito, se ha querido ver en esa aceptación de que gozó el paisaje en Holanda la añoranza y melancolía de buena parte de la sociedad holandesa de la época, del comerciante burgués y urbano, cliente principal de este tipo de cuadros. En suma, este apartado, -el paisaje-, es seguramente uno de los capítulos más estimables y sugerentes de toda la exposición y a no dudar constituye uno de los de mayor gusto y aceptación por parte del público visitante.
Tras el paisaje, hay que ponderar en tercer lugar, otra de las secciones más curiosas y llamativas de la muestra, quizá los cuadros más originales y seductores de la exposición: los llamados cuadros de género, es decir, los cuadros con escenas de costumbres y tipos populares. Esta especialidad tan característica de la pintura flamenca y holandesa se halla muy bien representada, a través de una docena de cuadros, que muestran tanto interiores con familias de campesinos, escenas de tabernas pobladas de vivaces figuras de aldeanos, alegres bebedores y fumadores, como también escenas de bulliciosas y animadas reuniones al aire libre que de alegres fiestas de aldeanos, (“kermeses”).
Esta modalidad pictórica nos adentra perfectamente en esa estética de lo cotidiano tan característica de la pintura holandesa. Como es sabido, este tipo de cuadros conoció en Holanda extraordinario auge en cierto modo a causa de sus connotaciones con los planteamientos políticos e ideológicos de los países protestantes. Frente a los temas religiosos o mitológicos de los países del sur de Europa, los reformadores burgueses de la Holanda del siglo XVII impulsaron un tipo de representación distinto, una pintura realista y fácil de entender, que exalta las costumbres cotidianas, tanto si se trata de reuniones festivas de aldeanos en ambientes rústicos, como si son apacibles interiores en el ámbito doméstico de la clase urbana burguesa.
En la sala dedicada a esta temática encontramos toda una serie realmente deliciosa de pequeños cuadros pertenecientes a la escuela holandesa, lienzos y tablas de figuras y tipos muy realistas de aldeanos, unos tipos muy curiosos y pintorescos, que a veces hacen gala de un jocoso sentido del humor e incluso de un manifiesto sarcasmo. Estas escenas y estos retratos de tipos populares tienen, además, el valor añadido de servir de magnífica ilustración de la vida cotidiana de la Holanda del Siglo de Oro; son verdaderos “documentos” de gran valor histórico que reflejan los diferentes hábitos y costumbres de la sociedad holandesa del siglo XVII, en concreto de las clases más humildes, precisamente en la época de mayor auge económico, cuando Holanda era la principal y más rica potencia marítima y comercial de Europa. Fáciles de transportar por su ligereza y pequeño tamaño, muchos de estos cuadritos no están exentos de un carácter moralizante al señalar pequeños vicios y actitudes soeces e irreverentes. En Holanda hubo además todo un mercado muy lucrativo de estos cuadros, que tuvieron gran aceptación. Solían adornar las casas de la burguesía, contribuyendo a su éxito y demanda el hecho de que su precio era más bajo que el de otros géneros pictóricos, poniéndolos así al alcance de un público más amplio.
Es difícil quedarse con un solo cuadro, pero si hubiera que elegir uno solo, en mi opinión, sería en concreto una exquisita y diminuta tabla de un Aldeanocon pipa y jarra de cerveza, de uno de los más grandes artistas que cultivó este tipo de pintura y uno de los más célebres pintores flamencos de su época: David Teniers el Joven. Es el cuadro más pequeño de la exposición, casi una miniatura, pues mide tan solo 11,4 x 9 centímetros, pero se trata de verdadera joya, digna del mejor museo europeo.
Finalmente, y concluyendo el comentario de la exposición, solo resta ya referirse a otro los temas, seguramente uno de los más valorados y estimados actualmente por el coleccionismo, tal vez uno de los que resultan más vistosos y atractivos para el gusto actual: el del bodegón.
La naturaleza muerta fue consustancial al arte de los Países Bajos, donde alcanzó mayor éxito. Su mismo nombre, el término “stilleven” (que se puede traducir por naturaleza quieta o detenida) fue una creación holandesa.
Si los comparamos, los ostentosos bodegones flamencos tuvieron su réplica en los bellísimos y elegantes que los maestros holandeses pintaron por la misma época. A diferencia de las naturalezas muertas que se ejecutaban en la escuela de Amberes, los bodegones holandeses, aparte de su innegable hermosura y dominio en la plasmación de las calidades de los objetos representados, incidían en otros valores simbólicos más afines con la mentalidad de la sociedad reformadora neerlandesa, tales como la caducidad de la vida, el paso del tiempo y el sentido ascético de la existencia humana.
En la muestra que ahora nos ocupa se ha reunido un conjunto de doce cuadros de este tema, una selección integrada por bodegones flamencos, holandeses y españoles, destacando entre los primeros los llamados bodegones con figuras, bodegones denominados “de mesa” con algún sirviente o cocinero, al lado; unos lienzos por lo general de gran tamaño, muy barrocos y aparatosos, en los que vemos una gran mesa servida para un banquete; mesas de banquetes atestadas y rebosantes de alimentos: todo tipo de frutas, piezas de caza, verduras, hortalizas, dulces, …, a veces aparece también algún animal vivo, como un mono o un perro que se relame. En todo caso suelen ser casi siempre abigarradas composiciones repletas de los más ricos y variados manjares, reflejo del hedonismo y del gusto por los placeres de una opulenta sociedad de nobles y mercaderes flamencos que gozaba por entonces de gran prosperidad. Los bodegones, aparte de su función decorativa, como es sabido, muestran también un valor simbólico. Con frecuencia se conciben como símbolos o alegorías que aluden a los sentidos del gusto y el tacto; y en los flamencos muchas veces hacen referencia a la glotonería y los excesos, como la gula y la lujuria.
Está representado muy bien este tipo de bodegón flamenco a través de algún otro de algunos de los más famosos colaboradores de Rubens, especializados en este tipo de cuadros, entre ellos uno de los más grandes especialistas dentro de los maestros de Amberes, el pintor Frans Snyders que trabajó como colaborador habitual de Rubens.
Con respecto a los bodegones holandeses, mucho más sobrios y austeros, hay en la exposición un buen ejemplo de ese subgénero muy representativo de la naturaleza muerta en los Países Bajos: la pintura de Vanitas: Aquí el mensaje no es otro que la conocida frase del Eclesiastés: todo es vanidad”, todo es humo, todo es pasajero: el poder, la gloria, los placeres humanos, la riqueza, la juventud y la belleza, el saber… todo es efímero dada la brevedad de la vida y lo irremediable de la muerte; en un momento, en tan solo un abrir y cerrar de ojos viene la muerte y todo acaba; todo es vano, todo es nada. Un género este de las Vanitas (las Vanidades) impregnado siempre de un acusado simbolismo, como podemos comprobar en la exposición a través de una maravillosa Vanitas repleta de objeto simbólicos que hacen referencia a las ambiciones y los placeres mundanos, composición presidida por la alegoría por excelencia de la certeza de la muerte: la calavera. Es obra destacada de un alumno y discípulo de Rembrandt, el pintor holandés Adriaen Verdoel.
Por último, tiene también está bien representado el bodegón español, un modelo de bodegón, también como el holandés, mucho más austero, de mayor simplicidad y sobriedad compositiva que el flamenco o el italiano. La naturaleza muerta española es mucho más sencilla, por lo general con pocos elementos: frutas, aves, hortalizas…, los alimentos propios de las cocinas y despensas de los hogares de la España de la época, alimentos que se disponen en riguroso frontal. Se trata de bodegones de los que por lo general se desprende una apacible quietud e íntima emoción de espiritualidad e incluso religiosidad, un tipo de naturaleza muerta de la que emana muchas veces una sensación trascendente de lo místico y lo sagrado, muy expresiva del auge de la literatura mística y ascética de la España del Siglo de Oro. En la última sala de la exposición, hallamos estupendos ejemplos de algunos de los grandes maestros del bodegón en España, como por ejemplo Juan van der Hamen, pintor muy bien representado en el Museo del Prado y del que se muestra un magnífico Bodegón con acerolas, arrope y membrillo.
Finalmente, y dentro de este género hay que resaltar algún que otro ejemplo de una especialidad especialmente atractiva y sumamente grata: los cuadros de flores. Encontramos ejemplos de bellísimos lienzos de conjuntos florales que, formando vistosos ramos de gran variedad de flores, se disponen en de jarrones de cristal. En otros casos, las flores aparecen dentro de pequeños cestillos o canastas de mimbre, flores pintadas con una minuciosidad y un detalle verdaderamente admirables.
Así destacan los floreros de algunos importantes maestros españoles de la Escuela Madrileña, en concreto de discípulos del gran especialista en este tema, Juan de Arellano; por ejemplo de su yerno y discípulo Bartolomé Pérez de la Dehesa o bien de otro de sus seguidores, ya más tardío, Gabriel de la Corte, del que se exhiben dos maravillosos lienzos compañeros, dos Guirnaldas de flores que enmarcan en su interior personajes mitológicos, concretamente Diana y el pastor Endimión.
En conclusión, he aquí una segunda y nueva entrega de la colección de Alejandro Sanz Peinado, una segunda que ya hace desear una tercera. (Ya se sabe aquello de que “no hay dos sin tres”). La colección crece de un año para otro cada vez más y más, y en su museo de La Cabrera, en la Sierra madrileña, en sus salas se incorporan más y más obras, cuadros bellísimos que darían para otra tercera y magnífica exposición.
Enhorabuena pues a los organizadores: a la Fundación Caja de Burgos; al coleccionista, Alejandro Sanz Peinado por su generosidad al abrir nuevamente su colección al público; y finalmente, una vez más al director y curador técnico de la muestra, Javier del Campo San José, responsable del acertado montaje, una puesta en escena que es fruto de su ya larga experiencia y profesionalidad en la realización de excelentes exposiciones.
Nota de la redacción. Los cuatro retratos que ilustran esta entrada son fragmentos de las obras expuestas. Puedes consultar el artículo completo en el siguiente enlace. Allí encontrarás algunas de las obras que componen esta maravillosa exposición. Artículo en Revista Atticus 47.
José Carlos Brasas Egido
Catedrático de Historia del Arte
Comisario Científico de la Exposición
Revista Atticus




