Gene Hackman en diez películas y dos guiños

Ayer, 27 de febrero, nos desayunamos con la muerte de Gene Hackman. No por esperada dolió menos porque con él se va esa raza de actores capaces de sobreponerse a todo y que llegan a la actuación después de que la vida les haya golpeado lo suficiente como para saber qué cara hay que ponerle a esta comedia que, de vez en cuando se convierte en una agria tragedia sin sentido.

            Eugene Allen Hackman fue marinero en la Navy de Estados Unidos en la posguerra mundial en Hawái, Japón o China, hasta que Mao echó a todos y mató a los que no pudo echar, y periodista radiofónico en Chicago y Nueva York. Pero decidió regresar a sus orígenes, a California, donde había nacido el 30 de enero de 1930, en San Bernardino. Aprendió lo básico para moverse en un escenario en el Pasadena Playhouse, famoso porque también albergó en esa misma etapa a Dustin Hoffman o Raymond Burr. En realidad, era una pequeña escuela de un teatro, aún en pie y en activo, de esa zona de Los Ángeles cuyos habitantes se jactan de ser los verdaderos angelinos.

            Hackman fue votado por sus profesores como el alumno con menos posibilidades de triunfar en el mundo del teatro y, mucho menos, en el cine. Es lo que pasa cuando un docente juega a visionario en lugar de hacer su trabajo; les pasó lo mismo a Dalí en la pintura o a Teresa Stratas en la ópera.

            En Nueva York, de nuevo, buscó obras en las que mostrarse y tras varios trabajos en el off Broadway llegó a los afamados teatros de la más famosa avenida de Manhattan y con ello varios cazatalentos de Hollywood se fijaron en él y esa forma de parecer normal, como el vecino del quinto, y ser brillante hasta atraer sobre él los cinco sentidos cuando sale a escena.

            Hizo una película en la que ni se le acreditó en 1961, Mad dog call. Y regresó a las tablas de la ciudad de los cinco distritos. Y ahí le vimos por primera vez acreditado y magnético en un pequeño papel que luego fue muy grande porque actuó con la siempre idolatrable Jean Seberg y Warren Beatty, con quien entabló una firme y eterna amistad: Lilith (1964), que le valió para ver que ahí estaba un gran actor por descubrir. Aunque ya mayor para las costumbres hollywoodienses. “No era guapo, no era joven y sólo estaba repleto de talento”, o eso dijo Dustin Hoffman sobre él en una entrevista de televisión cuando le preguntaron sobre sus orígenes en la profesión.

            Tres años más tarde Beatty, también productor de la cinta, recomendó su contratación para hacer de su hermano en Bonnie & Clyde. Y Gene reventó el papel por las costuras. La crítica le alabó por cada plano que robaba a la explosiva pareja protagonista y Arthur Penn, el director nos regaló unos tan magníficos como inquietantes planos de Gene cuando es abatido por la policía. Aquello le valió su primera nominación al Oscar y dejar boquiabierto al público de medio mundo, aún hoy.

            Parecía el típico actor que sería siempre secundario porque no era un imán sensual ni sexual, si no alguien que clavaba sus trabajos, cosa muy propia de los secundarios. Así, su siguiente gran proyecto llegó tres años más tarde con un tour de forcé con el enorme Melvyn Douglas donde interpreta al hijo que nunca quiso a su padre y se ve obligado a cuidarle jugando a esa relación de amor odio que tan buen resultado suelen dar cuando los actores son de ese nivel y los diálogos y sus consecuentes silencios obligan al espectador a pensar, reflexionar y buscar en su trastienda particular. Nunca canté para mi padre (1970) nos muestra quién sería a partir de ese momento Gene Hackman, un actor capaz de hacer hervir la platea siendo bueno, malo y, sobre todo, bordando el cinismo que, según él mismo decía, “es la gran virtud americana”, frase que le granjeó más de un enemigo en Washington.

            Ese mismo año firmó ser “Popeye” Doyle en una de las grandes películas policiacas de la historia del cine: The French connection, posiblemente hay un antes y un después de su forma de ver a un policía ciclotímico, después veríamos interpretaciones en esa línea, tales como Al Pacino, en Serpico, o Jack Nicholson, en Chinatown. Así que marcó una nueva forma de interpretación, donde el policía no quiere sólo hacer bien su trabajo, sino consagrarse a él, en un sacerdocio mal entendido y donde la acción da paso a la reflexión para ir componiendo el rompecabezas completo de la investigación.

            Después de esta interpretación cosechó todos los grandes premios de ese año y se comprometió con una segunda parte, cosa que parecía bastante obvia por el final abierto de la primera, con un cheque bastante más sustancioso que en la primera.

            Con los premios llegaron nuevas y fantásticas ofertas en proyectos cada vez más grandes. En pleno auge y moda de las películas de desastres se enroló en La aventura del Poseidón, sensacional película sobre un crucero de lujo al que un maremoto da la vuelta y sólo unos pocos se dan cuenta de que la única posibilidad de supervivencia pasa por ir hacia el casco y las hélices con todos los riesgos que eso conlleve y que siempre será mejor que la muerte segura que hubiese sido quedarse en la cubierta, ahora hundida en el frío océano. Hackman es un hombre de acción y consigue que el público olvide a Steve McQueen, el primer actor al que ofrecieron el papel, creando una persona completamente creíble y capaz de liderar el grupo con un carisma que pasa por su inteligencia y arrojo. Fue un taquillazo y su fama de actor solvente y taquillero se disparó, todavía más que con su anterior trabajo.

            Así que Coppola, que estaba en una nube celestial tras el éxito brutal de crítica y público con las dos primeras partes de El Padrino, le llamó para hacer La conversación, donde hace de algo que ya conocía, de un oído fino que espía, cosa que él hizo durante su trienio en la Marina. Le explicó lo que necesitaba de él y que había escrito el principal papel secundario para el enorme John Cazale con el que había trabajado ya en sus dos películas anteriores. Otro enfermo del trabajo o, mejor, otra persona a la que su trabajo obsesivo enferma porque la búsqueda de la perfección da genios o desquiciados. Hackman varía su forma de afrontar el personaje y se muestra débil y asfixiado en privado, pero petulante y perfeccionista en público logrando una idea clara todos los trabajos son peligrosos y algunos, además, te destruyen.

            A partir de aquí, y con su fama intacta, firma hacerse rico, tal y como explicó entre carcajadas, cuando decidió ser Les Luthor, la mejor mente criminal y archienemigo de Superman en la película por excelencia de superhéroes de los años setenta. Hizo la primera, segunda y cuarta entregas, salvando el pésimo guion, especialmente de esta última, que no se sostenía por ningún lado.

            Años más tarde y cuando la estrella de Kevin Costner estaba en pleno ascenso éste le pidió que interpretase a todo un secretario de Defensa del gobierno central en Washington, un auténtico miserable con amante guapísima incluida, Sean Young, y un asistente capaz de todo por su amo y señor, Will Patton, y todo mientras la amante muere y se busca un culpable fantasma, un durmiente, todo un espía de la URSS en el Pentágono, papel que toma Costner. No hay salida (1987) llevó el cine de espionaje a otro nivel, porque no hay escenarios habituales, como Berlín oriental o Moscú y traslada la acción a casa, allí donde el reaganismo le había dicho a los ciudadanos patrios un “tranquilos, aquí está todo controlado” que descolocó a muchos y más con ese personaje cínico y malvado que es el ministro del gobierno que se supone que está para proteger a los contribuyentes con sus decisiones y no para darse la gran vida con una jovencita.

            Ese mismo año firmó con Alan Parker para rodar al siguiente Arde Mississippi, drama policial basado en hechos reales sobre la desaparición y asesinato de tres activistas de derechos civiles en el convulso sur de Estados Unidos durante los crudos años sesenta. Hace de un agente del FBI con métodos poco ortodoxos, pero muy efectivos, porque él es de Mississippi y conoce a la gente de allí, a los del KKK, a las mujeres de ese inhóspito lugar y a cómo hay que dirigirse a la comunidad negra, tan grande como insignificante política y socialmente en aquellos años. Establece tres líneas de actuación tan marcadas como efectivas para su interpretación: enérgico con su jefe, un agente especial que borda Willen Dafoe, impenetrable y sádico con los caballeros del Klan, y tierno y algo tímido con la chica, mujer casada con uno de los supuestos culpables, la siempre magnífica Frances McDormand. Y aquí, con este papel se puede dar toda una lección de cómo se debe afrontar una interpretación cinematográfica, sabiendo que debes ser diferente en las formas y el mismo en esencia, sin ni una sola fisura y conociendo que puedes ser muy diferente dependiendo de quién te acompañe en escena.

            Durante los siguientes años hizo cine más comercial y que llenaba salas con su sola presencia. Así, hasta 1990, cuando una arritmia cardiaca le obligó a operarse y reposar y Clint Eastwood le quiso para el rol del sheriff sádico y sin tabúes morales capaz de cualquier brutalidad con tal de mantener el orden, su orden, en la población de la que es dueño a base de miedo y un ejército de ayudantes. Sin perdón le valió su segundo Oscar, éste a actor de reparto, y algunas de las mejores críticas de su carrera porque es difícil tomar un amoral y convertirlo en inmoral a medida que va pasando el metraje como hace él frente al personaje que respira sólo porque tiene dos hijos y es viudo, porque de lo contrario se habría marchado con aquella mujer mesiánica que le había salvado del alcohol y de vivir de quitar la vida a todo lo que se moviese. La película es un clásico del western y recoge un elenco difícilmente superable y por su calidad y capacidad, tal y como dijo el Sindicato de Actores al nominar al conjunto actoral.

            Hizo más y más películas con actores que querían beneficiarse de la amplia sombra que daba su estrella: Sharon Stone, Tom Cruise o Will Smith, hasta que le llamaron para hacer una comedia pura, un remake de la película francesa La cage aux folies, de Edouard Molinaro, sobre la hija de un político ultraconservador envuelto en un escándalo y que aprovechando la situación se marchan para esconderse en Florida con la excusa de conocer a los padres del novio de ésta quienes son una pareja de homosexuales con un teatro de variedades de temática gay y que deciden esconder a la “madre” hasta que una serie de pequeñas catástrofes le obligan a tomar el papel que siempre quiso hacer, el de la madre. Una jaula de grillos (1996), fue dirigida por el siempre eficiente Mike Nichols y nos ofrece un nuevo prisma interpretativo de Hackman y no sólo por su atuendo final, todo un homenaje a la comedia de travestismo que tan a la moda puso Con faldas y a lo loco, casi cuarenta años atrás.

            Continuó haciendo y rechazando papeles, pero no lo hizo con Eastwood y su último gran papel en el cine: Poder absoluto (1997) joya del cine policiaco con tintes políticos sobre un presidente con la trastienda más grande que la Casa Blanca y como un ladrón de joyas presencia algo que puede demoler la base sobre la que se sustenta su presidencia. Amante casada con multimillonario que sostiene su carrera presidencia que es asesinada por los escoltas del jefe de estado tras una sesión de sexo duro y el ladrón observándolo todo desde un privilegiado lugar que había encontrado por casualidad mientras limpiaba la mansión de cosas con valor económico. Cada plano de Hackman es para destruir la vitola de prócer de la patria de cualquier político mientras que, por el contrario, el ladrón posee una ética irreprochable, que incluye la protección de su única hija, frente a todos los resortes de la nación puestos al servicio de una mentira oficial.

            Así que, con este artículo, mostramos que Gene Hackman ha hecho un clásico en cada uno de los géneros que interpretó confiriendo su propio sello a todos ellos, de ahí el título, porque en cualquiera de estos diez lo ha logrado y, además, hay dos guiños necesarios para comprender la grandeza, más allá de gustos, que este actor que se nos acaba de marchar nos regaló, quizás el último de los que sabían que ser actor es mucho más que salir en películas.

            Gracias por todo, maestro.

Carlos Ibañez

Revista Atticus