Crítica película September 5 de Tim Fehlbaum

Septiembre 5 *

Ficha

Año: 2024.

Titulo original: September 5.

Duración: 94 min.

País: Alemania.

Dirección: Tim Fehlbaum.

Idioma original: inglés y alemán.

Guion: Moritz Binder, Tim Fehlbaum y Alex David.

Fotografía: Markus Förderer.

Música: Lorenz Dangel.

Reparto: Peter Sarsgaard, John Magaro, Ben Chaplin, Leonie Benesch, Zinedine Soualem, Giorgina Rich, Corey Johnson, Marcus Rutherford, etc.

Productora: BerghausWöbke Filmproduktion, Projected Picture Works, Constantin Film, Edgar Reitz Filmstiftung.

Género: Periodismo. Juegos Olímpicos. Conflicto palestino-israelí. Sobre hechos reales.

Sinopsis

Durante los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, un grupo de periodistas de la cadena ABC estadounidense, especializados en deportes, se encontraron de repente ante la tesitura de retransmitir y contar una exclusiva: la toma de rehenes de deportistas israelíes en la Villa Olímpica por parte de un comando palestino de Septiembre negro. Reconvertidos desde sus tareas de cronistas deportivas a casi corresponsales de guerra, no solo tomarán decisiones sobre la marcha para cubrir el hecho, sino que tendrán que resolver cuestiones como la de denominar a los secuestradores (¿son terroristas?, ¿son fedayines defendiendo una causa?), o si deben mantener o vulnerar una de las reglas de oro del periodismo sobre la necesidad de confirmar por tres fuentes una exclusiva. Y ellos la tienen.

Crítica

Un periodista aparca su coche ante el edificio donde tiene su sede la ABC en la Villa Olímpica de Múnich. Es de noche y se va a encargar de dar continuidad a las noticias sobre los Juegos Olímpicos. La noticia estrella son las medallas de oro que va consiguiendo un nadador estadounidense, Mark Sptiz, que conseguiría siete marcando un hito que se mantendrá hasta 2008. El mismo periodista dejará su trabajo veintidós horas después y subirá a su coche para irse a descansar. No ha sido una jornada como otras. Los Juegos Olímpicos, la política internacional, el conflicto palestino-israelí y la esencia del mismo periodismo como oficio y como responsabilidad, habrán cubierto una nueva etapa novedosa y llena de presagios para el futuro.

Los Juegos Olímpicos de 1972 eran para la Republica Federal Alemana una ventana hacia el mundo para mostrar que el joven Estado surgido tras la derrota nazi en la II Guerra Mundial, era una sociedad democrática, próspera y pacífica. El gobierno alemán quería contrarrestar otra imagen, la de los Juegos Olímpicos de 1936, celebrados en Berlín y utilizados por Hitler y el nacionalsocialismo como una ventana para mostrar el poderío alemán, no solo económico y militar, sino también deportivo, preludio de la guerra total y de los campos de concentración. Leni Riefenstal en Olimpiada (1938), se había encargado de glosar en imágenes el ideal nazi de supremacía y de pureza aria. Un ideal, como motivo de propaganda, “ensombrecido” por Jessie Owen, el atleta afroamericano que consiguió cuatro medallas de oro. Bien es cierto que en su propio país no podía hospedarse en hoteles para solo blancos y un largo etcétera de discriminaciones. Steven Spielberg había contado la masacre de 1972 en Múnich (2005) desde otra perspectiva: la de la venganza y sus consecuencias.

En el estudio de ABC de villa olímpica todo se había desarrollado con normalidad hasta a las 4,40 h. del día 5 de septiembre, de forma rutinaria, preocupados los directivos sobre el terreno por las audiencias y la búsqueda de entrevistas o exclusivas. En el estudio, las pantallas de realización emitían las imágenes grabadas de las distintas pruebas deportivas y se estaba pendiente de los derechos y horarios para retransmitir a EE.UU. Cada canal tenía sus horas de trasmisión por satélite.

A las 4,40 horas empiezan a llegar rumores al estudio sobre algo que ha sucedido en la villa olímpica. No está muy claro, pero se han oído disparos. El instinto periodístico de los cronistas deportivos, de los técnicos de imagen y sonidos se dispara. Hay que saber lo que está ocurriendo. No solo son disparos (no cohetes de feria), también se ha visto a algunas personas asomadas a la ventanas del edifico donde se hospedan los deportistas israelíes. Ese instinto periodístico (que supongo que existe) empieza a funcionar: hay que averiguar qué ocurre, avisar a los responsables de la cadena en Múnich (aunque estén durmiendo), tomar las primeras decisiones sobre lo que se va a emitir, aunque no sea su especialidad, y empezar a  emitir información que no es deportiva, sino general o política. Un terreno delicado siempre.

El periodismo es un género en el cine. En esta revista reseñábamos hace uno meses Civil War (2024) de Alex Garland, sobre un grupo de fotoperiodistas de un futuro próximo en un país en guerra civil llamado EE.UU. Y en 2015 Spotligh, de Tom McCarthy, proponía todo un ejercicio cinematográfico sobre un grupo de periodistas que se juegan su empleo para desatapar un caso de pederastia en la iglesia católica de Boston. La lista es larga y las buenas películas abundan, como Good Nigh, And Good Luck (2005) de George Clooney, hasta llegar a All the President Men (1976) de Alan J. Pakula, sobre el Watergate. Por citar solo un puñado de películas.

Periodismo y cine congenian y basta ver September 5 para comprobarlo. En este caso en noventa minutos nos cuenta la historia atroz de una masacre, el papel los responsables políticos y policiales que tomarán decisiones sobre la marcha, poco preparados y que se equivocarán de cabo a rabo, de fedayines que perpetran un acto cruel como respuesta a la crueldad de la expulsión de los palestinos de sus hogares y a la ocupación de su territorio.

También en esos noventas minutos que resumen veintidós horas de tensión y de tragedia final, se escribe una crónica sobre lo que es el periodismo y lo que se espera de los periodistas: ellos también tienen que tomar decisiones arriesgadas en muy poco tiempo. Por un lado, presión de los responsables televisivos de ABC, con su preocupación por las audiencias, por el negocio, por no molestar, y por otro la pulsión de los periodistas por contar lo que sucede, por hacerlo con honradez, por pelear también para conseguir la noticia exclusiva y hacerlo siguiendo las reglas del buen hacer profesional.

En esas veintidós horas (concentradas en los noventas minutos del film, con elipsis inapreciables) los directivos, los periodistas y los técnicos, tomarán decisiones, se arriesgarán, se equivocarán, para conseguir el objetivo de contar y retransmitir los hechos, aquello que está sucediendo en directo. Ochocientos millones de televidentes (dicen las estadísticas) vieron las imágenes en el mundo, en tiempo real, y participaron como espectadores de una tragedia humana, tomando partido por unos u otros, o por ninguno. Entre esos espectadores están los propios secuestradores, los fedayines, que se enteran, por ejemplo, de un intento de la policía alemana por liberar a los rehenes mientras están todavía en las habitaciones de la villa olímpica. Tiempo real y tiempo retransmitido coinciden y se retroalimentan. Es la modernidad todavía analógica, entre cámaras portátiles con negativos de celuloide que necesitan ser  revelados y enormes cámaras de televisión difíciles de manjar y sacar al exterior, por ejemplo.

Pero las palabras, no lo olvidemos, son tan o más importantes que las imágenes, puesto que son las guías de estas, y fueron tan importantes entonces que todavía hoy resuenan: en un momento dado los periodistas se preguntan si denominar como terroristas o de otra manera a los secuestradores. La decisión es la primera, algo que condiciona la percepción de los millones de personas que están viendo las imágenes. En otro momento clave es la noticia o solo el rumor (que parece cierto) sobre la liberación exitosa de los rehenes. Emitir la noticia a EE.UU, antes que ningún competidor, se convierte en una tentación irresistible. No se ha utilizado la regla de las tres fuentes que confirmen la noticia. No hay tiempo -es la excusa- y se emite la noticia que se demostrará en breve como falsa. Como una broma macabra.

En esos noventa minutos el director y coguionista, Tim Felhbaum, no solo ha comprimido las veintidós horas que duró el secuestro y el acto final con la masacre, sino todo un tratado sobre el trabajo periodístico. Y lo hace desde un lugar cerrado, como es un estudio de televisión, con las pantallas parpadeando, en un ambiente claustrofóbico, de aire insano, con un ritmo de trabajo frenético, con discusiones entre los responsables de la cadena y los periodistas de base, con muy escasas salidas al exterior para captar imágenes de los secuestradores asomados a la ventana, o recogiendo las vituallas a la puerta del edificio. Todo tiene un aura de chapuza, muy bien captado en el film, incluyendo a los negociadores entre los que se encuentra el ministro de Exteriores el gobierno alemán, Hans-Dietrich Genscher. O las imágenes que son grabadas y luego reveladas de la masacre final en el aeródromo, de las que solo vemos unas llamas y escuchamos unas explosiones. Las consecuencias son conocidas: once atletas israelíes, cinco fedayines y un policía alemán, muertos.

Hay un ritmo de thriller sin serlo ni pretenderlo. Lo marca el propio desarrollo de la trama narrada, de los acontecimientos y de las decisiones a matacaballo que toman los protagonistas. El guion de la película está nominada a los Oscar, y es pertinente que así sea, pues han conseguido no solo contar los hechos, sino hacernos comprender la tensión psicológica de los personajes, la mecánica de sus  decisiones y recrear el ambiente en ese estudio, donde no siempre se mantiene el respeto, por presiones y por los nervios. El espectador sigue anhelante el curso de la trama, abrumado por la confusión de los hechos narrados y la rapidez de las decisiones de los protagonistas.

La fotografía de la cinta es granulada, como si fuera la de una pantalla de TV antigua, por ese empeño de verismo de la producción. Peter Sarsgaard, John Magaro y Ben Chaplin, emanan convicción en sus interpretaciones. Pudieran ser los periodistas de ese momento, por sus ademanes, por sus rostros. Que no sean estrellas y solo actores conocidos, pero no tan reconocidos, contribuye a conseguir ese sentido de realismo del film. Un papel importante es el de Leonie Benesh (a la que vimos en 2023 en Sala de profesores de Ilker Çatak), que encarna el papel de la traductora alemana, imprescindible para unos periodistas que solo manejan el inglés, y que es también quien les interpreta la realidad alemana que desconocen. La película ha sido rodada por tanto en inglés, puesto que los protagonistas son estadounidenses, con breves intercalados en alemán.

En un película ejemplar, caben discutir pocas cosas pero algunas son importantes, como el poco papel que tiene el conflicto palestino-israelí en sí, tanto sobre sus orígenes como sobre sus hechos, u obviar que otro medios también estuvieron contando los hechos y en ocasiones lo hicieron antes en el ámbito alemán. Pero la perspectiva, entendemos, es la de unos periodistas de la ABC retransmitiendo a su país y a donde llegaba la información de su cadena, que era a medio mundo.

Junto a la llegada del hombre a la Luna, quizá sea uno de los momentos más importante de la televisión a escala global. El dato es ese: los ochocientos millones que lo vieron en algún momento en directo. Yo lo recuerdo y verlo contado en esta película forma como un bucle con mi recuerdo de los hechos. Con esa aldea global que empezábamos a habitar.

Hay en la cinta una lección de periodismo, de periodismo bien hecho. A eso suena lo que vemos en September 5, incluidos los errores que, siendo reconocidos, permiten mejorar la labor de la profesión periodística. Algo que mantiene el valor del mejor periodismo en unos tiempos aciagos para la información, donde muchos cabeceras y medios (televisiones, digitales, redes) se han convertido en órganos de propaganda al servicio de intereses espurios. Los lectores, la sociedad, el cine, necesitamos, necesitan, a esos buenos periodistas, a ese buen periodismo.

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus

  • Nota sobre el título en castellano. Desde luego es de una gran ridiculez traducir September 5 como Septiembre 5, en vez de lo correcto y usual, por tanto, en nuestra lengua: “5 de Septiembre”.