Crítica película Hangar rojo de Juan Pablo Sallato

Ficha

Año: 2026.

Duración: 81 min.

País: Chile.

Dirección: Juan Pablo Sallato.

Idioma original: castellano.

Guion: Luis Emilio Guzmán. Sobre el libro Disparen a la bandada. Una crónica secreta de la FACh, de Fernando Villagrán.

Fotografía: Diego Pequeño.

Música: Alberto Michelli. Matteo Marrella.

Reparto: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hernández, Francisco Carrasco, Juna Cano.

Producción: Villano Producciones. Brava Cine. Rain Dogs. Berta Film. Caravan.

Género: drama. Dictadura chilena. Memoria histórica. Represión. Basada en hechos reales.

Premios: Festival de Málaga 2026, Premio del Público, Premio de la Crítica, Mejor actor (Nicolás Zárate), Mejor montaje (Valeria Hernández, Sebastián Brahm). BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), Gran Premio a Mejor Película.

Sinopsis

Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Mientras el golpe de Estado se desarrolla en todo el país, el capitán Jorge Silva, que trabajaba en la Escuela de Aviación de la Fuerza Aérea de Chile, recibe la orden de transformar una nave (el hangar rojo), en un centro de detención y tortura. Silva se mantiene en principio a la expectativa, siguiendo la disciplina militar, pero la llegada del coronel Jahn, un viejo conocido con antecedentes golpistas, encargado de dirigir la represión en la zona, le hace comprender la realidad de la situación. A medida que los camiones comienzan a llenar el hangar con detenidos apaleados y torturados, el capitán Silva debe elegir entre la complicidad con los golpistas y represores o mantener sus convicciones personales y oponerse al golpe, con todas las consecuencias de una decisión u otra para su persona y su carrera.

Notable película de visión imprescindible.

Crítica

El hangar rojo del título de la película es uno de los lugares de detención, de tortura (y de asesinato) previsto en sus planes por los militares chilenos sublevados; un campo de tránsito para reunir a los opositores al golpe de Estado de 1973 contra el presidente Salvador Allende.

En la Academia de Aviación, donde se encuentra ese hangar rojo, trabaja el capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate). No es alguien llamado a ser un héroe, ni siquiera tiene una idolología que le sitúe en la cercanía del Gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, que ha llegado al poder mediante unas elecciones democráticas. Es cierto que en uno de sus destinos anteriores en el servicio de inteligencia militar, descubrió un intento de atentado de oficiales del ejército contra Allende, cuando todavía era presidente electo en 1970, y que lo puso en conocimiento de la superioridad. Es cierto que como paracaidista destacado fue elegido para dar un arriesgado salto sobre el Estadio Nacional de Santiago que lo convirtió en noticia popular por un día.

Por eso, en la Escuela de Aviación donde se forman los paracaidistas de la Fuerza Aérea chilena, el capitán Silva es un referente para los cadetes: entre de ellos de un nuevo cadete recién ingresado en la escuela, que le admira como paracaidista, que sabe que es una persona reservada aunque cordial, y que se presta, por ejemplo, a llevarle a su domicilio al salir del turno de trabajo.

Son el capitán Silva y este cadete los que en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, cuando van a una nueva jornada de trabajo, se encontrarán que en la Escuela de Aviación algo inusual está ocurriendo, que la jefatura de la institución ha pasado de facto a unos mandos recién llegados, en lo que es evidente que resulta ser un intento de golpe de Estado de una parte del ejército chileno contra el presidente Salvador Allende. El nuevo jefe de la escuela de paracaidistas es un viejo conocido del capitán Silva, el coronel Jahn Barrera, que ya había participado en la conspiración para asesinar a Allende en 1970, y que tiene la misión de convertir la Escuela de Aviación en un campo de detención y de tortura y a los cadetes en elementos represores.

El dilema sería un subtítulo posible para esta película, pues el capitán Silva deberá decidir en horas si se mantiene leal a la disciplina militar de forma acrítica y se hace cómplice del golpe de Estado y del plan de exterminio que conlleva, o se mantiene fiel a sus convicciones personales y castrenses constitucionales y, en consecuencia, contrarias a cualquier justificación del golpe de Estado y de las tortura y asesinatos que están ejecutando los militares golpistas.

La relación entre el capitán Silva y el coronel Jahn es endiablada. Silva no es una militar de confianza para los golpistas, pero Jahn quiere probarle, quiere implicarle, quiere tentarle para que se manche las manos (de sangre “roja”). Estos diálogos entre ambos, de una enorme tensión, son parte de ese dilema que tiene que resolver Jorge Silva.

El cineasta chileno Juan Pablo Sallato, en su primer largometraje, ha optado por varias decisiones que convierten en más que notable su película. La primera es la perspectiva elegida, al narrar el golpe militar de 1973 desde el punto de vista de una persona, en este caso la de un oficial demócrata, en esas primeras horas de confusión, de toma de decisiones cruciales y arriesgadas, que pueden suponer asumir una “obediencia debida”, con toda su miseria moral, o negarse a convertirse en un represor y apoyar el orden constitucional, arriesgándose a perder no solo una posición social, sino la propia vida. Es en este dilema como conocemos, en unos trazos significativos, el pasado y el carácter del capitán Silva, entre la noche anterior al golpe y la mañana en el que este se produce. Es un lapso de tiempo corto, en el que se concentra la acción y que mantiene el suspense sobre lo que está sucediendo y sobre las decisiones que van tomando los distintos mandos de la Academia. Y del propio capitán Silva, el protagonista en el Hangar rojo de este episodio del golpe de Estado chileno de 1973.

La segunda es la elección del blanco y negro, al que asociamos las imágenes de archivo del 11 de septiembre de 1973, vistos en reiteradas ocasiones en documentales y reportajes de televisión. Un blanco y negro en contraste, además, con ese título que resalta el “rojo” junto a la palabra hangar.

La tercera elección es la utilización de una cámara que sigue a los personajes de cerca, casi “pegados” a sus cuerpos, a sus rostros (en primeros planos), buscando esa sensación de inmersión que en esta película no llega a marear la mirada. En buena parte gracias a una puesta en escena que da tiempo en cada toma a aprehender a los personajes, tanto en sus silencios como en sus diálogos tensos, en sus dudas, en su valentía o en su cobardía. Los diálogos entre el capitán Silva y su esposa sobre qué hacer, o entre el mismo capitán y el coronel golpista Jahn, resultan de una gran precisión y muy emotivos.

La cuarta elección es el uso del fuera de campo como recurso cinematográfico: la percepción de amenaza, de dilema a resolver del capitán Silva, está acentuada por esta decisión de puesta en escena; de igual modo, las torturas a los detenidos en el hangar rojo, en general, las percibimos más mediante los gritos que por las imágenes. Como se ha señalado (y surge inmediatamente al estar viendo la película), este uso del fuera de campo nos remite al Hijo de Saúl (2015) de László Nemes.

El guion de Luis Emilio Guzmán ha concentrado los hechos del golpe de Estado de 1973 (visto en otras películas muy estimables desde perspectivas más generales), en un grupo no muy grande de personas y, fundamentalmente, en la figura del capitán Jorge Silva; con la intención de que el espectador se sumerja en la subjetividad de una persona que adquiere conciencia de lo que está sucediendo sobre la marcha, y del dilema dramático que tiene que resolver, de la decisión que tomará con todos los riesgos que sabe que acarrearán a su vida y a la de los suyos. La historia está inspirada en la vida real del capitán Jorge Silva Ortiz, y en el libro Disparen a la bandada. Una crónica secreta de la FACh, de Fernando Villagrán. Villagrán conoció en circunstancia bastante adversas, como detenido o secuestrado, al capitán Silva y da testimonio sobre ello.

Para encarnar al capitán Silva, la dirección de elenco ha encontrado en Nicolás Zárate al actor prefecto, con su rostro enjuto, su prosodia atemperada y su apariencia de sobriedad. El cadete que acaba de ingresar en la Escuela de Aviación porque admira la pericia del capitán como paracaidista, le pregunta, rompiendo la distancia respetuosa que mantiene Silva con sus subordinados, “¿qué se siente al saltar?” Jorge Silva se lo piensa un momento y responde: “libertad”.

P. D.: Sobre el capitán Jorge Silva Ortiz, su vida y su actuación, hay amplia información en internet, que no se ha querido desglosar en esta crítica, además del libro fundamental de Fernando Villagrán, ya citado.

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus