Sobre la exposición de Hammershøi en el Museo Thyssen Bornemisza – Relato de Clara Martín Muñoz

Ida leyendo una carta, 1899.
Vilhelm Hammershøi
Óleo sobre lienzo, 66 x 59 cm.
Colección particular

La habitación nevada.

              Insonora, vacía.

              Detenida, callada.

Entre los dedos la carta crepita.

Sólo un instante, un lampo.

Lo que dura la primera pisada

en la nieve virginal;

el primer pensamiento de amor puro.

A diferencia de otras retratadas, envueltas en colores, mirando al exterior,

ella se ha recogido. De espaldas a una ventana tapada.

Absorta. Ensimismada.

En un moño el cabello. Sereno y firme su tronco azabache.

Si viéramos pasar las horas sabríamos que su cuerpo vestido de oscuro va desluciendo el contorno, fundiéndose con el marfil de las paredes, el mantel, los techos.

Sin embargo, el tiempo se ha detenido.

Alguien dirá que es abulia, tristeza; amargura, aspereza. Resignación, quizás sometimiento. Melancolía, indiferencia, sueño.

Sin embargo, el tiempo se ha detenido.

Ha cerrado la puerta. No hay opción a deseos; ni a otras historias ni a viejos recuerdos. Ni antiguas voces ni nuevas llegadas. Nada proviene de otras estancias de la casa.

Vive ahí, en ese preciso instante. En ese espacio frente a una puerta abierta por la que quizás nunca pase nada. La esclerótica blanca en el papel, en ese objeto extraño entre los dedos. Cafetera y taza son inservibles atrezos.

Ni un movimiento, ni una mueca, ni una sonrisa, ni un murmullo, ni una lágrima.

Viéndola así nadie podría decir si espera, o si no espera nada. Si teme estar soñando, o haber heredado la locura de su madre. Si ha contribuido a pintar la casa. Si es musa de un pintor o la cómplice callada.

De ese artista escenógrafo que repite escenarios. O quizás de un extraño.

Nadie puede saberlo. Nadie lo sabe. Ni atreverse a inventarlo.

Porque la habitación está nevada.

Porque quien deja caer los silenciosos copos

              conoce que la nieve absorbe todos los ruidos

              y que su fulgor puede cegar la mirada.

Vacío, nada.

Aire inhalado entre oquedades albas; el polvo de una ventisca pasada. Tan, tan lejana. Tan olvidada. Que dio paso a la calma.

Esa epístola no se ha escrito ni se escribirá. Con la hoja en los dedos no columbra la puerta. No le interesa. Y no le importan vanos ni cartas.

La luz ya ha entrado.

Callada, se ha arrellanado a sus pies

y ha tornado transparente a la nieve.

Ella no mira fuera. Mira hacia dentro.

La carta en sus dedos es sólo un mantra de hielo. La excusa para engañar la mirada. Ni letras ni signos, solo embeleso.

¿Acaso te incomodas? ¿Te inquieta este silencio?

¿Te aburre esta ausencia de historias, de acción, de tramas?

Nada, esta mujer no espera nada.

Solo contempla. Una página en blanco. Donde no dice nada.

La nieve ha embebido todo sonido.

El blanco, el marfil, crema, gris, son polvo.

Los espacios vacíos

            contienen las ausencias,

            presencias invisibles están incorporadas.   

Se cerrará la puerta. Pronto o tarde. No importa nada.

La luz ya ha entrado.

Dentro la espera. Y sutil va la nieve espejeando.

Ella se mira dentro. Contemplativa. En el vacío.

Volcada su nada en una hoja en blanco.

La nieve espejo, ¿ves tu mirada?

¿A quién contemplas?

¿Contemplas?

La habitación nevada.

Tu casa.

La luz espera dentro.

Insonora, aquietada.

Vacío

tu centro.

Vacía,

tu alma.

Reseña sobre Vilhelm Hammershøi y el cuadro Ida leyendo una carta
Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 1864 – 1916), uno de los artistas daneses más importantes de su época, fue olvidado durante mucho tiempo por ser ajeno a las modas y debido a la dificultad para ser clasificado dentro de alguna de las corrientes artísticas del momento: impresionismo, simbolismo y las primeras vanguardias. Sin embargo, está de plena actualidad, no por la innovación o
su ruptura formal, sino por su honda mirada a la interioridad, su desnudez y los silencios fotográficos, casi cinematográficos, que han inspirado a muchos artistas de otras disciplinas. Su actualidad y atemporalidad viene de la mirada desnuda que invita a la introspección y a la contemplación de lo sencillo.
Con una paleta de colores limitada a los blancos, grises y marfiles dota a cada estancia de una atmósfera llena de sentido que nos impele a la quietud y a la reflexión. El elemento simbólico en sus cuadros no viene de los objetos sino de la propia elección del color. Como otros grandes artistas es capaz de pintar la atmósfera, el aire que se respira en las estancias.
Recibió influencias de los maestros holandeses del sigo XVII como Vermeer, Pieter de Hooch o Gerard ter Borch. Comparte con ellos el interés por los interiores domésticos, el impacto de la luz natural y la vida cotidiana, sin embargo, a diferencia de Vermeer, que emplea un amplio abanico de colores y símbolos en sus composiciones, Hammershøi reduce su paleta y los elementos formales
para generar una atmósfera de austeridad y minimalismo. Aunque se ha dicho de él que no es un autor narrativo, no cuenta explícitamente historias, existe todo un mundo detrás de esas puertas abiertas o cerradas, de las ausencias y los vacíos que se abren en sus cuadros, del mismo modo que los silencios resultan elocuentes en el teatro.
También el uso de la luz favorece la introspección y la sensación de atemporalidad. Expandida de forma suave y proveniente del exterior, contribuye a la atmósfera de serenidad. Su piso de Strandgade de Copenhague fue protagonista de muchas de sus obras. En ese ambiente se eliminaba lo superfluo, se cambiaban objetos y se repetían pinturas en distintos tiempos, como lo hizo Monet con algunas de sus obras. Su esposa Ida Ilsted fue la presencia constante tantas veces representada en acciones cotidianas y que contribuyó no solo a que el artista dispusiera del tiempo
necesario para dedicarse a su obra, sino que fue cómplice de la estética y el universo que le inspiraba. El artista prepara sus propios decorados, los planifica y los pinta convirtiéndose en escenógrafo, en fotógrafo del instante. A menudo se la ha denominado como «el pintor del silencio», por su capacidad de evocar serenidad y convocarnos delicadamente a buscar nuestra consciencia. Ha inspirado a artistas como Edward Hopper, con quien comparte el gusto por retratar los escenarios
cotidianos, la interioridad y la soledad, aunque a diferencia de este sus pinturas nos invitan a la contemplación silenciosa al interior de uno mismo donde los sonidos se amortiguan. En Hammershøi lo cotidiano, despojado de lo superfluo y estrepitoso, es un escenario atemporal y por ello desplaza nuestra mirada hacia nosotros mismos, lo cual hoy, en un mundo lleno de prisas, ruidos e hiperactividad resulta más necesario que nunca; la búsqueda de silencio y profundidad.
El cuadro Ida leyendo una carta es, según algunos críticos, la respuesta doscientos años después del cuadro de Vermeer Mujer leyendo una carta, que Hammershøi conoció en 1887 cuando viajó a Holanda. Se trataría de imágenes en espejo. En el cuadro Interior con mujer leyendo, sin embargo, estas figuras parecen superponerse y retratar una escena similar a la de Vermeer, como si nos alentara a asumir las propias diferencias en nuestro camino vital. Ida leyendo una carta pasó
de los descendientes del pintor a manos de coleccionistas a partir de 1984. El último de ellos, en 2012, pagó por el cuadro dos millones de euros en Sotheby´s.

Interior con mujer leyendo, 1910.
Vilhelm Hammershøi
Óleo sobre lienzo, 61 x 73 cm.
Stockholm, Nationalmuseum
Mujer leyendo una carta, 1662-1663.
Vermeer de Delf, Johannes.
Óleo sobre lienzo, 46.5 x 39 cm.
Rijksmuseum, Ámsterdam

Clara Martín Muñoz

Nota de la Redacción. Sirva este relato como prólogo al trabajo que en breve publicaremos sobre la exposición que el Museo Nacional Thyssen Bornemisza dedica a la figura de Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Se puede ver hasta el 31 de mayo de 2026. Este relato lo publicamos en el Revista Atticus 48, el cual te lo puedes descargar de forma gratuita.

Revista Atticus