Obituario: Sonidos de mascota y una sinfonía de bolsillo, Brian Wilson – Carlos Ibañez

Nos acaba de dejar uno de los mejores músicos de pop, de jazz y de cualquier sonido capaz de emocionar que haya existido. Él sólo compuso un álbum fundamental para la historia de la música del siglo XX, capaz de emocionar, llenar el ama y divertir a un tiempo con la única canción capaz de hacer llorar aun peso pesado de esta industria como es Pal McCartney. O eso afirma el fab four.
Brian Wilson se nos marchó por segunda vez. Su vida se divide en dos etapas, la de los Beach Boys, la muerte en vida tras casi cuatro años en cama por una depresión nerviosa severa y un chupasangre en forma de terapeuta, de nombre Eugene Landy, que administraba todos sus derechos de autor a base de un cóctel de pastillas que le mantuvo como una marioneta durante más de una década y una casualidad que le devolvió a la vida hasta el año pasado, cuando esa casualidad de melena rubia y vendedora de Cadillacs falleció y Brian, tan dependiente anímica y espiritualmente de ella, se dejó ir para reencontrarse lo antes posible con Melinda Ledbetter. Según sus allegados era evidente que a él ya no le interesaba vivir, otra vez, y ni siquiera se acercaba ya al piano para tocar, cosa que desde que se casó con ella hacía a diario y largos ratos para retomar una carrera que dejó boquiabiertos a críticos de todo el mundo y que produjo, para gloria de su banda, los Beach Boys, un álbum monumental grabado con músicos de estudio y que llegó a ochenta y siete tomas de algún fragmento y a un fracaso en las listas de ventas porque no era el sonido divertido de surferos atolondrados y chicas monas, sino un trabajo absolutamente monumental, comparable a Sgt. Peppers o a The dark side of the moon, y, de nuevo volvemos a palabras de Macca, cuando afirmó que salió de una sola cabeza mientras que su álbum de 1967 salió de cuatro, si contamos con el trabajo orquestal de arreglos llevado a cabo por George Martin. También era el canto del cisne del primer Brian Wilson, ya comenzando a escuchar voces y a no saber si se encontraba en un lugar real o imaginario.

Su primera esposa, la cantante Marilyn Wilson-Rutherford, veía su deterioro cada día sin poder hacer nada salvo proteger a sus hijas en común contra aquel ser desubicado y enfermo que dependía más del aplauso de su tiránico padre que del unísono del mundo entero. Fue su padre quien impulsó y después trató de hundir su carrera diciendo que Brian y sus hermanos y primo no eran suficientemente buenos, y más tras ver como Pet sounds no alcanzó el número uno ni el dos.
En plena locura, ya sin apenas hablarse con nadie tras el agotamiento de la grabación mientras su banda estaba de gira en Japón y tras discutir con ellos cuando les pedía una cosa mil veces hasta que quedaba a su entero gusto, su sello intentó rebajarles el caché y en medio de una discusión con su primo Brian se fue a tocar el piano y su perro, Banana, comenzó a aullar y ladrar. De ahí, y en una tarde, nació Good vibrations, posiblemente el single más escuchado en Estados Unidos en esa década, más que The Beatles, The Rolling Stones y todos los maravillosos músicos y bandas de la contracultura y el movimiento hippy. Good vibrations se convirtió en número uno al instante y cualquier pinchadiscos que se preciase lo tenía a mano, aún hoy los realmente buenos lo tienen y lo mantienen. Un theremín le otorgó una nueva dimensión en ese universo de músicos que buscaban sin descanso sonidos nuevos, instrumentos diferentes y algo que les diferenciara del resto. Brian Jones se fue a Marruecos a producir música bereber, The Beatles estuvieron en India y regresaron preñados de ritmos diferente y George se convirtió en un maestro de sitar, cosa que después llevó al virtuoso Pandit Ravi Shankar a todos los grandes festivales de la década, pero para The Beach Boys fue un theremín y millones de singles vendidos en los sesenta y un número uno como álbum en la reedición de sus éxitos en 1990. Y todo salió de una sola cabeza que vivía encerrada y cuyo único medio de expresión era con notas en lugar de con palabras.
Después de este rotundo éxito, Capitol Records intentó rentabilizarlo lanzando un nuevo álbum, Smile, que hubo de ser cancelado tras el evidente deterioro de la salud mental de Brian y la pérdida de confianza de sus compañeros de grupo, principalmente del letrista y primo de éste, Mike Love, quien dijo que aquello carecía de sentido como el propio Brian. Tuvieron que suspender la gira y la gallina de los huevos de oro se convirtió en un gallo castrado que nadie quería, o eso dijo Slim McGlover, uno de los grandes críticos en las ondas estadunidenses de los setenta.
Brian regresó al trabajo tras una dura batalla legal contra Landy (que había sido contratado por su primera esposa, en principio para controlar sus adicciones a pastillas que le enloquecían, según ella) y sus métodos de control absoluto, que incluían pasar una miseria a sus hijas y quedarse con el resto, incluido su patrimonio inmobiliario, con amarre en el puerto de Long Beach y dos mansiones, en Malibú y Santa Bárbara. Melinda le sacó del diagnóstico arbitrario y grosero del terapeuta al que en 1990 consiguió que retirasen la licencia para ejercer en California y compuso temas hermosos y con un poso de culpabilidad. Algunos de sus admiradores quisieron grabar con él y sacó un álbum.
A pesar de todos los líos legales, visitas a la corte suprema de California y arreglos extrajudiciales entre los integrantes de The Beach Boys, todos los que aún vivían, porque Denis murió en un accidente marino estúpido, continuaron haciendo giras durante los años 90, Wilson volvió a componer con Mike Love, quien le había tenido en juicios los años anteriores por las letras de múltiples canciones que Brian dijo que eran compuestas por ambos y arreglos que Love hizo, y lanzaron un álbum, un poco fuera de los sonidos actuales, Summer in Paradise, en 1992, salido justo tras la recuperación del control de los derechos de todas las canciones y tras enterrar el hacha de guerra por el reconocimiento de la ayuda en las letras por parte de su primo Mike.
Por si fuese poco, el nuevo matrimonio de Brian con Melinda logró recuperar los derechos de la biografía del músico, retocada y rehecha por Landy para vanagloria del penoso psiquiatra y vergüenza ajena en alguna de sus afirmaciones, aunque una, reconocido por Brian sobre el LSD es absolutamente cierta:
“El LSD me daba mucho miedo. Casi lo dejé, pero nunca se vuelve a ser la misma persona después de una droga como el LSD”.
Así estuvo un par de décadas y después regrabó y dio forma a Smile, ahora rebautizado como Brian Wilson’s Smile y el aplauso de la crítica ante un álbum que traslada a lugares de extraña y profunda intimidad a quien lo escucha, claramente emparentado con Pet sounds y con avances técnicos que, en el año de su nueva publicación, 2004, no parecían apreciables, salvo para quien sabe escuchar, o eso dijo Artie Kornfeld, vicepresidente de Capitol y uno de los promotores del festival acuariano de Woodstock de 1969.

Continuó haciendo discos en solitario, algunos absolutamente de culto, como Brian Wilson Reimagines Gershwin (2010) e In the Key of Disney (2011).
Tras esto Melinda comenzó a encontrarse peor y la pareja se refugió en su intimidad hasta que el 30 de enero de 2024 ella falleció y Brian no encontró motivo para seguir viviendo, de manera que languideció hasta morir el 11 de junio de 2025.
Fue un músico con todas las letras de la palabra (aunque algunas fueran de Mike Love), conocedor de armonías, silencios y todos los secretos de la composición. Le despedimos con palabras de Paul McCartney, quien tanto le admiraba y a quien tanto admiraba el recién fallecido:
“Un genio musical cuya creatividad producía canciones dolorosamente especiales. Las notas que escuchaba y compartía con nosotros eran simples y brillantes al mismo tiempo. Lo amaba y me sentí privilegiado de estar cerca de su luz por un tiempo. ¿Cómo seguiremos sin Brian Wilson? Sólo Dios sabe”.
Carlos Ibañez
Revista Atticus
