Crítica película Sirât de Oliver Laxe – Gonzalo Franco Blanco
Sirât
Ficha
Año: 2025.
Duración: 114 min.
País: España.
Dirección: Oliver Laxe.
Idioma original: castellano, (francés, árabe: VOSE).
Guion: Oliver Laxe y Santiago Fillol.
Fotografía: Mauro Herce.
Música: Kangding Ray.
Reparto: Sergi López, Bruno Núñez, Jade Oukid, Ricahrd Bellamyun, Stefania Gadda, Tonin Javier, Joshua Liam Herderson.
Productora: Filmes da Ermida, El Deseo, Movistar Plus, 4A4 Productions, Uri Films, BTeam Pictures.
Premios: Premio del Jurado en Cannes, 2025.
Género: aventura trágica. Intriga. Búsqueda/Desapariciones. Cine de carretera. Fiesta rave. III Guerra mundial.
Sinopsis
Un padre (Sergi López), su hijo pequeño (Bruno Núñez) y el perro de ambos, Pipo, llegan a una rave que se celebra en un lugar inhóspito de las montañas desoladas del sur de Marruecos. Buscan a su hija y a su hermana, desaparecida en una de esas fiestas hace unos meses. Reparten su foto entre los asistentes a la rave, envueltos en la música techno omnipresente, mientras exploran las claves de este tipo de eventos y de sus participantes. Allí conocen a un grupo de raveros que van a asistir a otra fiesta que se celebrará en lo más profundo del desierto. Padre e hijo deciden seguirlos, contra toda lógica, con la expectativa de encontrar a la joven desaparecida.
En tanto, ha podido estallar la III Guerra Mundial.
Crítica
Precedida por el ruido y la fanfarria del Premio del Jurado de Cannes, asistimos con expectación ante uno de los estrenos más esperados del año. Precedida también por el recuerdo de O que arde, película notable, una de las de mayor interés de 2019. Y las expectativas, además (seamos directos) son confirmadas plenamente por los hechos.

Estemos ante una película de aventuras, en el significado más clásico de la palabra, en el sentido y propósito, por ejemplo, de El salario del miedo (1953) en la que la aventura tiene un sentido trágico, como lo tiene en la película de Oliver Laxe. Nada que ver, por supuesto, con el tipo de aventura infantiloide puesta de moda en las últimas décadas. Hablamos de la aventura para adultos, como puede entenderse y serlo la Odisea, donde sus personajes siempre están al borde de la tragedia, donde siempre ronda la muerte y también la dicha de estar vivos.
Como espectadores, lo que nos produce ese sentido de inmersión, de intriga, de tensión emocional, es la aventura al límite en la que se convierte la película a partir de un momento determinado, en la que la supervivencia en el sentido más duro de la palabra, o el riesgo de una muerte azarosa y atroz, se palpa a cada instante. El contraste entre el trance buscado por la rave, exento de riesgo, cercano a cómo podía ser el trance de los participantes de las bacanales u otras fiestas sagradas de la Antigüedad, se va disolviendo ante ese otro tipo de “trance”, el de del peligro inminente, el de poder morir en cualquier momento.
Pero empecemos por el principio: en un lugar inhóspito, apartado, de unas montañas del sur de Marruecos, se celebra una rave a la que han llegado camiones, microbuses y furgonetas conducidos y habitados por gente inclasificable, en busca del trance que provoca el uso de una intensidad de sonido salvaje (mezcla de muchos decibelios más otras sustancias) que sale de unas torres de altavoces que semejan una muralla negra. Es una forma de vida (la comprendamos o no), fuera de los caminos más trillados.
A ese lugar también llegan, con otra intención, un padre (Sergi López), su hijo pequeño (Bruno Núñez), acompañados por un perro, Pipo. Buscan a su hija, a su hermana, desaparecida en una de esas fiestas. Reparten su fotografía entre los participantes, buscan información, un rastro para encontrarla, para saber si está viva y si quiere volver a casa, entendemos. “Hay mucho ruido”, dice el padre, conciliador, aunque suponemos que todo le suena a algo ajeno, extraño, quizá irritante, pero no lo expresa. Nos interesa mucho esa extrañeza, esa misión sagrada como es la búsqueda de su hija, esa adaptación a un mundo diferente y quizá enloquecido (desde su perspectiva) de los raveros y de sus vidas nómadas, que han optado por vivir el instante, el trance permanente proporcionado por la música electrónica.

El extrañamiento está dado, también, por el lugar donde se celebra la rave: un lugar no solo desértico, sino desahitado de pobladores, donde los móviles u otros medios de radiotransmisión no parecen existir o han sido desechados para garantizar el secreto del lugar clandestino de reunión, que rememora el apartamiento de los anacoretas, en este caso con un cierto sentido colectivo, de tribu urbana.
Pero la realidad, aunque los raveros intenten enajenarse de ella (de forma quizá entendible), sigue existiendo y les obligará a un traslado forzoso a otro lugar, y en la que dos de los vehículos de raveros, y sus conductores/habitantes, optarán por penetrar en el desierto más profundo buscando una fiesta más secreta si cabe. En ese viaje o descenso a las profundidades, serán acompañados por padre, el hijo y el perro. Única forma de continuar su misión de búsqueda.
Este “viaje” argumental y también conceptual es el que realiza el guion de la película, muy bien articulado por Oliver Laxe y su coguionista Santiago Fillol. Hay un dominio de la narración cinematográfica (en comparación con su anterior filmografía), de la composición de los personajes, donde siguen recurriendo a actores sin experiencia (Bruno Núñez, Jade Oukid, Ricahrd Bellamyun, Stefania Gadda, Tonin Javier, Joshua Liam Herderson), pero esta vez introduce a un actor como Sergi López, que reúne esa experiencia de forma sobrada sin que se la haya pegado ningún tic del oficio. Su mirada de padre desesperado por la búsqueda de su hija, pero que acepta con cierto asombro contenido a sus nuevos compañeros de viaje (“¡déjate llevar, pétalo!” le dicen en un momento sus nuevos amigos), está acompañada por la mirada desprejuiciada del su hijo (Bruno Núñez), que nos rinde y, en un momento dado, nos duele. (Minuto 60).

Desde Mimosas (2016), que ya se desarrollaba en el Atlas marroquí, pasando por la extraordinaria O que arde (2019), el camino cinematográfico de Oliver Laxe ha sido el del riesgo como creador, siguiendo unas claves personales que vemos en cada una de sus películas, en la que la naturaleza tiene un papel primordial, y no solo como lugar bucólico, sino como lugar habitable y lugar en donde los humanos nos enfrentamos ante nosotros mismos, sin ventajismo, en un dialogo o baile con ella: puede ser el desierto y sus inhospitalidades o el fuego y su capacidad de destrucción y de regeneración. Dice el cineasta que en Sirât ha buscado el sentido de la aventura, de la aventura trágica, por parte de un grupo humano que busca un camino de libertad propia, autónoma, en este caso los raveros, donde el movimiento, el nomadismo motorizado, es fundamental. Lo que enlaza su película, en la memoria cinematográfica, con road movies como Easy Rider (1969), o Two-Lane Blacktop (1971), no tanto por su temática, sino por su espíritu aventurero y radical, donde el movimiento se convierte en una forma de vida, por carreteras en esos ejemplos, o en el caso de Sirât, por pistas y caminos rurales.
El paisaje, la naturaleza en este caso de las montañas y desiertos de ese sur de Marruecos (y de Aragón y de Almería), son parte, casi personajes, de la película, como puede serlo en un wéstern, con la narración de la marcha de los protagonistas por pasos de montaña o vados de ríos, donde el director nos hace sentir el riesgo y la incertidumbre. Luego hay otra parte que remite a lo simbólico: así el uso de las torres de sonido, dispuestas como murallas, a espaldas de bellos y espectaculares farallones o mallos, son un elemento de contraste brutal. Más que a la Kaaba, en su negritud y su forma geométrica, me recuerdan al monolito de 2001: Una odisea del espacio (1968), que funcionaba como un tótem y que podía emitir sonidos no siempre eufóricos. Son asociaciones seguramente aleatorias, provocadas por el flujo de las imágenes hiperrealistas, pero con mucho contenido simbólico, rodadas en 16 mm. por el director de fotografía Mauro Herce.

El contexto histórico en el que se desarrolla la película es el actual, que llega en forma de sordina allá en el profundo desierto, pero que llega: lo hace en forma de soldados y columnas de vehículos militares; en forma de noticias confusas, difíciles de interpretar en su justo alcance. Pudiera ser una guerra mundial, la tercera, o algo más limitado. No lo sabemos. Es el toque de atención de Oliver Laxe, la advertencia sobre un posible descarrilamiento del mundo, presente en su film. Y en el mismo título del la cinta: Sirât es el nombre del puente fino como un cabello o el filo de una espada a recorrer para alcanzar el paraíso y no caer en el infierno, según la escatología islámica.
La fusión de imágenes realistas que adquieren un contenido simbólico las podemos apreciar, también, en la conclusión de la película: unas vías férreas (que ya había aparecido antes), unos vagones con posibles refugiados, entre ellos unos europeos perdidos o integrados en esa masa que se mueve y huye. Aquí lo simbólico ya adquiere el carácter de alegoría. Y una belleza también trágica y conmovedora. Porque la película puede conmover y conmocionar.
Como se suele decir, no se pierdan de ninguna manera esta película.
Os dejo un tráiler:
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

