Brigitte Bardot, musa. Adiós a un mito (1934 – 2025) – Carlos Ibañez

Se acaba de marchar, en este aciago año de 2025, una de las más grandes estrellas del cine europeo, de esa Francia de inagotables bellezas repleta de talento y que los directores miman hasta convertirlas en susurrantes musas del día a día de cualquier cinéfilo que se precie y de más de uno que no lo es.
En los noticiarios y diarios sólo se leía y escuchaban sandeces sobre sus polémicas vitales, pero ni un solo comentario sobre la luz que irradiaba, sobre el equilibrio entre los orbiculares de sus ojos y el de su boca, las lemniscatas de su cuerpo y lo inspiradora que realmente era. Talentosa y bella, aunque todo el mundo hablara sólo de lo hermosa que era, Brigitte fue algo que asustaba en su juventud y más aún en estos tiempos donde la libertad se confunde con tomar unas cañas o contar mentiras por parte de cualquier Stalin en grado de tentativa. Ella sí fue libre. Y la libertad compete a la responsabilidad, a la creatividad y a la sabiduría, y de las tres estuvo siempre bastante bien servida, tanto en su trabajo actoral como en sus sensacionales posados para artistas, en esencia, para su vecino Kees Van Dongen, el maestro posfauvista de Róterdam para quien ejerció de musa y modelo tanto en un óleo como en una famosa litografía en color sobre papel Arches que sigue contando que hay mucho de Matisse, pero también mucho de la influencia del grupo de artista alemanes Die Brücke (El Puente), pero, sobre todo, hay una belleza atemporal capturada y que al igual que el soneto XLIII de Shakespeare sabe que ella está inmortalizada y siempre lo estará en su arte. Brigitte quiso mostrar lo libre que se sentía siempre. Opinó sobre lo que quiso y nunca negó su respeto por una ideología de las que privan de libertad, pero todos somos contradictorios y ella no lo iba a ser menos que cualquiera.
Fue esposa, cuatro veces, amante en incontables y silentes ocasiones, y una madre desastrosa porque su hijo le privaba de su forma de vida. ¿Es un pero o es otro de esos filtros sociales de los que ella carecía? Lo cierto es que nunca dejó de opinar y nunca pasó desapercibida a los cinco sentidos, o eso dijo en una ocasión su descubridor para el cine y primer esposo y amante (desde los quince años ella se acostaba con él), Roger Vadim, de quien siempre fue amiga y con quien siempre conservó la ternura de la inocencia, cosa que negó al resto de sus maridos y amantes.
Van Dongen supo que aquella chica del cine que vivía cerca del pueblo de la Costa Azul en la que él se había afincado, alejándose de la escasa luz neerlandesa, y próximo a la libertad salvaje y colorida que tanto gustaba mostrar en sus obras; era un símbolo más allá de la persona y alguien eterno y a eternizar, más allá del cine, a pesar de lo que opina Guillermo del Toro sobre que “el cine es el arte que captura la vida”. El maestro de Róterdam tenía claro que él podría capturar ese instante de aquella mujer que ya había pasado de los treinta, pero que aún conservaba la divinidad en su mirada.
Ella ya había trabajado con alguno de los grandes maestros del cine francés y conocía las técnicas de actuación más allá de las que venían desde Nueva York, tan de moda en esos años sesenta convulsos y contraculturales, pero Kees no quería eso, ni lo pretendía. Él necesitaba decirle al mundo que la belleza había que buscarla en el fondo de esa mirada inmortalizada, en el punto de unión de la comisura de sus labios y en el símbolo de libertad que aquella modelo, musa, mujer y diosa que Brigitte era.
Reventó taquillas por su sensualidad, pero, como dijo el escultor, y amante durante cuatro años, Miroslav Brozek: “de ella se puede capturar el instante, pero nunca su esencia al completo, porque es demasiado grande, demasiado libre como para pretenderlo”.
Brozek la inmortalizó en algunas de sus más reconocidas obras, alguna de ellas está en plazas y calles de pueblecitos y ciudades de la Costa Azul, la que la encumbró opacando a otras estrellas que paseaban por La Croisette, en Cannes durante el festival de 1956 y son conocidas las piezas más sensuales, los Pezones Dorados. Pequeñas esculturas en bronce dorado sobre esta parte del cuerpo de la Bardot enmarcados en triángulos o cuadrados del mismo material.
Cuando su luz ya no era tan radiante abandonó el cine, pero no la vida. Se hizo activista por los animales y dijo un montón de tonterías porque el que tiene boca se equivoca y el nacionalismo chauvinista exige cierto nivel de idiotez, y ella era “excesivamente francesa”, como mencionó Kirk Douglas después de haber trabajado con ella y sufrir sus arrebatos de que en Francia esto se hace así o de esta otra manera. No le gustaba la islamización de Francia, pero nunca dijo nada sobre los franceses en el norte de África. Nunca le gustaron las feministas de despacho y subvención, y lo demostró apoyando a Gerard Depardieu en sus causas con la justicia por diversos delitos de violación y abusos. E incluso dijo que cambiarían de nacionalidad (rusa, como su amigo Gerard) si el estado francés sacrificaba a dos elefantes enfermos bajo su custodia.
Pero ella era, es y será una musa. Alguien que alivia la carga de la rutina para una clase que ocultan los medios vergonzantemente, la clase obrera. No es un desahogo sexual ni un millón de sueños sensuales, ella es una inspiración diaria, ese aliento suplementario que todo obrero (y no sólo de sexo masculino) sufre al entrar en su vivienda tras una jornada donde ha sido explotado por unas monedas y una promesa, la de mejorar… Pues la única oferta que, en realidad, desea ese trabajador es que Brigitte le sonría y le musite lo que él más necesite, quiera o desee antes de acostarse… Tal y como Kees Van Dongen o Miroslav Brozek la inmortalizaron o Vadim nos regaló en movimiento en …Y Dios creó a la mujer.
Aunque si alguien la describió en palabras fue Godard en un diálogo. En este fragmento de El desprecio:
– ¿Puedes ver mis pies en el espejo?
– Sí.
– ¿Te parecen bonitos?
– Sí. Muy bonitos.
– ¿Y te gustan mis tobillos?
– Sí.
– ¿Y mis rodillas también?
– Sí. Me encantan tus rodillas.
– ¿Y mis muslos?
– También.
– ¿Puedes ver mi trasero en el espejo?
– Sí.
– ¿Crees que tengo un culo bonito?
– Sí, precioso.
– ¿Quieres que me arrodille?
– No, no hace falta.
– ¿Y te gustan mis pechos?
– Sí. Me enloquecen.
– Con suavidad, Paul. No tan rudo.
– Perdona, Camille.
– ¿Qué te gusta más? ¿Mis pechos o mis pezones?
– No sé. Los dos por igual.
– ¿Y te gustan mis hombros?
– Sí.
– No me parecen muy redondos.
– A mí sí.
– ¿Y te gustan mis brazos?
– Sí.
– ¿Y mi cara?
– También.
– ¿Todo? ¿Mi boca, mis ojos, mi nariz, mis orejas?
– Todo.
– ¿O sea que te gusto entera?
– Sí. Te quiero entera, con ternura, trágicamente.
– Yo también, Paul.
Y la vida vence a todo, la muerte no desprecia, pero nunca podrá con los mitos y Brigitte siempre será eso, a pesar de ella misma: un mito, una musa, una promesa…
Carlos Ibañez
Revista Atticus

