Obituario – Claudia Cardinale, no hizo olas, pero sí, un buen cine – Carlos Ibañez

A los ochenta y siete años nos ha dejado la rutilante y siempre capaz de embelesar con una simple mueca y sus grandes ojos la gran Claudia Cardinale. Nacida en Túnez y fallecida en Francia, con una sólida carrera en Cinecittá y magníficas incursiones en Hollywood, donde cada una de sus películas en inglés logró un aplauso de la crítica y un quebradero de cabeza para aquellos ejecutivos estadunidenses que la querían de reclamo erótico cuando ella poseía mucho más que un cuerpo escultural y una cara bonita.
Ella tenía la voz ronca, un inglés malo y una dicción maravillosa, desde Alida Valli no había tenido ese tipo de matiz el cine italiano, pero a su esposo y mentor, Franco Cristalidi, no le gustaba que un sex symbol tuviera ronquera. Así que la dobló, haciéndole perder su frescura hasta que llegó Fellini y registró su voz como uno de los elementos claves para la locura del genio de Rimini plasmada en el rostro repleto de matices de Marcello Mastroianni, en Fellini: 8 y medio.
Los comienzos de aquella reina de la belleza en Túnez fueron ciertamente halagüeños con la curiosa Goha y la fantástica Rufufú, del siempre estimable Mario Monicelli. Fue ahí donde Visconti, como la gran mayoría de los cinéfilos del mundo, la descubrió y rápidamente solicitó su colaboración para Rocco y sus hermanos, lo que le catapultó, junto a Alain Delon, a un estrellato del que ya nunca se apeó. Poco después hizo dos interpretaciones opuestas y francamente plausibles en Cartouche, junto a Belmondo, y La chica con la maleta (Mario Nascimbene, 1961), donde jugaba con el drama social y todo lo que ahora sigue tan vigente: el amargo don de la belleza, como bien escribió Terenci Moix, mezclado con la pobreza severa y la inmoralidad por bandera de gran parte de los ricos, que se creen con derecho a todo sólo por tener dinero, y eso incluye seducir, burlarse y abandonar a esa bailarina. Sensacional interpretación a la que el machismo de la época ocultó tras halagos a su lozanía y hermosura.
Regresó a Visconti con una superproducción, de nuevo junto a Alain Delon y el insuperable Burt Lancaster en una de las mayores superproducciones del cine europeo, donde cada plano es un regalo y todas las historias que nos quiso contar Tomasi de Lampedusa en su magna obra quedaron bastante bien reflejadas, en diálogos o en imágenes, en la vasta cinta del gran Lucchino. Lancaster habló maravillas de ella y de esa carnalidad con alma que tanto diferenciaba a las europeas, especialmente las italianas, de las estadounidenses. En pocos años habían llegado a la costa oeste americana Anna Magnani, Sophia Loren, Gina Lollobrigida y Virna Lisi demostrando que podía ofrecer algo más que escote y saber llevar unos tacones. Y Hollywood siempre buscaba algo diferencial en los actores que importaba, la mirada de Greta Garbo, el desparpajo con piernas largas de Marlene Dietrich, la inocencia opaca de Ingrid Bergman o la elegancia en cada movimiento de Audrey Hepburn… Todo llevaba a buscar talentos diferenciados en Europa, aunque fue Seltznick quien lo hizo su sello personal tras la búsqueda denodada de Escalata O’Hara hasta que encontró a una jovencita británica de acento neutro y una mirada, hipócrita e interesada a la vez que inocente y auténtica, hasta ese momento nunca vista en pantalla.

Pero regresando a Claudia hay que hablar de su paso previo a Hollywood, con su mal inglés incluido, al rodar Los Indiferentes, basada en la cruda novela de Alberto Moravia, donde una jovencita de la burguesía romana venida muy a menos cae en los brazos del amante de su madre para que éste la mantenga ante el horror de su hermano, quien observa la degradación moral de los suyos sólo por dinero. Alcamada por la crítica y valorada en festivales internacionales Blake Edwards la fichó para su proyecto más ambicioso hasta ese momento: La Pantera Rosa, obra fundamental de la comedia de enredo y ladrones que tuvo su germen en Atrapa a un Ladrón, de Alfred Hitchcock, y que evolucionó hasta las más sofisticadas de la saga de Ocean’s rodadas por Steven Soderbergh. Y Claudia Cardinale salió airosa de aquella comedia coral con dos corifeos sensacionales, el elegante David Niven y el rey del gag visual del cine británico, Peter Sellers. Ella conduce muy bien con una gestualidad a caballo entre la frialdad indiferente y el erotismo abrazada a la piel de un animal convertido en alfombra las diferentes escenas de seducción interesada de Niven sin dejar de mostrar todo su talento, aguantando el plano o sabiendo el momento exacto para extender una sonrisa tras ser casi cruel con su interlocutor en la escena.

Y todos los agentes de las majors buscaron tener el contacto y ofrecer un buen contrato a esa bomba sensual de inglés inexacto y voz áspera. Pero ella tenía ya otro Visconti en cartera y no se dejó llevar por los cantos de sirena de cobrar en dólares, muchos dólares, y besar a estrellas masculinas que la llevarían a galas y estrenos en sus flamantes deportivos descapotables. Y rodó junto al maestro del buen gusto Sandra (Vaghe stelle dell’Orsa), donde la parte del título entre paréntesis es un verso del genio de Recanati, Giacomo Leopardi (“pálidas estrellas de la Osa Mayor”), y en las que el guion habla de los pecados de una familia afamada de Volterra, cerca de Pisa: amor, incesto, traición y muerte con una crudeza que nace de lo amable y culmina en la destrucción y todo visto desde el cariño, casi idolatría del esposo americano de la bella Sandra, que regresa a su casa para la inauguración de un parque en honor a su padre, muerto en Auswitz durante la II Guerra Mundial. Fue León de Oro en Venecia y nos regaló una de las mejores interpretaciones de la actriz ahora fallecida. Como aviso decir que esta cinta estuvo prohibida en España hasta finales de 1974 por la temática, para los que aplauden la censura (a ambos lados de la centralidad).
Después rodó películas de poco calado hasta que Hollywood volvió a tocar a su puerta y rodó dos películas notables, un western, Los Profesionales, y una comedia sofisticada, No hagan olas.

De la primera cabe destacar como es capaz de jugar su papel de sembrar la duda en el grupo de rescatadores y resquebrajar su cohesión, vista durante la primera parte de la cinta y su belleza, más salvaje que nunca, junto a los revolucionarios que, supuestamente, la había secuestrado, y la sofisticación al jugar sus cartas entre aquellos cuatro hombres sin piedad, pero con dudas, muchas dudas, que ella ha depositado en sus corazones y en sus cabezas.
Después vino la, siempre fresca, comedia que protagonizó junto al irregular Tony Curtis. Aquel rodaje horrorizó a Claudia, más tras la muerte de uno especialista tras ahogarse por una mala caída en la escena de paracaidismo en Malibú. Sharon Tate, que también aparecía en la cinta, opacó a la italiana y ella se dijo a sí misma que en París, a donde se acababa de trasladar, se vivía mejor que en el sur de California. Ahora es considerada una pequeña joya, pero en su día fue lapidada por una crítica mordaz y saturada de películas playeras y Tony Curtis, quien veía caer su estrella a pasos agigantados, al menos hasta que dio una lección de interpretación en El Estrangulador de Boston, años más tarde.
Regresó a Europa y rodó con el rey del spaghetti western, Sergio Leone, una obra maestra, Hasta que Llegó su Hora. Filme fundamental para entender la redefinición del género y observada con auténtica delectación por muchos de los que han rodado westerns tras ésta, como Tarantino o Sam Raimi, Leone, con sus coguionistas: Dario Argento, Bernardo Bertolucci y Sergio Donati, decidieron que la banda sonora debía estar presente desde el día que comenzase el rodaje, por eso esas tomas coreografiadas de grúa o el compás marcado por la llegada del tren, que Ennio Morricone dejó flotando continuamente en toda la cinta, a eso hay que añadir un personaje que apenas habla, Armónica, pero que se expresa perfectamente con el sonido del instrumento de viento.
A día de hoy es considerado un clásico y, sin duda, la mejor interpretación de Henry Fonda junto a la de 12 Hombres sin Piedad. Y Claudia Cardinale brilla con ese savoir fair de mujer virtuosa y lista salida de un burdel de Nueva Orleáns y capaz de jugar sus armas de mujer, bien por miedo, bien por sacar ventaja en un juego de vida y muerte, de riqueza o retorna a la miseria del dinero por sexo en el que se había movido hasta casarse con aquel hombre que había comprado unos terrenos por los que iba a pasar el tren.
Como detalle destacar que es una de las películas que tiene su sitio en la Biblioteca del Congreso, en Washington D.C.
Claudia se divorció de su marido, el productor Franco Cristaldi y se fue a vivir con el director Pasquale Squitieri, con quien tuvo su segundo hijo, una niña, de nombre Claudia, como su madre, y a quien abandonó cuando se enteró que tenía una aventura con una cantante en 2003.
Todo esto repercutió en su vida profesional, pero hizo muchas más películas, y una, una auténtica virguería capaz de descolocar a cualquiera que haya producido cine por su dificultad, unido a que Werner Herzog volvió a elegir a su más íntimo enemigo, Klaus Kinski, como protagonista. Llegando a las manos en más de una ocasión, entre la vesania del actor y la preocupación por su obra del director alemán. Y, en medio de todo esto, la sin par Claudia Cardinale regalándonos Molly, su personaje, una de las mejores sonrisas de la historia del cine en esa película, Fitzcarraldo, sobre la historia del hombre que llevó la ópera a la Amazonía peruana.

A día de hoy, Fitzcarraldo sigue siendo considerada la película más brillante rodada en Perú, y también “una de las mejores”, según Herzog, su director y guionista. Además, la película es reconocida en el mundo del cine por casi fracasar durante su rodaje y en posproducción, por demandas de miembros de rodaje heridos, seis en el choque del barco contra las rocas y otros más de los figurantes aborígenes de Iquitos, y por otros obstáculos, como el hecho de la enfermedad de Jason Robards, el protagonista original quien contrajo disentería y no regresó al rodaje o la contratación y posterior negativa de Mick Jagger a hacer la película.
Cada vez que se ve esta cinta se le descubre algo nuevo, lúcido, diferencial y, sobre todo, se ve la madurez de una actriz que sabía sacar provecho a daca una de sus escenas y a la que el realizador alemán mimó con imágenes de especial belleza.
Hizo más películas y nos regaló alguna interpretación más de calidad, como La Salamandra o su colaboración con Fernando Trueba en El Artista y la Modelo. También regresó a España para rodar Twice Upon a Time in the West, en 2015 y donde coincidió con el gran actor español Francisco Conde, cuando él comenzaba.

Descansa en paz, querida Claudia y gracias por esa sonrisa y el embelesamiento que lograbas inocularnos con alguno de tus grandes papeles. Ahora que te vas es más cierto que nunca esa frase que dijiste hace años sobre lo que debe atesorar la cara de una actriz, de una mujer, en general: “el rostro de una mujer debe estar acuñado por su propia historia” …Y aquí está la tuya, semblante incluido.

