Crítica de cine. Algunas consideraciones sobre Oliver Laxe a propósito de Sirât – Luisjo Cuadrado
“Existe un puente llamado Sirât que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada”
Llevo unos cuantos días dándole vueltas a la última película de Oliver Laxe, Sirât. Ahora sus imágenes se me han mezclado, más allá de la retina, con la de su anterior propuesta O que arde (2019) que con muy buen acierto la TV2 emitió el pasado domingo, apenas dos semanas después del estreno de Sirât.
Estoy de acuerdo con la crítica emitida con mi admirado amigo y colaborador Gonzalo Franco Blanco. La puedes leer en este enlace. Podía ofrecer otra versión, pero… tengo mis dudas. Así que voy a tratar de hacer un experimento y hablar de Sirät, hablar algo de O que arde y algo más de Oliver Laxe. Para ello me voy a centrar en cuatro aspectos: música, personajes, paisaje y director.
Música
El peso que tiene el papel de la música en la película de Sirât es fundamental. Hay que tener en cuenta el argumento: un padre, acompañado de su hijo adolescente, va en busca de su hija desaparecida. No sabe nada de ella. Las últimas noticias fueron que iba a una rave. Y allí, en Marruecos, padre e hijo inician su búsqueda adentrándose en este mundo, para muchos de nosotros tan desconocido, más allá de las noticias de los telediarios que un numeroso grupo de personas se ha concentrado en las afueras de tal población bailando con la música a todo trapo sin descanso rodeados de sus furgonetas/casas ambulantes. La música rave suena desde el principio, a todo trapo.
Este puede ser un buen momento para hablar de la música en el cine. Creo, que desde estas páginas no hemos hablado de ello. La música en el cine puede dividirse en diegética o extradiegética en función de la localización respecto al mundo de la ficción. Es decir, si en la historia que se nos cuenta, en la ficción, se oye esa música, estaríamos ante un claro ejemplo de música diegética. En nuestro caso, el sonido rave, fundamentalmente electrónica, hace bailar a los actores y hasta nos hace a nosotros mover la cabeza de un lado para otro. Su uso, de manera general, es para provocar emociones en el espectador o potenciar la fluidez narrativa en determinadas escenas o acontecimientos, o, simplemente, para crear una atmósfera que acompaña a las imágenes. Aquí está claro que Oliver nos provoca con su música, nos crea una cierta tensión que le va muy bien a ese mundo en el que se adentra y sobre todo por la inquietud de no encontrar a su hija. La mayoría de las veces sale de elementos que componen la escena: una radio, unos potentes bafles como en este caso; o un cantante (últimamente hemos tenido buenas propuestas del género biográfico). Y la música extradiegética es la que es añadida de manera artificial, en la mesa de montaje o de sonido. En el caso de Sirât hay buenos ejemplos hacia el final de la película cuando caminan por el desierto. No está en el mundo de la ficción. Su uso también puede potenciar la escena en los mismos términos que la diegética. Su uso es a voluntad del director, por lo tanto, es una manera de subrayar la acción y dar una mayor carga dramática.
Oliver Laxe ha hecho un buen uso de la música electrónica en su última entrega de la mano del compositor francés (David Letellier) conocido como Kangding Ray. Hay una primera parte con más presencia de la música diegética para crear esa tensión, en una apariencia delirante, y luego, cuando ya el concierto de rave no es tan importante, aparece la extradiegética con esos subrayados en determinadas escenas con una música electrónica al estilo de 2001, una odisea en el espacio (es solo un ejemplo). Esto corresponde con esas dos partes claramente diferenciadas en la película que tiene su punto de división en el terrible suceso que lo cambia todo (justo en la mitad del metraje). Al principio era una rebeldía, una resistencia (incluso a lo que sucede en el exterior de la fiesta, en el otro mundo) y una vida en común que luego se rompa y trata más bien de una supervivencia en un mundo que se ha vuelto demasiado hostil, y que con la música no consiguen abandonar el cuerpo y la identidad a través del continuo movimiento.
Personajes
Un buen punto a su favor lo tiene Laxe en el elenco de personajes. En O que arde nos metidos por el profundo mundo rural gallego de la mano de Benedicta y Amador (Benedicta Sánchez y Amador Arias). Eran dos aficionados, dos actores no profesionales. Se puede decir que no tienen mucho mérito porque desarrollan en la pantalla su propia vida. Pero eso es reducirlo todo de una manera muy simplicista. Detrás de ellos hay una clara y brillante dirección. Queda para el recuerdo la escena, casi al final, cuando Benedicta vuelve la cabeza con una mirada que lo dice todo.
Sucede algo parecido, pero mucho más complejo, en Sirât. Sergi López es uno de los poco actores profesionales. A su lado brilla Bruno Nuñez quién ya ha tenido algún papel significativo a su corta edad. Sergio López lleva el peso del reparto con su oficio. Es el que da sentido a ese forastero en medio del desierto. Un personaje que evoluciona con la historia. A su lado se encuentra una extraña troupe desarraigada, tullida en todos lo sentidos y no solo en los más evidentes como son los físicos. Tienen un aura de marginales, de inadaptados. Con sus cuerpos mutilados, tatuados y su piel reseca camina haca el abismo. Este grupo de rebeldes techno está formada por Stefania Gadda, Jade Oukid, Richard Bellamy, Tonin Janvier y Joshua Liam Herderson quienes nos contagian su vida. El pequeño, con su inseparable perro, ejerce de nexo entre ambas familias.
Cuando sucede «lo gordo», ese giro brutal que da la película, en el que aparece el dolor, surge la comunión. Ahí no hay diferencias que valga todos somos uno. El que creíamos que era diferente responde a las mismas motivaciones. Ya no vemos a unos seres poseídos por las drogas que bailan y bailan sin cesar sin más preocupación que el buen rollo.
Algún crítico habla de cierta referencia a la película Freaks (La parada de los monstruos, Tod Browning, 1932) que el propio director no ha ocultado (es más hay una explicita referencia a una camiseta de la película que luce uno de los actores). El entorno de la feria y el paisaje rural crean una sensación de aislamiento y de rareza. Lo que si que está claro es que en ambas películas hay una clara crítica social a cómo la sociedad trata al diferente, a las personas con discapacidades físicas.
Laxe ha sabido inducir el naturalismo a sus actores. Gracias a ese naturalismo hace que el espectador empatice a nivel emocional porque lo ves sin ego, sin máscara, lo sientes casi desnudo.
Paisaje
Es evidente que el paisaje juega un papel fundamental en el cine de Oliver Laxe. La mirada de su director de fotografía Mauro Herce proporciona una atmósfera clave. En sus dos últimas películas podemos apreciar ese elemento común y el papel que juega. En O que arde (2019) el paisaje, bosques tupidos, ayuda a crear la atmósfera y la emoción y explorar la relación entre los personajes, la naturaleza y la cultura campesina para crear una sensación de pertenencia a un lugar. En Sirât (2025) el paisaje desértico es clave en crear una atmósfera de tensión para explorar, también la relación con sus personajes y ese entorno hostil creando una sensación de aislamiento y desolación.
Director
La intencionalidad primera es hacer del cine un espacio donde se pueda volver a experimentar la muerte, que es algo que al estar en una sociedad tan autofóbica ya no existe.
Oliver Laxe
Público, 4 de junio de 2025
Oliver Laxe es un director que encandila a quien le escucha. Tiene un aura de hombre correcto, tranquilo, estudioso, sabio, reflexivo, practicante de la meditación, equilibrado, espiritual. Y eso se nota cuando tienes la oportunidad de oírle. Y eso se trasmite a sus obras.
Laxe ha puesto un listón muy alto y se espera mucho de él. Sus propuestas, hasta la fecha, están lejos de reventar las salas y saltar la banca, pues tiene un registro diferente a los demás. Ha conseguido su sello. Su visión del cine es única. Es un estudioso de la imagen y un buscador de la perfección en sus pulidos guiones (de la mano del inseparable Santiago Fillol). Una mirada entre lo radical y lo espiritual que se rebela contra la idea de buscar sentido a las narraciones o subrayados sicológicos de sus personajes.
En su primera película Todos vós sodes capitáns (2010) ya nos descubrió su particular óptica con una historia rodada en blanco y negro y en Marruecos: un voluntarioso profesor pone a un grupo de alumnos a rodar una película. Sorprendió a la prensa especializada en Cannes. También sucedió otro tanto con Mimosas (2016), con el desierto también como protagonista y que constituye una reflexión sobre la amistad, la lealtad y la supervivencia en un entorno hostil.
O que arde (2019) Laxe explora la vida cotidiana en una cultura campesina crepuscular en Galicia con una comunión perfecta con el entorno. Recibió numerosos galardones.
Con Sirât nos muestra una agonía rodeada de imágenes potentes, con buenos giros de guion y sonidos que nos llegan al alma. Su cine nos recuerda al Buñuel de las mejores parábolas.
Valoración final
Como ya dije en un principio, no he tratado de hacer una crítica al uso pues eso ya lo había hecho mi compañero Gonzalo. He querido trazar algunas notas en la realización de este interesante director gallego que él mismo se ha encasillado en un «marginado», aunque a mí me gusta más verlo como un hombre fuera de los campos trillados habituales en las películas en los últimos tiempos.
Ha generado un sinfín de variadas críticas en las que el denominador común es la de ser una obra cinematográfica innovadora y poderosa. Gracias a la excelente fotografía de Mauro Herce, su obra destaca, de manera general, por una gran habilidad a la hora de crear una atmósfera única y perturbadora al capturar la belleza y dureza del entorno.
Con Sirât ha logrado una película arriesgada, lúcida y original en la que combina géneros del western, road movie o thriller.
Es indudable que ha sabido generar en el espectador emociones intensas que pueden suponer una experiencia abrumadora o, incluso, dolorosa. Una propuesta polisémica que genera debates sobre la intención del director. Una reflexión sobre la condición humana, una crítica al sistema, una exploración de la psicología humana en situaciones extremas son las algunas de las dudas que la visión de Sirât puede producir en el espectador.
Entraba al cine casi acojonado porque me había dicho que era una película muy dura. No quise saber nada de ella hasta verla. Pero entraba asustado. Lo he pasado mal en propuestas como la de El hijo de Saul de László Nemes (2015), El club de Pablo Larraín (2015), la terrible Funny Games de Michael Haneke (1997) o incluso te revuelves en tu butaca por el asco que te produce lo que se narra en Spotlight de Tom McCarthy (2015). Disfruté del arranque con la elevación del muro lleno de cajas acústicas sobre ese bello telón de fondo de los cortados árido para luego sentirme incómodo en los primeros compases con la música rave. Ahora veo de otra manera a ese colectivo, tengo otra visión de ellos. Antes era como que no existían porque no me interesaba. Ahora he visto que son simplemente unas personas con otra visión de la vida (tal vez suene muy simplicista, no quiero extenderme sobre ello). No he entendido muy bien la alusión a la III Guerra Mundial. No tiene porque existir una amenaza en el exterior que perturbe los ravers. Incluso me parece hasta raro que lleven una radio para estar al día, ellos que son tan «fuera de la ley y el orden». Me sorprendido el giro argumental justo en el punto medio del guion. También lo que ocurre en esa última parte, esas sorpresas un tanto ilógicas (al más puro estilo Tarantino). Eso que se llama «shock value» que no es otra cosa que un recurso narrativo para reforzar la idea principal del argumento. El primer caso, bueno, terrible sorpresa; el segundo ejemplo, eh, ¿qué pasa? y el tercero… ya te lo esperabas, ha perdido la fuerza por el abuso. Un recurso que llega a ser desagradable o inconcebible dependiendo de la perspectiva de la audiencia. Ya casi roza lo cómico. Quizás es el único pero que se puede poner a esta brillante película de Oliver Laxe. Sirât es una propuesta fuerte que hace que el espectador se inquiete y vuelva su mirada hacia su interior.
Luisjo Cuadrado
Revista Atticus
