Crítica película Jurado número 2 de Clint Eastwood

Ficha

Título original: Juror #2

Año: 2024

Duración: 117 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Clint Eastwood

Guion: Jonathan Abrams

Reparto: Nicholas Hoult, Toni Collette, J.K. Simmons, Kiefer Sutherland, Chris Messina

Música: Mark Mancina

Fotografía: Yves Bélanger

Compañías: Warner Bros., Malpaso Productions, Lightnin’ Production Rentals. Distribuidora: Warner Bros.

Género: Thriller. Drama. Intriga | Drama judicial / Abogados/as

Sinopsis

Justin Kemp, un hombre de familia, mientras forma parte de un jurado en un juicio por asesinato de alto perfil, se encuentra luchando con un serio dilema moral… uno que podría utilizar para influir en el veredicto del jurado y potencialmente condenar (o liberar) al asesino acusado.

Crítica

Clint Eastwood nos cuenta una historia cuyo tema principal tiene que ver un proceso judicial. Tantas y tantas películas hemos visto con los entresijos de la justicia en los EE. UU. que casi nos conocemos el sistema judicial americano más que el nuestro propio. Hay una película clásica que constituye la síntesis de este modelo, sobre todo, para la película que hoy nos concierne. Se trata de Doce hombres sin piedad (1957, Sidney Lumet) donde el jurado se reúne para deliberar y hay un solo miembro que cree en la inocencia del acusado. En este caso era el jurado número 8 encarnado por un magistral Henry Fonda. De magistral también se puede calificar la adaptación española dirigida por Gustavo Pérez Puig en el mítico programa Estudio 1 de TVE emitido el 16 de marzo de 197. Un drama televisivo protagonizado por unos inconmensurables José María Rodero, José Bódalo, Sancho Gracia, Luis Prendes o Ismael Merlo en los principales papeles. Un enfrentamiento que mantenían los miembros del jurado (en ambos casos) por la búsqueda de la verdad.

Fuente: http://www.blazqueznoeno.com/doce-espanoles-sin-piedad/

Nuestro joven protagonista, Justin Kemp (Nicholas Hoult, al que hemos visto recientemente en El menú) está a punto de ser padre fruto de una relación con una joven a la que conoció mientras hacía unos servicios a la comunidad y con la que finalmente se casó. Se trata de Ally (Zoey Deutch) también con un pasado dramático al haber tenido un aborto espontáneo. Con antecedentes de alcoholismo, pero reconducido hacia la sobriedad, trabaja como periodista en una revista local, es propuesto y, al final elegido, para formar parte de un jurado popular. Superada la criba, comienza el juicio e irá conociendo unos hechos que pronto se le revelarán demasiado conocidos. James Sythe (Gabriel Basso) está acusado de haber matado a su novia Kendall Carter (Francesca Eastwood) tras una fuerte discusión en un bar. La víctima había aparecido muerta en el lecho de un río al pie de la carretera. Parece que Justin pudo haber estado implicado en el atropello con fuga en una noche de intensa lluvia. Él tuvo un percance la misma noche de los hechos, pero al bajarse del coche no encontró cuerpo alguno, pensó, como es habitual en esa zona, que se trataba de un atropello de un ciervo. Los daños del coche así parecían dar testimonio. Kemp rápidamente se verá enfrentado a un gran dilema moral. Por un lado, si confiesa que el pudo ser el causante del atropello, con sus antecedentes, irían directamente a la cárcel donde seguramente le esperaría la cadena perpetua. Y por otro sabedor de la inocencia del acusado tienen que convencer al resto de los miembros del jurado de su inocencia. Si bien las pruebas no son nada sólidas, solo él cree que no mató a su novia. La fiscal Faith Killebrew (Toni Collette) jugará un importante papel más allá de demostrar la implicación de Sythe.

La nueva entrega de Clint Eastwood más que una nueva película sobre un juicio se trata de un film que tiene que ver sobre las personas, sobre la condición humana, sobre la lucha interna por la salvación personal. Es decir, que pone el foco en el individuo y su responsabilidad frente a la sociedad como fundamento básico de la justicia, planteando el dilema de si la verdad es siempre justa. Justin es un hombre con un pasado alcohólico. Apenas se ha redimido de su pasado dramático, cuando se tiene que enfrentar a un dilema moral.

Con un buen modelo de guion de la mano de un debutante, Jonathan Abrams, el director sitúa a un joven que ha sido elegido como miembro del jurado en una situación límite: contar la verdad significaría para él la ruina; para su mujer el terrible desconsuelo y quedarse sola con la crianza de su recién hijo (y este lógicamente sin padre). Si por el contrario miente, pasa la pelota a otra persona, el acusado, al que le mandará a la cárcel, sin remisión. O tratar de paliar su culpa defendiendo la inocencia del acusado maniobrando desde dentro del jurado. Para ello, al igual que lo hizo Henry Fonda, tendrá que tratar de convencer al resto de sus once compañeros, con terribles planteamientos y cuestionando el trabajo que la policía hizo, deprisa y corriendo, sin detenerse en buscar a algún otro culpable más allá del que tenía todas las papeletas como era el novio violento. Terrible dilema que nos pone los pelos de punta si cualquiera de nosotros se pone en esa situación.

En la larga trayectoria de Eastwood aparece en su cine una serie de figuras situadas en los límites de la vida social. Alguna de ellas como actor como es el mítico papel en Harry el sucio (Don Siegel, 1971), donde Clint Eastwood interpretaba a un policía frustrado con el sistema judicial que acaba impartiendo su propia justicia, pasando por el misterioso predicador de El jinete pálido (1985, ya como director), una ex estrella de rodeo y criador de caballos retirado en la reciente Cry Macho (2021) o Frankie Dunn, veterano entrenador de boxeo -que no entrena a mujeres- de Million Dollar Baby (2004), hasta Robert Butch Haynes (Kevin Costner), delincuente que se escapa de la cárcel de Huntsville y, en su huida, secuestra a un niño de ocho años en Un mundo perfecto (1993). Son algunos de los personajes proscritos e imperfectos del mundo del director californiano. A esta lista de grandes personajes oscuros y héroes trágicos habrá que sumar ahora a Justin Kemp en Jurado número 2 en un papel donde se cuestiona lo que uno debe de hacer en favor de una ética de la responsabilidad.  

A la gran actuación de Nicholas Hoult hay que añadir la solvente Toni Collette, en la piel de una despiadada fiscal que solo quiere una condena rápida para que suba en popularidad y recibir un impulso en su carrera política ya que se haría con el puesto de fiscal jefe de distrito. Ambos arropados por un buen puñado de actores como J. K. Simmons (siempre lo veré como el profesor exigente en Whiplash), Kiefer Sutherland, Chris Messina, o Cedric Yarbrough. Sobre el primero decir que su recorrido se queda muy corto por desaparecer (casi de manera incomprensible) de la escena por mor del guion. Aprovecho para decir que en la recta final de la película ocurren un par de cosas que rechinan un poco por mor de encajar en la tesis que desarrolla el guionista/director. No quiero desvelar mucho pero sí llamar la atención sobre la visita que los miembros del jurado realizan al escenario del crimen. Cuesta entender que con esa visita se pueda producir un brusco giro del guion. No tanto de lo que allí pueden ver como sí de lo que hablan dos de los protagonistas. Sorprende que no echen mano a aquello tan socorrido como es la duda razonable (motivos tienen) para declararlo como no culpable. Quizás este sea uno de los pocos peros que se pueda poner a la labor de Clint Eastwood en esta interesante película con un canon cada vez más alejado del cine hollywoodiense de las grandes superproducciones con escenas de mucha acción y elevado presupuesto.

El director con sus espléndidos noventa y cuatro años muestra su particular sello con un estilo sobrio. En vez de unas secuencias espectaculares de acción se centra más en las personas y sus demonios internos. Cada uno de los miembros del jurado tiene lo suyo, son personas corrientes y molientes que lo único que quieren hacer es terminar cuanto antes para volver a la aparente calidez y tranquilidad de su hogar (aparente… cada uno con sus demonios). Que sea culpable o no casi les da lo mismo. No es su problema. Solo quieren cumplir con ese deber que tienen al haber sido elegidos como miembro del jurado. Eastwood reconstruye las deliberaciones recreando una atmósfera que con el paso de los minutos se vuelve más tensa e inquietante, con cierto suspense (en la de Sidney Lumet era asfixiante por el calor y la falta de aire acondicionado). Muestra las cosas de manera sutil centrando su mirada en las respuestas de sus personajes ante las distintas disyuntivas que plantea dejando cierta ambigüedad para que sea el espectador el que se acabe de formar su opinión sin maniqueísmos. Eso sí, dejando una cuestión en el aire: «a veces, la verdad no es justa». Quizás uno de los últimos planos que haya rodado el director californiano sea uno cenital con la estatua de la Justicia asistiendo a la conversación entre Justin y la fiscal con motivo del veredicto y tras haber dictado la condena. Lo que tiene que oír la pobre. La Justicia, una estatua de Temis, la diosa griega de la justicia, en su representación clásica, tiene una venda en sus ojos y sosteniendo la famosa balanza en su mano izquierda y en la otra con la espada hacia abajo como símbolo de equilibrio y equidad. Una cosa, como se puede ver recientemente, muy difícil de conseguir. Buena metáfora para poner punto final a toda una gran carrera cinematográfica.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus