Crítica película Anora de Sean Baker – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Año: 2024.
Duración: 138 min.
País: Estados Unidos.
Dirección: Sean Baker.
Idioma original: inglés.
Guion: Sean Baker.
Fotografía: Drew Daniels.
Música: Matthew Hearon-Smith.
Reparto: Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Yuri Borísov, Karren Karagulian, Vache Tovmasyan, Ivy Wolk, etc.
Productora: Cre Film, Filmnation Entertainment.
Género: Sátira social. Trabajo sexual. Cine independiente.
Premios: Festival de Cannes 2024, Palma de Oro a la Mejor película. Festival de San Sebastián 2024, Premio del público. Gotham Independent Film Awards 2024, Mejor película, Mejor dirección, Mejor interpretación protagonista (Mickey Madison), Mejor interpretación de reparto (Yuri Borísov). British Independent Film Awards 2024, Mejor película internacional independiente.
Sinopsis
Anora, Ani, (Mikey Madison) es trabajadora sexual en un club de Nueva York. Allí conoce a un joven cliente de 21 años, hijo de unos oligarcas rusos hiperricos: Vanya (Mark Eydelshteyn) le hará a Anora un proposición decente a la que le resultará imposible decir que no. No opinarán lo mismo los padres del hijo pródigo que viven en Rusia y no dudan en trasladarse a EE.UU. para resolver el entuerto.
Crítica
La película alcanza su sentido, su propósito, en la última escena. Todo lo que hemos visto se ordena en nuestra mente en un instante, cuando contemplamos el desvalimiento de los dos personajes más marginales de la historia: Anora, que prefiere que la llamen Ani, (Mickey Madison) e Ígor (Yuri Borísov), el matón de un oligarca que en realidad es solo su chico de los recados. Dos náufragos pobres en un mundo turbulento donde el dinero manda, los refugios son escasos y, en ocasiones, solo son señuelos para los incautos.
Hasta ese momento hemos seguido la mirada de Sean Baker centrada en Ani y en su trabajo en un club de alterne, que incluye hacer simulacros del coito en público que requieren pasividad (no usar las manos u otras partes anatómicas) por parte de los usuarios (hombres, por supuesto) de ese servicio.

Es un mirada detallada, insistente, puede que reiterativa, para empapar al espectador con las interacciones de las profesionales y de los clientes en un club, con las conversaciones entre las chicas o con los preparativos antes de salir a escena, pues el espectáculo funciona como una simulación, donde ellas realizan sus frenéticos movimientos eróticos y ellos, baboseando, depositan billetes en los elásticos de sus tangas u otras mínimas prendas. Un travelling hace un barrido donde vemos a unos y otros en ese juego de excitación para ellos y de trabajo para ellas. Un día de curre más.
Vanya, un niñato rico de veintiún años, visita el club nocturno acompañado por su pandilla de amigotes, y la dirección del antro elige a Ani para que los atienda puesto que sabe ruso. Se lo oía a su abuela rusa, una inmigrante que nunca aprendió inglés, y ella no lo habla pero sí lo entiende. El buen rollo entre ambos les llevara a citarse fuera del club, donde Ani ejerce la prostitución clásica ocasional.
Hay algo en esa mirada de Sean Baker que ya hemos observado en sus anteriores películas: no juzga, no sermonea, no busca tampoco la parte más sórdida de las vidas de sus personajes marginales. Es una mirada que nos permite ver la dignidad de los mismos en algo tan difícil, en muchas ocasiones, como es la lucha por la supervivencia de la mayor parte de la personas, en este caso en unos de los países más ricos del mundo, pero donde ganarse el pan de cada día para una parte de la población es también una labor muy dura. Algo que, en algunas situaciones, condena a la marginalidad social o a la delincuencia.
Lo vimos en Tangerine (2015), mi primer contacto con su filmografía, gracias al Cineclub Casablanca que lo proyectó en 2018, donde una prostituta trans sale de prisión y emprende una alocada búsqueda de su novio, o en The Florida Project (2017), sobre una niña y sus amigos que juegan durante un verano en los alrededores de un motel donde residen algunos de sus padres y de sus madres, sobreviviendo como pueden a la crisis financiera e inmobiliaria de 2008, y en algún caso recurriendo a la prostitución ocasional como forma de ganar algún dinero para pagar el alquiler o la comida.
La presencia del sexo, de lo sexual, se repite en Red Rocket (2021). En este caso sobre una antigua estrella del cine porno y el difícil encaje en el mundo laboral tras su declive profesional. Sobre esta especial atención de Sean Baker al sexo en su filmografía se le ha preguntado, como es obvio. El cineasta responde que nunca ha habido mayor acceso a la pornografía, mediante internet o las redes sociales por ejemplo, pero al mismo tiempo (lo comentaba en Cannes, al recibir la Palma de Oro), pocas veces se ha omitió tanto en el cine como un tema más sobre el que hablar, hasta rozar el puritanismo en contraste con su omnipresencia en otros canales.

Esa mirada de Sean Baker no es tanto sobre lo sexual o el sexo, sino sobre las personas que por cuestiones económicas, sociales o laborales, ejercen algunos de los trabajos asociados a la prostitución o en las fronteras de esta. Hecho siempre desde la comprensión, desde la riqueza de matices, que excluyen el trazo grueso y la condena o la absolución. Quiere acercarse a sus almas, a sus sentimientos, mostrándolos en su complejidad. Las condiciones socioeconómicas son fundamentales en la elección voluntaria o forzada de todas esas profesiones asociadas al trabajo sexual. Sean Baker se fija en esas vidas en los márgenes del sueño americano al que estas personas no pueden acceder y del que son jirones, notas al margen. No pueden acceder pero “sueñan” con poder conseguirlo, embriagados por el mito con que les bombardea la cultura popular y los medios de masas de su país.
En Anora, el cineasta ha introducido el mundo de los hiperricos, en la figura del niñato que se puede permitir todos los caprichos y todos los gastos que se le ocurran. Hijo consentido de una pareja de oligarcas rusos que poseen un casoplón en Nueva York, aprovecha unas vacaciones para disfrutar de la vida de la única amanera que concibe: bebiendo, drogándose, gastando dinero a mansalva y haciendo lo que le da la gana. El personaje de Vanya no es una caricatura o un estereotipo de un hiperpijo, sino el retrato un chaval desnortado, simpático, aunque cobarde, en buena parte producto de su impunidad y de su descerebramiento. El tratamiento desde la comprensión que aplica Sean Baker a sus personajes habituales, también lo realiza con Vanya, como lo hará con los recaderos de su padre que en un momento dado se dedicarán a buscarlo por los tugurios de Nueva York.
Cualquier película, cualquier novela, si es rica en significados, nos lanza a otros recuerdos, a otras visiones y a otras lecturas. Anora enlaza con el cuento de la Cenicienta, o más recientemente puede funcionar como el reverso irreverente de Pretty Woman (1990), con una proposición en este caso decente (el juego puede continuar con otra película que habla de una proposición indecente) y, en consecuencia, con la posibilidad milagrosa de realizar ese sueño americano y quizá universal de alcanzar la riqueza y el estatus social asociado mediante una fórmula casi mágica: el encuentro con el príncipe azul, siempre masculino, por parte de una Cenicienta, siempre femenina. Sean Baker cuenta este milagro civil con bastante gracia y convicción, en una especie de delirio donde sexo, alcohol y droga facilitan la situación adecuada para que se produzca.
A partir de este momento de encarnación del cuento de la Cenicienta, hay un corte brusco en el film que introduce a otros personajes: es la parte del despertar del sueño. La aparición de una especie de guardián del niñato, contratado por los padres, tiene algo de cómico: es un pope armenio al que le pillan en un bautizo que debe abandonar para cumplir su cometido. Lo acompañan dos matones, o más bien dos “mataos”, con la orden de encontrar al chico y resolver el entuerto. El tono de la película en este tramo recuerda ciertos mundo de los hermanos Coen (El gran Lebowski, 1998, O Brother, 2000) o de After Hours, 1985, (con el ingenioso título de Jo, ¡qué noche!, en España), de Martin Scorsese, o de algunas de sus películas urbanas de tono más serio.

Ese tono de comedia amarga, de ritmo delirante, a veces alocado, se rematará con la llegada del padre y de la madre (importante resaltar esto último), que vendrán a resolver la cuestión y que es la parte que, sin llegar al estereotipo, fuerza a que los personajes ejerzan sus roles, en este caso de oligarcas tópicos, aunque no excesivamente peligrosos. Hubiera sido más interesante e hilarante que esta subtrama se hubiera hecho con Trump o su yerno Kushner, pero es fácil de entender la dificultar para haberlo llevado a cabo.
El final de la película, en su regreso o descenso a un tono más realista, nos golpea con ese grito silencioso de Anora: ¡ya no puedo más! Ahí se encuentra el sentido de la historia que nos han contado. Y es un golpe emocional porque la posible incomprensión que nos produce el personaje de Anora (ha dejado de reconocerse como Ani), queda entendida y superada con esa escena final en un coche. Momento culmen cinematográfico. Un hallazgo.
La película ha contado con una gran actriz, Mikey Madison, que es un todo un descubrimiento. Sostiene la clave de la película, en un papel arriesgado, lleno de matices y donde tiene que usar varios tonos, desde el frívolo, el casi cómico y finalmente el emotivo. De un elenco de excelentes actores, destaca por el peso de su papel y la dificultad para hallar el tono adecuado, entre su aspecto de matón y su hacer sensato, Yuri Borísov, al que hemos podido ver en Compartimento nº 6, (2021), de Juho Kuosmanene, Espiga al mejor actor en la SEMICI 2021, y Espiga de Oro la película, o en La fuga del capitán Volkogov (2021) de Vladimir Chupon y Natalya Merkulova.
El resto de actores, en buena parte rusos o de origen ruso o armenio, como Mark Eydelshteyn, Karren Karagulian (un colaborador habitual del director), Vache Tovmasyan, Ivy Wolk, bordan sus papeles. Así mismo, la fotografía de Drew Daniels conserva ese tono propio de las anteriores películas del director, que parecen lienzos hiperrealistas. Sean Baker, rodó Tangerine con la cámara de un móvil.
Una muestra de un cineasta independiente, rabiosamente independiente, que mira en los márgenes de la sociedad, en un tema incómodo como es el del sexo como trabajo y que en esta película multipremiada en los grandes festivales (un gran salto en su carrera sin abandonar su estilo) ha combinado una buena historia, un buen guion de la que es autor el mismo Sean Baker (además de montador), con una combinación de géneros cinematógrafos en las distintas fases de la trama con resultados estupendos. Los ciento treinta y ocho minutos de duración del film discurren manteniendo la atención del espectador, a veces asombrado, a veces sonriendo o riendo, y finalmente conmovido, muy profundamente, me atrevería a expresar.
Os dejo un tráiler:
Gonzalo Franco Blanco
PD: in memoriam de Luis Martín Arias. Un maestro del cine. D.E.P.
Revista Atticus

