Crítica película Misericordia de Alain Guiraudie, ganadora del la Espiga de Oro en la 69 SEMINCI – Luisjo Cuadrado
Hablar de Misericordia es muy fácil y a la vez es muy difícil. Cuando se visionan una serie de películas a lo largo de una semana intensa (la sexagésima novena edición de la SEMINCI) y de repente contemplas esta, uf, ni pestañeas, ya no te molesta la respiración fuerte de la persona que tienes a tu lado, ni te molesta el rígido respaldo, ni la poca distancia que hay entre butacas. Te quedas quieto atento que no se te escape nada. Es una película distinta, valiente, osada, transgresora y provocadora. Y por esta misma razón es difícil de hablar de ella sin destriparla. Voy a intentarlo de la mejor manera posible llevado en volandas por el buen sabor de boca que me dejó el pasado viernes este thriller rural que toca temas como la familia, el pasado, el peso de la moral. Y todo ello aderezado con humor, algo que es difícil de ver en las salas. Cierto humor negro e irreverente.
Misericordia adapta una parte de la novela Rabalaïre, publicada por el propio Alain Guiraudie en 2021. El director francés destacó en trabajos anteriores como El desconocido del lago (2013) o El rey de la evasión (2009) donde la representación del deseo y el misterio también están presentes.

A aquellos que vieron As bestas de Rodrigo Sorogoyen (2022) esta película les recordará a aquel ambiente urbano, rural, cerril y aislado. Desde el arranque nos adentramos por unas carreteras secundarias rodeadas de bosques. Plano tras plano vamos negociando las curvas hasta el extremo de casi marearnos. Llegamos a un pueblo modesto, Saint Martial, enclavado en las montañas de los Ardèches, en el sureste francés, en el que hay pocos signos de vida por la calle. Del coche se baja un joven, Jérémie (Félix Kysyl) quien acude con motivo del fallecimiento del panadero del pueblo. Iremos viendo qué relación tenía con el fallecido y la relación que tenía con su esposa y con el hijo de esta. Jérémie se crio y trabajo en el pueblo, pero hace un tiempo se marchó a la ciudad, Toulouse. Le ofrecen ver al fallecido. Esta visión y los recuerdos que le vienen a la mente por medio de un álbum de fotos que Martine (Catherine Frot) le enseña, le llevan a tomar la decisión de pasar un tiempo en casa de la viuda. Va con lo puesto, sin planes de futuro, pues ahora está en el paro y ha roto una relación sentimental. Al hijo, Vincent (Jean-Baptiste Durand), no le hace ninguna gracia porque piensa que tiene unas ocultas intenciones con su madre. Entre ellos se estable una constante disputa cada vez que se ven, quizás fruto de anteriores encontronazos no exentos de cierta pulsión sexual, y en donde la línea que separa una pelea de un abrazo resulta muy fina.
Jérémie ocupa el día en dar paseos por un bosque con aires otoñales donde se encuentra a un personaje variopinto: el cura del pueblo, el Padre Grisolles (Jacques Develay), que se dedica, entre otras labores, a recoger setas. También visitará a otro amigo, Walter (David Ayala) quien le increpa el porqué de su visita si cuando eran pequeños apenas le hablaba. Nadie sabe las intenciones que tiene el protagonista (ni tan siquiera sabemos si tiene alguna intención). Solo pasea y, cuando se encuentra con alguien, charla. Martine le ofrece la posibilidad de reabrir la panadería. Él trabajo a las órdenes de su marido. Solo tendría que ponerse un poco al día. Cree que es un negocio rentable, aunque cada vez haya menos vecinos en el pueblo. Pero las otras panaderías de la comarca o han cerrado o hacen un pan muy malo. Hay negocio. Pero Jérémie no lo piensa mucho, no lo ve claro. No esta en ello.
Entre estos cinco personajes se establecen una relación y se crea una tensión dramática que tiene como nexo común el deseo erótico. Es el que les mueve hacia sus distintos conflictos. A estos hay que añadir otros tres personajes secundarios: una pareja de policías que darán mucho juego y la mujer de Vincent. Algunas de las veces el centro de reunión se sitúa en la mesa del comedor de la casa de Martine, epicentro de la tragicomedia.

El giro de guion viene de la mano de un suceso que se intuía, pero que sorprende. Y a partir de ahí se teje una telaraña de pasiones, de idas, venidas, mentiras, medias verdades, ocultamientos que llama la atención rápidamente a la policía. El cura siempre estará en medio, pero es que la policía, curiosa pareja, tiene el don de la ubicuidad, sobre todo porque tiene las llaves de casi todas las casas. Casas que no dudan en abrir, aunque sea de noche y con su morador en ella. Un gag fabuloso. La situación llegará al clímax de la forma más incardinada y sencilla creyendo que todo es fruto de las circunstancias. Pero todo obedece a un estudiado guion ejecutado de forma milimétrica que consigue que una cosa llamativa como es hoy día ver en la gran pantalla la erección de un miembro viril, resulte de lo más natural, eso sí, un tanto irreverente y que a buen seguro pondrá el grito en el cielo de más de algún meapilas.
Esta circunstancia no lleva a que tal vez se puede considerar Misericordia como anticlerical, pero la humanidad que desprende el personaje del cura no es ni mucho menos negativa, ni su desarrollo es en tono burlón. Las conversaciones que mantiene con Jèrèmie son profundas y en contacto con la actualidad más rabiosa. Habla del sentimiento de culpa, y de determinados conceptos que tienen que ver con cualquier ámbito de nuestra sociedad, sin juzgar a nadie. Cabe recordar que la RAE define misericordia como la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. ¿A quién se lo aplicamos Jérémie o al sacerdote?
Son memorables los encuentros que tienen el joven con el cura del pueblo. El diálogo que se establece entre ambos es magnífico. Uno de ellos es con una escena prodigiosa donde el cura le dice a Jérémie que le confiese. También hay otro momento dramático en el que el sacerdote tiene que socorrer (siempre aparece como por ensalmo) al joven. En ambos momentos lo que se cuentan y cómo lo cuentan es genial. Ponen patas arribas a la moral de la sociedad contemporánea propugnando una liberación de sus individuos cuyas ataduras, morales y éticas, les está impidiendo vivir una vida en libertad.

El elenco de actores (apenas ocho) es extraordinario. Quizás el que menos recorrido tiene y encaje es el personaje de la mujer de Vincent. No la veo. Apenas aporta nada. Pero los demás lo bordan. Como dice mi compañero de butaca Carlos Ibañez (puedes consultar su crítica en este enlace) Félix Kysyl da vida a Jérémie, un personaje que por su cara de buena persona nos remite a Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Highsmith. Muy versátil. Jacques Develay da vida al padre Grisolles de manera magnífica gracias a la buena delineación que ha tenido sobre el papel. Su figura me recordó a ese otro personaje creado por el escritor Giovannino Guareschi, Don Camilo que nos relata sus aventuras al lado del alcalde comunista Peppone.
Misericordia entra en el ámbito de esos thrillers de ambiente rural al que no le falta de nada: sexo, religión, secretos, mentiras, muchas mentiras, misterios, policía y un humor negro y en algunos momentos irreverente y provocador. Todo ello conforma un todo que da como resultado una película que consiguió alzarse con el máximo galardón (Espiga de oro) en la última edición de la SEMINCI (también se alzó con el premio al mejor guion), con una cierta unanimidad por parte de la crítica y del público, circunstancia que hace mucho tiempo que no sucedía. En su veredicto el jurado manifestó: «quedar impresionado por el filme, porque su ligereza oculta un complejo equilibrio de géneros y tonos, bajo cuya apariencia de thriller-comedia provinciana se esconde una profunda meditación sobre cómo el deseo y la culpa nos hacen predecibles e incomprensibles los unos para los otros». Poco más se puede añadir.
El director Alain Guiraudie viene demostrado ser hábil con el cine pícaro, atrevido, de diálogos ingeniosos e inteligentes y sin miedo a rodar escena de sexo.
Luisjo Cuadrado
Revista Atticus

