Anouk Aimée en seis películas

Francia está viviendo su momento más trágico desde la invasión nazi en 1940. Y no sólo en su parte política sino también y, sobre todo, en la cultural. En pocos días ha visto el final de dos de las más grandes señoras de la cultura, su cultura, nuestra cultura universal, con la marcha de Françoise Hardy y ayer con la de Anouk Aimée, santo y seña de mujer libre, de erotismo inteligente y de saber hacer ante las cámaras.

No sé cómo te diré adiós, el gran éxito de la primera, me viene para plantearme una despedida digna de la segunda y su excelsa carrera, su voz suave, sus manos largas y su mirada transparente. Con esos tres elementos combinados logró interpretaciones deslumbrantes y capaces de descolocar los iconos sexuales que la maquinaria de Hollywood estaba intentando implantar a nivel mundial y que la vieja y mordaz Europa cortó de raíz con bellezas extemporáneas y talentos desmedidos como el de esta parisina nacida en pleno periodo de entreguerras y que sufrió una infancia y primera adolescencia de guerra y venganzas de posguerra.

Supo hacer de su dolor un acicate para ser libre y huir cuando no le gustaba la situación. Y lo hizo bien pronto, con apenas catorce años y cuando iba a rodar su primera película, La maison sus le mer. No le gustaba su nombre y se lo cambió por Anouk, simplemente Anouk. Pero un poeta, Jacques Prévert le comento algo:

“No vas a seguir llamándote Anouk cuando tengas 40 años, me dijo. Aquello me parecía tan lejano que ni lo pensé, y él encontró Aimée. Me sentí tan halagada…”.

Así lo recordó en 2002, cuando le concedieron un César honorífico. Ahí nació entonces Anouk Aimée.

Con diecisiete se casó por primera vez, hasta en cuatro ocasiones pasó por la rutina del sí, quiero. Y ya nunca fue Françoise Sorya Dreyfus, hija de una actriz de teatro y se convirtió en alguien a la caza de un gran papel. Era bella, esbelta y dotada de unos movimientos de una gracilidad más propia de una bailarina de ballet que de una mujer de más de metro setenta. Y poco a poco los directores de calidad tocaron a su puerta, pero no fue hasta que Fellini la vio en Los amantes de Montparnasse cuando no tuvo su primer gran papel fuera de Francia y para sombrar al mundo.

Los amantes de Montparnasse es una película de Max Ophuls, que hubo de terminar su amigo Jacques Becker, cuando el realizador falleció mientras localizaba interiores tras encontrarse mal y padecer una terrible fiebre reumática que le condujo a su fin tras cuatro días en el hospital. La cinta es la historia del último año de vida de Amadeo Modigliani y su absoluta pobreza para poder seguir pintando en París, entre la extraña admiración de Picasso y la imposibilidad de vender ni una sola de sus obras. Anouk da vida a la musa, y también pintora, Jean Hebuterne, con toda su pasión y la tristeza en sus ojos continua conquistó a todos los realizadores europeos por aquella interpretación y la bonita parisina pronto dejó de ser sólo una belleza para convertirse en una actriz completa y con infinidad de registros sin perder su sello personal.

La Dolce Vita, como ya comenté antes, Fellini la vio en su película anterior y pidió trabajar con ella en su locura más personal, al menos hasta ese momento, con aquella película iconoclasta, sin estructura formal, pero muy bien estructurada con prólogo, siete partes bien definidas, tres de ellas repartidas por el montaje final a modo de interludios, y un epílogo majestuoso que cierra el círculo con ruidos que no permiten al protagonista escuchar a la belleza y, en ambos casos, los elude para continuar con su quehacer diario entre trabajo y jarana. Los españoles no la pudimos disfrutar hasta 1980 por la prohibición vaticana y su juicio medieval a una obra del siglo XX… Sigamos votando privadores de libertad y dejaremos de ver lo que queramos.

Aquí, Anouk nos muestra todo un despliegue interpretativo sin ni un solo aspaviento y con muchísimos recursos adosados a su diminuta gestualidad y el movimiento de sus manos acostumbrando al espectador al sosiego frente a la vida desaforada de Marcello, el protagonista, ese escritor disoluto e incapaz de vivir más allá de la noche y sus amaneceres.

Además juega a ser el contrapunto del resto del elenco femenino siendo recatada frente a Sylvia, la voluptuosa Anita Ekberg, amante silenciosa, frente a la excesiva Emma y protagoniza la fascinante escena del castillo y la oscuridad del lugar, cuando ella le pide matrimonio y él se evade hasta que llega otro hombre, que besa a Maddalena, su papel,  ella se marcha dejando al enamorado pero cobarde Marcello en medio de la nada que son las fiestas donde conoces a todos tanto que no deseas estar con nadie. De nuevo ella es la pareja de baile de la cámara aquí y volvemos a ver su estilización y sus movimientos de bailarina sin necesidad de banda sonora. En palabras del crítico Joaquín Vallet: maravillosa.

Lola, primera gran incursión de Anouk como absoluta protagonista en una historia contada a la manera de la Nouvelle vague, donde encarna a una cabaretera que lucha en provincias, en Nantes, por sobrevivir junto a su hija, frente al amor de un joven que conoció antes de la guerra, el padre de su hija, quien les había abandonado tiempo atrás y un marinero estadunidense al que Lola hace menos caso que un ministro a las necesidades de los ciudadanos.  Película inspiradora y muy completa, con una iluminación muy especial, al estilo de Carta de una desconocida y con reminiscencias a El ángel azul, jugando a Ophuls y a Von Stenbreg, pero desde la óptica de esa nueva ola francesa. Y de esa especie de musical sin música y de bailarina sin coreografía la protagonista se vuelve adorable, porque la cámara le mima mientras es desabrida e injusta con sus pretendientes, tal y como la vida ha sido con ella. Wong Kar-wai no duda en señalar a Lola como una profunda inspiración de la segunda parte de su obra Chunking Express.

Fellini Ocho y Medio, obra colosal del maestro de Rímini con todas sus obsesiones y un fondo: el vacío creativo. Vuelve a trabajar con Mastroiani y su libertad a la hora de componer su personaje confiriendo todo lo contrario para Luisa Anselmi, el personaje de Anouk Aimée, comedida, controladora, siempre buscando significado a lo que él le dice y encontrándose en una encrucijada de amor o libertad, tal y como les pasó poco después a ambos en su relación, en definitiva, como una auténtica esposa. Para hacer menos agradable el personaje de ella Fellini coligió con ella ponerle unas gafas de pasta negras que enmarcasen sus grandes ojos y haciendo que su voz y sus manos tomasen una nueva dirección en su interpretación cambiando su registro, cosa que encantó a l crítica especializada y que luego fue copiado hasta la saciedad, afear a la guapa y permitirle jugar con otros elementos interpretativos, aunque pocas lo lograron con Anouk bajo la batuta del maestro de las dos efes.

Todo es filosófico, onírico y creativo en un blanco y negro brillante y nada plomizo donde Fellini vuelve a usar el contrapunto entre los personajes femeninos para dar forma a la psique del protagonista masculino. Eso hace de 8 y ½ una pieza de culto, una joya y algo que no entienden muchos productores, un ejercicio de creación más allá de su coste, aun sabiendo que no se puede gastar demasiado. Pura magia.

Un hombre y una mujer, poseedora de una de las más bellas historias de amor entre dos padres que vienen de mundos muy diferentes con sendos hijos en un internado de la costera Deauville, en Normandía. Ella pierde el tren y la directora del centro le pide a él que le lleve a París. Y nos van contando en imágenes su historia, siendo un homenaje al cine descriptivo previo al sonoro sin perder su actualidad. Ambos se van enamorando, pero la mochila de sus pasados pesa mucho más que su futuro, si es que lo tienen.

Repleta de imágenes bellas y llenas de significado, de sonidos estridentes contrapuestos a silencios majestuosos donde ambos protagonistas nos regalan una gestualidad casi tímida y un enamoramiento que traspasa la pantalla hasta el espectador.

Anouk fue nominada al Oscar, ganó el Globo de Oro a mejor actriz de drama y el Bafta británico. Su interpretación aún se muestra en las escuelas de interpretación cinematográfica por su pureza de líneas y su juego, casi coqueteo, entre la comedia y el más puro drama.

En Cannes un periodista le comentó que había hecho la mejor interpretación del cine francés y ella le miró descolocada ante tamaña afirmación. Unas cuantas décadas después se puede seguir comentando sin sonrojo que es un trabajo sin máculas y lleno de eso que los franceses llaman savoir faire.

Su gesto en la escena final, dicen que levantó más aplausos que la gira del Bolshoi de ese año por Europa.

La tragedia de un hombre ridículo o como Bertolucci conduce al ser humano del último tercio del siglo XX a mirarse en el espejo y sentirse penoso y minúsculo. Con dos protagonistas monstruosos, como Ugo Tognazzi y Anouk Aimée, compone una película sobre las relaciones al límite de una pareja que sufre el secuestro de su hijo y como todo se desmorona porque estaba cogido por hilvanes y no cosido como nos cuentan que es, o debería ser.

La crisis personal del empresario quesero se convierte en algo universal ante el rapto de su vástago mientras su esposa, desatendida y en su propia catarsis, lanza veneno y peticiones de socorro sin solución de continuidad.

De fondo siempre está la soledad y la muerte, como si fuese algo que no iba con ellos, pero que saben que está ahí, a su lado, como una espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas repletas de reproches y pesadumbres.

Anouk dijo que el peso dramático era de su compañero de reparto, quien ganó el premio en Cannes, en 1981, y una sonora ovación que recordaba a la recibida por ella, en el mismo lugar, quince años atrás.

Hizo más películas, algunas quizás mejores que las cinco aquí citadas, pero ninguna con una Anouk mejor, con toda su grandeza como intérprete y esa sinceridad a la hora de componer sus personajes, a la hora de mostrar su alma desnuda para llenarla de la vida de otra persona que podríamos ser cualquiera de los que disfrutamos de su grandeza y sus prodigiosos ojos mostrándonos el camino para seguir en la película junto a ella.

Descansa en paz. Disfruta de tu libertad, aún más, y piensa en esa frase que decía junto a Trintignan en la segunda y crepuscular parte de Un hombre y una mujer (20 años después):

– ¿Qué ha hecho todos estos años?

-A menudo pensaba en usted.

-Yo, también.

Porque dentro de unos años más de uno te lo dirá al cruzarse contigo, allá donde estés y goces tanto como nos hiciste gozar con tu trabajo.

Carlos Ibañez

Revista Atticus