Crítica película Tierras de penumbra de Richard Attenborough de 1993 – Gonzalo Franco Blanco
Ficha
Título: Tierras de penumbra
Título original: Shadowlands.
Año: 1993.
Duración: 130 min.
País: Gran Bretaña.
Dirección: Richard Attenborough.
Idioma original: inglés.
Guion: WIlliam Nicholson.
Fotografía: Roger Pratt.
Música: George Fenton.
Reparto: Anthony Hpkins, Debra Winger, Joseph Mazzarello, Edward Hadwicke, John Wood, Michael Dennison, James Frain, Peter Howell, Roger Ashton Griffiths.
Producción: Savoy Pictures. Spelling Films. Price Entertainment.
Género: melodrama amoroso. Biopic. Literatura. Religión.
Premios: BAFTA 1994, Mejor film británico y Mejor actor: Anthony Hopkins.
Sinopsis
C. S. Lewis (Anthony Hopkins) es un profesor de la Universidad de Oxford y escritor de éxito tras la publicación de Las crónicas de Narnia, una heptalogía de literatura fantástica. Vive en una burbuja formada por el mundo de sus colegas y alumnos de la Universidad de Oxford, por los asistentes a sus conferencias de asuntos religiosos (entre otros), y por sus amigos oxonienses con los que se reúne en su pub habitual. Un día aparece en su vida Joy Gresham (Debra Winger), una poeta estadounidense divorciada de su marido y con un hijo (en realidad eran dos), con el que ha viajado hasta Inglaterra para conocer a Lewis. A partir de este momento irá surgiendo entre ambos un amor maduro, de adultos.
Crítica
Quizá sea una de las películas que mejor retrata el amor maduro: tanto por la edad del escritor C. S. Lewis (cincuenta y siete años), como por su soltería inveterada, o por el propio tipo de relación adulta que encontró junto a la poeta Joy Gresham. El film retrata ese amor con sensibilidad y sin sensiblerías ni tópicos, aunque limando, probablemente, sus aristas y dando un sentido ascendente a la relación, que no fue tan lineal.
No conviene olvidar algo obvio: que no estamos ante una biografía de C.S. Lewis y de Joy Gresham, sino ante una obra de ficción, con sus licencias sobre la “verdadera realidad”, para conseguir un mejor y mayor efecto melodramático: por ejemplo, eliminando al segundo hijo de Joy Gresham, que no “existe” en la película.
Richard Attenborough retrata la vida de C.S. Lewis en su momento de plenitud como profesor de Oxford, como conferenciante de temas morales y religiosos (tras su conversión al anglicanismo), como amigo de sus amigos del grupo Inklings(del que formaba parte J. R. R. Tolkien) y como escritor de éxito tras la publicación de Las crónicas de Narnia. Una vida encapsulada entre sus clases, sus charlas con los colegas en el pub y su casa en la que convive con un hermano, también solterón.
Hasta que aparece Joy Gresham con uno de sus hijos, Douglas (Joseph Mazzarello). Joy es una poeta estadounidense divorciada de su marido, que ha sido comunista y que ha escrito, por ejemplo, un poema sobre la guerra civil española, Spain, que recita en la película. Joy viaja a Gran Bretaña, según el film, para que su hijo conozca en persona a C. S. Lewis (al que admira), aunque ambos escritores ya habían mantenido una larga correspondencia sobre cuestiones literarias y también religiosas.
No hay un flechazo entre ambos, ni nada que se le parezca. Ambos charlan, debaten, y el carácter más fuerte de Joy se refleja en las replicas y en su actitud menos rígida en el entorno social y académico en el que se mueve Lewis, casi en exclusiva. La película lo recoge con precisión, aunque baja el tono respecto a los hechos reales. El matrimonio civil por conveniencia que realizan (para conseguir el permiso de residencia de ella), y que Lewis mantendrá en secreto, es un detalle importante sobre las inclinaciones afectivas entre ambos; aunque la película centra en la enfermedad de Joy el momento para dar el salto hacia ese amor maduro, entre adultos, del que hablábamos al principio. Como ambos son conversos al cristianismo, el matrimonio religioso que deseaban realizar choca con los obstáculos y los prejuicios de las religiones institucionales: ella está divorciada de William Linsay Gresham, escritor, entre otras novelas, de la estremecedora El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley), adaptada al cine por Edmund Goulding (1947) y por Guillermo del Toro (2021). W. L. Gresham también fue comunista durante un tiempo y se alistó en el BatallónLincoln para apoyar a la Republica española.

El retrato principal que hace la película es el de Lewis, tanto sobre su carácter como sobre su modus vivendi; también sobre su trayectoria intelectual y religiosa. Desde su conversión al anglicanismo, Lewis defiende, por ejemplo, que “el sufrimiento es permitido por Dios para esculpir al hombre”. También explica en sus clases de literatura que “el amor es inalcanzable y que la dicha eterna está en el deseo, no en la posesión”. Esta segunda opinión tendrá una aguda réplica por parte de un alumno díscolo, al reprochar a Lewis que “sabe todas las respuestas a sus propias preguntas”.
La vida (según la recreación de esta película) le hará evolucionar hacia otras opiniones, hacia otras actitudes. En su único ataque de ira, tras la muerte de Joy, exclamará ante sus amigos y colegas: “el mundo es un experimento cósmico y Dios es su viviseccionista”.
El guion de William Nicholson es muy fino. Ha estudiado las biografías de C. S. Lewis y de Joy Gresham y su correspondencia, desde luego, pero su propósito fue escribir una obra de ficción, un biopic, no una biografía: una recreación sobre la relación afectiva que surge entre C. S. Lewis y Joy Gresham, concentrando las etapas de su relación, intensificando las emociones en episodios concretos y eliminando lo secundario. Con guion de Nicholson hay una primera adaptación: un telefilm con el mismo título (1985), de Norman Stone.
La dirección de Richard Attenborough muestra un gran sentido del ritmo, una dirección de actores mimetizados con los caracteres de cada uno de los personaje, y que da prioridad a los dos intérpretes protagonistas; la película se centra en la trama principal, la relación de Lewis y Joy, dejando como un coro de fondo al resto, tanto a los colegas, como al hermano de Lewis, dando solo una breve “cancha” a un alumno díscolo, el único que le sirve de contrate y de espejo a C.S. Lewis, aparte de la propia Joy; o al hijo de Joy, en la parte final, cuando Lewis tenga que asumir su responsabilidad de padre adoptivo. También consigue insertar las conferencias de Lewis, sus clases magistrales en la universidad o sus charlas en el pub con sus colegas, sin romper el ritmo de la trama, como forma de ilustración sobre su personaje. A los amigos y colegas de C. S. Lewis, la película los deja en buena posición, aunque la realidad no fuera así, tanto en lo concerniente a su amigo Tolkien como a las autoridades de la universidad de Oxford y de la iglesia anglicana que se opusieron al matrimonio religioso de ambos. (Nos parecen en ocasiones un tanto cretinos, of course).

Por citar solo una secuencia de una película con una cuidada puesta en escena, con una fotografía esplendida y una música acorde, elegiría la de la muerte de Joy, que me parece magnífica por huir de cualquier dramatismo: la cámara se eleva desde la casa hacia el cielo una vez que Lewis ha descubierto que su amada ha muerto. Se evita lo trágico, lo morboso, y todo lo que pueda incomodar tanto al espectador como al tono melodramático de la cinta.
Attenborough fue actor y también director de grandes producciones como Gandhi (1982) o Chaplin (1992), en la línea de las que realizó David Lean; Shadowlands es la que más me gusta y emociona. Porque consigue eso, una emoción tranquila, vívida, modelando la historia real para que así lo sea.
Sobre Anthony Hopkins es difícil escribir elogios que no sean ya conocidos. Tanto como profesor dando clase, o como conferenciante, o como alegre compañero de una charla de pub, es creíble. Y más cuando el tono emotivo se eleva, y es el enamorado o el viudo colérico que se rebela contra ese taxidermista que es Dios. Debra Winger da el tono a una mujer intelectual e independiente, que reinventa su vida en otro país y que se enamora de C. S. Lewis, tras un matrimonio atribulado con W. L. Gresham, con problemas de salud mental y con el alcohol. Una mujer que sufre una enfermedad mortal que sabe llevar con valentía y dignidad, según la película. Algo difícil y bien captado en su interpretación.
No entro a reseñar la obra de C.S. Lewis, de la que solo he leído la primera novela (El león, la bruja y el armario) de Las crónicas de Narnia, y donde aparecen esas “tierras sombrías”, en contraste con la existencia de otra realidad plena en un ámbito superior. Algo muy platónico, desde el punto de vista filosófico. Las crónicas… han tenido varias adaptaciones al cine con escasa fortuna, en general. En este año de 2026 está previsto el estreno de una adaptación de El sobrino del mago por parte de Greta Gerwig.
C. S. Lewis es el protagonista, también, junto a Sigmund Freud, de una charla ficticia entre ambos en la interesante (y vapuleada) La última sesión de Freud, (2023), de Matt Brown, en la que A. Hopkins interpreta a Freud.
Shadowlands tiene como colofón la frase: “el dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces”. Frase feliz y quizá cierta, pero que también condensa la sensibilidad más bien masoquista de C. S. Lewis, que tiene su origen en la infancia y en los internados que padeció. Para analizar esto necesitaríamos al citado doctor Freud.
La película, vista, visionada, visitada, años después de verla por primera en el cine (y alguna otra vez en casa), se sigue sosteniendo sobre un guion inteligente (aunque maquillado), una dirección delicada y unas interpretaciones sobresalientes.
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

