Crítica película La grazia de Paolo Sorrentino

Ficha

Título original: La Grazia

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: Italia

Dirección: Paolo Sorrentino

Guion: Paolo Sorrentino

Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Milvia Marigliano…

Fotografía: Daria D’Antonio

Compañías: Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm

Género: Drama. Comedia | Política

Sinopsis

    Mariano De Santis, presidente (ficticio) de la República italiana, es un veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias importantes decisiones que debe tomar, en especial sobre si aprueba o no una ley de eutanasia, planteándose un gran dilema moral.

Crítica

La casualidad ha querido que La grazia de Paolo Sorrentino coincida en el tiempo con la estela dejaba por la muerte de Noelia Castillo gracias a la eutanasia. La eutanasia como tal no es el objeto de debate en la nueva entrega del director italiano. Luego profundizaré un poco más. Su protagonista es un presidente de la República italiana que se encuentra en la recta final de su mandato. Apenas tienes seis meses por delante. Sus eternas dudas, en este caso, tienen colofón en la firma de la ley de eutanasia y en la concesión de dos indultos de distinta índole. 

Se trata de Mariano de Santis, edad provecta, interpretado por el actor fetiche del cineasta, Toni Servillo. Es un insigne jurista, autor de una afamada doctrina que estudian todos los futuros jueces estudiantes de derecho, que se toma muy en serio sus decisiones.

El director napolitano ya ha abordado la figura política en alguna de sus anteriores películas (Il Divo, 2008, centrada en el maquiavélico Giulio Andreotti y en Silvio (y los otros), 2018, dando vida a un inefable Berlusconi, un hombre de negocios metido a político -esto me suena-).

La mayoría de las escenas están rodadas en el Palazzo del Quirinale (símbolo del Estado italiano y una de las residencias oficiales del presidente) no es exactamente un film político, o sobre el ejercicio de la política, sino tiene que ver con esas dudas morales que afligen a su presidente. Un hombre al que apodan «hormigón armado» por su rectitud y severa aplicación de la ley. Sorrentino pone el foco en esas tres cuestiones que tiene encima de la mesa y que tanto su hija Dorotea (Anna Ferzetti), su mano derecha, como sus asesores no dejan de incordiarle para que lo firme antes de su mandato. Los tres tormentos son: firmar la ley de eutanasia para su entrada en vigor tras aprobarla el parlamento; conceder un indulto de una mujer que tras años de maltrato una noche pone fin a la vida de su marido; y conceder otro indulto a un apreciado profesor que puso fin a la vida de su mujer aquejada de Alzheimer.

La firma de la ley tiene su enjundia. Sorrentino echa mano a un episodio terrible que no es otro que la propia muerte del caballo del Presidente. Es capaz de verlo agonizar sin tomar una decisión que evite el sufrimiento del animal. Y su duda se plasma en la dicotomía en que si firma la ley se convierte en un asesino y si no la firma es un torturador. Si dejas morir al equino es que no estás a favor de la ley y si le evitas el sufrimiento es que estas a favor de la eutanasia. Muy gráfico (en la sala pocos había que no se inmutarán ante el sufrimiento del caballo). Le da vueltas y más vueltas a la firma y devuelve los originales con continuos retoques. Y los indultos son dos casos que tiene el amor como protagonista (o la ausencia de él; o si fue un acto de sacrificio o una liberación). La envergadura del dilema es tal que le obliga a una medida de excepción. Hablar con los propios protagonistas que se encuentran en la cárcel. Para la mujer, recurre a su hija. Y él, se desplazará hasta la prisión para ver al viejo profesor para dilucidar sus dudas, para ver las diferencias que supone aplicar la verdad que se palpa de manera cercana y la justicia que se aplica de forma aséptica y en la distancia.

La hija le formula una cuestión que actuará como leit motiv durante la película y que no dejará de sonar en nuestras cabezas: «¿a quién pertenecen nuestros días?». A ella tendrá que recurrir para despejar esas sempiternas dudas.

Como dije antes no es la política el eje central. Lo es el amor. Como ya hemos visto por los dos indultos y también por la eutanasia. Pero también nuestro protagonista vive angustiado por la pérdida del amor de su vida: su esposa. Ella falleció unos años atrás, pero Mariano de Santis no la ha olvidado.

Aunque hay un grupo de buenos actores, Anna Ferzetti (su hija), Rufin Doh Zeyenouin (el Papa negro) y Orlando Cinque (el coracero que trabaja como su guardaespaldas personal), La grazia, es Toni Servillo. Se ha convertido en el cómplice de Sorrentino al ponerle voz y rostro. Tiene temple, presencia, elegancia y domina el arte. Impresionante.

El cine de Sorrentino, como la mozzarella de búfala, tiene denominación de origen. Es uno de los guionistas y directores más originales del panorama actual. Su cine es extremo y a veces no llega ni gusta a todo el mundo. Aburrido, lento o pesado pueden definir el ritmo de sus películas. Un poco entre manierismo, surrealismo o barroco su cine no pasa desapercibido. Constituye una experiencia deslumbrante. Sabe conjugar una belleza estética con una soberbia recreación de la puesta en escena, con un caos narrativo mezclando reflexiones sobre la vida y la decadencia que llega con el paso del tiempo.

El director napolitano sigue con su fascinación por el poder y sus contradicciones. Frente a propuestas recientes como La gran belleza (2013), La juventud (2015) y Parthenople (2024), en La grazia muestra un cine más sereno, menos abigarrado, más sobria que las anteriores.

A pesar de ello hay cosas extravagantes algunas de las cuales no le pillé el sentido. Por ejemplo, una secuencia en la que están en una sala oscura, especie de teatro, pero que en la pantalla ejercitan un hipnótico bailes unos jóvenes. No le pillé el sentido. Barroco y surrealista es la figura del papa negro con unas rastras y pendiente que se desplaza por los jardines del Vaticano en motocicleta (figura clave, da pie al título y también entiendo que es ese pretendido aire de modernidad dentro de la iglesia). Tampoco pillé el significado de esa visita de estado del presidente de Portugal y cuando está a punto del saludo, se levanta una ráfaga y se produce un diluvio en unos segundos que dan como resultado la caída del presidente y nadie hace nada. Pero sin embargo tiene otras escenas que actúan como verdaderas metáforas visuales. Por ejemplo. La aparición por las calles de Roma de un perro/robot/policía/vigilante que impresiona. Entiendo que es la alusión a las nuevas tecnologías, a la modernidad. Es como si nos dijera que el tiene que tomar una decisión que implica sentimientos y no es como ese robot que no tiene alma y que solo sabrá discernir la maldad con una combinación binaria. O, por ejemplo, la charla que como presidente tiene que hacer con una astronauta que lleva en el espacio no sé cuantas semanas. Queda fascinado al contemplar y ver como juguetea con una lagrima ingrávida. Creo que ese sería su estado natural la ingravidez, no sentir el peso sobre sus hombros, la ligereza del cuerpo. Magnífico. Es verdad que se dice de Almodóvar que es un mago con la composición de planos y sus colores. Pero, ay amigo. Me quedo con Sorrentino. Hay una escena que se repite y desde diferentes ángulos que es difícil de superar. Es cuando acuden tanto Mariano como Dorotea, su hija, a la cárcel para hablar con los presos. Hay unas pinturas murales que asemejan un arco iris sinuoso, de tal manera que según se enfoque parece salir unas veces de la propia boca del preso y otras de su mente. No se lo pierden. Es de un gran virtuoso.

Sorrentino no deja nada al azar. Un ejemplo es el lema de los coraceros que adorna el patio de los ejercicios ecuestres: Virtus in periculis firmior (La virtud se fortalece en el peligro). Juega de manera magistral con el espectador. Por un lado, nos plantea constantemente la férrea disciplina que es el Derecho, todo normativo, todo regulado, y, por otro lado, nos plantea como tiene que aplicar la ley pero con la sensibilidad humana. De ahí surge la belleza de la duda. Y, para finalizar, me quedo con la definición que Javier Ocaña hace en su crítica sobre La grazia: «un elogio del conocimiento y, al mismo tiempo, y pese a ello, un elogio de la duda». Tras algo más de dos horas Sorrentino recuerda algo que sabemos y que a veces se nos olvida: la certeza absoluta… una quimera, no existe.  

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus