Crítica película Nouvelle Vague de Richard Linklater – Carlos Ibañez
Ficha
Título original: Nouvelle Vague
Año: 2025
Duración: 105 min.
País: Francia
Dirección: Richard Linklater
Guion: Holly Gent Palmo, Richard Linklater, Laetitia Masson, Vincent Palmo Jr., Michèle Pétin
Reparto: Jean-Luc Godard – Guillaume Marbeck; Jean Seberg – Zoey Deutch; Jean-Paul Belmodo – Aubry Dullin; François Truffaut – Adrien Rouyard; Claude Chabrol – Antoine Besson; Suzanne Schiffman – Jodie Ruth Forest
Fotografía: David Chambille (B&W)
Compañías: ARP, Cinetic Media. Distribuidora: ARP
Género: Drama. Comedia | Cine dentro del cine
Sinopsis
La historia detrás de la creación del movimiento cinematográfico francés conocido como ‘Nouvelle Vague’, centrándose en la producción de la innovadora película de Jean-Luc Godard Al final de la escapada, en 1959.
Crítica
Dentro del cine existen distintos tipos de creadores. Los hay creativos y recreativos, los hay estudiosos y cajas registradoras y después están quienes se han tenido que labrar una carrera haciendo piruetas entre películas comerciales y proyectos propios para poder desarrollar estos últimos sin que nadie de una de las productoras les pueda echar nada en cara. De ellos es necesario hablar para situar la producción de esta película.

Al igual que Clint Eastwood, Richard Linklater ha hecho su carrera entreverando proyectos de encargo con obras salidas de su deseo y amor por este arte que también es una industria, no lo olvidemos. Y tras éxitos de crítica, salvo excepciones (más o menos esnobs), pudo dejar el cine comercial y centrarse en su cine sociológico (la trilogía de Antes de… o Boyhood) y en su amor por las entretelas de las grandes obras, eso sí, no las grandes obras del cine americano, sino la devolución del guiño del amor por el cine, sin nacionalidad, el cine en sí mismo, a Jan Luc Godard, el hombre que nos enseñó que todo podría ser de otra manera si éramos capaces de encajarlo en la sala de montaje. Ya hablamos de su manera de ver este arte en su obituario en Revista Atticus. Godard redescubrió la manera de ver las películas de John Ford o cómo abordar el humor sardónico de Billy Wilder. Pues ahora, Linklater nos dice cómo deberíamos ver el cine del genio parisino recreando la gestación y rodaje de la imprescindible A Bout de Souffle (pésimamente traducida al español como Al final de la escapada, en lugar de la más lógica y menos destripadora Sin aliento).
Nouvelle Vague nos lleva desde la redacción de Cahiers du Cinema, esos cuadernos que tanto hemos leído y repasado todos los que nos dedicamos a este oficio de oficios, justo cuando Truffaut va presentar su maravillosa Los 400 Golpes en Cannes y Godard siente un deseo irrefrenable de rodar él también, aun sabiendo que su visión del cine quizás no sea la que más público atraiga a las salas. Pero siguiendo la máxima de los cineastas y escritores que se concitaban en esa redacción de revista cinéfila rodarían con bajos presupuestos, con cámaras que no exigiesen un alquiler excesivo ni un revelado exageradamente caro y con actores dispuestos a sacrificar parte de su caché por hacer una película con los creadores de esta Nueva Ola francesa.
Por eso más de ciento sesenta nuevos directores realizaron su ópera prima entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Por eso, el cine francés va varios peldaños por delante del español, mal que nos pese.

Y la concepción del meollo lineal de esta película comienza, en realidad, tras un breve preámbulo, como un prefacio literario, con la palabra fin del metraje de la película que presenta Truffaut en La Croisette, que es el principio de la suya. Porque de allí salió con el firme convencimiento de que él también debía hacer cine y no sólo escribir sobre el séptimo arte. Y cierra el círculo narrativo con otro rótulo de FIN sobre sus oscuros lentes de fotófobo. Con un posfacio excelente, supongo que sería del agrado del homenajeado en la cinta del director tejano que trabajó en una plataforma petrolífera para poder comprar el equipo que necesitaba para comenzar a hacer cine.
Y la película narra con una increíble profusión de detalles de guion y un cuidadísimo blanco y negro con tomas y planos emulando la corriente cinematográfica francesa que lleva por título el filme, con movimientos de cámara como los que el propio Godard creó para su obra, hay partes que recuerda a El Engaño o a Pierrot, El Loco, además de elementos narrativos propios de Linklater y su respeto por el París escondido, tal como ya había mostrado en Antes de atardecer, desde las callejas hasta los patios de vecinos o los pisos mínimos, casi asfixiantes. Todo sin perder el homenaje a tantos y tantos cineastas que pasan por la cinta en aquella ciudad liberada de nazis y que había vuelto a brillar y arder… Lo siento por Hitler, pero hay que citarlo con mofa aquí, efectivamente la respuesta a su pregunta sobre si arde París la contesta Linklater aquí cuando Rossellini va a la escueta redacción de la revista a contar su manera de ver esto, además de las profundas estrecheces económicas que siempre vivió el genio del Neorrealismo italiano.
Y el hilo conductor es un impostado making of de A Bout de Souffle donde se nos cuenta de qué manera ideó su primera película Godard sin traicionar ni uno solo de sus principios sobre cine expuestos en cada uno de sus artículos y aplaudidos tanto por sus compañeros de redacción como por los demás cineastas, hasta a los que masacró sin piedad.
Problemas creativos, anarquía en cada jornada de rodaje, tiempos escuetos, tomas escasas, charlas con su ayudante de dirección y su director de fotografía para sufrimiento, todo ello, del productor de la película, quien no sentía que aquello avanzase mientras no dejaba de pagar. Y esto incluía la liberación del contrato de Jean Seberg, sobre quien también hay un artículo para ampliar información en Revista Atticus, unos quince mil dólares, toda una fortuna en 1959; y la nómina de Belmondo, aquel actor, boxeador y recién licenciado del ejército en Argelia cuando aún pertenecía a la metrópoli francesa y la capital sufría de atentados y se desangraba día a día (tal y como nos contó años más tarde Gilo Pontecorvo en la impactante La Batalla de Argel), a quien eligió sólo porque era amigo suyo. A Jean lo hizo porque ella deseaba liberarse de la manera rígida de hacer cine del sádico Otto Preminger y porque aquella economía gestual de la estrella en ciernes americana era perfecta para su protagonista.

Broncas, problemas, planos ideados para ahorrar dinero, pero también para experimentar y una idea de fondo: ¿qué es ser asquerosos? ¿El asesino enamorado es asqueroso? ¿La chica que no sabe si delatar al asesino le va a liberar o a convertir en una esclava de su decisión el resto de su vida? ¿Quién es un santo y quién un pecador en esta narración en imágenes rodadas en 1:37?
Y todo concluye con algo más que digno: el testamento creativo de Godard en una frase a las montadoras de su cinta, “cada escena es el meollo de lo rodado”.
Quizás no sea suficientemente bueno redactando, pero me gustaría que para terminar esta reseña al leerla se imagine unas gafas de cristales oscuros, prácticamente negros sobre el que se proyecta invertida, reflejada, la palabra FIN.
Os dejo un tráiler:
Y un recuerdo al original
Carlos Ibañez
Revista Atticus

