Obituario – Robert Redford en un puñado de imágenes y un crédito adicional – Carlos Ibañez

Si algo era Robert Redford en el mundo del cine era, sin duda, icónico. Inteligente, guapo, sabedor de sus limitaciones y conocedor de sus virtudes… Y profundamente comprometido con las personas y con el cine como arte.

            Como bien dijo Orson Welles: “he hecho malas películas, pero primero es la vida y me pagaban muy bien por ello” y eso es lo que hizo Redford, algunas malas películas para poder sufragar su amor por este arte que colocara en séptimo lugar Ricciotto Canudo. De ahí, de algunas críticas despiadadas contra él, que parecían algo personal, vino el dinero para la creación del festival más frío del mundo, como apuntó Hugh Grant cuando fue a presentar una de sus comedias: Sundance, el lugar donde ha fallecido, al que amaba y rodeado de los que le querían, supongo que unos pocos, porque era una persona especialmente querida y respetada.

            Pero al hablar de Robert Redford hay que hablar de cinco maravillosas interpretaciones y un director de pocos títulos, pero con historias muy bien elegidas, con una humanidad en todas y cada una de sus películas como realizador dignas de un estudio sociológico, cuando no de pura psicología social.

            España tuvo mucho que ver con su éxito. Robert, siempre con un poso de bohemia en su vida, y más desde la muerte de su madre cuando apenas contaba diecinueve años, se trasladó a la “piel de toro” para disfrutar de sus aficiones: la lectura y la bebida. Pero su agente le llamó para comentarle que le habían seleccionado para hacer Descalzos en el parque, de la que ya comentamos cuando se nos fue su magnífico autor, Neil Simon. Era una comedia chispeante, erótica (en toda la extensión de la película y alejada de la acepción peyorativa que ha tomado en muchos casos esta palabra) y muy divertida, sobre unos recién casados, ella la interpretó Jane Fonda, con un desparpajo sensacional, y la química hizo el resto, aunque recientemente la Fonda dijo que Robert parecía siempre disgustado mientras rodaba y que se sintió a veces incómoda, cosa que no traslució en el montaje final.

            Allí nació una estrella, porque era refinado sin parecer atildado; guapo, sin la apariencia de un maniquí; con una dicción perfecta, sin semejar a un locutor de la BBC; y tremendamente humano, aunque muchísimas chicas decían que estaba divino. Y el éxito, con la mercadotecnia adecuada llegó y el estrellato para aquel californiano de Santa Mónica.

            Al año siguiente, y para no perder la estela, alguien le propuso hacer un western junto a un peso pesado que ya había despegado hacía tiempo, Paul Newman. Y Dos hombres y un destino reventó la taquilla de todo el mundo y sus dos protagonistas quedaron emplazados para volver a trabajar juntos. No se puede olvidar que la carga principal de esta película juega entre Eros y Tánatos, y Katharine Ross es esa novia de los dos, aunque sólo duerma con uno de ellos como espectadora de lujo de aquel duelo interpretativo de dos chicos guapos: Butch Cassidy y The Sundance Kid (de aquí el nombre de la escuela, después festival y ahora Meca del Indie).

            Es famosa la anécdota sobre el salto al vacío y como Newman le convidó a saltar con él pero George Roy Hill, el director, negó la mayor aduciendo que era demasiado valioso y al enfadarse porque Paul sí que podía saltar el realizador le comentó que Paul tenía un seguro brutal y él no… Y es por ello que decía que en Hollywood un actor sólo es una apuesta y que vale tanto como desee el apostante.

            Su amigo Sidney Pollack le llamó para uno de sus proyectos más personales, Las aventuras de Jeremiah Johnson, donde pudimos ver registros nuevos y algo que sólo Pollack supo explotar del actor: su economía gestual como arma actoral. Había habido otra gran actriz con esta virtud, que para algunos críticos es censurable, como era Jean Seberg, capaz de decirlo todo sin apenas mover un músculo de la cara. Y aquello descolocó a la mayoría de los grandes directores de aquel Hollywood que estaba enterrando formas de hacer cine y crean algunas nuevas, más directas y menos artificiosas, y Pollack y Redford se aliaron para lograrlo.

            Rodó El Candidato, cosa que le ayudó después para asesorar a Carter en su debate con Ford, lo que hizo ganar, y de qué manera a Jimmy sobre aquel Gerald que representaba una política sucia, la del malvado Nixon y sus secretarios, aún más malvados.

            El éxito le seguía acompañando, pero su inseparable Pollack le propuso hacer la historia de amor definitiva, con todos los elementos que enterraban el viejo Hollywood y creando una nueva forma de mostrar el enamoramiento, el amor sereno, el odioso tedio, el enfado y el hartazgo… Sabiendo que siempre serán el uno del otro, muy a su pesar, quizás gracias a ello. Tal como éramos posee tantos elementos nuevos, tantos momentos mágicos a la par que trágicos, que todo cuanto mueve, remueve por dentro, sin olvidar que es una crónica histórico política de Estados Unidos desde el final de la II Guerra Mundial hasta el momento contemporáneo y donde también se habla de las formas de trabajar en el mundo de la escritura, el cuento, la novela, el fracaso, el guion de cine y la locura de la escritura para la televisión, cosiendo cada tema perfectamente para que la relación de Catie y Hubber nunca deje de tener interés para el espectador, incluido el abrazo final después de hablar de Raquel.

            Posiblemente sea la interpretación más conseguida de Redford de la época y eso que debía volver a un mano a mano con Newman en la comedia de timadores por excelencia, y no me refiero a la estampita o al tocomocho, sino al gran timo. Con el piano de Scott Joplin y un guion sólido, Redford y Newman desarrollan sus respectivas y muy diferentes formas interpretativas, entre la sonrisa pícara y el gesto de truhan, entre la tragedia que desencadena todo y la última mirada de éxito por el trabajo bien hecho. Los dioses de la actuación les colmaron de detalles, que en cada revisión seguimos descubriendo.

            Firmó un contrato muy ventajoso para hacer de El gran Gatsby en la adaptación de la novela de Scott Fitzgerald, evitemos comparaciones, y con eso pudo hacer películas que sabía algo menores, pero en las que estaba ciertamente interesado. El cine político le encantaba y tras la experiencia de El Presidente decidió regresar con dos temáticas tan similares como distantes: Las tres días del cóndor, aquí tuvo problemas con Faye Dunaway, “pero, ¿quién no los ha tenido?”, afirmó Sidney Lumet en una ocasión; y, sobre todo, Todos los hombres del presidente, donde nuevamente debía mantener un duelo importante con otro peso pesado de Hollywood, Dustin Hoffman, y hacer de uno de los periodistas de Washington Post que acabaron con la carrera de Nixon por el escándalo del Water Gate. Con un ritmo que va desde clamado a exhausto, de la luz a las cloacas y donde otras películas tomaron ese ritmo investigador y brillantes cara a cara entre sus protagonistas y donde Redford fue seguido con lupa ante su forma de afrontar el papel, respetando Woodward, pero aportándole momentos de especial ternura para subrayar la humanidad del periodista. Actores de la talla de José Sacristán o Mark Ruffalo han hablado de este personaje creado por Robert como clave para alguno de sus trabajos a la hora afrontarlos.

            Trabajó en distintos proyectos, pero al llegar 1980 quiso dar la vuelta a la cámara y colocarse detrás. Para ello compuso una película tan terrible en su temática como fascinante a la hora de seleccionar cada una de las interpretaciones. Ganó el óscar que tanto se le negó como actor por su portentosa dirección, una ópera prima, como era Gente corriente, apenas si se le pueden achacar cuatro errores mínimos. En cualquier película de gente mucho más experimentada encuentras muchos más, y alguno de bulto. Cuidó tanto los detalles y dio tanta libertad a sus actores que se dedicó a filmar obras de teatro mínimas, porque eso es lo que hicieron los protagonistas con cada aparición, lo cual permitió un montaje mucho más eficiente porque no todo estaba en el meollo de la escena, sino también en la entra y salida de éstas.

            Continuó como actor y Meryl Streep lo describió perfectamente: “rodamos la escena del lavado de pelo, en la quinta toma ya estaba enamorada de Denis. Sidney sabía cómo hacerlo”. Y de ahí el milagro Memorias de África y su belleza y su dolor y su amor y la soledad que irradia en cada toma hasta cuando estaba contando uno de sus cuentos al amor de su vida, cuando los europeos nos tomamos el continente al sur como un patio de recreo y atraco continuado en base a nadie sabe que base legal y lo llamamos colonialismo aunque deberíamos haberlo llamado expolio. Repleta de imágenes hermosas, postales de un continente vivo con diálogos brillantes y un ritmo que nos dice quien es quien en esa historia donde lo que subyace siempre es la soledad, a veces acompañada, a veces disimulada, pero soledad, al fin y al cabo.

            Hizo muchos papeles después de aquel Denis enamorado de Mozart y de su manera de afrontar la vida, aunque eso supusiera la muerte, pero ninguno tan recordado como el del aventurero en Kenia donde su amante y amada tenía una granja en África.

            Nos contó historias tiernas y humanas como director, algunas de impecable factura, pero, sobre todo, nos dijo que la vida era algo para estrujar hasta la última gota y hacer algo por ti y por los demás. En este mundo de egoísmos y etiquetas, cada vez más lamentables para acomodarnos en la teoría de grupos, él fue universal, atemporal y humano, algo que no está nada de moda, pero que, evidentemente, le importaba un rábano.

            Pero hay que despedirse de él, al menos en este planeta y qué mejor que hacerlo con una maravillosa frase de Tal como éramos que hizo suya en más de una ocasión al hablar de momentos malos de la vida: «las memorias, pueden ser hermosas, y sin embargo, lo que duele demasiado para recordar, simplemente lo elegimos olvidar». Y todos sabemos que Robert Redford será inolvidable, aunque nos duela despedirnos de él.

            Agradecimiento sin fin por todos los instantes mágicos que nos has regalado, delante y detrás de la cámara.

Carlos Ibañez

Revista Atticus