David Lynch (1946 – 2025) – La mirada precisa – Carlos Ibañez

Y LA MIRADA PRECISA A LA ROSQUILLA MIENTRAS NOS OBLIGABA A MIRAR EL AGUJERO
«No creo que la gente acepte el hecho de que la vida no tiene sentido. Creo que hace que la gente se sienta terriblemente incómoda. Parece que la religión y el mito se inventaron contra eso, tratando de darle sentido».
David Lynch
En su nota de fallecimiento, su familia citó esta frase que tanto le gustaba sobre los donuts y que sirve perfectamente para definir su cine. Porque a él le gustaba jugar: con el espectador, con la violencia y con los sonidos e imágenes. Nunca cesó de forzar en la mesa de montaje con primerísimos planos que subrayaba con colores intensos y notas potentes además de una definidísima edición de sonido.
Se nos fue el hombre que dinamitó las series de televisión y nos regaló películas inolvidables. Capaz de jugar con el espectador y de demostrar una ternura digna de una balada de Scorpions… Porque si algo amaba Lynch era la música, con su inseparable Angelo Badalamenti, a quien dedicamos en su día un respetuoso y merecido obituario en REVISTA ATTICUS, y con coreografías nacidas en la mesa de montaje además de excesos, muchos excesos.
Ganó fama, prestigio y hasta una Palma de oro en Cannes por su particular adaptación de la novela homónima de Barry Gifford, Corazón salvaje. Nos regaló turbación, violencia y una cohorte de personajes extraños, unos desnudos entre bellos y gozosos. Y, también, un puñado de hermosas historias donde no hay espacio para ñoñerías ni para exhibicionismos que tanto nos ha subido el azúcar en sangre.
Y sangre, nos dio mucha en algunas de sus transgresoras producciones. Con seres odiosos a los que nos exhortaba a odiar y desear lo peor para demostrarnos que no somos mejores que ellos.

A Lynch le ofrecieron dirigir El retorno del Jedi, pero estaba absorto en el mundo de Frank Herbert, los gusanos de tierra (Lucas tomó de aquí a Sharlack para el proyecto que rechazó David) y Arrakis: Dune. Aquí descubrió al desigual Kyle MacLachlan y se hicieron socios habituales destacando su papel del agente del FBI en la serie que lo cambió todo buscando al asesino de Laura Palmer: Twin Peaks.
Cooper y su muleta para la memoria (metáfora de la necesidad de recordar quiénes somos en esencia más allá de las circunstancias vitales), Diane, nos iban mostrando la psique colectiva de una comunidad pequeña y Lynch después la rompía con trastiendas individuales de los miembros de la comunidad.
Y con sus siguientes proyectos ahondaba en el desequilibrio entre el bien y el mal, cosa que ya se atisbaba en su desasosegante ópera prima Cabeza borradora.
Las imágenes, perfectamente estudiadas e inspiradas en las obras pictóricas del tenebrismo, o de la profundidad de De Chirico o Capuletti nos producen siempre la atracción de mirar hacia el abismo, un verso surrealista y terriblemente misántropo, donde todas las formas de violencia quedan reflejadas.
Tras unos años de cine intransferible y personal como el teatro de Ionesco o la poesía de su admirado Baudelaire cambia de registro y nos regala la hermosa historia del hombre que recorre varios estados en una máquina cortadora para reconciliarse con su hermano. David demuestra una maestría narrativa y una combinación de los mejores elementos de su obra con otros más formales y alejados de su cinematografía. Una historia verdadera alcanza altísimas notas de un lirismo antónimo de los abrazos exhibicionistas de producciones mucho más convencionales de la misma productora que tomó las riendas de ésta, la Disney, y que no nos mostraba desde su valorada El hombre elefante, también basada en hechos reales y también con una humanidad tan nada cotidiana. El universo de miedos, cuentos dados la vuelta como un calcetín y mujeres desnudas, a veces poderosas, muchas veces sufridoras del amargo don de la belleza en esta sociedad del todo por la pasta, queda apartado con una fotografía de John Ford en una road movie, algo que ya tocó en la exuberante Corazón Salvaje, que, no en vano, comenzaba con la introducción musical de Im abendrot (Al atardecer), el lied de Richard Strauss, para enseñarnos por donde iba a ir su película.

Tras ésta regresó a su particular mundo, a ese del que habló en una entrevista en Madrid hace unos cuantos años:
“Todas mis películas son acerca de mundos extraños, mundos a los que nunca podrías ir a menos que los construyas y los reproduzcas en una película. Eso es lo que de verdad me importa de las películas a mí: ir a mundos cada vez más extraños”.
Y con Inland empire, lo logró. Y nos contó que nada es lo que parece y mucho menos en la televisión y en el cine. Si en Carretera perdida o Mulholland drive cada ocultación encontraba su sentido, en la dominación, en el poder, en la lujuria o en el mero hecho del amor prohibido, en la obra de 2006 todo es oscuro y torturador, hasta la explicación de la pantalla con una familia de conejos que tan burdamente acabamos de ver copiada y sin ningún gusto en Salve María, por ejemplo, y que otros tantos realizadores han buscado su propia explicación, aunque fuera meramente estética, de esta cinta. Es todo un compendio del cine anterior de Lynch y un homenaje estético al expresionismo alemán con primeros planos casi asfixiantes, al estilo del primer Lang, y lo que parecen historias inconexas se convierten en un todo que nos cuenta que somos fruto de nuestra propia imaginación, de nuestros particulares miedos y, sobre todo, de un estado de ánimo capaz de montar o desmontar cualquier vivencia o relato.
Evidentemente Lynch no es un autor de masas, ni de críticos egocéntricos, sino un coleccionista de imágenes que se convierten en historias, bellas, desgarradoras, sucias, oscuras, desnudas o, simplemente, personales… Que cada cual saque sus propias conclusiones.
Su última aparición fue interpretando a otro grande y muy personal director de cine, John Ford, en ese ejercicio de introspección de Spielberg en su propia vida llamado Los Fabelman, y donde mostraba el secreto de una buena escena sólo con la posición de la cámara.
Muy agradecidos de su cine, a él y a sus productores, que sabían a lo que se arriesgaban sólo con ver los primeros diez minutos de Cabeza borradora y, aun así, se aventuraron.
Dejaré para el final lo que me comentó Barry Gifford, coguionista de Carretera Perdida y autor de la ya citada Corazón Salvaje, con una cerveza y un cigarrillo, era cuando se podía aún fumar en los bares, el mismo, ese compendio de nicotina, alquitrán y basura que se han llevado ahora al fumador empedernido que era Lynch y que le provocaron el enfisema que le ha negado cumplir los setenta y nueve a tan solo cuatro días de su cumpleaños:
“Lynch… ¿Lynch? Lynch es un maravilloso hijo de p…”

Gracias por ser tan maravilloso y por llenar mi cabeza de referencias como la que escucho ahora mismo, Up in flames, de la BSO de la ganadora de la Palma de oro de Cannes de 1990.
Esta es mi carta de amor para ti… Y no es, afortunadamente, la que tú decías en Terciopelo Azul:
“Cuando recibas una carta de amor, será una bala de mi pistola”.
Carlos Ibañez
Revista Atticus

