Exposición de Rosario de Velasco en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Rosario de Velasco. Adán y Eva, 1932 (Adam and Eve)
Óleo sobre lienzo, 109 × 134 cm.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. Crédito fotográfico: Archivo Fotográfico Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. © Rosario de Velasco,
VEGAP, Madrid, 2024

¿Pero de dónde ha salido Rosario de Velasco? Esa es la pregunta que te haces nada más salir de la exposición que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica a su figura desde el pasado 17 de junio hasta el 15 de septiembre de 2024.

Son cerca de sesenta obras –entre ellas treinta lienzos y el resto ilustraciones y obra gráfica- comprendidas entre 1920 y 1942, que se podrán ver en la sede madrileña del museo. Muchas de estas obras pertenecen a colecciones privadas por lo que colgarán de sus paredes por primera vez.

La exposición cuenta con el apoyo de la Comunidad de Madrid y el propio Ayuntamiento de la ciudad. Pretende reivindicar su figura, redescubrir su obra y ponerla en valor en la historia del arte porque, Rosario de Velasco, fue una de las grandes artistas españolas de principios del siglo XX. Tras su paso por la capital, la muestra podrá verse en el Museo de Bellas Artes de Valencia del 7 de noviembre al 16 de febrero de 2025.

En la muestra se pueden contemplar obras que son conocidas y que se encuentran en museos. Son el caso de Adán y Eva (1932, Museo Nacional de Arte Reina Sofía), La matanza de los inocentes (1936, Museo de Bellas Artes de Valencia), Maragatos (1934, Museo del Traje de Madrid) o Carnaval (anterior a 1936, Centre Pompidou, Paris). Junta a ellas se encuentran obras de colecciones privadas que no habían sido expuestas anteriormente y otras que se han localizado y recuperado en los últimos meses. Gitanos (1935) o Maternidad (1933) son algunas de ellas.

Rosario de Velasco. Maternidad, 1933 (Motherhood)
Óleo sobre lienzo, 99 × 89 cm.
Colección privada. © Rosario de Velasco, VEGAP, Madrid, 2024

Rosario de Velasco Belausteguigoitia (Madrid, 20 de mayo de 1904 – Barcelona, 2 de marzo de 1991), hija de un coronel del ejército y de una madre religiosa y carlista. Fue una pintora figurativa española integrante de la Sociedad de Artistas Ibéricos (una asociación creada a finales de 1924 en Madrid, con el objetivo de «incorporar el arte español a las vanguardias) y próxima a la Nueva objetividad alemana (movimiento artístico surgido en Alemania a comienzos de los años 1910 que rechazaba al expresionismo. El movimiento acabó, esencialmente, en 1933 con la caída de la República de Weimar y la toma del poder por los nazis).

Su vida artística se vio truncada por el estallido de la Guerra Civil. Era una de las principales representantes españolas de la generación del 27 (las mujeres fueron las grandes olvidadas de esta generación, siendo ellas las verdaderas impulsoras) y de lo que se denominaba el Nuevo Realismo. Sus obras exponían el florecimiento que se vivió en el periodo de la Segunda República (1931 – 1939). Muestran un estilo propio alejado de las vanguardias. Es una vuelta al orden, pero con ecos del Cubismo. Pero también se ven influencias del Renacimiento o, incluso, de la pintura de Durero. Sus cuadros son estampas congeladas, nos remiten a los frescos del Quattrocento como los de Piero de la Francesca o Masaccio.

A los quince años, su padre la inscribió, a ella y a su hermana Lola, en la academia de Fernando Álvarez de Sotomayor, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1922 y director del Museo del Prado en dos ocasiones. Se muestra hábil en el dibujo y en la técnica pictórica y le gusta los bodegones y los retratos, una constante en su producción. De esos años es su lienzo Autorretrato (1924) uno de los pocos que firmó con el nombre completo. Después utilizaría el monograma RyD inspirado en Albert Durero (fundamental a la hora de localizar sus obras).

Rosario de Velasco. Gitanos, 1934 (Gypsies)
Óleo sobre lienzo, 95 × 132 cm.
Colección privada. © Rosario de Velasco, VEGAP, Madrid, 2024

La primera exposición como profesional de Rosario de Velasco es en 1924, cuando participa en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de ese año con dos obras, Vieja segoviana y El chico del cacharro.

En los siguientes años será una habitual en la Bienal de Venecia presentando hasta en cinco ocasiones en el periodo comprendido entre 1932 y 1942.

Una de sus obras más célebres es Adán y Eva (1932), por la que obtiene la segunda medalla de pintura en la Exposición Nacional de Bellas Artes. El jurado confesó que le habían propuesto para la primera medalla, pero no se la dieron porque no había precedentes (de mujeres galardonas con el primer premio). Mostró una habilidad en el tratamiento de la escena bíblica que hasta ese momento había sido vedado a las mujeres la capacidad para mostrar unos sentimientos amorosos en la pintura. Tiene un gran sentido de la corporeidad con elementos bien asimilados del cubismo, expresionismo u otras influencias cercanas. Sus obras se centran en la representación de dos personajes –hombre y mujer, generalmente- que junto su entorno nos remite a obras de Rousseau. Aunque la mayoría de sus obras se inspiran en motivos pictóricos tradicionales (naturalezas muertas y composiciones con figuras), pero siempre con la novedad en el tratamiento formal y los aspectos técnicos y el empleo del color.

Sus creaciones nos trasmiten tranquilidad con un aroma de clasicismo en el tratamiento de los paños y el color. Como he dicho antes se nota la influencia de los artistas como Masaccio, Piero de la Francesca o Mantegna caracterizadas por su poderosa atracción.

Rosario de Velasco. La algarabía ciudadana proporcionó serias pesadillas, 1927. Dibujo para el libro Cuentos para soñar de María Teresa León.
(The Hullabaloo Gave Him Serious Nightmares, drawing for María Teresa León’s book Cuentos para soñar)
Tinta sobre papel, 42,3 × 32,5 cm. Colección González Rodríguez.
Crédito fotográfico: Jonás Bel. © Rosario de Velasco, VEGAP, Madrid, 2024

Desde muy temprano, colabora como ilustradora en diferentes proyectos: en la revista La Esfera (1927), en Cuentos para soñar (1928) de su buena amiga María Teresa León (escritora integrante de la Generación del 27 y esposa de Rafael Alberti). Son proyectos que enfatizan en la ductilidad y los matices de la pintura. Así sus dibujos tienen un aire de Penagos o de José Zamora.

Siempre mostró un carácter abierto. De ideas conservadoras hizo buenas migas con los creadores de su generación, entre las que se encontraban el grupo de mujeres conocidas como las Sinsombrero (mujeres silenciadas durante décadas, que fueron reconocidas así por el gesto sencillo pero revolucionario (se quitaron el sombrero en la vía pública cuando era una cosa generalizada su uso tanto para hombres como mujeres; la sociedad madrileña vio en esta acción un acto transgresor propio de rebeldes y homosexuales, por lo que sus autores fueron insultados, e incluso les lanzaron piedras). Estas mujeres estaban en las antípodas de su ideología. Entre ellas se encontraban Rosa Chacel o la propia María Teresa León. Era el Madrid de la preguerra. Este grupo de mujeres reclamaron autonomía, independencia y una formación idéntica para hombres y mujeres. Pero la sociedad del momento era conservadora y no aceptaron esa transgresión. Con el estallido de la Guerra Civil se van a distanciar, algunas toman partido por el comunismo y De Velasco se afilia a la Falange (junto a su amiga Concha Espina).

Su obra es fiel a una temática que se mantiene a lo largo de su carrera. Son frecuentes las escenas costumbristas de pescadores o campesinos, o los bodegones con figuras. Escenas de circo, grupo de mujeres o personajes disfrazados también son frecuentes. Pero como hemos visto antes, su tema predilecto es el bíblico «desacralizado».

Cuando la Guerra Civil irrumpe en su vida se tiene que trasladar de Madrid a Valencia y posteriormente a Barcelona, a Sant Andreu de Llavaneres junto a Gustavo Gili, editor y su esposa Ana María Torra. La llegada de Rosario en Barcelona se produce en un momento de desolación en el mundo cultural catalán derrotado por el franquismo, sobre todo en la alta burguesía. En esta etapa en Barcelona, Rosario inicia una evolución en su obra. Abandona las figuras y las formas más académicas para jugar con el color y, sobre todo, con las texturas. Se sigue mostrando revolucionaria, y tan feminista como su religiosidad se lo permitiese.

A partir de 1960, su estilo se vuelve más personal sobre todo por la libertad en la ejecución de sus obras cuya técnica o medio, pasará del óleo sobre lienzo, a un óleo sobre papel (como un rasgo definitorio personal) que será característico en su etapa final. Es en este momento en el que su obra se ve mediatizada por la luz del mediterráneo.

Una de las obras recurrentes son los retratos por encargo. Son esas obras que permiten a uno vivir de eso de la pintura (aunque no lo necesitase) y en un momento dado seguir experimentando con temas más arriesgados, mucho más personales.

Y mientras tanto, mientras se dedica al arte, sigue con su vida, la que hoy consideraríamos como la de una yupi perteneciente a una clase acomodada que no necesita de la pintura para vivir: el tenis da paso al golf (jugaba con su marido) y sin abandonar los paseos por la montaña.

La obra de Rosario Velasco no se valoró en su justa media en su momento. Ha sido ahora gracias a la investigación de su sobrina nieta, periodista, Toya Viudes de Velasco quien por medio de las redes sociales solicitó la colaboración de decenas de particulares para que mostrarán cuadros de Rosario. También ha sido clave la participación de Miguel Lusarreta, comisario de la exposición (sin olvidar la web creada por su nieto Víctor Ugarte). Así fueron apareciendo obras como Gitanos (1935 o Maternidad (1933) que resultan fundamentales en su carrera. La primera de ellas participó en una exposición de artistas de diferentes países organizada por el Carnegie Museum of Art de Pittsburgh. Su obra compartió espacio con la de Carlo Carrá, Otto Dix, Edward Hopper o Georgia O’Keeffe, así como la de Picasso y Dalí. Y la segunda fue expuesta en una de las convocatorias de la Bienal de Venecia. Otra de esas grandes obras, premonitoria de lo que luego sucedió, es La matanza de los inocentes (1936). Esta obra en palabras de Toya constituye «un pasaje bíblico, pero está claro que ella estaba sintiendo lo que estaba pasando en el país y fue una manera de plasmar el estallido y todo el horror que vino». Se han llegado a recuperar más de dos centenares de obras que estaban son localizar y se espera que a raíz de esta exposición aparezcan más.

Durante muchos años a Rosario de Velasco se la etiquetó como artista de una sola obra. Su Adán y Eva pudiera ser el culpable de ello, pero su obra ahí está. ¿Por qué se la olvidado cuando su carrera era muy parecida a la de otros hombres o, incluso mujeres como Maruja Mallo? Lo más socorrido es echar mano a sus afiliaciones políticas o sus amistades franquistas o incluso su matrimonio que le aseguraba una vida burguesa como la que llevó. Pero como nos desvelan en el propio catálogo que ha editado el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en su apartado Traspapeladas, con Rosario de Velasco se dio la tormenta perfecta. Antes de la guerra era una chica casi precoz como artista. Después se ajustó a un patrón más previsible: se casa, se incorpora a la burguesía catalana muy adepta a Franco y mantiene una estrecha relación con amistades situadas en las altas instancias oficiales. Una de estas amistades es ni más ni menos que Eugeni d’Ors, un poderos crítico de arte y muy amigo de su marido. Cabe pensar en una cruel estrategia para ningunear el arte de Rosario y borrar el éxito presente y, sobre todo, el futuro. Es así de simple, pero no único. En vez de, a través de la amistad, fomentar el arte de Rosario de Velasco, utilizaron esa relación para situar su obra en los anaqueles de la historia.

«Muchas que alcanzaron fama y respeto en su momento en algún instante de la historia acabaron siendo olvidadas, excluidas sin motivos reales. Traspapeladas».

Estrella de Diego

Catálogo Rosario de Velasco

Por ahondar un poco más en esta sinrazón, la propia Estrella de Diego nos recuerda que uno de los cuadros que podemos ver en el museo Nacional del Prado y que lleva por título El Cid. Una majestuosa cabeza pintada en 1879 por Rosa Bonheur y que estuvo olvidada por los almacenes del Prado. Como era un poco marimacho (le gustaba llevar pantalones) pues se la criticó por su homosexualidad. Ideas preconcebidas e ignorancias cóctel servido: al baúl de los recuerdos.

Puedes descargarte el artículo completo pinchado aquí.

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus