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" /> Crítica película Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson | Revista Atticus

Crítica película Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson

La nueva entrega de Paul Thomas Anderson: Licorice Pizza

Ficha

Título original: Licorice Pizza

Año: 2021

Duración: 133 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Thomas Anderson

Guion: Paul Thomas Anderson

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Paul Thomas Anderson, Michael Bauman

Reparto: Alana Haim, Cooper Hoffman, Sean Penn, Tom Waits, Bradley Cooper, Ben Safdie, Maya Rudolph, Joseph Cross, Emma Dumont, Skyler Gisondo, Mary Elizabeth Ellis, Emily Althaus, Anthony Molinari, ver 22 más

Productora: Ghoulardi Film Company, Bron Studios, Focus Features. Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Género: Comedia. Drama. Romance | Adolescencia. Años 70. Comedia romántica. Comedia dramática

Sinopsis

Licorice Pizza es la historia de Alana Kane y Gary Valentine, de cómo crecen, salen con sus respectivas pandillas y acaban enamorándose en el Valle de San Fernando en 1973. Escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (Boogie Nights, Magnolia, El hilo invisible), la película muestra las dificultades que implica navegar por el primer amor.

Alana Kane (a la que da vida Alana Haim) y Gary Valentine (interpretado por Cooper Hoffman) han crecido en el Valle de San Fernando, pero no se conocen hasta el día en que el instituto de Gary organiza una sesión de fotos. Alana ya no estudia, es una joven que se esfuerza en definirse y encontrar un camino más allá de su poco inspirador empleo como ayudante de un fotógrafo. Gary, un actor en ciernes, ya ha hecho algún que otro papelito remunerado, y se lo dice a Alana casi inmediatamente, decidido a impresionarla. La seguridad de Gary divierte a la chica, pero también despierta su curiosidad, y no tarda en establecerse una relación sincera aunque algo torpe entre los dos. En un intento de fortalecer la conexión con Alana, Gary consigue que sea su acompañante para una aparición en televisión en Nueva York. Impulsivamente, ella acepta.

El trabajo para televisión no sale exactamente como Gary esperaba y, de vuelta en California, ambos se plantean sus respectivos futuros. Pasa el tiempo y su amistad se hace más profunda; Gary se aleja de la interpretación y se convierte en un joven empresario vendiendo camas de agua y abriendo una sala de pinball; mientras tanto, Alana piensa seriamente en su futuro e incluso prueba a ser actriz. Juntos o por separado, viven momentos cruciales tan divertidos como agridulces mediante encuentros con un actor famoso (al que interpreta Sean Penn), un productor de Hollywood (Bradley Cooper) y un político local (Benny Safdie). Conscientes de su situación y a la vez algo perdidos, Alana y Gary atraviesan un periodo que les lleva a conocer la profunda emoción del primer amor, el paso a la mayoría de edad y el descubrimiento de un potencial inesperado y recíproco.

Comentario

Tras esta sinopsis larga en la que nos adentramos en la nueva entrega del director californiano voy a acercarme a Licorice Pizza y tratar de transmitir algo del entusiasmo con el que salí tras su visionado.

Con un toque mucho más ligero, algo gamberro y jovial de lo habitual, Paul Thomas Anderson nos traslada al verano de 1973 en el Valle de San Fernando (California). Se suma así a la tendencia de algunos directores de exponer su propia experiencia como sucediera con el caso de Almodóvar con su Dolor y gloria (2019) o el más reciente, que acabo de publicar, el de Belfast de la mano de Kenneth Branaght. Nada nuevo en la pantalla pues también lo hizo, entre otros Federico Fellini con su Amacord (1973). Licorice Pizza es una historia que recoge esos primeros amores de la mano de dos jóvenes: Gary Valentine y Alana Kane.

A pesar de su planteamiento tan sencillo: chico conoce a chica que tiene que sortear una serie de dificultades para conseguir su atención, su amor, el visionado no es fácil. Es una película difícil de catalogar y si no pillas el sentido del humor parece que estás ante un desfile de lerdos, con Paul Thomas a la cabeza.

Si consigues centrarte en la historia, te darás cuenta de que estás ante una inolvidable y bonita historia de amor, de un jovenzuelo de instituto que se enamora de una mujer diez años mayor que él. Parece que tienen los carnets de identidad intercambiados. Gary, seguro de sí mismo, incipiente polifacético emprendedor y Alana, inmadura e insegura, mujer que anda buscando un sitio en esto que se conoce por vida. Y lo que ves en la pantalla no es más que los encuentros y desencuentros de los dos jóvenes y lo que hacen cada uno de ellos para conseguir el mismo fin. Ese es el eje central del guion elaborado por el director californiano (también responsable de la fotografía).

Luego, a esta carrera de obstáculos, se une una serie de personajes que constituyen los ingredientes de esta buena receta, aderezada con una buena música y con una excelente fotografía con esos tonos pastelones setenteros muy al estilo de Anderson.

Entre esos personajes secundarios destacan tres grandes nombres (eso sí, muy poco recorrido en sus personajes, pero memorables). Se trata de Sean Penn, Tom Waits y Bradley Cooper. Cooper encarna a un personaje inspirado en uno real como es «el peluquero de Barbra Streisand», Jon Peters. Reconocido como una de las leyendas de Hollywood, fue un productor que comenzó su carrera como estilista de la actriz/cantante y se consagró después de una larga relación con ella. Histriónico papelón de un admirable y versátil Bradley Cooper que viste (el atuendo, en este caso, hace un poco al monje) una camisa blanca con megacuellos y pantalón acampanado, con un corte de pelo, cardado, a lo Bee Gees tan característico en los setenta. Es una copia fiel de Peters en esa época en que comenzaba su vertiginosa carrera en Hollywood. Como dato curioso (es que esta película está llena de ellos) Jon Peters fue el productor de Ha nacido una estrella (remake que protagonizó el propio Cooper). Tom Waits se gusta en la interpretación dando vida a un director de cine mudo en franca decadencia que olvida sus penas a tragos en un restaurante repleto de viejas glorias. Está soberbio. Y Sean Penn, muy comedido, lo borda en el papel de Jack Holden (inspirado en William Holden), mujeriego y estrella de cine que reclama atención y que quiere engordar sin parar su ego.

Hay también unos cameos apenas significativos como George DiCaprio (padre del actor), Sasha Spielberg (hija del director), Maya Rudolph (pareja de Anderson) o el actor John Michel Higgins. 

Si eres un director de prestigio ¿por qué arriesgar? Eso debe de ser el arte. Hacer algo que no has hecho o que quieras hacer con un plus de motivación. Anderson ha demostrado ser un buen descubridor de nuevos talentos. En este caso el director californiano nos sorprende por la apuesta de dos jóvenes valores, inexpertos y debutantes en su faceta de actores que deslumbran por su frescura. Cooper Hoffman, vivo retrato de su padre el fallecido Philip Seymour Hoffman, amigo y colaborador asiduo de Anderson, parece que ha venido al mundo para dedicarse al cine. Va camino de tener el mismo carisma que tenía su padre. Con su papel asistimos a la metamorfosis de un chico avispado a un adolescente que no encaja en lo que se espera de niño, pero que tampoco se ve en las hechuras de un hombre. Para rizar el rizo del atrevimiento, a su lado, como Alana, está Alana Haim, también debutante. Alana forma parte de un grupo musical junto a sus hermanas y sus padres (también reflejados en la cinta), motivo por el cual el director californiano la conocía ya que había grabado algún vídeo clip con la formación musical. Su interpretación es sencillamente… genial. Convincente, atrevida, a veces apática, a veces irónica con esa vida que está tratando de vivirla saltándose «la norma establecida». Se mortifica constantemente por esa diferencia de edad, tan abismal en esa fase temprana de su vida, pero que no lo es tanto en cualquier otro momento. Con sus veinticinco años frente a los quince de Gary casi le pueden acusar de ser una asalta cunas. La historia que nos cuenta Licorice Pizza es la historia de amor de Gary y Alana, en El Valle de San Fernando (Los Ángeles) en los años 70, y casi me atrevo a decir que será la historia de Cooper y Haim, protagonistas absolutos de la función. Desde el momento en que se conocen desean acabar juntos y emprenden un viaje vital lleno de dudas. Celos, tretas, provocaciones y uno cuantos desencuentros para conseguir el fin. Ellos dos dan vida. Dan sentido, con su actuación, a todo un libreto y como cuenta Gabriele Niola en Esquire «a veces hace falta una película para dar sentido a un beso».

Licorice Pizza tiene un lectura sencilla y fácil que tiene que ver con esas andanzas de unos adolescentes en busca del amor, pero también, gracias a una estructura en la que se van añadiendo capas a modo de pequeños episodios, la película es un retrato de un lugar y de una época, en el momento en que el arte de la interpretación y la industria de Hollywood estaba en pleno apogeo. Cada capítulo es un camino en el que lo importante no es el destino sino vivirlo, es decir, la experiencia. Cada uno de ellos recorre distintos aspectos de la vida americana como son: la incipiente actividad empresarial de Gary, la escasez de petróleo que provoca la crisis de 1973, el papel de la política o la industria cinematográfica. Y la película discurre, y van pasando los minutos y no pasa nada, pero paladeas cada instante, no miras el reloj. Es una película infinita. Adiós a la infancia, bienvenido a la madurez, el choque de los cuerpos, ¡por fin! delante de la cartelera del cine donde proyectan Vive y deja morir (vaya pedazo de guiño). La película acaba, pero podías estar tranquilamente otras dos horas disfrutando de las peripecias de Gary y de Alana. Te has colado en sus vidas. Eso es el cine.

Si en Magnolia fue la famosa e inexplicable lluvia de ranas que dejó desconcertados tanto a los espectadores como a los propios personajes, en Licorice Pizza hay una escena que pasará a la historia del cine. Se trata de la esperpéntica aventura del equipo de granujillas de Alana y Gary de instalar una cama de agua en la mansión de Barbra Streisand y Jon Peters. Viajan en un camión que se queda sin gasolina y tienen que escapar de allí marcha atrás y en descenso por las calles de la ciudad. Al volante una soberbia Alana. Una escena llena de tensión y suspense. Inolvidable. Hay otra pequeña escena que destaco porque es una muestra de la genialidad del director. Alana y Gary acuden a una entrevista para un posible trabajo de ella. Una mujer la está entrevistando y de repente la llaman por teléfono y la cámara se acerca a esa actriz y nos desvela un sinfín de pequeños gestos solo con un primer plano, solo su rostro. Casi no importa lo que le están diciendo. Es un muestrario de pequeños detalles. Magistral.

Llevando por título Licorice Pizza (así llamaban a los LP’s de vinilo por su recuerdo a la forma de la pizza y al color del regaliz) el papel que tiene la música es más que notorio. Se nota hasta en el estilo de vídeo clip que tiene la película. Surgen temazos de los finales 60 y principios de los 70 como Life On Mars de David Bowie, Slip Away de Clarence Carter, If You Could Read My Mind de Gordon Lightfoot o Diamond Girl de Seals and Crofts.

Paul Thomas Anderson es un maestro a la hora de rodar. Tiene un estilo definido donde tiene mucho peso lo estético. Esos largos planos secuencia, esos formatos panorámicos o las tomas de seguimiento en paralelo, acompañando a los actores junto con las texturas cálidas demuestran ser un gran conocedor del lenguaje fílmico. Todo esto subordinado al guion. En esta ocasión hace un rendido homenaje al momento cultural de esa época de los años setenta introduciendo una bonita y peculiar historia de amor cercana a las que hemos visto con Richard Linklater en su famosa trilogía. También hay resonancia de una emblemática película como es American Gigolo (1980, Paul Schrader).

Como colofón, Licorice Pizza es un producto de la marca Paul Thomas Anderson que nos cuenta una aparente historia de amor de dos jóvenes (magnífica tarjeta de presentación de Cooper Hoffman y Alana Haim), y con el sello inconfundible del californiano donde destaca el formato panorámico salvaje (CinemaScope en 35 mm) de textura cálida. Anderson deja a un lado los personajes atormentados como en Pozos de ambición o The Master, para acercarse de nuevo a la comedia romántica de Embriagado de amor. La nueva entrega constituye la antítesis de lo que vimos en El hilo invisible y que no deja de ser un brillante homenaje a esos amores de juventud, a esa etapa de la vida en que eres una esponja y que todo te vale para creerte que eres el rey del mambo cuando solo eres el tío más feliz del mundo al lado del amor de tu vida.

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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