Crítica libro Cuentos de Carlos Castán

Cuentos de Carlos Castán – El filósofo cercano

Carlos Castán

El sistema educativo no debe estar tan mal cuando aún en las aulas ocurren milagros que permiten que los profesores sigamos aprendiendo de nuestros alumnos. Hace ya unos años, Laura, una de mis alumnas más apreciadas en todos los sentidos, ignoraba mis explicaciones en clase de Filosofía y al mismísimo Kant, lo cual me molestó, más por lo primero que por lo segundo, todo sea dicho. Acariciaba entre sus manos las hojas de un libro sobre el que de vez en cuando hacia subrayados y anotaciones al margen, un libro que en esos momentos parecía ser los límites de todo su mundo. Con una adolescencia recién aprobada, intuí que sería un libro de esos que acostumbran a excitar la imaginación juvenil con aventuras, paraísos imposibles y vuelos por espacios siderales, pero no, entre sus manos temblaba un extraño libro cuyo título pude ver después de un pedagógico estiramiento de vértebras: Sólo de lo perdido. Ya el título me sugirió que Laura no andaba desplegando sus alas en horizontes abiertos y venturosos, sino que estaba mordiendo en esta extraña realidad que llamamos “vida” que corría rauda por sus venas provocando las primeras extrasístoles. En otro estiramiento, pude leer el nombre de su autor, CARLOS CASTÁN, para mí un absoluto desconocido. Meses más tarde, Laura cerró la intervención de los alumnos en el acto de graduación del instituto con unas bellas palabras a las que añadió la lectura de un párrafo de Sólo de lo perdido, que segó por un instante el ambiente festivo de la celebración, pero solo fue un instante. Después le pedí el texto que había leído y me lo dejó y con él el libro y una amable carta de despedida añadiendo tiempo después una cálida dedicatoria. Así conocí a Carlos Castán, así empecé a tener celos de él.

Busqué con ansiedad el resto de su obra publicada hasta esos momentos: Frío de vivir (1997) y Museo de la soledad (2000), pero nada. En internet aparecía siempre “agotado” y quienes tenían alguno de sus ejemplares lo custodiaban como tesoros lejos de los mercados de segunda mano. Pero como hay días que la vida te sorprende con regalos inesperados, una tarde cayó en mis manos la que hasta la fecha es su única novela La Mala Luz (2013), recientemente traducida al inglés, una novela a modo de monologo interior que revolotea sobre el desencanto de una generación que tuvo que batirse entre el sentido del deber y el poder, buscando redención en los libros, la música, las salas de cine, los amigos, las noches eternas, los licores de bares y tascas y aquellos «amores hurtados al destino de cualquier manera», todo eso que surgía ante los ojos atónitos de una generación que se deshojaba entre lo viejo y lo nuevo, entre faldones de felpa negros y mantones de manila.

Las pasadas navidades la sorpresa vino de la mano de la editorial PÁGINAS DE ESPUMA que, en un volumen titulado CUENTOS, recupera algunos de sus viejos relatos, una edición muy cuidada en un magnífico papel, precisa maquetación y con una letra apropiada para los que ya empezamos a tener síntomas de presbicia, una edición que merece un sitio privilegiado en cualquier biblioteca de narrativa que pretenda estar al día, porque Carlos Castán es uno de nuestros más avispados e inspirados narradores de historias.

Esta reedición de sus cuentos se inicia con un deslumbrante prólogo en el que con pinceladas rápidas y certeras dibuja en carne viva y sin atisbo alguno de vergüenza los caminos de una vida. Allí comenta que en su juventud dudó entre estudiar Filología y Filosofía y que se decantó finalmente por la Filosofía para no mancillar su vocación literaria. Pero quizá haya sido esta decisión la que ha hecho de Carlos Castán un espléndido narrador, ya que si el contenido se lo proporcionó su vocación literaria o esa vida paseada a trompicones, la filosofía puso en sus manos todas las herramientas para dorar y pulir aquella pasión juvenil por la literatura: la capacidad para discriminar lo accesorio de lo esencial, la observación precisa y meticulosa tras las apariencias, la intuición para ver en un instante el reflejo del todo, la habilidad para hilar idea, concepto y palabra, la deducción lógica que proporciona a sus narraciones un musical legato donde cada palabra tiene su lugar preciso en el pentagrama, y esa deslumbrante capacidad para sintetizar todo lo intangible e inefable con que suele cerrar muchos de sus párrafos y relatos dejándote con la boca y las entrañas desencajadas. Es cierto que en las obras de Carlos Castán no abundan los referentes filosóficos, exceptuando alguna cita puntual, como esa potente de Heráclito que abre el primer relato de Frío de vivir «aquel que nunca espera lo inesperable no lo descubrirá jamás, porque está cerrado a la búsqueda y a él ningún camino lleva», pero ahí están en el fondo todas las tormentas de la filosofía, sin sus abstracciones habituales, materializadas en el hervir y correr cotidiano de la sangre cabalgando a lomos del vitalismo nietzscheano, la dialéctica heracliteana o el deconstruccionismo de Derrida, que hacen de él un maestro de la paradoja donde lo cotidiano, lo aparente, se desvela como esencial, como ocurre en uno de sus últimos relatos, Polvo de Neón, donde trastea con el impulso erótico polarizando el «deseo» y el «amor» para terminar sentenciando como oráculo que atesora todos los misterios: «El amor siempre requiere poner sobre la mesa la idea de futuro. Y al deseo lo pudre tan pronto como puede, y pide a cambio flores, masajes en la espalda, reclama paseos con las manos unidas por las calles y vergeles, y toda esa confusión de proyectos, facturas y violines…». Así es la narrativa de Carlos Castán, directa, inmediata, envolvente, siempre presta a descargar su acerado bisturí sobre lo que está a la mano sin erudiciones innecesarias o recurrencias a argumentos de autoridad, pero su formación filosófica está ahí, vigilando como perro guardián para que el rebaño de la palabra no se le disperse por los prados.

Carlos Castán escribe con colores quebrados como si el papel blanco lo iluminara una «mala luz». Como hábil acuarelista despliega grandes aguadas para crear la atmosfera precisa a base de extensos e interminables párrafos donde las palabras se van enhebrando rítmicamente en largas frases al compás que marca la necesidad de la historia, conjugando de un modo magistral la ambigüedad con la precisión en el detalle, el decir con el sugerir a base de pinceladas rápidas y vigorosas que terminan disipando esa «mala luz». En su paleta no abundan los colores luz, quizá porque vivir conscientemente a uno le condena a hacerlo entre sombras y colores sucios o ensuciados, pero la gama de colores rotos es rica y poderosa para expresar ese torrente de instintos, sentimientos y pasiones que atan el vivir y que vergonzosamente la mayoría callamos. Su estructura narrativa parece sencilla (la difícil sencillez que sólo se alcanza después de haber vaciado el armario de todas esas prendas que ya malamente se ajustan a nuestra piel): la primera frase surge como un latigazo que te atrapa y te rinde de una forma incondicional; a partir de ahí va gestionando como hábil alquimista la cantidad justa de sorpresa, el sonido con el silencio, la dosis adecuada de lirismo, el ritmo preciso que solo circunstancialmente se quiebra para hacernos alguna revelación esencial o despejar la incógnita de alguna ecuación: «A la pregunta de si estaba enamorada de John Perkins, Sally había contestado no lo sé. Y a Quinn le parece que esa duda es ya en sí misma el amor porque, sobre todo a cierta edad, el amor tiene naturaleza de pregunta. Más que un corazón atravesado por una saeta de lado a lado, el signo de interrogación debería ser un símbolo. Solo en la juventud se presenta como certeza incontestable que desafía al mundo con todos los viento y mareas que quiera arrojar en su contra porque entonces es inconsciente, víscera, de grito y latidos. A la edad de Sally, a la de él mismo, el amor es simplemente un no saber, tener de repente miedo a un tren que se va y las horas que vendrán tras su partida, una oscuridad al llegar a casa que se mete en los huesos como niebla. Dudar es ya amar. Lo sorprendente es que escribiendo en colores quebrados todos sus relatos sean tan limpios y así de luminosos: los buenos pintores lo hacen con colores quebrados, esa es la magia también de Carlos Castán, léanlo: «Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro alguno, saber que tu nombre no aparece escrito en ninguna agenda. Estar simplemente allí, y en ninguna parte más, merendado los boquerones con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte…».

Por todo ello, sus cuentos son intemporales, y aunque para alguna generación sean ese espejo que refleja nuestra tullida memoria, «esa carne que recuerda», trascienden el tiempo, y del mismo modo que hubo, habrá muchas «Lauras» que aparquen sus apuntes de Filosofía para beberla de la piel y la sangre que hierve en cada uno de sus relatos. Ahí, en el prólogo del libro, está maravillosamente expresado el motor de toda su narrativa en forma de impulso erótico juvenil y primerizo, el «eros» como principio y fin: «me enamoré por primera vez de una chica que se sentaba en la segunda fila de la izquierda, al lado de la ventana y que aprovechaba cada rato muerto para leer libros en cuyas páginas quise estar, de la manera que fuese, para que ella no tuviera más remedio que mirarme. Quise ser las palabras que había bajo sus ojos, las historias, aquello tan interesante que la apartaba de mí. Un día seré eso que lees con la cabeza ladeada, seré la tinta, el papel sobre el que derramas tu pelo». Son tantas las «Lauras» que habrán amado a Carlos Castán acariciando embelesadas la cara y el dorso de cada una de sus palabras… que la indiferencia de aquel primaveral deseo, a estas alturas, debe estar suficientemente amortizada.

Y una última recomendación… los cuentos de Carlos Castán no son para leer de un tirón, es un libro para tener en la mesilla de noche y leerlo de «a pocos» y en segundas o terceras lecturas resulta cada vez más deslumbrante porque siempre, en ese primer golpe de vista, hay algo que se nos escapa, es un libro que ilumina, que continuamente excita el pensamiento y el sentir  recordándonos quiénes queríamos ser, lo que somos y todo lo que se nos escapó entre los laberintos del tiempo. Sumergirse en el sueño después de la lectura de cualquier de sus relatos es algo reparador, balsámico, te libera de ese sentimiento de culpa que eternamente nos acompaña por no ser quienes deberíamos haber sido o lo que los otros esperaban de nosotros, y sobre todo que las tormentas y naufragios personales no son únicos, que al final la vida es para todos eso: tensión, lucha y paradoja. Al día siguiente, cuando despiertes, verás plácidamente tus contradicciones como universales, verás que se te ha puesto otra cara, esa que te invita a seguir viviendo porque en definitiva la vida no consiste más que en eso… en seguir: los «cuentos» de Carlos Castán son precisamente eso, algo más que cuentos «con el 7º de caballería presto para acudir en tu auxilio».

Santiago de la Fuente

Ficha:

Título: Cuentos

Autor: Carlos Castán

Por fin, reunidos en un solo volumen, los tres libros de cuentos de Carlos Castán, un nombre que ya forma parte de la historia del cuento en España.

512 páginas Voces/ Literatura • 303

ISBN: 978-84-8393-286-5

24 x 15 cm 23,08 / 24 €
(Ebook) 9,99 €

Revista Atticus

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