Crítica película The Big Combo (Agente espacial) de Joseph H. Lewis

Ficha

Título original: The Big Combo

Año: 1955.

Duración: 84 min.

País: Estados Unidos.

Dirección: Joseph H. Lewis.

Idioma original: inglés.

Guion: Philip Yordan.

Fotografía: John Alton.

Música: David Raskin.

Reparto: Cornel Wilde, Richard Conte, Brian Donlevy, Jean Wallace, Jay Adler, Robert Middleton, Lee Van Cleef, Earl Holliman, Helen Walker,

Producción: Security, Theodora Productions.

Género: cine negro.

Escalafón: entre las mejores películas del cine negro.

Sinopsis

El teniente de policía Leonard Diamond (Cornel Wilde) persigue al jefe de una organización criminal, llamado Brown (Richard Conte). La amante actual del gánster, Susan Lowell (Jean Wallace), acaba de intentar suicidarse. Al interrogarla en el hospital, le pone en la pista de una tal Alice, nombre que Brown habría escrito una vez ante ella, sobre el vaho de un cristal. Diamond averigua que la mujer de Brown, desaparecida hace siete años, se llamaba precisamente Alice. Mientras se siente atraído por Susan, el teniente Diamond sigue investigando a pesar de la oposición del propio Departamento de Policía y de las amenazas de Mr. Brown.

Un obra cumbe del cine negro clásico de Hollywood. Con todas las diferencias que se quieran, me recuerda en algunos aspectos Los sobornados (1953)  de Fritz Lang, en esa lucha de un policía en solitario contra toda una organización criminal.

Crítica

 Agente espacial (The Big Combo) es una película de género negro, de bajo presupuesto, financiada por productoras independientes, que alcanza altas cotas de calidad mediante un buen argumento y una excepcional puesta en escena. Sin desmerecer el reparto que, sin ser de estrellas, están a la altura de la historia contada.

El éxito de lo que denominamos cine negro del periodo clásico de Hollywood, no solo se explica por el uso de la intriga policial o criminal (de larga trayectoria en el cine), sino por la inclusión de cuestiones de actualidad  que afectaban a los ciudadanos comunes: el poder de las organizaciones criminales, la corrupción política y policial (explícita o implícita) que las amparaba, y la exposición de la gente corriente a su violencia, como en este film: mujeres atrapadas por los gánsteres,  policías honrados luchando contra los delincuentes y a pesar del propio sistema institucional (en ocasiones), o inocentes asesinados.

El guion de Philip Yordan parte de unos elementos muy clásicos: un policía honrado con un sueldo bajo que lucha casi en solitario (salvo dos colega fieles) que le apoyan, contra una organización criminal (The Big Combo) dirigida por un tal Sr. Brown, que parece intocable, blindado, ante la ley y la justicia.  Es un guion, desde el punto de vista de la intriga, sólido, bien hilado, con detalles bastantes sutiles que, además, nos mantienen despistados, con una especie de macguffin (un ancla y una mujer llamada Alice) durante una parte de la trama.

Introduce además un elemento sentimental o de “romance”, con cierto carácter obsesivo, por parte del policía, Diamond (Cornell Wilde), que está enamorado de Susan (Jean Wallace), que es además la “chica” de Brown, el mafioso. Una mujer culta (es pianista) atrapada por un personaje manipulador, vengativo, pero también por un miedo atroz y por la necesidad de ciertos lujos (las pieles de animales o “humanas”, como se dice en un diálogo).  Susan solo ve salida a su situación con un suicidio, en el que -como consecuencia- surgirá la palabra clave, “Alicia”, que desencadenará el desenlace. “¿Que tienen los gánsteres y los policía que atraen a las mujeres?”, se pregunta retoricó el gánster Brown: “que sabemos hacerles el amor”. Lo que sabe hacer Brown, más bien, es odiar, el motor que mueve el mundo según él.

Los diálogos son ágiles, agudos, nunca de relleno, lo que es otro mérito del guion y, en general, del cine negro. Bien sea el guion del propio Yordan (uno de los mejores guionistas de Hollywood), o de algún “tapado” de la lista negra de McCarthy, como apuntan algunas informaciones, que no podía aparecer en los créditos con su propios nombre. 

Los personajes están bien construidos; junto a los ya citados, hay un dúo perturbador, como es el formado por Fante y Mingo, dos sicarios a sueldo de Brown, sin escrúpulos ni emociones, salvo las que puedan tener entre ellos, de carácter sexual: una cámara muy inteligente nos descubre que duermen en camas muy juntas. Hay además una dependencia de Ming (Earl Holliman) o respeto a Fante: un extraordinario Lee Van Cleef. Como lo está Brian Donlevy (McClure) en su papel de resentido, o de Jay Adler, como el ayudante fiel del teniente Diamond.

La puesta en escena por parte del Joseph H. Lewis es uno de los grandes logros del film. Una planificación (desde el guion) de relojería, que ha contado con una dirección de fotografía excepcional de John Alton: escenarios apenas iluminados, con focos que alumbran un personaje y dejan en la oscuridad el resto. Posiciones de la cámara nada convencionales, de clara autoría, para subrayar el dramatismo de las escenas, heredadas del expresionismo.  El inicio mismo de la película es casi aterrador, con ese largo y gélido pasillo por donde huye Susan, o el telón metálico del aeropuerto, escenario de algunas de las escenas más atroces. El final es excepcional, tanto por su intensidad dramática como por la forma en que fue rodada: con unos focos de coche en la niebla, un personaje al que no se ve, pero se intuye,  y un foco móvil que apunta a Brown, el mafioso atrapado.

Hasta el silencio tiene su papel: McClure (Donlevy) es sordo y no oye (tampoco los espectadores) el tableteo de las ametralladoras en un momento crucial. En una película con una banda sonora de David Raksin que subraya cada escena, marcando su dramatismo sin excesos.

Ya se han citado a algunos de los intérpretes: Cornell Wilde expresa con certidumbre su obsesión por Susan (excelente Jean Wallace), y esta su miedo ante Brown, del que solo sabe huir con un intento de suicidio. Richard Conte (Brown), encarna a la perfección a un personaje siniestro, entre cínico y frío, que solo deja de serlo por celos, que es cuando empezará a cometer errores.

Repaso la larga filmografía de Joseph H. Lewis, un director al que no le dejaron llegar a las alturas del sistema de estudios y se tuvo que mover en producciones modesta, en las que siempre que pudo demostró su saber hacer, su genialidad. Mi nombre es Julia Ross (1945), Odio contra odio (1957), Terror en una ciudad de Texas (1958), son películas notables, junto a la excepcional Gun Crazy o El demonio de las armas (1950).

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus