Crítica exposición Anders Zorn en la Fundación Mapfre de Madrid

Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra, primera retrospectiva que se dedica al pintor sueco en España, busca reivindicar su obra y su legado y contribuir al conocimiento de uno de los creadores más fascinantes del arte moderno.

Anders Zorn (1860 – 1920) fue el pintor sueco más destacado de finales del siglo XIX y principios del XX. Nacido en un entorno rural humilde en la región de Dalecarlia, alcanzó una extraordinaria proyección internacional gracias a su talento y su dominio de distintas técnicas artísticas. Llegó a convertirse en uno de los retratistas más solicitados de su tiempo, y se relacionó con naturalidad con monarcas, aristócratas, banqueros y otras personalidades de la sociedad europea y estadounidense. Sin embargo, nunca olvidó sus raíces, y, además de captar la vida tradicional de su región de origen, participó activamente en la promoción y conservación de sus costumbres y su patrimonio frente a la amenaza que suponía la llegada de la industrialización.
La exposición coorganizada por la Fundación Mapfre junto a la Kunsthalle de Hamburgo, cuenta con la colaboración del Zornmuseet y del Nationalmuseum de Estocolmo, así como con la participación de más de cuarenta prestadores, entre los que destacan, además de las instituciones mencionadas, la Casa Real de Suecia, el Göteborgs Konstmuseum, las Gallerie degli Uffizi, la National Portrait Gallery de Washington, el Museum of Fine Arts de Boston, la Alte Nationalgalerie de Berlín, el Museo Sorolla o el Museo Nacional del Prado.

El discurso expositivo realiza un recorrido cronológico y temático por la obra del artista a través de siete ámbitos y más de ciento treinta obras entre acuarelas, pinturas, grabados y esculturas, lo que ofrece una completa panorámica de la producción del pintor.

La exposición Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra ofrece una visión integral de la trayectoria artística del pintor, marcada por una fecunda tensión entre cosmopolitismo y arraigo local que le valió ser descrito por sus contemporáneos como «una mezcla entre caballero y campesino». A pesar del papel decisivo que desempeñó tanto en la escena internacional como en la sueca, la fortuna crítica de Zorn se vio eclipsada por la construcción del relato historiográfico posterior, que privilegió las narrativas estéticas asociadas a las vanguardias.

La exposición se puede ver en la Sala Recoletos que la Fundación Mapfre tiene en Madrid desde el 19 de febrero hasta el 17 de mayo en su horario habitual (consultar web con datos e información práctica y una muy recomendable visita virtual, sino se puede acudir en persona).

Anders Zorn, Autorretrato, 1889
Óleo sobre lienzo 74,5 × 62,5 cm
Florencia, Gallerie degli Uffizi
n.º inv. 3067
Foto: By courtesy of the Italian Ministry of
Culture – Uffizi Galleries

El artista
Anders Zorn nació en 1860 en la provincia sueca de Dalecarlia. Sus padres se conocieron cuando trabajaban en la cervecería Von-Düben de Uppsala, si bien nunca se casaron y Anders no llegó a conocer a su padre. Debido al trabajo temporal de su madre, el pequeño fue criado por sus abuelos en una humilde granja en el corazón de Suecia. Desde niño mostró una extraordinaria destreza manual que pronto lo encaminó hacia la carrera artística. A los quince años ingresó en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo, donde destacó por su dominio de la acuarela. Su primer gran éxito llegó en 1880 con De luto, acuarela presentada en la exposición anual de estudiantes que atrajo la atención de la crítica y que le abrió las puertas a numerosos encargos de retratos. Un año más tarde, desencantado con la enseñanza académica y respaldado por la independencia económica que le proporcionaban estos primeros encargos, Zorn abandonó la institución. Inició entonces una etapa de viajes que resultaron decisivos para su formación como artista. Entre ellos destacan los realizados a España, atraído por la imagen romántica difundida por su admirado compatriota el acuarelista Egron Lundgren (1815 – 1875). El virtuosismo técnico y el gusto por los motivos anecdóticos, que tan bien se prestaban al género orientalista que en ese momento gozaba de tanto éxito entre los clientes europeos, protagonizan las obras españolas de Zorn así como las realizadas durante sus estancias en Constantinopla y Argelia (a esa época corresponde la fotografía de la pareja en 1880 —ilustración 2—).

Interesado por los motivos fluviales y los efectos atmosféricos, tanto sus paisajes de Inglaterra como las vistas de su Suecia natal revelan su afinidad con la acuarela y una temprana fascinación por la representación del agua, cuya superficie y reflejos se convertirán en un tema recurrente a lo largo de toda su carrera.

En 1882 Zorn se instala en Londres, donde rápidamente se consolida como retratista. Tres años más tarde, su matrimonio con Emma Lamm —miembro de una acomodada familia judía de Estocolmo— amplía notablemente su red de clientes, entre los que destaca el influyente banquero Ernest Cassel. Su fama como retratista no tarda en traspasar fronteras: del Reino Unido a Suecia pasando por Portugal y España, adonde acude en 1884 para pintar retratos de relevantes miembros de la sociedad madrileña. Desde sus inicios sus retratos se distinguen por situar a los modelos en entornos que actúan como atributos simbólicos de su personalidad.

La destreza de Zorn en la representación minuciosa de los detalles alcanza un punto culminante en La ninfa del amor, un raro ejemplo de pintura mitológica en su producción. Esta obra marca un punto de inflexión en su trayectoria, ya que a partir de entonces el artista solo buscará sus temas en los entornos cotidianos.

Anders Zorn, Placer de verano, 1886
Acuarela sobre papel 76 × 56 cm
Colección particular. Foto: Hans Thorwid

Esta evolución coincide con la madurez artística que alcanza en esos años, como evidencian obras excepcionales como Placer de verano. Hasta entonces centrado en la acuarela, Zorn comienza a trabajar con el óleo en 1887 durante su estancia en la localidad inglesa de St Ives, donde entra en contacto con una activa colonia de artistas. Este nuevo medio –que alterna durante un tiempo con la acuarela y con el que pronto demuestra un dominio notable– acompaña su transición hacia una pintura de orientación naturalista, centrada en escenas de la vida diaria y en la captación de los efectos de luz y color, desprovista de artificios. Zorn inaugura así una nueva etapa que le abre las puertas del éxito en París y que supone la consolidación de su proyección internacional.

Entre 1888 y 1896 los Zorn se establecen en París, entonces capital mundial del arte. Allí, el pintor se integra rápidamente en los círculos artísticos y participa activamente en las principales exposiciones. El año 1889 marca un punto culminante en su carrera, pues recibe la medalla de oro en la Exposición Universal y es nombrado caballero de la Legión de Honor, una de las más altas distinciones otorgadas por el Estado francés.

Una parte significativa de su producción parisina son retratos de artistas, intelectuales y miembros de la alta sociedad. Zorn aporta una mirada inédita a este género, alejándose del formato tradicional de estudio para representar a sus modelos en entornos o acciones que reflejan su identidad, como se aprecia en los retratos del actor Coquelin Cadet o del barítono Jean-Baptiste Faure.

Durante estos años también comienza a explorar temas vinculados con la vida urbana moderna, como vemos en Ómnibus I, una obra que forma parte de un conjunto reducido pero ambicioso dentro de su producción. Estas piezas fueron exhibidas con especial protagonismo y alcanzaron precios elevados en el mercado internacional, especialmente entre coleccionistas extranjeros.

El prestigio internacional que Zorn adquiere en este periodo se refleja también en sus numerosos viajes, bien acompañado por influyentes mecenas como Isabella Stewart Gardner —quien hospedó al matrimonio en su palacio veneciano en 1894—, bien requerido por instituciones y clientes para realizar encargos en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de sus numerosos viajes y su vida cosmopolita, el artista nunca pierde el vínculo con sus raíces: regresa cada año a Suecia, a su región natal, Dalecarlia, hasta que, en 1896, decide establecerse definitivamente en Mora, para instalarse en una residencia que él mismo había diseñado, una casa que combinaba lo rústico con lo refinado y que reflejaba su sensibilidad artística y su apego a las raíces. Este retorno coincidió con una corriente de inspiración romántica que reivindicaba los valores nacionales encarnados en las regiones rurales de Suecia. Dalecarlia se convirtió entonces en símbolo de la cultura campesina y de las tradiciones suecas, y Zorn, más que ningún otro artista, contribuyó a forjar su imagen idealizada a través de la pintura.

Anders Zorn, Domingo por la mañana, 1891
Óleo sobre lienzo 121 × 93 cm
Colección particular. Foto: Bukowskis

En estas obras el artista retrata el mundo de su infancia y pone en valor aquellas costumbres que habían permitido a la región resistir frente a la modernidad industrial: el trabajo agrícola, los trajes típicos, las celebraciones populares… Estas escenas, impregnadas de autenticidad, se articulan mediante un lenguaje moderno e internacional con el que alcanzó un notable éxito también fuera de las fronteras suecas.
Zorn se implicó activamente en la preservación de la cultura de Dalecarlia no solo mediante su producción artística: organizó concursos de música folclórica (era un amante de la música e incluso tocaba el violín), coleccionó textiles y objetos tradicionales y fundó el museo al aire libre Gammelgård destinado a la conservación de la arquitectura rural. Emma Lamm, esposa de Zorn, continuó con el legado de este tras su fallecimiento en 1920, que se consolidó con la creación del Zornmuseet en Mora (ilustración 3), asegurando que su nombre quedara ligado para siempre a la región y la identidad cultural sueca.

La exposición
Con el título Anders Zorn, recorrer el mundo, recordar la tierra ya la propia institución madrileña nos recuerda que estamos ante la figura de un artista moderno, cosmopolita e internacional.

(sigue)

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Artículo Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra en Revista Atticus 49

Más información:

Fundación Mapfre Sala Recoletos

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Luisjo Cuadrado

Revista Atticus