Diane Keaton (1946 – 2025) en detalles

            Nos acaba de dejar una de las actrices más poliédricas del planeta, capaz de ser una maestra de Audición y Lenguaje de día y una viciosa de noche, una novia crédula y una esposa nihilista o una madre que es capaz de atraer al novio mayor de su hija y al médico joven de urgencias a un tiempo, con un talento increíble para la comedia, pero con un poso dramático capaz de descolocar a cualquiera.

            Como homenaje a esta figura imborrable del cine estadunidense este artículo se dedica a hablar de detalles indelebles en la memora de cualquier cinéfilo.

            Su primer gran papel le llega para hacer de la novia anglosajona del hijo menor del capo mafioso, Vito Corleone, en El Padrino, donde no se puede olvidar la mirada baja y asustada al ver a Luca Brasi hablando solo en la boda de Connie, la hermana pequeña de la familia siciliana de primera generación en Nueva York. Tras ésta hay que ir al momento en el que, en los periódicos de la tarde, tras salir del cine lee la noticia del atentado contra la vida del padre de Michael, su prometido. Como es capaz de variar de la comedia más dulce al drama más crudo con un simple gesto, sin palabras y dejado a Al Pacino desplegar toda la carga del desasosiego que el director, Coppola, desea trasmitir al espectador, pero quien sabe ver cine no deja de mirar de soslayo a esa chica a la que los acontecimientos le acaban de sobrepasar.

            Continuando con la cinta de 1972 hay tres matices interpretativos más a destacar: cuando Tom Hagen le viene a decir que Michael debe huir de Estados Unidos y cómo ella ve que aquello les va a sumir a ambos en una profunda melancolía con un rostro de neutralidad forzada y unos ojos caídos, como símbolo de derrota, porque si algo nos muestra la novela de Mario Puzo y las tres películas que Francis Ford Coppola hizo basándose en esto, es que las circunstancias siempre se anteponen a los hechos, pero que por eso se deben forzar determinadas circunstancias. Tras ese gesto de capitulación aparece el siguiente, cuando Michael reaparece en su vida, ya no es un chaval que acaba de venir de la guerra, sino un lugarteniente de su padre, vestido ya como un mafioso y con uno de los diálogos más esclarecedores del cine para hablar de amor. En el que ella trata de ser inocente, pero sabe que si regresa a aquel hombre y su familia se convertirá, muy a su pesar, en cómplice de ellos, con todo lo que ella aborrece estar a ese lado de la ley. Y el último, en esta primera parte, sin duda alguna es la petición de limpieza moral que le hace a su ya esposo y como él le miente vilmente, pero sin ningún aspaviento y que al cerrarse la puerta del despacho puede comprobar ella con gesto doliente, de odiosa complicidad sin deseo de ésta.

            Dos años más tarde Coppola y Puzo componen el guion de la segunda parte de la saga de El Padrino y Diane Keaton regresa a esa Kay, ya nada dulce, ya harta de mentiras y de vivir en un palacio hecho de sangre ajena y lágrimas de viudas y huérfanos, como prácticamente todos los palacios, no seamos ingenuos, como diría Michael Corleone a Kay en su reencuentro. En esta entrega ella habla abiertamente de odio, asco y hartazgo y más desde el atentado que sufrieron en su propio dormitorio al comienzo de la cinta, sensacionalmente dividida en dos historias, la de Michael y su lucha por controlar todo desde su nuevo imperio en Nevada y la de su padre cuando dejó de ser tendero en Little Italy para convertirse en el capo di tutti cappi de la ciudad de los cinco distritos.

            Diane Keaton se muestra dura, rocosa y cruel con Michael, que responde con una aspereza heladora a cada una de las embestidas de su todavía esposa, y una ternura próxima al llanto cada vez que habla de sus hijos y su futuro. Dos momentos estelares de su actuación son cuando le comunica a su esposo el motivo de la interrupción de su nuevo embarazo y cuando el capo Corleone le da con la puerta en las narices porque ella ha acudido a ver a sus niños a su casa. Cada gesto, de Kay en esas dos partes de la película, muestran la enorme cantidad de matices que Diane Keaton era capaz de desplegar para llenar de credibilidad a su personaje. Aquí destacaría también su magnífica entonación, teniendo en cuenta que aún no llegaba a la treintena y todo lo que la edad confiere a las cuerdas vocales.

            Pero la californiana más angelina que Hollywood recuerde cruzó el país para convertirse en una actriz de comedia puramente neoyorkina. El milagro lo obraron dos actores: Al Pacino, con quien mantuvo una relación sentimental guadianesca a lo largo de su vida, y Woody Allen, quien le convenció de que era pura comedia y ella se encontró especialmente cómoda en este tipo de papeles. Hizo El Dormilón y La Última Noche de Boris Gruschenko, las dos primeras realizadas por el hasta entonces guionista y actor, y se lanzó al vacío con la poliédrica Annie Hall, la primera obra realmente grande del autor judío neoyorkino. Y Diane se llevó el óscar por ser esa Annie capaz de mostrar animadversión, convertirse en una persona odiosa, pero que es el faro, el único, en el que el personaje de Allen puede mirarse para no ser presa de todo el cúmulo de contradicciones que realmente es y le maniatan en su rutina. Aquí Diane nos muestra una capacidad innata para la comedia sofisticada y un gesto continuado de desdén bien calculado ante las opiniones en derredor suyo componiendo un papel que aún se pone a las actrices que comienzan en alguna de las escuelas de interpretación más prestigiosas del mundo. Gong Li, Francesca Annis o Emma Stone hablan con admiración de los matices que Diane Keaton en Annie Hall les enseñó como actrices.

            Ese mismo año, 1977, Richard Brooks le ofreció el mejor papel dramático de su vida, dicho de una actriz que había hecho de Kay Adams en las dos primeras entregas de El Padrino. Y en Buscando al Sr. Goodbar Diane Keaton ejerce de una mujer dulce y compasiva enseñando a niños con sordera, Theresa Dunn, que por las noches trata de recuperar todo lo que años de escoliosis, cama obligada y familia religiosa le robaron lanzándose a una espiral de bichos nocturnos con los que acostarse y reivindicarse como mujer al tiempo que se va viendo su degradación física y, sobre todo, moral porque Theresa se va resquebrajando escena a escena, con detalles como la mirada a uno de los alumnos donde ya no se reconoce y un diálogo sensacional con el entonces principiante Richard Gere donde se puede ver que quizás el camino tomado carezca de retorno.

            Tras esto llegó un nuevo trabajo con su otrora pareja, Woody Allen, la cruda y bella Manhattan, donde la crisis de la mediana edad, la sensación de que nos queda menos por vivir que lo ya vivido y la búsqueda, errónea, de alguien joven para evitar tener esa sensación de paseo hacia la muerte cuando lo que cuenta, como siempre en la vida, son los momentos y no los años y Mary Wilkie, Diane Keaton, novia del mejor amigo del personaje de Allen, Isaac Davis, se lo recuerda al enamorarse perdidamente de ella mientras tiene una novia de diecisiete años a la que no ama y que nunca le devolverá la juventud perdida, al estilo de lo que nos relata Proust con su maravilloso Swann en En Busca del Tiempo Perdido, de la que es deudora esta película de Woody Allen. Y hay un instante, justo cuando desenmascara a Isaac, en el que la Keaton engulle a Allen con un gesto, casi un taco visual, un leve pero intenso movimiento de cabeza justo antes de comenzar un breve y muy necesario monólogo sobre el ser frente a la existencia, aunque ninguna de estas palabras aparece.

            Abandonó durante años el universo Allen, al que regresó puntualmente en la comedia vodevil Misterioso Asesinato en Manhattan, para adentrarse en un amor loco y un trabajo especialmente creativo con Warren Beatty en Rojos, sobre el único estadunidense enterrado en el Kremlin, un comunista que acompaña a Lenin y sus secuaces en aquella Revolución de Octubre que cambió el mundo. La reacción ante el posado desnuda en la exposición fotográfica ante su esposo para que veamos su determinación ante la vida. Su siguiente gran momento llega al instalarse en Moscú y ver que su pareja, John Reeds, el periodista y activista, está más necesitado que la mayoría de los rusos de aquel triunfo, y que eso les puede costar su relación, su estabilidad y hasta su propia vida, y lo hace con una salida de escena y un regreso casi invasivo para el espectador. El tercer gran momento de esta no menos grande actriz es cuando nos trasmite con la mirada que aquello es el fin mucho antes de que el guion nos muestre qué le pasa a Reeds. Además, hay que destacar el encadenado de amor y lucha con La internacional como hilo conductor de aquella sucesión de escenas para aligerar el ritmo de una cinta que necesitaba de cada imagen para ser realmente comprendida.

            Después hizo muchas comedias, de mayor o menor éxito, remakes afortunados y películas sociales donde el eje era siempre una mujer fuerte que juega el rol de no serlo socialmente, pero que es capaz de sacar la zarpa cuando es necesario. Esposa, ex esposa, amante y amada y una interpretación magistral que le valió una nueva nominación al Oscar y una opinión sobre su persona de su compañero de reparto, Jack Nicholson: “está descentrada, no es una persona normal y homogénea. Estuvimos genial juntos. Tiene una perspectiva divertida de la vida, y eso te hace querer ser gracioso cuando estás con ella. Si te cuesta hablar con ella, es culpa tuya. Nosotros conectamos bien”. Esto dijo en una entrevista con Bruce Webber para The New York Times (17/03/2004). Y lo hizo tras comenzar el sorprendente éxito de Cuando Menos te lo Esperas, donde enamora a un médico joven, interpretado por un convincente Keanu Reeves, y robar el novio a su hija (Amanda Peet), el veterano y siempre brillante Nicholson. Aquel taquillazo sorprendente, unido al aplauso de la crítica nos lleva a pensar que era algo más de lo que muchas producciones de los noventa pidieron de ella. Aquí está especialmente brillante cuando abandona a Nicholson con una mirada serena y un punto de crueldad que se materializa cuando su personaje, que es comediógrafa, lo expone en su nueva obra. También es muy hermosa su manera de mirar alrededor en el restaurante de París en el que la descubrimos como una vampiresa novata en prácticas confiriendo una ternura especial al momento en el que tontea con Reeves sin que nos parezca grosero, extraño o triste, sino la reacción lógica de un hombre atraído por una mujer mucho más fuerte de lo que juega a ser socialmente.

            Tras esto hizo más proyectos donde demostró que no tenía ninguna intención de parecerse a nadie, sino de ser ella misma. Y para subrayarlo borda una interpretación digna de estudio en la película Ático sin ascensor donde un matrimonio interracial ya en el invierno de sus vidas pone a la venta su quinto sin ascensor en Manhattan porque cada día los peldaños cuestan más. Y descubrimos un duelo entre dos grandes monstruos de esto de hacer de otro junto a Morgan Freeman y donde se nos muestra lo difícil que ha sido su existencia desde el punto de vista social porque ella es una W.A.S.P. y él un hombre negro. Y como cada escalón ha cimentado esa relación de toda una vida y que comenzaba especialmente en la intimidad que aquel ático les confería, con toda su luz y que opacaba todas las sombras que el racismo y la miseria social les daba cada día en sus ya dilatadas existencias.

            Se nos fue Diane Keaton, afortunadamente nos quedan estos matices que yo, humildemente, he reflejado en estas líneas y otros muchos que cada lector visualizará, descubrirá o buscará al ver alguna de sus maravillosas películas.

            Y concluyo con una frase de El Padrino III, donde ella sabe dar el contrapunto exacto a Pacino y que viene como anillo al dedo para Diane Keaton:

            Agradecido de haber sabido disfrutar de todo eso: inmortal más allá de lo meramente humano.

Carlos Ibañez

Revista Atticus