Crítica película Aún estoy aquí de Walter Salles

Ficha

Título original: Ainda estou aqui.

Año: 2024.

Duración: 137 min.

País: Brasil.

Dirección: Walter Salles.

Idioma original: portugués.

Guion: Murilio Hauser y Heitor Lorega. Sobre el libro de Marcelo Rubens Praiva.

Fotografía: Adrian Teijido.

Música: Warren Ellis.

Reparto: Fernanda Torres, Selton Mello, Fernanda Montenegro, Luiza Kosovski, Bárbara Luz, Valentina Herszge, Cora Mora, etc.

Productora: VideoFilmes, MACT Productions, Cospiraçao Filmes, arte France Cinéma, Bloboplay.

Género: drama, cine político y social, memoria histórica.

Premios: Premios Goya 2024 a la Mejor película Iberoamericana. Festival de Venecia 2024, premio al mejor guion. Premios BAFTA a la Mejor actriz: Fernanda Torres. Premios “Oscar” a la Mejor película internacional.

Sinopsis

Brasil, 1971, son los años de plomo del régimen militar que gobernaba el país desde 1964. La oposición democrática está excluida de la participación política y grupos minoritarios han recurrido a la lucha armada, perpetrando algunos secuestros, como el del embajador de EE.UU., para liberar a presos políticos. En esta coyuntura la dictadura recurre a la política de secuestros, asesinatos y desapariciones. Es el caso del exdiputado (fue destituido manu militari) Rubens Praiva (Selton Mello), de izquierda moderada. La mirada de Walter Salles se centra en estos hechos como trágico telón de fondo, pero en primer plano retrata a Eunice (Fernanda Torres), su esposa, y a sus hijos, y su forma de enfrentase a la desaparición de un marido y de un padre. Lo hace mediante una lucha constante por conocer la verdad y defender la memoria de Rubens Praiva y de todos los  represaliados de la dictadura. Rubens Praiva podía estar muerto, pero no olvidado.

Crítica

“Porque la gran mayoría de los que resisten no tienen un hijo

 que los recuerde en el futuro, ni un libro, ni una película.

simplemente desparecen en el fragor de la Historia.

para ellos deberíamos erigir memoriales en la arena,

que conmemoren a los resistentes desconocidos.

Lídia Jorge.

La película tiene una mirada íntima, interna: Eunice (Fernanda Torres) se baña en el mar, frente a su casa en la playa, cuando escucha y ve a un helicóptero militar sobrevolando la ciudad, Rio de Janeiro. La vida familiar continuará con su rutinas y las decisiones mínimas que van haciendo la biografía de una persona y también de una familia: de los cinco hijos del matrimonio, de la hija mayor va a partir hacia Gran Bretaña para continuar sus estudios y de uno de hijos pequeños que quiere que adopten a un perrillo vagabundo que ha encontrado y que se llamará Pimpao. La madre organiza, media, mantiene el equilibrio en la familia y en la casa. Son escenas de intimidad, de comidas familiares, de fiestas y de pequeños conflictos que se van resolviendo sobre la marcha, como sucede en cualquier familia, en este caso en una acomodada, puesto que el padre es ingeniero y pertenecen a una burguesía progresista, culta y con conciencia social. Son una familia bien avenida, feliz.

Y luego tenemos la mirada externa, bien sean los registros y cacheos de los militares en las calles de la ciudad, las reuniones de amigos y de correligionarios charlando sobre la situación política (sobre qué hacer), o la recepción de algunos sobres por parte de Rubens Praiva, que de forma incidental irrumpen en esa vida hogareña sin apenas tocarla. Es el telón de fondo pero por delante sigue la vida cotidiana.

La mirada interna es la mirada elegida por los guionistas y por el cineasta Walter Salles para contarnos esta historia, porque la película va de un despertar: la de Eunice, la esposa, que se dedica a cuidar a su marido y a sus hijos y que se mantiene al margen de esa parte pública y externa, tanto de su cónyuge como de la actualidad de su país. Hay un despertar brusco, pero todavía no consciente cuando se produce la detención de Rubens Praiva. Todavía en esos momentos se puede tratar con urbanidad a los policías militares que tienen retenida a la familia en la casa, u ofrecerles café. Luego viene la detención de la misma Eunice y de una de las hijas, y el tránsito encapuchadas hacia los calabozos de un centro de detención.

No vemos ninguno de los rituales de la tortura o del asesinato, pero si oímos algunos gritos desesperados y palpamos el miedo de los humillados y ofendidos, presenciamos los interrogatorios intimidantes, que multiplican su impacto con el uso de la arbitrariedad, porque no se sabe en ocasiones lo que buscan los torturadores. Lo que buscan no es tanto el dato concreto (a veces ya lo conocen) como quebrar al detenido, doblegarle por el hecho en sí mismo de ser considerado un enemigo del sistema.

Cuando Eunice y su hija son liberadas y regresan a casa, sin saber si el marido y el padre sigue vivo o no, todo ha cambiado.  Eunice tiene que hacerse cargo de la familia en un sentido muy amplio, que no solo es la protección de sus hijos y la búsqueda de un trabajo para mantener a la familia, sino también la búsqueda de pruebas, de testimonios que demuestren que Rubens Praiva ha sido secuestrado por el poder y que posiblemente ha sido torturado, asesinado y hecho desparecer.  

Veinticinco años tardará Eunice en conseguir el certificado de defunción de su marido, con la democracia ya restablecida en Brasil. Así se cierra el segundo capítulo de la película, como se cierra un álbum fotográfico donde una última foto completa un vacío en una vida. Todo como resultado de una lucha por conocer la verdad y como un acto de resistencia para preservar la memoria de Rubens Praiva y de todos los desparecidos, representada por esta lucha concreta. “Sonreid, sonreíd hijos”, les pide Eunice a sus hijos cuando una revista hace un reportaje sobre sus vicisitudes. La revista busca unos rostros apenados, pero Eunice no quiere dar esa imagen (la que esperan los lectores, se supone), sino la imagen de una familia que se ha reinventado sobre la memoria siempre defendida del padre desaparecido, que no ha renunciando a vivir recordando, que no se ha instalado en el  olvido cómodo.

La democracia regresó a Brasil tras uno de los periodos dictatoriales más largos del siglo XX en Iberoamérica, de 1964 a 1985. No hubo juicios contra los torturadores y asesinos (como en Argentina), sino una amnistía. Hubo 434 desparecidos oficialmente, pero como recordaba la escritora Eliana Brum en un artículo sobre el caso, se asesinó a más de 8.000 indígenas que no tienen reconocimiento oficial, y cuyos nombres solo serán recordados por su entorno más cercano, si lo tienen Es la cara de un Brasil blanco y la otra cara, la del Brasil indígena y negro, todavía por contar.

Rubens Praiva sigue desparecido: su cuerpo fue troceado (según informantes) y enterrado en una playa de un acuartelamiento militar o lanzado al mar. No se sabe. Sus restos se han podido perder para siempre, pero su familia, la sociedad brasileña, el mundo democrático, cuenta con la lucha y el testimonio de la familia y, además, con el libro que uno de los hijos, Marcelo Rubens Praiva, ha escrito sobre el caso, y que es la base sobre la que se ha rodado la película. Marcelo es el niño (en el primera parte del film) que recoge a Pimpao, el perrillo que fue adoptado y cuya muerte (también trágica) supone la ruptura del equilibrio que ha intentado mantener Eunice hasta ese momento, entre la prudencia y la esperanza, protegiendo su mundo interior del mundo externo. El entierro de Pimpao en el símbolo de otro entierro imposible (el del padre) y el momento de comunión de todos los  miembros de la familia ante el futuro. Ellos todavía no lo saben, pero es el punto de inflexión de sus vidas y, sobre todo, de Eunice que encarará una nueva etapa vital.

En un sistema totalitario lo exterior,  lo político, acaba contaminando lo interior, lo afectivo, lo más personal, hasta conseguir destruir a las personas en su núcleo más intimo, tal como lo expresa el antropólogo Roberto de Matta. Desde este esquema Walter Salles ha elegido narrar la represión de una dictadura cambiando la perspectiva: ha contado el intento de destrucción de lo personal, de lo íntimo, de la vida familiar, para llegar desde ahí a lo general, a lo político, a lo público.

La película se divide en tres partes, de distinta duración: en la primera se narran los hechos concernientes a la desaparición de Rubens Praiva, en la segunda, años después, la adaptación de la familia a una nueva vida y la lucha por averiguar la verdad sobre la desaparición de Praiva, y la tercera, la más cercana a la actualidad, es un cierre agridulce, un canto a la continuidad de la memoria y fraternidad familiar, pues una “vida termina y al mismo tiempo sigue en las consecuencias de nuestras acciones”, como dice Theodor Kallifatidis. Es un broche tan sentimental (lo aceptamos) como simbólico.

Eunice, la personal real y el personaje de la película, volvió a la universidad y se graduó en Derecho. Su especialidad y su vocación fue la defensa del derecho de los indígenas sobre sus territorios ancestrales contra los usurpadores y los destructores del medio ambiente. En la película Eunice es interpretada por Fernanda Torres, de una forma muy convincente: apreciamos en su rostro sus variadas facetas, desde la amabilidad a la firmeza, con momentos de ira (la muerte del perrillo) o de alegría contenida (la foto de familia para una revista). Una gran actriz para una película con un reparto coral, con actores para los papeles de los niños y de los jóvenes que están a la altura de Fernanda Torres, Selton Mello o de Fernanda Montenegro (protagonista de Estación central de Brasil), madre de Fernanda Torres, y que interpreta a Eunice en su vejez.

Walter Selles ha retratado la vida de su país en sus películas, con una especial atención a los desposeídos y a los dolientes. Nos sorprendió gratamente con Estación central de Brasil (1998), y con Diarios de motocicleta (2004): un retrato de un joven Che Guevara en su exploración de la Iberoamérica de los años cincuenta (s. XX). Su regreso a la dirección de largometrajes, tras On the road (2012) ha sido a lo grande, tanto porque ha conseguido una película casi perfecta, como por la repercusión de la película en Brasil y en el resto del mundo. En Brasil por los veinticinco millones de espectadores que la han visto, y en el resto del mundo por los numerosos premios que ha obtenido, incluyendo el Oscar.

La importancia es cinematográfica, claro está, pero también lo es social o política, o como se quiera denominar, pues en Brasil y en el mundo se ha vuelto a reivindicar por parte de la extrema derecha a los dictadores y a los regímenes totalitarios, y se han vuelto a negar o minimizar las torturas, los asesinatos y las desapariciones de épocas no tan lejanas. En tanto, cierto silencio temeroso o aquiescencia pasiva recorre el mundo como pudo verse en la ceremonia de los Oscar.

“Vivimos en una época en el que se está borrando la memoria como proyecto de poder, por lo que crear memoria es sumamente importante”, dijo en esa ceremonia de entrega de los Oscar, Walter Salles.

Esta gran película crea eso, memoria.

Os dejo un tráiler:

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus