Crítica película Parthenope de Paolo Sorrentino – Gonzalo Franco Blanco
Parthenope
Ficha
Año: 2024.
Duración: 136 min.
País: Italia.
Dirección: Paolo Sorrentino.
Idioma original: italiano.
Guion: Umberto Contarello y Paolo Sorrentino.
Fotografía: Daria D’Antonio.
Música: Lele Marchitelli.
Reparto: Celeste Dalla Porta, Gary Oldman, Stefania Sandrelli, Luisa Ranieri, Silvio Orlando, Isabella Ferrari, Peppe Lanzetta, etc.
Productora: The Apartment, Saint Laurent, Numero 10, Pathé, PiperFilm, Logical Content Ventures.
Género: Drama. Años 60. Años 70. Nápoles.
Sinopsis
Parthenope (Celeste Dalla Porta), hija de una familia patricia, nace en el mar, en el agua, donde su madre embarazada se estaba bañando en las década de los 50 (s. XX). Recibe este nombre en honor de la sirena Parténope, cantada en la Odisea, que tras su trágica muerte fue enterrada en el lugar donde se encuentra el actual Nápoles. Parthenope, la mujer real, es bella, inteligente y rica, dones que utilizará de forma inocente o inconsciente para seducir a los hombres que se le acercan para seducirla, a la vez, con su virilidad, su poder o su sabiduría. Esa belleza telúrica también provocará la tragedia en algunos de sus admiradores frustrados. Pero Parthenope, que es una superdotada, también estudia antropología y seduce con su inteligencia a la Academia más correosa. Aunque su verdadera virtud quizá no sea solo la belleza, la inteligencia y la riqueza, sino la compasión. Para mostrarnos este recorrido vital la película sigue la vida de Parthenope desde su nacimiento hasta su vejez, con una estación principal en la juventud y una secundaria en la última parte de su vida. Parthenope es de carne y hueso, pero también es una metáfora de la vida, de la belleza y de Nápoles.
Crítica
Abrumado por las imágenes tan sorrentinianas que retratan la belleza del mar, de la costa de Nápoles, del callejero de la ciudad, con su lujo y su cutredad (que no es una contradicción), por la belleza y gracia de Celeste Dalla Porta (Parthenope) y de las otras bellas y bellos de la película, por la fotografía barroca de Daria D’Antonio y la música melódica e incidental de Lele Marchitelli, llegamos casi obnubilados a un momento clave de la película. Un momento en la vorágine contemplada que ordena y da sentido a todo lo que hemos visto. (También ocurría en Fue la mano de Dios, 2021, aunque en esta película lo era de forma trágica).
Ese momento antes señalado se produce en una de las secuencias que se desarrolla en la Universidad, donde estudia Parthenope. Esta ha repetido en varias ocasiones la misma pregunta al catedrático de la materia (Silvio Orlando), “¿qué es la antropología?”, disciplina que está estudiando. Es el catedrático (correoso hasta el momento, pero justo) quien le acaba respondiendo qué es la antropología para él: aprender a ver. Ahora bien, añade, cuando se aprende a ver desaparece la belleza, la pasión, la levedad y hasta la risa para poder reírse a gusto de una caída ajena. Es el final de la juventud, de la irresponsabilidad, de la inconsciencia, entre otras cosas, de la propia mortalidad.

Esa primera parte de la película empieza a finalizar aquí, siendo la más larga, la más desarrollada. La última parte que salta de los años cincuenta y sesenta (s. XX) a tiempos más recientes, supone también el cambio de actriz que encarna a Parthenope: Stefania Sandrelli sustituye a Celeste Dalla Porte, para la parte más breve, que se desarrolla en Trento, con una coda final con regreso tras su jubilación a la ciudad natal.
Nápoles, la ciudad, es un personaje más de la película, como lo es Roma en La gran belleza, 2013. Las calles de Nápoles, su gente variopinta, extravagante, delincuente o exquisita, sus palacios ruinosos o en todo su esplendor, el mar y sus calas, la bahía y las vistas de Capri. Hay un propósito de retratar la esencia de la ciudad natal mediante sus personas reales e imaginarias, recurriendo a la memoria, o la elaboración literaria de esa memoria.

Es su anterior largometraje, Fue la mano de Dios, Sorrentino regresaba a su ciudad para contarnos su autobiografía. Como lo había hecho Fellini en Amarcord, 1973, y en comunión con el mismo espíritu del maestro, Sorrentino entrelaza hechos y anécdotas posiblemente reales con otras redondeadas por la memoria o por una intención juguetona o burlesca. En esta película está también expresada su poética cinematográfica, que es una poética vital (ambas van fundidas), al reivindicar Fabietto, el protagonista, su apuesta por la imaginación contra la realidad: si quiere ser director de cine es porque quiere vivir en el imaginario del cine, menos cruel que la somera realidad.
En esa misma película, un cineasta imaginario le recomienda a Fabietto que no se vaya de Nápoles, porque si sabe lo que quiere contar, y que sea algo personal, la ciudad tiene que formar parte de esa trama, con su gente, sus calles, el Napoli, San Genaro y San Maradona laico. Fabietto se irá de Nápoles, pero Sorrentino (que puede ser ese Fabietto), regresará a su ciudad con Fue la mano de Dios, y ahora con Parthenope. En la primera para evocar y arreglar cuentas con su infancia y adolescencia, y en la última para homenajearla mediante la figura real (y también mítica) de Parthenope, no la sirena, sino la mujer libre, bella e inteligente a la que han puesto el nombre de la sirena.
También regresa metafóricamente Sorrentino para reflexionar sobre esa juventud adulta que (la suya) ya se ha ido, y que le sirve al cineasta para hablar sobre esa madurez donde se ha ganado (como se contaba al principio) la capacidad de ver, pero se ha desvanecido el fantasma de la felicidad con sus rostros de juventud, pasión, fantasía y hasta risa.
Sorrentino, que es novelista y prefiere (según ha comentado) la tarea de la escritura de un guion, realiza un auténtico tour de force, una explosión de voluntad, de hiperego, para contarnos esas cuestiones tan abstractas encarnadas en los personajes de su película, en Parthenope, en su hermano, en un amigo de la infancia, en un cura que custodia la sangre de San Genaro y en el enorme coro de personajes que les acompañan.
Hay una exaltación de los cuerpos hermosos, de la ropa elegante (pareciera publicidad de Yves Saint Laurent, productor del film), de la natación en el mar, de las fiestas galantes, del lujo impúdico de los ricos, de los contrabandistas, de la prostitución o de la cutredad. Y a la vez del mundo académico donde brilla Parthenope por sus conocimientos y brillantez intelectual, que la hace ser aceptada por el catedrático de su disciplina, al que convence no tanto por su inteligencia o su belleza (ella es una seductora casi sin quererlo, por natura, digamos), sino por la compasión. Parthenope, harta de fiestas, de reproches amorosos, de babosos, golpeada por un suicidio, ha emprendido el camino a la madurez y al destierro: solo alejándose de Nápoles, podrá regresar a él. Como Ulises tendrá que cumplir su destino y solo entonces podrá volver a su Ítaca que es Nápoles, solo entonces entenderá la pasión por el club de futbol Napoli de los napolitanos y por ese nuevo santo laico que fue y es Maradona.

La primera película que vi de Paolo Sorrentino fue Las consecuencias del amor, 2004, que me sorprendió por la originalidad de su argumento: un hombre llevaba ocho años esperando en un hotel a que algo ocurriera. Ese hombre ya estaba encarnado por Toni Servillo, uno de los más grandes actores del planeta, y al que (afortunadamente) veremos en otras películas del director. En Il divo, 2008, (sobre ese personaje oscuro y maquiavélico que fue Giulio Andreotti), recreaba al político con una fuerza en verdad insólita, y en La gran belleza, 2013, alcanzaba el milagro de regalarnos una obra maestra. Otras películas del Sorrentino son de interés, como Las confesiones (sobre el caso Calvi), Silvio y los otros, (sobre Berlusconi y sus bufonadas), El hombre de más, 2001, sobre dos hombres, un solo nombre y dos destinos cruzados, o La juventud, 2015.
De igual manera, por ejemplo, que no es concebible La gran belleza sin la presencia de Toni Servillo, en Parthenope no lo es sin Celeste Dalla Porta, que debuta en este film, y que no solo aporta su extraordinaria belleza (hay actrices tan bellas o más), sino su mirada, sus gestos, su encanto y eso que se denomina carisma. De igual forma que lo tiene Sofia Loren. Cuando Celeste Dalla Porta está en escena la película gana porque es difícil distraerse, aunque Stefania Sandrelli encarne con elegancia y discreción a la Parthenope madura. Otros actores del elenco están fantásticos como Silvio Orlando, y hasta Gary Oldman realiza un pequeño papel a su medida, un tanto postizo, encarnando al escritor John Cheever, que nos regala algunas citas memorables.
Sorrentino tiende a lo barroco, a la desmesura, a epatarnos en algunas ocasiones. A la vez que descubrimos el afecto y la compasión en los cuidados que proporciona un padre (el catedrático) a su hijo, descubrimos esa compasión en la misma Parthenope, asistimos a la representación de ese hijo como algo grotesco, sin mucho sentido y menos del ridículo.
Y es que a Sorrentino se le coge o se le deja: es un poeta de la imagen, de la evocación, del uso de la luz y de las penumbras, de los cuerpos moviéndose, de la belleza y de la sordidez. Es un buen guionista, y el rastro del escritor está en los diálogos y las frases redondas con que llena la película, como es también un gran cineasta, y un buen montador para organizar el material rodado como una sinfonía de movimiento, de color y de música.
Desde La gran belleza tengo además una deuda personal de gratitud con Sorrentino, y la expectativa de que se produzca otro milagro como aquel, en este caso laico y cinematográfico, aunque solo sea parcial y a ratos como en esta película: Parthenope. Un milagro como lo fue en el plano futbolístico “la mano de Dios” encarnada en la mano de Maradona.
Os dejo un tráiler:
Gonzalo Franco Blanco
Revista Atticus

