69 SEMINCI – Crítica Tres kilómetros al fin del mundo de Emanuel Parvu – Luisjo Cuadrado
Ficha
Título original: Trei kilometri până la capătul lumii
Año: 2024
Duración: 105 min.
País: Rumanía
Dirección: Emanuel Parvu
Guion: Miruna Berescu, Emanuel Parvu
Reparto: Bogdan Dumitrache, Ciprian Chiujdea, Laura Vasiliu, Valeriu Andriuță, Ingrid Micu-Berescu, Adrian Titieni, Vlad Brumaru, Vlad Ionut Popescu
Fotografía: Silviu Stavilã
Compañías: FamArt Production, National Cinema Center
Género: Drama | Homosexualidad. Adolescencia
Sinopsis
Ambientado en una comunidad conservadora del Delta del Danubio, el viaje de autodescubrimiento de un adolescente gay choca con los valores tradicionales defendidos por sus padres y vecinos.

Crítica
La acción se sitúa en una aldea perdida, Tulcea, -por el nombre, el tratamiento y la orografía casi nos remite a un western clásico- en el delta del Danubio en la que la única comunicación posible con el interior es vía marítima (una barca de pesca, o el ferry para distancias más largas). Estamos, por lo tanto, en un ambiente asfixiante en esta comunidad aislada. En ella un joven de apenas veinte años sufre una brutal agresión por su condición sexual. No hay intriga posible. Son pocos habitantes, todos se conocen y alguien ha visto algo y… enseguida se da con los agresores. Todo esta relacionado. El padre del chico es un humilde pescador que vive de las pocas capturas que realiza en ese Delta. Hay un cacique que controla todo el pueblo. Hay un policía a punto de jubilarse que no quiere líos en sus últimos meses. Trata de controlar la cuestión mediando para que la denuncia no prospere.
Y este terrible suceso da pie al director rumano Emanuel Pârvu para mostrarnos un país donde la corrupción sigue muy presente, donde, en algunos estratos, se echa de menos al dictador Ceaucescu, donde hay un importante peso de la religión y donde se percibe un país retrasado. Pero sobre todo se cuestiona la intolerancia en los gustos sobre la sexualidad, y sobre el sempiterno debate de con quien me puedo acostar.
En esta situación, es terrible la soledad con la que se topa Adi (Ciprian Chiujdea), pues ni tan siquiera tiene el apoyo de unos padres que no le comprende, que llegan a pensar que eso es fruto de las vacunas contra la COVID y que no dudan en encerrarlos y maniatarlo para exorcizarle. Ambos navegan entre intentar comprender por qué su hijo ama a los hombres y si esto tiene que ver con el consumo del alcohol.
Una puesta de escena con planos largos, sin apenas movimiento de cámara, sin sobresaltos (montaje casi invisible) y sin apenas banda sonora. Es destacable ese aire de western con gente que va y viene por caminos polvorientos que el sheriff (perdón, el jefe de policía) cita una y otra vez en la comisaria. Casas humildes con interiores desabridos, mientras fuera luce un sol de justicia. Todo ello con un ritmo pausado, ajustado a lo que el director quería mostrar como manifestó en la posterior rueda de prensa: «no debe ser muy agresivo porque demanda planos amplios para contrastarlo con la estrechez de las mentalidades».
El director muestra un gran dominio en la tensión narrativa, dejando a un lado el moralismo y sin echar mano a subrayados innecesarios tan repetidos en algunas de las películas de esta semana dedicada al cine más internacional. También es muy meritorio el trabajo de fotografía donde la luz del verano y el tratamiento del agua del delta embellecen el entorno, proporcionando al espectador la simbolización esa dualidad que vive el protagonista: la opresión del ambiente familiar, encerrado en su propia casa y la libertad del exterior que se sintetiza sentado en la proa de la barca que le lleva a su futuro.

Me gustaría destacar un momento lleno de tensión que resume de alguna manera el buen hacer de este director. Un sacerdote que se debe a su cargo hace una analogía ante la inspectora de los servicios sociales para justificar el porqué de esa exorcización como si esta hubiera sido lo mismo que cuando ella llevaba su hija pequeña y la sujetaba cuando la ponían sus primeras vacunas. «Ellos no saben lo que les conviene». Ufff, vaya labia que tiene el pájaro (magnífico personaje secundario, un lujo). Casi me convence. Pero espabilé cuando recomienda a la madre que la cura pasa por colocar una biblia bajo la almohada para ahuyentar los malos pensamientos y evitar tentaciones.
Y luego está la vergüenza social. Qué va a pasar si los vecinos se enteran de que tienen un hijo homosexual. Por favor. Es terrible ver la denuncia que supone esta película bien llevada a la pantalla. Un comportamiento que creíamos desterrado pero que no deja de llegar noticias de tal o cual agresión, no allende nuestras fronteras, sino aquí (ahora mismo se está juzgado un asesinato de una persona gay). El protagonista Adi recibe dos agresiones la violencia física de unos desconocidos y la violencia verbal por lo que sale de la boca fundamentalmente de aquellos que le tenía que proteger que no son otros que tus padres. No solo es un conflicto personal el que tiene Adi en busca de su propia identidad. Sino que refleja una serie de tensiones entre esas nuevas generaciones de las que forma parte Adi y los valores tradicionales encarnados en sus propios padres (entre otros muchos) que se aferran a un pasado caduco y trasnochado.
Tres kilómetros al fin del mundo es una película sencilla, emotiva, que trata temas tan universales como es el desarrollo de la identidad sexual cuyo director no duda en mostrarnos una Rumanía que vive con homofobia (tras su estreno ha tenido increpaciones y mensajes de odio), con un fanatismo religioso y una terrible corrupción política.
El director rumano ha vuelto a la SEMINCI. En 2018 obtuvo el premio a mejor corto extranjero de la sección Punto de Encuentro por Everything is far away. Y Tres kilómetros al fin del mundo ganó la Queer Palm 2024 (premios LGTB), que participaba en la Selección Oficial en Competición en Cannes. Recientemente ha sido seleccionada por Rumanía como candidata a los premios Oscar.
Luisjo Cuadrado

