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Crítica El callejón de las almas perdidas de Edmund Goulding, 1947

El callejón de las almas perdidas de Edmund Goulding, 1947

El callejón de las almas perdidas

Ficha

Título original: Nightmare Alley.

Año: 1947.

Duración: 112 min.

País: Estados Unidos.

Dirección: Edmund Goulding.

Idioma original: inglés.

Guion: Jules Furthman. (Adaptación de una novela de William Lindsay Gresham)

Fotografía: Lee Garmes.

Música: Cyril J. Mockrigde.

Reparto: Tyron Power, Joan Blondell, Coleen Gray, Helen Walker, Taylor Holmes, Mike Mazurki, Ian Keith, George Beranger, Michael Lally, Al Herman, Florence Auer.

Productora: 20th Century Fox

Género: thriller psicológico, noir, terror, obra de culto.

Sinopsis.

Stanton Carlisle (Tyron Power) es un buscavidas, sin empleo conocido, que encuentra trabajo en una feria ambulante. Allí tiene su primer contacto con el mundo de los fenómenos, de los fraudes sobre monstruos encerrados en jaulas y barracas para su exhibición ante un público ignorante y ávido de novedades. Sin escrúpulos, embaucador, consigue con malas artes ser el colaborador de una adivinadora, Zeena (Jean Blondell), que maneja un código secreto. A la vez seduce a una muchacha, Molly (Coleen Gray), ingenua y de intenciones sinceras, con la que tiene que casarse al descubrirse su relación. Independizados del mundo de las ferias, son contratados en salas de fiestas de gente bien, donde Stanton Carlisle, seguro de sí mismo, empieza a jugar a ser médium y a insinuar que puede poner en contacto a los vivos con su seres muertos más queridos. Es en ese estadio cuando conoce a una dudosa y sofisticada psicoanalista, Lilith (Helen Walker), con la que trama una forma de engañar a un rico que desea expiar una vieja culpa. Desenmascarado por su propia esposa y engañado por su socia de estafa, después de una huída desesperada que supone su caída en la mendicidad y el alcoholismo, termina en una feria y acepta ser el “monstruo” de la misma. El círculo se ha cerrado.

Crítica.

Hace años vi El callejón de las almas perdidas (The Nihgtmale Alley) de Edmund Goulding, y desde entonces he vuelto a verla en varias ocasiones, y en cada una de ellas me ha sorprendido cómo en tan pocos minutos, ciento doce, es capaz de contarnos una historia de ascenso y caída de un ser humano (la de Stanton Carlisle, interpretado por Tyron Power), desde lo más bajo a lo más alto, y desde la cumbre al abismo. Trama desarrollada en su primera parte en un mundo marginal como es la de las barracas de feria, con sus fenómenos de la naturaleza (los “freaks”), sus monstruos humanos, y el uso de la adivinación de forma fraudulenta. Y en una segunda parte, tras el éxito profesional (con trampas) de Stanton, cómo se traslada el espectáculo de adivinación y engañifa a salas de fiestas elegantes con hombres y mujeres vestidos de etiqueta. En ambos ambientes se produce la explotación de las esperanzas y frustraciones, bien de gente común angustiada por su vivir diario, o de magnates atormentados por su falta de escrúpulos. Cuando está en la cima, la gente poderosa de verdad le colocará en su sitio y le devolverá a la jaula de donde salió. La lección no puede ser más amarga y cruel.

Partía el director de un excelente guion (como era habitual) de Jules Furthman, libretista de conocidas películas como Los muelles de Nueva York (The docks of New York), El expreso de Shanghai (Shanghai Express) de Joseph von Sternberg, Solo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings), Tener o no tener (To Have and Have not) o El sueño eterno (The Big Sleep), de Howard Hawks. Un guión que adaptaba la novela del mismo título de William Lindsay Gresham, que ha sido publicada en España por Sajalín editores, con nueva traducción de Damià Alou.

Gresham fue militante del Partido Comunista de Estados Unidos y formó parte del Batallón Lincoln, integrado en la XV Brigada Internacional, que participó en las principales batallas de la guerra de España. Sea verdad o leyenda, durante la guerra alguien le contó la anécdota de un espectáculo de feria en la que un hombre destruido por el alcohol mordía gallinas o culebras. Era un fenómeno, un “freak”, exhibido a un público ávido de novedades y monstruosidades, casi siempre fraudulentas, en épocas en las que las deformidades o las anormalidades tenían su público (la sensibilidad ante estas cuestiones es hoy otra, afortunadamente) y había mercachifles dispuestos a facilitarlas. Ya en Estados Unidos, Gresham escribió y publicó Nightmare Alley (1946), que se desarrolla, en su primera y última parte, en el mundo de las barracas de feria, de los circos ambulantes y de los espectáculos para un público poco formado. La novela obtuvo un notable éxito y, por tanto, consiguió que sus derechos fueran comprados por Hollywood. El resultado fue la película que comentamos.

Portada del libro

Antes de entrar a reseñar con brevedad la película, me parece obligado comentar mi impresión positiva al saber que Guillermo del Toro iba a adaptar nuevamente la novela de Gresham y también mi curiosidad por ver el resultado. G. del Toro es un cineasta al que he seguido y he podido ver una gran parte de su filmografía, y del que me gustan en especial El espinazo del diablo, El laberinto del fauno y La forma del agua. En estas películas consigue fusionar el mundo de la imaginación (a veces tenebrosa, muy ligada a sus lecturas de infancia) con el de la realidad, consiguiendo estremecernos con sus historias por medio de un cuidado formal exquisito, lleno de poesía y de intriga.

Recientemente otro gran director, Steven Spielberg, rodaba una nueva versión de West Side Story. Una revisión, desde el respeto y el homenaje, del clásico de Robert Wise. Se debatió mucho sobre la pertinencia o no de que un maestro como Spielberg rodara un remake. Una discusión estéril, en mi opinión, pues en su caso no había una intencionalidad principalmente monetaria (como sí la hay en otros casos). Volvía a la historia escrita por Ernest y Arthur Laurents, a la música de Leonard Berstein y a las canciones de Stephen Sondheim, con el propósito de hacer una lectura desde 2021.

En los ciento cincuenta y seis minutos que dura la película no estuve “comparando” ambas cintas, pero sí iba apreciando los cambios, en apariencia mínimos pero muy importantes, para darle un renovado significado a la nueva adaptación: la versión de Wise obviaba que la lengua familiar y social de los puertorriqueños en Nueva York era el castellano, y en la versión de Spielberg esto se recalca y además juega con las tensiones entre una lengua oficial y hegemónica en EE.UU como es el inglés y la lengua materna de los emigrantes portorros como es el español. Vi la película con el recuerdo difuso de la anterior, y a la vez con la conciencia de asistir a una lectura desde el “hoy”, desde los años que nos han tocado vivir. Y disfruté, claro está, con una historia ya contada por Mateo Bandello, por Lope de Vega y, obviamente, por Shakespeare, y con la magistral dirección de Spielberg.

Entiendo, por tanto, que Guillermo del Toro quisiera volver a rodar una nueva versión de una novela espléndida, con el precedente de la película de Goulding, que se correspondía a otra momento histórico y cinematográfico, y donde el cineasta mexicano debía encontrar elementos afines a su mundo, como es el de los monstruos, el de las ferias ambulantes y su vinculo con la realidad cotidiana… (Léase la crítica de Luisjo Cuadrado en esta misma revista sobre la nueva versión de Guillermo del Toro).

La trayectoria personal de William Lindsay Gresham (trabajó en un circo entre otros muchas ocupaciones), su militancia política, su participación como voluntario en la guerra de España, su compromiso con las políticas sociales del New Deal de Roosevelt, hacía casi previsible que se acercara a la dura realidad de su país antes de la II Guerra Mundial en la que se desarrolla la novela, que arrastraba una larga crisis económica y social consecuencia del crack de 1929; una sociedad con un grave problema de desempleo, con un sistema de bienestar social inexistente, y donde masas de personas recorrían el país en busca de trabajo, de comida o de alojamiento. Desde un gran angular, es el tema de Las uvas de la ira, tanto de la novela de John Steinbeck (1939) como de la adaptación cinematográfica de John Ford (1940). Pero de otras muchas novelas y películas, donde el abordaje de trenes de mercancías para moverse por Estados Unidos forma parte de la trama.

Gresham también quería tocar otro tema, como era el de la descomposición social y el de la credulidad del público que asistía a los espectáculos ambulantes de ferias y de barracas. “Disfrutar” de las monstruosidades ajenas ha sido en la historia un espectáculo que nos repugna en la actualidad, pero que tiene una larga tradición. Es el caso también del uso fraudulento de espectáculos de adivinaciones, hipnosis, médiums, que abusaban de la credulidad de espectadores con escasa formación e influidos por sus creencias supersticiosas.

Lo hizo a través de un personaje como Stanton Carlisle (abandonado por su madre y maltratado por su padre, algo que se obvia en el film), sin oficio ni beneficio, que solo tiene su talento natural para sobrevivir. Encuentra ocupación en una feria ambulante donde uno de sus primeras tareas será detener a un “fenómeno” que ha huido de su barraca: un hombre alcoholizado, embrutecido, que no se nos muestra y del que solo oímos sus espantosos gritos. De este último escalafón en el ecosistema de la feria conseguirá ir ascendiendo hasta llegar a ser una primera figura y luego a emancipase. Para ello no dudará en seducir o engañar a una muchacha: todo le resulta válido para dejar de ser un paleto y convertirse en un galán enriquecido, en un arribista, en un esnob. Lo que me trae a la memoria Gilda, y esa escena en los aseos del garito, donde ejercía su trabajo un filósofo de retrete (Steven Geray, como tío Pío) que califica al personaje arribista de Johnny Farrell (Glenn Ford) como paleto, a pesar de su apostura y de su frac. Aquí, en esta película, también estamos ante un “paleto”.

La adaptación de Furthman respeta estos elementos: es la historia del ascenso vertiginoso de un personaje sin principios, que alcanza las más altas cotas de beneficio económico y cierto prestigio social, y que luego cae en el más profundo de los abismos: acaba siendo un fenómeno de feria. Hay una intencionalidad ética, una tragedia marcada por la hybris y la fatalidad, y una lectura política, pues los poderosos, aunque engañados temporalmente, acaban sobreviviendo gracias a su riqueza e influencias. Es curioso, pero tanto la adaptación de Goulding, como la de G. del Toro, obvian la parte de la novela en la que Stanton Carlisle emplea sus supuestos poderes de médium con el más allá para ejercer de predicador por iglesias ambulantes. En el primer caso fue censura, en el segundo lo desconozco.

Edmund Goulding era un director curtido en el cine silente y que tendría una larga trayectoria en el sistema de estudios. Tocó casi todo los géneros, con películas cuidadas y una dirección elegante, y la presencia de las estrellas de Hollywood del momento: Gran hotel (1932), La solterona (1939), El filo de la navaja (1946), son películas estimables, representativas de ese sistema de hacer cine en equipo, con pautas de producción muy concretas, calidad técnica y visión comercial. Nightmare Alley es seguramente su mejor película.

La producción, el propio guion, ya habían rebajado un tanto la lectura política y social de William Lindsay Gresham, pero era inevitable que ese sustrato sociopolítico se colara estando tan cerca los años de la crisis económica de los de la producción del film. Hay un tono muy realista en todas las secuencias: en la idiosincrasia de las ferias ambulantes, en la tipología del público de localidades remotas del Medio Oeste, en el comportamiento del sheriff, o en los mismos integrantes que pueblan el submundo de los feriantes. Es un sabor de época que impregna la película, muy bien fotografiada por Lee Garmes, que nos transmite el frío, la oscuridad, el mundo fingido y vaporoso de las apariciones, o las atmósferas opresivas propias del cine expresionista.

Aunque centrado más en la tragedia de un desclasado que lo ambiciona todo y lo pierde todo, el elenco contribuye, per se, a transmitirnos esa autenticidad: Tyron Power en el papel de Stanton, tiene la cara perfecta de un pillo, de un pícaro sin escrúpulos, como Mike Mazurki en el papel de Bruno el forzudo. Lo mismo podemos decir de la maldad bella y sofisticada de la psicoanalista Lilith Ritter (Helen Walker), o de la necesidad de redención del magnate Ezra Holmes (Taylor Homes).

“Si tienes un monstruo, escríbelo”, decía Goethe, y eso hizo William Lindsay Gresham, y así lo manifestó: “La historia del monstruo me obsesionó. Al final, para librarme de ella, tuve que escribirla” (citado por Nick Tosches en la introducción a la novela de Sajalín ediciones).

Como ha escrito el poeta y crítico cinematográfico Luis Ángel Lobato, El callejón de las almas perdidas de Goulding es una “obra maestra del thriller psicológico y del cine negro”.

Gonzalo Franco Blanco

Revista Atticus

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