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Crítica película El callejón de las almas perdidas de Guillermo del Toro

El callejón de las alams perdidas de Guillermo del Toro

Ficha

Título original: Nightmare Alley

Año: 2021

Duración: 150 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro, Kim Morgan. Novela: William Lindsay Gresham

Música: Nathan Johnson

Fotografía: Dan Laustsen

Reparto: Bradley Cooper, Cate Blanchett, Rooney Mara, Toni Collette, Willem Dafoe, Ron Perlman, Richard Jenkins, Mark Povinelli, David Strathairn, Holt McCallany, Jim Beaver, Mary Steenburgen, Paul Anderson, ver 5 más

Productora: Searchlight Pictures. Distribuidora: Walt Disney Pictures

Género: Drama. Intriga | Drama psicológico. Años 40. Remake

Sinopsis

Cuando el carismático pero desafortunado Stanton Carlisle (Bradley Cooper) conoce a la pitonisa Zeena (Toni Collette) y a su marido mentalista Pete (David Strathairn) en una feria ambulante, sabe que ha ganado el premio gordo de la lotería. Utilizará los conocimientos que acaba de adquirir para engañar a la riquísima élite de la alta sociedad neoyorquina de los años 40. Stanton cuenta con la lealtad de la virtuosa Molly (Rooney Mara) y planea estafar a un peligroso magnate (Richard Jenkins) con ayuda de una misteriosa psiquiatra (Cate Blanchett) que podría convertirse en su mayor rival.

Bradley Cooper and Toni Collette in the film NIGHTMARE ALLEY. Courtesy of Searchlight Pictures. © 2021 20th Century Studios All Rights Reserved

Comentario

“Estaba muy interesado en una historia sobre el destino y la humanidad. Stanton Carlisle es un hombre que posee todos los ingredientes para cambiar su vida. Tiene personas que creen en él, que lo aman y que confían en él. Sin embargo, su ambición y su arrogancia son tan desmesuradas que se pierde por el camino”.

                                                                                                        Guillermo del Toro

Guillermo del Toro basa su nueva película en la novela homónima Nightmare Alley (El callejón de las almas pérdidas) de William Lindsay Gresham publicada en 1946. Existe una primera versión de esa obra llevada al cine, al año siguiente, por el director Edmund Goulding protagonizada por el galán del momento Tyrone Power. Un sombrío drama con toques de cine negro que supuso una de las mejores interpretaciones de Power encumbrado tras su exitosa El filo de la navaja (1946, Edmund Goulding). Podéis leer la crítica de esta película de mi compañero Gonzalo Franco Blanco.

Parece ser que el escritor basó su novela en los relatos que un médico le contaba cuando se encontraba luchando en la guerra civil española en el bando republicano. El médico había estado trabajando en una feria ambulante en donde una de las atracciones más numerosas era la que protagonizaba un pobre hombre, alcohólico, que por un vaso de vino era capaz de revolcarse en sus propios excrementos o arrancar la cabeza de una gallina a mordiscos.

Del Toro seguro que ha tenido muy presente aquella otra maravillosa obra, también rodada en blanco y negro, que representaba la vida oscura de esas ferias ambulantes y toda la geografía humana que habita en esa comunidad. Se trata de La parada de los monstruos (Freaks, Tod Browning, 1932). Una película que se centraba en la monstruosidad, pero no de la apariencia física, sino la que va más allá, la del interior de las personas.

El callejón de las almas perdidas lleva el sello inconfundible de Guillermo del Toro y nos adentra en un viaje sórdido, extraordinario y realista en el mundo de las ferias ambulantes de los años 30/40, embrionarias de lo que conocemos por circo. Un reino de fenómenos como el hombre más fuerte del mundo, el hombre más pequeño, la mentalista que augura un futuro jugando con el pasado, un monstruo, mitad humano mitad bestia, o la araña con cabeza de mujer. Pero también nos llevará a ese otro mundo para muchos inalcanzable con salones de lujo donde «habitan» ricos ingenuos a merced de un gran estafador. Pero también es un viaje al conocimiento del género humano. Y aquí recoge esa idea del monstruo que hemos visto en esas dos cintas anteriores ya citadas.

Rooney Mara and Bradley Cooper in the film NIGHTMARE ALLEY. Photo by Kerry Hayes. © 2021 20th Century Studios All Rights Reserved

La cinta está ambientada en Nueva York de 1941, siendo su presidente Franklin D. Roosevelt, mientras «un bajito que se parece a Chaplin» invade la Unión Soviética. Stanton Carlisle (Bradley Cooper) es un hombre sin escrúpulos. Lo vemos en los primeros minutos de la cinta. Vemos que tiene un pasado lleno de cicatrices. Es un don nadie que vaga por el mundo hasta recalar en una noche fría, tempestuosa, en una feria ambulante. Stanton llega a esa comunidad como Grace (Nicole Kidman) llega a Dogville (Dogville, Lars von Tier, 2003) para esconderse de los gánsteres. Aquí nadie hace preguntas y es acogido en el momento que se pone a trabajar por unas pequeñas monedas, algo de comer y un lugar donde resguardarse. Stanton se muestra taimado y manipulador. Está en su salsa cuando conoce a Zeena (Toni Collete) una exuberante mujer que actúa como mentalista y que en todos los sentidos seduce a Stanton. Zeena está casada con Pete (David Strathairn) el verdadero genio mentalista, el creador de un método de «adivinación» que encandilará al joven. Pete está en la últimas. Es un borrachín al que hay que estar pendiente de él para que el truco se lleve a cabo. Su libreta donde recoge su experiencia se convertirá en un objeto muy deseado para Stanton.

Stanton utilizará a la comunidad para medrar, dejar de ser un hombre a la deriva y convertirse en un estafador de guante blanco, un showman de traje, zapato de charol y pajarita, muy lejos del barro de la feria ambulante. Se empapa de todo y todo le viene bien. Para ello embauca a la joven Molly (Rooney Mara), quien realiza un sorprendente número donde la electricidad atraviesa su cuerpo y deja anonadados a los espectadores. Entre ambos perfilan un número de adivinación y proyectan iniciar un rumbo juntos, lejos de la comunidad. Stanton pica muy alto y no dudará de traspasar la línea y meterse en el campo de espiritismo. Molly, alma cándida, frágil, inocente, se encuentra bajo la protección del forzudo Bruno (Ron Perlman –este actor a pesar de haber actuado en decenas de películas, cada vez que lo veo, me remite a El nombre de la rosa) y el diminuto Alcalde (Mark Povinelli).

Bradley Cooper in the film NIGHTMARE ALLEY. Photo by Kerry Hayes. © 2021 20th Century Studios All Rights Reserved

Todo este universo «friki» está controlado por el desalmado empresario Clem (Willem Dafoe). Es una de las claves de la narración. Un tipo sin escrúpulos que no duda en embaucar a pobres hombres, mendigos alcoholizados, para humillarlos y convertirlos en engendros protagonistas de una de las principales atracciones: mitad hombre, mitad bestia. Los busca (y los abandona) en esos callejones de almas perdidas y esa manera de captar al monstruo es lo que transmite a Stanton el cual queda subyugado a esa relación abyecta que se establece con lo que no deja de ser una persona. En el fango, en el fondo de ese callejón oscuro, una mano que te tiende un vaso de vino es el oasis del náufrago en el desierto, es la esperanza del derrotado al que la Gran Depresión le ha dejado sin vida. Todos podemos ser monstruos. Clem es un personaje vil que no dude en enriquecerse con los hombres que lo han perdido todo. No deja de ser paradójico que casi todos los artistas de este singular circo, en cierta manera son unos embaucadores, pero eso sí, engalanados con un bonito envoltorio. En ese circo se aprovechaban de la ingenuidad de la gente. Lo mismo que Clem se aprovecha de las necesidades de su personal.

El giro de la película se produce por la desmesurada ambición de Stanton. Y es ahí donde aparece una cómplice, brillante y vengativa. Una mujer que ejerce de psicoanalista. Se trata de la doctora Llith Ritter (Cate Blanchett) quien conoce a Stanton y se siente atraída por el físico y por su avidez en una búsqueda de emociones fuertes. Llith es una mujer mezcla de sensualidad y lujuria, muy típico en un papel de femme fatale.

Rooney Mara in the film NIGHTMARE ALLEY. Courtesy of Searchlight Pictures. © 2021 20th Century Studios All Rights Reserved

«La feria es una sociedad hermética increíblemente unida. Es un lugar donde la gente guarda sus secretos y donde muchos están escapando de una vida delictiva o tienen un pasado que quieren dejar atrás. Sin embargo, forman una sociedad fuerte. Es casi como un microcosmos del mundo. Todo el mundo está ahí para estafar a todo el mundo. Pero al mismo tiempo, saben que se necesitan y se protegen».

Guillermo del Toro

Posiblemente la actuación de Bradley Cooper sea una de las más redondas en su carrera. Me cautivó con su actuación y su voz (y dirección) al lado de Lady Gaga en Ha nacido una estrella (A Star Is Born, 2018, Ha nacido una estrella) y pronto lo veremos en otra gran película Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson). Está presenta en casi toda la película. Y pasa de un registro a otro con total destreza. Solamente el plano final justifica cualquier mención que reciba, optando a por las más altas que se entregaran dentro de poco en la gran Academia de Hollywood. Es el culmen de un personaje que tuvo la habilidad de leer la mente humana y que cayó al abismo. Un hombre que aprendió a mentir para obtener las reacciones que la gente espera. En esta ocasión toma el relevo del galán Tyrone Power y encarna su papel, al igual que éste, con total convicción.

Otro «monstruo» de la escena es Willem Dafoe. Le acabamos de ver en la grandiosa interpretación realizada en El contador de cartas (todavía en cartelera). Es de esos papeles «odiosos» que no provocan nada de empatía. Soberbio.

Cate Banchett da miedo. Tiene un papel muy corto, prácticamente solo actúa en el último tercio de la misma. Magnífica en ese registro de mujer fatal, de mirada felina, voluptuosa, sensual con el cigarro, encarna la mujer del cine noir de los años 40. Da vida a esa psicoanalista freudiana que entiende perfectamente la ambición de Stanton y del que se tiene que cuidar para poder salir airosa.

Rooney Mara da vida a Molly, «Elektra», la mujer que absorbe cualquier voltaje. Es un alma cándida, pero a su vez, es la conciencia de la comunidad de la feria. Cautivadora desde su primera aparición.

El arranque es poderosísimo, cautivador. Como decía el buen humorista Gila, alguien ha matado a alguien. Vemos como se deshacen de un cadáver y, posteriormente, seguimos a nuestro protagonista Stanton hasta ese submundo que constituye la feria ambulante, donde una de las mejores atracciones se anuncia al grito de contemplen a la bestia humana. Esa brutalidad en vez de alejar a los espectadores, les atrae para ver como el «engendro», una inmundicia de hombre, arranca con sus propios dientes el cuello de una gallina viva. Este pobre hombre de forma apenas audible repite constantemente: «yo no soy así». Es un hombre sin voluntad, con un pasado y sin ningún futuro.

El director mexicano cuenta la historia en tres partes. En la primera de ellas, el protagonista se empapa de todo. Es la fase de aprendizaje (de aprendizaje en el arte de la mentira, del engaño). En la segunda, es en la que lo pone en práctica y perfecciona. Y la tercera es la fase de la confusión, de la dificultad que tiene para saber distinguir la verdad de la mentira, y en la que se le va todo de las manos. En este relato dividido en esas tres partes nos presenta dos sociedades, dos mundos aparentemente distintos, pero que no lo son tanto. En una primera mitad nos presenta una comunidad ambientada en un lugar decrépito. La lluvia, la noche, la tempestad, el barro, lo precario de las viviendas acentúan esta sordidez. La segunda parte nos adentramos en otro mundo lleno de lujo. Los fracs, los vestidos, el perfume de los ricos llenan los salones de lujo de los hoteles y las viviendas inabarcables de los millonarios en estilo art-decó, para asistir a la actuación del mentalista (abandono del trabajo sucio físico, de la fuerza, para usar la mente, limpia). La paradoja de El callejón de las almas perdidas es que estos dos mundos no son tan diferentes. Conectan estos dos lugares por medio de la esencia humana. Con esa ambición, con la avaricia, con la moralidad sin escrúpulos que está presente en ambos mundos encarnado en los principales protagonistas. Destacaría ese papel del millonario, atribulado, por la pena de la muerte de su amada (algo tendría que ver él), lleno de dinero, carente de escrupulosos que se aferra a la posibilidad de conectar con el más allá. A pesar de echar mano incluso de una incipiente máquina de la verdad, se la dan con queso. Ingenuo rico, pobre hombre.

Guillermo del Toro ha creado películas llenas de fantasía que han constituido una puerta de entrada para el mundo de lo onírico en el que pueblan las hadas, los vampiros, los fantasmas, y algún que otro monstruo anfibio en sus propuestas más ambiciosas y con un inconfundible sello personal como El espinazo del diablo (2001), ambientada en la guerra civil española, El laberinto del fauno (2006), ganadora de tres Oscars, o la última La forma del agua (2017), reinterpretación del mito de la bella y la bestia. Pero en esta ocasión, abandona el género fantástico, deja a un lado la «construcción» de un monstruo para centrarse en uno de carne y hueso, pero sin alma y se sumerge en la naturaleza humana, con todas sus luces y sombras.

El callejón de las almas pérdidas es una fábula moral, un drama psicológico que escarba en la pisque humana. Ambientada, en sus comienzos, en un submundo turbio para mostrarnos posteriormente esa otra suciedad, no visible, pero que impregna ese otro circo donde las carpas se sustituyen por salones y donde el fango ha sido sustituido por suelos de mármol. Una película que nos habla de la traición, de la moral, de la ambición, de las bajas pasiones, y sobre todo el ocaso de un hombre que lo tuvo todo, pero que cruzó la línea a ese lado oscuro de la vida al jugar a ser Dios siendo solo un pobre diablo. 

Os dejo un tráiler:

Luisjo Cuadrado

Revista Atticus

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