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El empíreo y el murciélago: Meat Loaf se nos fue

El empíreo y el murciélago: Meat Loaf se nos fue – Carlos Ibañez

La vida es un fraude

y quiero que me devuelvan el dinero

(J. Steinman, 1993)

            Describía su voz, una fan incondicional, como la de un emperador arengando a sus tropas llamadas a una leva de disfrute y placer. Él era todo lo que jamás podría triunfar en España: talentoso, trabajador y tozudo a la hora de conseguir sus objetivos. El 20 de enero de 2022 se fue al empíreo del rock, de la música, este tenor de los decibelios electrificados que encontró en Jim Steinman un socio tan intermitente como necesario. Y también, ese mismo día, se anunció cuál fue el álbum más vendido en España por un “artista” patrio y por eso afirmo que jamás podría haber triunfado en la piel de toro.

            Pero sigamos con Marvin Lee Aday, nombre con el que fue registrado en Dallas, Texas, hace setenta y cuatro años. Nacido de una familia desestructurada por el alcoholismo de su padre y por la temprana muerte de su madre, quien ejerció ambos papeles en la educación del joven. Tras su fallecimiento Marvin se marchó a California para actuar y cantar, sus dos grandes pasiones. En su contra su aspecto, su peso y un terrible acento tejano que hubo de suavizar hasta casi neutralizarlo, algo muy parecido a lo que le había pasado a otra espectacular voz del mismo estado, Janis Joplin, quien al llegar a San Francisco desde su Port Arthur natal, tuvo que dejar de arrastrar letras para que al alargar las notas no pareciese algo gangosa, de ésta se encargó Jorma Kaukonen, todo un icono del rock hippy, pero el joven de Dallas tuvo que asistir a clases y, como dijo en una entrevista, no fue hasta los ensayos de The Rocky Horror Picture Show donde se dio cuenta de que su voz era imperiosa, pero su acento la hacía parecer demasiado plebeya. Todo esto tras haber trabajado con bandas del 1971 que servían de teloneras para grandes dioses y monstruos de la música de comienzos de la década, como Van Morrison, y grabado un disco de dúos con Shaun Stoney Murphy. Pero cuando cantó en la prueba dejó boquiabiertos a propios y extraños por el chorro, la calidad y la altura a la que podía llegar. Y el tejano grueso, con aspecto intimidador y gesto desafiante convenció a todos, porque también desarrollaba una ternura poco conocida en el rock hasta ese momento. Tanto que cuando se realizó la versión cinematográfica nadie dudó que debía repetir el papel que interpretaba en el teatro.

            Y su ascenso a los cielos de la música comenzó porque entre los cientos de miles de espectadores de esta cinta de culto se encontraba el compositor, arreglista y productor Jim Steinman, quien había escrito un álbum, Bat out of Hell, y quería esa voz salvaje y perfectamente modulable y moldeable a su idea del disco que había compuesto. Tardaron mucho en grabarlo y sólo el apoyo incondicional de Todd Rundgren, quien se hizo cargo de las guitarras y la producción durante las sesiones de grabación, consiguió lo que para Steinman y Alday resultó imposible, encontrar un sello para su comercialización. Y aquello, tan novedoso como inclasificable, porque abarcaba todos los registros de rock y el blues más salvaje en tan solo siete temas, fue despellejado sin sonrojo por gran parte de la crítica, pero algunos locutores de radio lo comenzaron a pinchar en sus programas haciendo hincapié en lo que los gurúes de estilo musical precisamente criticaban: “era una versión avanzada del sonido Springsteen (tan de moda en esos años gracias a dos álbumes monumentales como Born to run, de 1975, y Darkness of the edge of town, de 1977)”. Aunque los que le había despellejado decían que era Bruce tamizado por Broadway. Cosa que nos hace ver que la sombra del Boss era demasiado alargada en los oídos de los que poco entienden de música y se quedan envueltos en lo que está de moda.

            Las ventas se dispararon y ese grito sobre que era una copia de Springsteen descafeinado por el sonido de la avenida de los teatros de Manhattan se diluyó tanto como suele pasar con los mediocres que, tal y como dijo André Gide “cuando un hombre carece de opinión propia se dedica a contradecir la de los demás”. Y esto es lo que pasaba cuando empezó a arrasar allá donde iba Meat Loaf, mote puesto por un profesor de gimnasia del muchacho cuando llegó a Los Ángeles y que a él lejos de amedrentarle o acomplejarle le sirvió de nombre artístico para escarnio de la mediocridad de esos docentes de educación física que parecen sólo querer campeones deportivos en lugar de chicos que se formen. También a Lynyrd Skynyrd fue el insulto constante del responsable de Educación Física lo que les unió más y más hasta llamar a la banda como él (Leonard Skinner), así que los de gimnasia son importantes en el mundo del rock muy a su pesar.

            Después de una gira monumental y ventas de record por todo el mundo el cantante decidió descansar y tardó cuatro años en regresar y la crítica, esa parte vengativa y poco formada, le atacó por todos los frentes posibles. Las ventas fueron, evidentemente, más discretas, pero había vuelto y lo había hecho con temas potentes que en directo impresionaban por su teatralidad y contundencia, recordemos que en España apareció en 1983 junto a Whitesnake y fue insultado al grito de “gordo, gordo” por un grupo de espectadores absolutamente borrachos en Madrid y le lanzaron vasos y botellas. El tejano respondió con cortes de manga y desafíos de barra de bar. Fue un gran concierto, a pesar de esto y el no menos grande David Coverdale dijo que él se hubiese marchado, pero que Marvin le había dicho que eran cosas que pasaban y que saliese a arrasar el escenario.

            Los ochenta fueron oscuros, pero no exentos de canciones de calidad y álbumes bien producidos, aunque no fue hasta 1993, ese año en el que España empezó a pagar resacas de la megalomanía colectiva del año anterior, cuando regresó, de la mano de Steinman y la segunda entrega de su Murciélago fuera del infierno, a su lugar natural en las listas de ventas y el aplauso unánime de crítica (salvo sus habituales enemigos, como bromeaba el cantante). De hecho, ganó un Grammy e hizo una gira mundial donde nadie tuvo resquicio para la vituperación.

            Después, y sabedor que el más que correcto Dead Ringer había tardado demasiado tras el primer Murciélago, se puso manos a la obra con algunos magníficos compositores y una producción de lujo para lanzar Welcome to the neighbourhood en la que destacaron varios singles y colaboraciones de auténtico lujo (nada que ver con lo que nos venden como tal entre triunfitos y sonidos idénticos disco tras disco). Aquí me gustaría destacar el tema que los guitarristas y productores Sammy Hagar y Steve Van Zandt escribieron para Loaf, Amnesty is granted, que reúne la esencia del rock urbano con arreglos de rock duro y que tantas veces se ha tratado de copiar después con desiguales resultados.

            Fueron años muy creativos, pero en los que comenzaron, también sus problemas de salud. Él era un monstruo de las tablas y lo pagó con algunos desmayos en el escenario y un infarto, que le llevó a descansar mientras hacía papeles secundarios en películas ciertamente interesantes, como El club de la lucha o Locos en Alabama y otras menos memorables como hacer de chófer de las Spice Girls, con las que le unió un amigo común de sus representantes. A Marvin, ya rebautizado como Michael, no quería tener nada que ver con su padre, le divirtió y le sirvió para restablecerse del estrés tras tantos pasos por el hospital seguidos.

            Y Steinman le animó porque junto a él el éxito estaba asegurado tras años de polémicas, abogados y egos mal entendidos que culminaron en un acuerdo amistoso y libertad para ambas partes para usar al murciélago y su marca, más allá del ron, el Valencia C.F. y el personaje del multimillonario amargado del cómic.

            En total doce álbumes de estudio, seis directos y dieciocho recopilatorios además de voces como las de Cher, guitarras con las ya citadas, además de la de Brian May, por ejemplo y compositores de la calidad de Desmond Child o Diane Warren trabajaron con él. Por no hablar de sus más de sesenta participaciones ante las cámaras en cine y series subrayando su famosa frase “soy todo menos una estrella”, pero lo fue muy a su pesar, porque él era un chico de barrio que cantaba y actuaba y mezclaba ambas casi tan bien como su admirado Gene Kelly, por quien dijo una vez se hizo actor.

El día 20 por la mañana y desde Nashville, Tennessee, su familia nos comunicó así su deceso: “Sabemos cuánto significó para muchos y realmente apreciamos todo el amor y el apoyo en este momento de dolor por la pérdida de un artista tan inspirador y un hombre tan maravilloso”.

Pues ya está dicho todo, salvo gracias por tantos momentos mágicos en un tren, un aeropuerto o la intimidad de mi dormitorio adolescente escuchando esa fuerza de la naturaleza hecha artista e imaginando el paraíso en las luces del salpicadero. Y la salida a la venta del II Bat out of Hell, que me pilló en Londres y fue todo un acontecimiento con colas en la puerta del HMV de Oxford Street y gente con ambos murciélagos en vinilo o cedé por las calles del área comercial de la capital británica. Aún tengo ambos discos, aún los disfruto.

Carlos Ibañez

Revista Atticus

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